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Semana Santa

Semana Santa

Lunes Santo

Is 42,1-7 / Sal 26 / Jn 12,1-11

De una homilía del 14 de septiembre de 1971

Hoy tiene que haber mucha paz, la paz de saborear en silencio la cruz que adorablemente Cristo nos alarga, su propia cruz. No otra que nosotros hayamos imaginado o inventado. No otra que los hombres hayan pretendido poner sobre nuestros hombros. La misma adorable y divina cruz del Señor.

¿Acaso nuestra vida desde el gozo inicial -un poco diríamos así como oculto- filial del Bautismo, no es como el comienzo de una cruz que va a ir agrandándose cada vez más y produciendo por consiguiente un gozo más luminoso y comunicable hasta desembocar en el gozo que nunca acaba? Pero habiendo de pasar por la cruz de un ocultamente y de una muerte. ¿Acaso, digo, el gozo bautismal no nace de la cruz?

Nosotros gritamos con mucho gusto y es cierto: vivo pero no vivo yo sino que es Cristo el que vive en mí. Pero San Pablo pone esto como una consecuencia del versículo anterior: estoy clavado con Cristo en la cruz, es decir, me he hundido en el misterio de la muerte de Jesús, entonces participo de la fecundidad de la luz, del gozo de la resurrección. Vivo pero no vivo yo sino que es Cristo el que vive en mí.

Hoy tiene que haber en nosotros mucha paz, tiene que haber en nosotros mucha alegría, tiene que haber en nosotros una irradiación silenciosa, muy simple pero muy palpable de la luz a través de la cruz aparentemente dura y cerrada y oscura. A través de la cruz brota la luz para el mundo: por la cruz a la luz. Mucha paz, mucha alegría, mucha luz.

El misterio de la cruz nos habla a nosotros de un misterio de gloria, de la glorificación.

El misterio de la cruz nos habla a nosotros de mucha fecundidad.

El misterio de la cruz nos habla a nosotros de mucha configuración con Cristo el Señor.

Nos habla en primer lugar de mucha glorificación. ¡Qué formidable es la cruz! Es la gloria de la cual habla el mismo Jesús cuando dice: llega la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado. ¿Cómo es esa glorificación? Si el grano de trigo no cae en tierra y no muere queda solo pero si muere, entonces produce mucho fruto. La cruz marca la hora de Jesús. Hora de su máxima gloria pero una gloria que nace, que pasa por el corazón de una cruz pascual. Siempre la cruz es cruz pascual, cruz de gloria. Esa misma cruz de gloria que no entienden los discípulos cansados y tristes de Emaús. Esa cruz que tiene que ser iluminada desde la profundidad del Evangelio: ¿no sabíais que todo esto tenía que pasar al Hijo del hombre a fin de poder entrar en la gloria? Es el corazón de una cruz pascual. Si nosotros queremos vivir anticipadamente la gloria, si queremos después instalarnos en la gloria que nunca acaba, dejémonos crucificar adorablemente por el Padre. Iremos anticipando en la tierra el gozo de la visión. Iremos sintiendo nuestra propia glorificación en la medida de nuestro sufrimiento y de nuestra cruz. Pero de nuestra cruz saboreada en silencio. No de nuestra cruz proclamada, sino de nuestra cruz asumida, vivida, saboreada.

