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Señor, dígnate venir y caminar con nosotros

TEXTOS CONENTADOS EN LA SEGUNDA CHARLA DE CUARESMA

SEÑOR, DÍGANTE VENIR Y CAMINAR CON NOSOTROS

Eclesiástico 44,17-45,4:

Noé fue hallado perfectamente justo, en el tiempo de la ira sirvió de renovación: gracias a él, quedó un resto en la tierra, cuando se desencadenó el diluvio. Alianzas eternas fueron selladas con él, para que nunca más un diluvio destruyera a los vivientes. Abraham es padre insigne de una multitud de naciones, y no hubo nadie que lo igualara en su gloria. El observó la Ley del Altísimo y entró en alianza con él; puso en sus carne la señal de esta alianza y en la prueba fue hallado fiel. Por eso, Dios le aseguró con un juramento que las naciones serían bendecidas en sus descendencia, que lo multiplicaría como el polvo de la tierra, que exaltaría a sus descendientes como las estrellas, y les daría en herencia el país, desde un mar hasta el otro y desde el Río hasta los confines de la tierra. A Isaac, le hizo la misma promesa, a causa de su padre Abraham. La bendición de todos los hombres y la alianza las hizo descansar sobre la cabeza de Jacob; lo confirmó en las bendiciones recibidas y le dio la tierra en herencia; dividió el país en partes y las distribuyó entre las doce tribus.

De él, hizo nacer a un hombre de bien, que halló gracia a los ojos de todos y fue amado por Dios y por los hombres: Moisés, de bendita memoria. Le concedió una gloria igual a la de los santos y lo hizo poderoso, temido por sus enemigos. Por sus palabras, hizo cesar los prodigios, y lo glorificó delante de los reyes; le dio mandamientos para su pueblo y le hizo ver galo de su gloria Por su fidelidad y mansedumbre, lo consagró y lo eligió entre todos sus mortales. A él le hizo oír su voz, lo introdujo en la nube oscura y le dio cara a cara los mandamientos, una Ley de vida y de entendimiento, para enseñar la Alianza a Jacob, y sus decretos a Israel.

Isaías 54,9-10:

Me sucederá como en los días de Noé, cuando juré que las aguas de Noé no inundarían de nuevo la tierra: así he jurado no irritarme más contra ti ni amenazarte nunca más. Aunque se aparten las montañas y vacilen las colinas, mi amor no se apartará de ti, mi alianza de paz no vacilará, dice el Señor, que se compadeció de ti.

Éxodo 3,1-12:

Moisés, que apacentaba las ovejas de su suegro Jetró, el sacerdote de Madián, llevó una vez el rebaño más allá del desierto y llegó a la montaña de Dios, al Horeb. Allí se le apareció el Angel del Señor en una llama de fuego, que salía de en medio de la zarza. Al ver que la zarza ardía sin consumirse. Moisés pensó: «Voy a observar este grandioso espectáculo. ¿Por qué será que la zarza no se consume?». Cuando el Señor vio que él se apartaba del camino para mirar, lo llamó desde la zarza, diciendo: «¡Moisés, Moisés!». «Aquí estoy», respondió el. Entonces Dios le dijo: «No te acerques hasta aquí. Quítate las sandalias, porque el suelo que estás pisando es una tierra santa». Luego siguió diciendo: «Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob». Moisés se cubrió el rostro porque tuvo miedo de ver a Dios.

 El Señor dijo: «Yo he visto la opresión de mi pueblo, que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor, provocados por sus capataces. Sí, conozco muy bien sus sufrimientos. Por eso he bajado a librarlo del poder de los egipcios y a hacerlo subir, desde aquel país, a una tierra fértil y espaciosa, a una tierra que mana leche y miel, al país de los cananeos, los hititas, los amorreos, los perizitas, los jivitas y los jebuseos. El clamor de los israelitas ha llegado hasta mi y he visto cómo son oprimidos por los egipcios. Ahora ve, yo te envío al Faraón para que saques de Egipto a mi pueblo, a los israelitas». Pero Moisés dijo a Dios: «¿Quién soy yo para presentarme ante el Faraón y hacer salir de Egipto a los israelitas?». «Yo estaré contigo, les dijo a Dios, y esta es la señal de que soy yo el que te envía: después que hagas salir de Egipto al pueblo, ustedes darán culto a Dios en esta montaña».

Éxodo 19,1-8:

La llegada al Sinaí El primer día del tercer mes, después de su salida de Egipto, los israelitas llegaron al desierto del Sinaí. Habían partido de Refidim, y cuando llegaron al desierto de el Sinaí, establecieron allí su campamento. Israel acampó frente a la montaña.

Moisés subió a encontrarse con Dios. El Señor lo llamó desde la montaña y le dijo: «Habla en estos términos a la casa de Jacob y anuncia este mensaje a los israelitas: «Ustedes han visto cómo traté a Egipto, y cómo los conduje sobre alas de águila y los traje hasta mí. Ahora, si escuchan mi voz y observan mi alianza, serán mi propiedad exclusiva entre todos los pueblos, porque toda la tierra me pertenece. Ustedes serán para mí un reino de sacerdotes y una nación que me está consagrada». Estas son las palabras que transmitirás a los israelitas». Moisés fue a convocar a los ancianos de Israel y les expuso todas estas palabras, como el Señor se lo había ordenado. El pueblo respondió unánimemente: «Estamos decididos a poner en práctica todo lo que ha dicho el Señor». Y Moisés comunicó al Señor la respuesta del pueblo.

