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Jueves Santo: Misa de la Cena del Señor

Jueves Santo: Misa de la Cena del Señor

Ex 12,1-8.11-14 / Sal 115 / 1Co 11,23-26 / Jn 13,1-15

De una homilía del Jueves Santo en la Parroquia Nuestra Señora de la Victoria, La Plata, 1971

“Este es mi mandamiento nuevo:ámense los unos a otros como Yo los he amado.No hay amor más grande que dar la vida por el amigo.”Jn 15,12

“Tomen y coman: Este es mi Cuerpo”.

Muy queridos hermanos míos en el Señor:

Jueves Santo de 1971. Estamos congregados por el Espíritu en el nombre del Señor Jesús, para conmemorar la Cena del Señor. Tenemos seguridad, carísimos hermanos, en una presencia misteriosa y muy honda, una presencia de amor de Cristo, ya, en medio de nosotros. El sacerdote que ha proclamado el Evangelio les ha asegurado a ustedes “el Señor está con ustedes”. Es esa presencia que asegura habernos congregado como una sola familia, un solo corazón y una sola alma para recibir en silencio la mismísima Palabra del Señor. Y yo quisiera que fuera ella, la Palabra del Señor, la que ahora continuara hablándonos, que nos iluminara por dentro, que nos quemara para purificarnos y que nos cambiara.

Nos ha hablado la Palabra del Señor. Nos hemos congregado en familia para comprometernos con ella, con esa misma Palabra, a realizarla después en lo cotidiano, en lo simple, en lo de cada rato, en casa, en el trabajo y en la calle. Porque la Palabra de Dios exige ser recibida en el silencio y en la pobreza, como María, ser realizada después en total y plena disponibilidad, porque eso es ser cristiano.

Nos hemos congregado esta tarde, mis queridos hermanos, en la mismísima tarde de la celebración de la Institución de la Eucaristía, de la Institución del Misterio Sacerdotal, de la entrega de un mandamiento de Amor.

Debió ser así, una tarde como esta, aquella en la cual Jesús se reunió con sus discípulos. Les dijo: Tomen, coman, esto es mi Cuerpo que será entregado por ustedes; esta es mi Sangre que será derramada por ustedes. Debió ser una tarde así, una tarde así en la cual el Señor les dijo: hagan esto en memoria mía hasta el final, hasta que yo vuelva. Proclamen siempre la muerte del Señor hasta que yo vuelva. Debió ser una tarde así cuando les dijo a los discípulos: ámense los unos a los otros como Yo los he amado.

Y yo me pregunto si después de veinte siglos nosotros hemos comido verdaderamente el Cuerpo del Señor y bebido su Sangre. Porque el mundo tendría que ser distinto si los cristianos hubiésemos comido de veras el Cuerpo y bebido la Sangre del Señor. Yo me pregunto si ahora, en 1971, comprendemos que el mandamiento del Señor tiene todavía vigencia y que a nosotros los cristianos nos ha comprometido a amar de veras, amar perdonando, a amar comprendiendo, a amar sirviendo.

El Evangelio de hoy comenzó haciendo referencia a la hora de Jesús. Dice que sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre. Era la hora misteriosa de la cual había hablado tantas veces el Apóstol Juan; la hora marcada por el Padre para la redención de los hombres; la hora en que se iba a producir la unidad del mundo; la hora en que iban a dejar de ser dos pueblos, para hacerse en la unidad del hombre nuevo de Cristo, el Señor Resucitado, el solo Pueblo de Dios; la hora en que se iba a hacer la unidad muy profunda de los hombres enemistados, lejanos, y ahora volvían al Padre; la hora del amor, la hora de la unidad.

Yo quisiera mis hermanos, que comprendiéramos que también nosotros tenemos una hora, y que esta hora es la nuestra, que tenemos que comprenderla bien, que tenemos que amarla con intensidad y que tenemos que vivirla con generosidad. ¡Esta hora nuestra! Esta hora nuestra así como se da; esta hora nuestra con todos sus riesgos y oscuridades, también con todas sus posibilidades y esperanzas; esta hora tan difícil y dura; esta hora tan rica y tan llena de Dios. Esta hora en la cual el Señor me está pidiendo absolutamente todo, a mí, cristiano.