La cruz es fecundidad. Es la fecundidad a la cual aludía recién en el pasaje de Jesús: Si el grano de trigo no cae en tierra y muere queda solo pero si muere entonces produce fruto. ¡Qué gozo tan grande llena el corazón de un alma pobre cuando siente que su vida es tan extraordinariamente rica para la Iglesia y para la salvación de todo el mundo simplemente porque se inmola en silencio y recibe adorablemente la cruz del Señor! ¡Qué bueno cuando uno no puede hablar ni decir ni hacer cosas grandes -y tampoco importa decirlas o hacerlas- pero el Señor adorablemente le da su cruz! ¡Qué bueno es sentir que su vida es extraordinariamente fecunda! ¡Qué bueno cuando un alma virginal se entrega en su soledad fecunda al Señor y sabe que va engendrando desde su virginidad muchas almas en Cristo! Muchas almas liberadas en el mundo precisamente porque vive en el gozo de la inmolación cotidiana. ¡Qué bueno sentir que todos los días el grano de trigo se hunde, se pudre, muere, pero van fructificando muchas espigas! ¡Qué bueno pensar que este sufrimiento y esta cruz mía está trayendo serenidad a un sacerdote que peligra, qué bueno pensar que esta cruz oculta mía está dando fecundidad al ministerio de un Obispo que lo necesita, qué bueno saber que en esta cruz mía vuelve a nacer otra vez la Iglesia como nació en la cruz silenciosa, serena, fuerte de María! ¡Qué bueno! ¡Mi vida es fecunda en la medida de mi cruz! Por eso no tengo que alejarme. No tengo que pedirla pero no tengo que quitarle el hombro a la cruz. Tengo que saborearla en silencio. Tampoco tengo que gritarla o proclamarla. Guardarla como un tesoro y hacerla producir. Abrir de par en par mi corazón para que el Señor la meta adentro y agarrarla fuertemente con las manos para que no se escape porque ahí viene la fecundidad.

Esta es la cruz que el Señor adorablemente quiere para mí.

La cruz de la glorificación, la cruz de la fecundidad, la cruz de la máxima configuración a la imagen de Cristo.

Hemos sido configurados con su muerte dice el apóstol Pablo. Hemos sido hechos partícipes de su muerte, lo seremos también de su resurrección. Pero cotidianamente vamos siendo partícipes de su vida, de su ocultamiento y de su exaltación, cotidianamente. No solo es un esperar en el entierro definitivo que aparezca también la luz definitiva. Todos los días un alma que pasa por la cruz saborea la Pascua. Todos los días. Porque vamos siendo cada vez más semejantes al Cristo muerto y resucitado, al Cristo pascual. La cruz nos da la máxima configuración a Cristo mientras vivimos. ¿Qué sentido tiene nuestra vida si no es configurándonos cada vez más a la imagen de Jesús?

Desde el Bautismo en que empezamos a gritar PADRE porque el Espíritu empezó a formar en nosotros la imagen del Hijo hasta el cielo en que entremos y abalanzándonos gritemos con toda el alma PADRE para siempre, entre estos dos extremos el Padre va grabando cotidianamente en nosotros la imagen de Jesús. A través de la purificación, a través de la cruz, va sacando en nosotros perfecto el rostro de Cristo. En la medida de nuestro sufrimiento oculto. ¡Qué pena que nos resistamos! ¡Qué pena que movamos el rostro cuando el padre está grabando la imagen de su Hijo en nosotros! Dejemos que nos clave porque entonces sí seremos la presencia encarnada de Jesús entre los hombres. Pero con su misma serenidad y con su misma grandeza, con su misma fecundidad de comunicar a los hombres la paz. También nosotros podemos pacificar por la sangre de nuestra cruz porque la cruz no es nuestra, es la de Jesús.

Que la Virgen Nuestra Señora que permaneció serena y fuerte al pie de la cruz nos de a nosotros saborear también en el silencio esta cruz que nos da el gozo, la alegría y la luz.

Solamente son fecundas las almas que viven silenciosas al pie de la cruz, como María.

Es decir, la fecundidad nace de adentro y nace de la cruz pascual y solamente tienen derecho a ser felices las almas que viven en la profundidad interior y en el gozo sereno de la cruz.

Nosotros también nos metemos en la misma cruz, en ese pedacito de la cruz verdadera del Señor que cada uno de nosotros tiene. Yo no sé cuál es la de ustedes. No sé la mía. El Señor nos da una partecita de su misma cruz. No la cambiemos ni deseemos la cruz de los demás, ni añoremos cruces pasadas. Esta es ahora la cruz verdadera del Señor para nosotros.

Y entre todos completemos lo que falta a la pasión del Señor y gritemos: Para mí no hay alegría más grande que la cruz del Señor Jesús, por quien el mundo es un crucificado para mí y yo soy un crucificado para el mundo.