Se trata de renovar en la Cuaresma, por decirlo así, nuestra “opción fundamental”, la opción por la vida. Pero surge inmediatamente la pregunta: “¿cómo se escoge la vida?”. Hay muchos que dicen que el cristianismo es una opción contra la vida. Se decía que con la cruz, con todos los Mandamientos, con todos los “no” que nos propone, nos cierra la puerta de la vida; pero nosotros queremos tener la vida y escogemos, optamos, en último término, por la vida liberándonos de la cruz, liberándonos de todos estos Mandamientos y de todos estos “no”. Queremos tener la vida en abundancia, nada más que la vida. Dice el Deuteronomio: “Si cumples lo que yo te mando hoy, amando al Señor tu Dios, siguiendo sus caminos, guardando sus preceptos, mandatos y decretos, vivirás” (Dt 30, 16). Esto, a primera vista, no nos agrada, pero ese es el camino: la opción por la vida y la opción por Dios son idénticas. El Señor lo dice en el evangelio de san Juan: “Esta es la vida eterna: que te conozcan” (Jn 17, 3). La vida humana es una relación. Sólo podemos tener la vida en relación, no encerrados en nosotros mismos. Y la relación fundamental es la relación con el Creador; de lo contrario, las demás relaciones son frágiles.

Por tanto, lo esencial es escoger a Dios. Un mundo vacío de Dios, un mundo que se olvida de Dios, pierde la vida y cae en una cultura de muerte. Por consiguiente, escoger la vida, hacer la opción por la vida es, ante todo, escoger la opción-relación con Dios. Pero inmediatamente surge la pregunta: ¿con qué Dios? Aquí, de nuevo, nos ayuda el Evangelio: con el Dios que nos ha mostrado su rostro en Cristo, con el Dios que ha vencido el odio en la cruz, es decir, con el amor hasta el extremo. Así, escogiendo a este Dios, escogemos la vida.

Una sociedad que se olvida de Dios, que excluye a Dios precisamente para tener la vida, cae en una cultura de muerte. A nosotros la Cuaresma nos debe llevar a renovar nuestro conocimiento de Dios, nuestra amistad con Jesús, para poder así guiar a los demás de modo convincente a la opción por la vida, que es ante todo opción por Dios. Debemos ser conscientes de que al escoger a Cristo no hemos elegido la negación de la vida, sino que hemos escogido realmente la vida en abundancia. En el fondo, la opción cristiana es muy sencilla: es la opción del “sí” a la vida. Pero este “sí” sólo se realiza con un Dios conocido, con un Dios de rostro humano. Se realiza siguiendo a este Dios en la comunión del amor. Benedicto XVI

Todos estamos convencidos de que el cristianismo no puede ser vivido de cualquier manera; o se lo vive con plenitud o se lo traiciona. Por lo tanto debemos recibirlo totalmente, con una lealtad que, si es necesario, esté lista al sacrificio. Pablo VI

Aquí, en el monte Sinaí, la verdad de “quién es Dios” ha llegado a ser el fundamento y la garantía de la Alianza. Moisés entra en la “oscuridad luminosa” (Vida de Moisés, II, 164), y aquí recibe la ley “escrita por el dedo de Dios” (Ex 31, 18). ¿Qué es esta ley? Es la ley de la vida y de la libertad.

En el mar Rojo el pueblo experimentó una gran liberación. Vio el poder y la fidelidad de Dios; descubrió que él es el Dios que realmente libra a su pueblo, como había prometido. Pero ahora, en las alturas del Sinaí, este mismo Dios sella su amor estableciendo una Alianza, a la que jamás renunciará. Si el pueblo obedece a su ley, conocerá la libertad para siempre. El Éxodo y la Alianza no son solamente acontecimientos del pasado; son para siempre el destino de todo el pueblo de Dios.

Los diez mandamientos no son una imposición arbitraria de un Señor tirano. Fueron escritos en la piedra; pero antes fueron escritos en el corazón del hombre como ley moral universal, válida en todo tiempo y en todo lugar. Hoy, como siempre, las diez palabras de la ley proporcionan la única base auténtica para la vida de las personas, de las sociedades y de las naciones. Hoy, como siempre, son el único futuro de la familia humana. Salvan al hombre de la fuerza destructora del egoísmo, del odio y de la mentira. Señalan todos los falsos dioses que lo esclavizan:  el amor a sí mismo que excluye a Dios, el afán de poder y placer que altera el orden de la justicia y degrada nuestra dignidad humana y la de nuestro prójimo. Si nos alejamos de estos falsos ídolos y seguimos a Dios, que libera a su pueblo y permanece siempre con él, apareceremos como Moisés, después de cuarenta días en el monte, “resplandecientes de gloria” (san Gregorio de Nisa, Vida de Moisés, II, 230), envueltos en la luz de Dios. Guardar los mandamientos significa ser fieles a Dios, pero también ser fieles a nosotros mismos, a nuestra verdadera naturaleza y a nuestras aspiraciones más profundas. El viento que aún hoy sopla en el Sinaí nos recuerda que Dios quiere ser honrado en sus criaturas y en su crecimiento:  gloria Dei, homo vivens. 

Los diez mandamientos son la ley de la libertad:  no una libertad para seguir nuestras ciegas pasiones, sino una libertad para amar, para elegir lo que conviene en cada situación, incluso cuando hacerlo es costoso. Juan Pablo II en el monte Sinaí

Salmo 18: 

La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma, el precepto del Señor es fiel e instruye al ignorante. Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón. La norma del Señor es límpida y da luz a los ojos. La voluntad del Señor es pura y eternamente estable. Los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos. Más preciosos que el oro, más que el oro fino, más dulces que la miel de un panal que destila. 

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