Y es en esta hora donde yo voy a celebrar otra vez la Pascua con Jesús. Es en esta hora donde yo recojo ahora la Palabra de Jesús: que tengo que amar a mis hermanos. Es en esta hora que yo advierto que mi fe no es únicamente para proclamarla en la iglesia, en el templo, sino para vivirla en lo cotidiano, en lo simple y con todos los hombres. Es esta la hora que yo tengo que aprender que es necesario morir, despojarme, desprenderme para servir de veras a nuestros hermanos.

Quisiera que comprendiéramos esta hora. Les decía que es una hora muy difícil pero al mismo tiempo muy rica, muy llena de la presencia de Dios. El Espíritu de Dios está moviendo a las almas y comprometiéndolas a que vivan sencillamente, pero con intensidad, su cristianismo. Es la hora en que pareciera que todo se quiebra y se despedaza, en que pareciera que el amor mismo ha muerto entre los hombres, en que la injusticia se ha apoderado del corazón de los mortales. Es en esta hora donde yo, cristiano, tengo que poner un poco más de la Luz de la Verdad. Esta hora en la cual yo tengo que plantar la justicia y ser realmente hacedor de la paz en la justicia. Es la hora en que yo tengo que comprometerme, muriendo todos los días un poco, a amar de veras a mis hermanos.

Hoy conmemoramos, mis queridos hermanos, como tres Misterios. Es, ante todo, el Misterio del Sacramento del Amor en la Eucaristía, la Institución de la Eucaristía. Es también el Misterio mismo del Amor en la permanencia del misterio sacerdotal: Cristo que instituye el sacerdocio, ¡ministerio de amor! Y es el mandamiento nuevo, el mandamiento del amor. Todo en torno al amor.

Yo quisiera que pensáramos un poco con toda sencillez y que nos comprometiéramos a amar ahora, en este momento en que nuestro corazón está tal vez un poco más aliviado por la presencia del Señor, un poco más ayudado por el compromiso de nuestros hermanos; que nos comprometiéramos a amar en momentos en que el mundo lo que necesita es que los cristianos aprendiéramos a amar de veras. ¡Porque amar es fácil, saber amar es difícil!

La Eucaristía

Es un sacramento del amor, la Eucaristía. Es Cristo el que toma su Cuerpo y lo entrega: este es mi Cuerpo que es entregado, esta es mi sangre que es derramada. El amor es unidad, es comunión fraterna; el amor es esperanza; el amor es entrega. Todo ello aparece en la Eucaristía.

El amor es comunión fraterna. El Apóstol Pablo encuadra el relato de la Institución en un contexto de amor. No pueden hablar de una verdadera celebración eucarística –dice el Apóstol Pablo, escribiendo a los Corintios– cuando ustedes están peleándose los unos con los otros. ¿Qué clase de comunión, qué clase de cena celebran ustedes? La Cena del Señor es otra. Entonces que cada uno se analice y piense bien cómo tiene su corazón; si lo tiene cerrado a los demás, si come, si se emborracha mientras el hermano está pasando hambre –es Pablo el que lo dice–; si se apresura a comer sin esperar al hermano –es Pablo el que lo dice–; es decir, si hay divisiones entre nosotros. ¿Qué clase de Eucaristía celebramos?

Entonces yo quisiera preguntarles, mis hermanos, en este día de la Institución de la Eucaristía, ya que la Eucaristía es unidad, es comunión fraterna: ¿cómo vivimos nosotros con nuestros hermanos? Si nuestro corazón es limpio pero cerrado, ¿de qué sirve? Nuestro corazón tiene que abrirse cotidianamente en la medida en que entra el Pan de la unidad.