Martes Santo

Is 49,1-6 / Sal 70 / Jn 13,21-33.36-38

De una homilía del 15 de abril de 1981

El Señor va libremente a la Pasión. Él mismo lo dice: nadie me quita la vida, la doy por mí mismo, esa es la orden que recibí de mi Padre. Toda la Pasión de Jesús, todo lo que va a ocurrir estos días es Jesús que libremente, aceptando la voluntad del Padre ha querido devolvernos la vida, liberarnos del pecado y hacernos libres. Lo vemos a Jesús, el siervo de Yahvé que va a la muerte, el cual sin embargo tiene confianza porque el Padre no lo abandona.

Nosotros hacemos nuestra la Pasión de Jesús. Nosotros también tenemos que acercarnos libremente a tomar la cruz que el Señor adorablemente tiene preparada para nosotros. No hay vida cristiana sin pasar por la cruz. Empezar a vivir en Jesús por el Bautismo es empezar un camino de sufrimiento. Por consiguiente, también para nosotros –claro, a una distancia infinita– hay una cruz, una pasión, porque el cristiano tiene que seguir al Señor. En esos momentos tenemos que recordar: si alguien quiere venir en pos de mí que se renuncie a sí mismo que tome su cruz todos los días y que me siga. Pero al mismo tiempo tener una gran confianza en la fidelidad del Señor que nunca falla.

La misma cruz es la que aparece en el canto del Evangelio: “Salve, Rey nuestro, obediente al Padre, fuiste conducido a la cruz como un cordero manso es conducido al matadero”.

Pero el Evangelio trae una página muy triste. Es la página de Judas. Judas el que lo vende, que lo traiciona. No nos ponemos a discutir por qué lo hizo. Lo único que nos interesa hoy es que era uno de los doce, uno de los que habían sido particularmente elegidos por el Señor, amados por el Señor. Uno a quien Jesús todavía llamará en el Huerto de los Olivos “amigo”, y sin embargo lo traiciona. La página de hoy nos recuerda esto. Jesús está sentado a la mesa y tiene una gran tristeza, lo primero que dice es esto: en verdad os digo uno de ustedes me va a entregar.

Nosotros hemos sido elegidos particularmente por el Señor y le seguimos muy de cerca. Ciertamente no seríamos capaces de hacer un acto como el que hizo Judas, pero tantas cosas de nuestra vida son también infidelidades al Señor, rechazos al Señor. Evidentemente, si alguien nos ofreciera traicionar al Señor por treinta monedas no lo haríamos. Pero hay tantas otras cosas que son traicionar al Señor, que se pueden comparar con las treinta monedas. Tantos actos de codicia, tantas faltas de caridad, tantas faltas de oración que son monedas.

Hoy tiene que ser el día de la reparación. Debemos tener el deseo de vivir más en caridad, siguiendo más al Cristo crucificado, preparando nuestras almas con una purificación muy honda, para poder contemplarlo. Para aprovechar estos días es necesario mucho recogimiento, mucha contemplación del Señor, mucha oración y una alegre y serena entrega al Señor.

En esta Misa pedimos muy especialmente que el Señor prepare nuestros corazones para vivir los días santos y nos prepare para la Pascua.

Del retiro predicado en Lisieux en 1962

Jesús lo ha recibido todo del Padre: naturaleza, vida, potencia, misión. Siente como una conciencia profunda, personal, permanente, del amor con que el Padre lo ama. El amor que lo acompaña siempre y no lo deja solo nunca, pese al abandono que pueden hacer los hombres de él. El amor que lo lleva a la cruz, que le comunica fortaleza para subir a ella. Cristo sabe que por la cruz va a ser glorificado por el Padre. Entre tanto, su actitud frente al Padre es la de glorificarlo a él, realizando por amor la voluntad adorable del Padre.

El Padre ama al Hijo. Hay una conciencia profunda, permanente, bien viva, bien personal en Cristo de que el Padre lo ama. Son numerosos los textos en que Cristo expresa este amor del Padre con respecto a él. Más insistentemente todavía, que la respuesta -diríamos- de él con respecto al Padre. Pocas veces dice Cristo que él ama al Padre; en cambio, muchas veces repite que el Padre lo ama a él. Es que lo fundamental es dejarnos amar por el Padre. Todo lo demás es una respuesta producida por ese mismo amor primero, fecundo, eficacísimo, del Padre.

Por eso el Padre me ama, porque doy mi vida para recobrarla. Como el Padre me amó, así también yo os he amado a vosotros. Los amaste a ellos como me amaste a mí. El amor que tú me tienes esté en ellos, y yo en ellos. O sea, hay una conciencia permanente de que el Padre lo ama. Y gracias a esta conciencia, pudo Jesús sobrellevar toda la tribulación que comportaría su Pasión. Gracias a la conciencia de que era el amor del Padre el que lo impulsaba a la cruz, Cristo subió con serenidad a la glorificación de la cruz.

El Padre glorifica al Hijo. Lo glorifica por el Misterio Pascual, por todo lo que comporta el Misterio Pascual.

Viernes Santo, o sea la Pasión y muerte de Jesús; Resurrección, Ascensión, Pentecostés. Todo esto comporta el Misterio Pascual. Precisamente porque Cristo se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz. Por eso dirá San Pablo: Por eso, Dios lo exaltó y le dio un nombre superior a todo nombre; a fin de que ante el nombre de Jesús, toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los infiernos, y toda lengua confiese que Jesús es el Señor, el Kyrios, para la gloria de Dios Padre. Precisamente por ese anonadamiento que culmina en la muerte de cruz, por eso el Padre lo exaltó, lo glorificó, mediante la Resurrección, mediante la Ascensión, mediante el Señorío universal que le confirió a Cristo, Verbo de Dios Encarnado, sobre todas las cosas. Así que Jesús es el Kyrios ahora, el Señor de todas las cosas, para la gloria de Dios Padre.

Es Jesús mismo el que expresa esta glorificación que el Padre va a realizar con él. Así dirá Jesús: Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado. En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y no muere, queda solo; pero si muere, entonces es cuando produce fruto. La glorificación de Cristo se inicia con la cruz; pero la cruz desemboca en la Resurrección, en la Ascensión y en Pentecostés.

Cuando Cristo comience la Oración sacerdotal dirá al Padre: Padre ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti. Y un poco más abajo, dirá: Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste que realizara. Ahora, glorifícame tú, Padre, con aquella gloria que tuve cerca de ti, antes que el mundo existiera. Es decir, aquella gloria que vivió en toda su plenitud el Verbo de Dios, antes de la Encarnación. Aquella gloria que se transparentó en parte cuando Cristo realizó el milagro de Caná, y cuando Cristo fue transfigurado en el Tabor. Aquella gloria que ahora, después de la cruz y por la cruz, vuelve a ser el estado normal de Cristo.

El Padre comunica todo al Hijo. El Padre ama al Hijo. El Padre glorifica al Hijo.

Miércoles Santo

Is 50, 4-9a / Sal 68 / Mt 26,14-25

De una homilía del 3 de abril de 1985

Estamos a las puertas del Triduo Sacro. Mañana comenzará la celebración del Misterio Pascual con la bendición de los óleos por la mañana –la Misa de la unidad eclesial–, la Cena del Señor por la tarde, luego el Viernes de la Pasión del Señor, el sábado del silencio y el Domingo de la Pascua, la Resurrección y la vida del Señor. Son días que exigen de nosotros particular recogimiento interior. Pedirle al Señor que nos haga vivir intensamente el Misterio Pascual, con todo lo que supone de desprendimiento y de entrega, de pobreza y de inmolación, de cruz y de esperanza.

Que vivamos intensamente la Pasión del Señor como decía hermosamente la oración de ayer, en la versión italiana: que vivamos intensamente la Pasión del Señor a fin de poder gustar la dulzura del perdón. Entretanto, la Liturgia nos propone durante estos días la figura del siervo sufriente del Señor. Todos estos días hemos estado leyendo los cánticos del siervo de Yahvé: el lunes, el martes, hoy y acabaremos el viernes con el cuarto canto. Es la misma imagen que nos presenta San Pablo en la segunda lectura del domingo pasado: siendo Dios, se anonadó, se despojó de sí mismo, se hizo hombre, se hizo siervo, obediente hasta la muerte y muerte de cruz. Y por eso el Padre lo exaltó dándole un nombre superior a todo nombre.

Ahí está todo el misterio del anonadamiento y de la exaltación, de la muerte y la glorificación de Jesús. Ahí está el Misterio Pascual.

Para nosotros, particularmente para mí sacerdote la meditación de los cuatro cantos del siervo de Yahvé es central porque ahí se inspira nuestra propia espiritualidad y nuestra actitud de inmolación.

El tercer canto que es el que acabamos de leer ahora dice: el Señor me ha dado una lengua de discípulo para que yo sepa decir una palabra de aliento al que está desalentado, al que ha perdido la confianza.

El Señor me ha dado una lengua de discípulo. ¿Qué quiere decir una lengua de discípulo? Alguien que sabe escuchar, alguien que necesita estar en silencio y en oración para poder decir después a los demás una palabra de aliento. Y esto está muy dentro de nuestra vocación, de la de ustedes y de la mía, como sacerdote, cuya vocación como la de María es acoger la Palabra, engendrarla adentro y poder decirle una palabra de aliento al desalentado.

Cada mañana el Señor me abre el oído para que yo escuche como un discípulo, como un iniciado. Es una característica de nuestra vocación. El silencio, la oración, la contemplación, la actitud de escuchar la Palabra del Señor para poder decir algo a los demás.

Otra actitud es el sufrimiento, la cruz. Está muy dentro de nuestra vocación. Ese poema que leíamos el domingo en la segunda lectura de Pablo: se hizo obediente hasta la muerte y muerte de Cruz, tiene que estar en nuestro camino de servidores del Señor, de servidores de los demás. Pasar necesariamente por la cruz para poder llegar a la gloria.

He presentado mi espalda a los que me flagelaban, a aquellos que querían arrancarme la barba, no he querido sacar mi cara de los insultos, de los salivazos. Es decir la cruz, la cruz.

Y sobre todo en el cuarto cántico, el que vamos a leer el viernes por la tarde, aparece una descripción en Isaías de todo lo que pasó en la Pasión del Señor. Cómo fue golpeado por nuestros pecados, cómo Él cargó con todas nuestras dolencias, con todos nuestros sufrimientos. Si queremos ser verdaderos siervos tenemos que pasar necesariamente por la cruz pascual del Señor, una cruz que nos lleva a la resurrección y a la fecundidad de nuestra vida.

Pero un tercer elemento que aparece siempre en el siervo es la seguridad de que Dios, el Padre está allí, está muy cerca. El Señor Dios me asiste, por eso yo no me abato, no me confundo. Por eso puedo yo poner mi cara dura como una piedra sabiendo que no quedaré confundido. Está muy cerca el que hace justicia. ¿Quién podrá pelear contra mí?

Y en otras partes están esas hermosísimas expresiones que dicen: este es mi siervo a quien yo sostengo, Él me llamó por mi nombre cuando estaba en el seno de mi madre, me tomó por la mano, me esconde en el hueco de su mano, eso lo leíamos ayer.

O sea, dentro de la cruz y del sufrimiento la seguridad de que Dios nos guarda como en el hueco de la mano, que nos va llevando de la mano, que nos sostiene, que nos nombra.

Yo creo que la Semana Santa, estos días sobre todo, el Misterio Pascual, son jornadas estupendas para renovar nuestra vocación, nuestra vocación de siervos, servidores. Lo vamos a hacer, le pedimos a nuestra Señora, la humilde servidora del Señor, que nos ayude a vivir intensamente estos días. Que nos dé a nosotros también lengua de discípulos, que podamos escuchar en el silencio contemplativo la palabra que hemos de decir después como aliento a los demás, que nos dé serenidad y fortaleza cuando el Señor nos pide la cruz, cuando el Señor nos regala con el don de la cruz. Y que sobre todo experimentemos siempre el amor del Padre: Él está cerca, Él está dentro, Él nos ha formado, Él nos ha nombrado, Él nos llamó, Él nos sostiene, Él nos guarda en el hueco de su mano.

Jueves Santo: Misa Crismal

Is 61,1-3a.6a.8b-9 / Sal 88 / Ap 1,5-8 / Lc 4,16-21

De una homilía del 22 de junio de 1995

“Nosotros hemos conocido y hemos creído en el amor que Dios nos tiene.Dios es amor.”(1 Jn 4,16)

Qué bellas son estas palabra de Juan, el discípulo que Jesús amaba, aquel que en la Última Cena reclino la cabeza sobre el pecho de Jesús! Para comprender el corazón de Jesús, para intuir sus latidos de amor es necesario ser un contemplativo, un testigo, uno que ha visto con los propios ojos y tocado con las propias manos al Verbo de vida.

En nuestra oración de hoy por la santificación de los sacerdotes hay un profundo silencio, una gran capacidad contemplativa, un sereno deseo de escucha, de acogida, de alegre disponibilidad al amor. Hemos creído en el amor que Dios nos tiene. De parte nuestra, pocas y simples palabras: Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo (Jn 21,17).

El sacerdote, misterio de amor. Propongo tres brevísimas reflexiones a la luz de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote.

1- El sacerdote fruto, signo, transparencia de un Dios que es amor: Como el Padre me ha amado, así yo os he amado. Permaneced en mi amor (Jn 15,9). Esta es la experiencia más profunda del sacerdote que se siente privilegiadamente amado por Jesús, escogido, consagrado, enviado. Como el Padre me ha enviado, así yo os envío (Jn 20,21). No sois vosotros los que me habéis elegido a mí, sino yo el que os he elegido a vosotros para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto permanezca (Jn 15,16). Esta experiencia del amor de Cristo, cotidianamente renovada, conserva la frescura y el ardor del sacerdote. Se siente profunda y alegremente amigo de Dios para los hombres. Como Abraham, el amigo de Dios. Como Moisés que hablaba con Dios cara a cara como un hombre habla con su amigo. Como Juan, el discípulo que Jesús amaba. Vosotros sois mis amigos… Ya no os llamo siervos…; yo os llamo amigos, porque todo lo que he oído de mi Padre os lo he dado a conocer (Jn 15,14-15). Rezar por la santificación de los sacerdotes es rezar para que aumente en nosotros la intimidad con Cristo en la oración personal, en la celebración litúrgica, en la alegre configuración con Cristo en la cruz pascual.

2- El sacerdote buen pastor y servidor. Yo soy el buen pastor, alimento a mi grey y por ellos doy mi vida. En esto se ha manifestado el amor que Dios nos tiene: Dios ha enviado a su Hijo para que tengamos vida por medio de él (1 Jn 4,9). Cristo es el don del Padre para la vida del mundo. Yo soy el buen pastor. El buen pastor da la vida por sus ovejas (Jn 10,11). El sacerdote es el don de Cristo a su Iglesia. Como Cristo -pastor, servidor, esposo- ofrece su vida por la salvación del mundo. En el corazón de la espiritualidad del sacerdote se encuentra la caridad pastoral, hecha de profundidad contemplativa, de serenidad de cruz pascual, de generosa disponibilidad para el servicio. Los hombres deben considerarnos simplemente como servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora bien, lo que se pide a un administrador es que sea fiel (1 Co 4,1-2). Nosotros no somos más que servidores de ustedes por amor de Jesús (1 Co 4,5).

A la luz de Cristo -Pastor, Servidor, Esposo- pensemos en los sacerdotes y recemos por su santificación. Por medio del Espíritu Santo el Señor aumente en nosotros la caridad pastoral, centro y plenitud de la espiritualidad sacerdotal.

3- El sacerdote constructor de comunión. Elegido entre los hombres para el servicio de la Iglesia y la salvación de los hombres, el sacerdote es consagrado por el Espíritu Santo para construir la comunidad eclesial: en comunión profunda con el Obispo, el presbiterio, los religiosos y las religiosas, los fieles laicos. Su vida y su ministerio están al servicio de la comunidad eclesial, mediante la Palabra, la Eucaristía y la Caridad. Una vez más, la urgencia de la caridad pastoral. Centrado en el misterio Pascual, con la alegría de la esperanza y la fecundidad de la cruz: Si el grano de trigo que cae en tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto (Jn 12,24). La comunión exige una gran capacidad de donación, hecha con humildad de servidor y alegría de amor fraterno: amémonos los unos a los otros, porque el amor procede de Dios, y el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor (1 Jn 4,7-8). No pretendemos imponer nuestro dominio sobre la fe de ustedes: lo que queremos es aumentarles el gozo (2 Co 1,24).

Confiemos a María, en cuyo seno virginal el Espíritu Santo formó el Santísimo Corazón de Jesús, nuestra oración por la santificación de los sacerdotes.

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