No se celebra la Eucaristía si no hay una comunión de hermanos. Y la misma Eucaristía, una vez que hemos participado en el Cuerpo y en la Sangre del Señor, nos compromete para hacer la unidad entre los hermanos. De tal manera que cuando salgo de la celebración eucarística, de haber escuchado la Palabra y de haber recibido el Cuerpo del Señor, tengo que comprometerme a hacer la unidad en casa, en el trabajo, en el barrio; tengo que sentirme portador de una comunión. Pero, queridos hermanos y amigos, esta comunión no se da si yo mismo no estoy permanentemente en comunión con Cristo. La comunión con los hombres se quiebra muy fácilmente si no hay algo poderoso que nos está uniendo. Es necesario entrar en comunión muy profunda con el Cristo muerto y resucitado. Es por allí por donde tiene que ir la cosa.

La Eucaristía es esperanza. En la primera lectura hemos escuchado cómo hay que comer la Eucaristía del Señor: de prisa, rápidamente, con los pies calzados, con el bastón de peregrinos en mano, porque estamos andando. La Eucaristía es esperanza, la Eucaristía es camino. La Eucaristía es esperanza: proclamaréis la muerte del Señor hasta que Él vuelva, nos dice el Apóstol Pablo.

Hoy que a los hombres nos hace falta tanto el alimento, la firmeza, la seguridad, la valentía, el coraje de la esperanza. Hoy que nos sentimos un poco desalentados y cansados como para cruzarnos de brazos y decir: ya no se puede hacer absolutamente nada. Hoy que nos entra a nosotros un poco como la tentación de la desesperanza, del desaliento. Hoy que vemos que todo se oscurece y se quiebra. Hoy que fácilmente, aún dentro del seno de la Iglesia, nos viene la tentación de convertirnos en profetas de calamidades: ¡ya no hay más remedio! ¡Qué necesidad de convertirnos en luminosos y ardientes testigos de esperanza! La Eucaristía, el Pan de los fuertes, la que nos da la esperanza.

La Eucaristía es entrega, es donación; Cristo que se da. Todos los días en la celebración de la Eucaristía recordamos estas palabras de Jesús, con las cuales realizamos la Eucaristía: este es mi Cuerpo que se entrega, esta es mi Sangre que es derramada. Entregarse. Derramarse es darse, es olvidarse completamente, es vivir para los demás. ¡Qué lección sublime para nosotros que todavía nos guardamos, que nos encerramos, que nos cuidamos! Qué bueno es ser derramado, ser comido, ser entregado.

El sacerdocio

Hay alguien mis hermanos, que por definición es el hombre que tiene que ser devorado y comido: es el sacerdote. Hoy recordamos también la institución del sacerdocio, misterio de amor. No tiene sentido la vida sacerdotal sino en una línea de amor auténtico. Todo en la vida del sacerdote tiene que irradiar amor; la palabra de él, tiene que ser una palabra de auténtico amor cristiano; tiene que ser una exhortación a la unidad, como fue la de Cristo.

Su presencia tiene que ser también presencia de comunión. Es el que hace y preside la comunión de sus hermanos. Yo creo que es eso lo esencial en el sacerdote. El hombre que hace y preside la comunión, el hombre que hace y preside la unidad, él en su misma vida. No tiene sentido su existencia si no es vivida en una inmolación y ofrenda a Dios.

En el programa de celebraciones de Semana Santa hay una frase al final que dice: “la caridad pastoral nace en el silencio, madura en la cruz, se expresa en la alegría pascual”. La vida del sacerdote tiene que ser eso, una vida vivida en el amor, una vida consagrada al amor. Él tiene que ser la expresión de Dios que es Padre, que es Amor. Y tiene que irradiar constantemente la alegría pascual de vivir en el silencio, en la cruz, en el servicio, en la donación.

El sacerdote es el hombre particularmente elegido por Cristo y consagrado por el Espíritu Santo para servir al Pueblo de Dios en orden a formar una auténtica comunidad de salvación. Allí está la elección de Cristo: no son ustedes los que me han elegido a mí sino que soy Yo el que los he elegido a ustedes. Por eso lo sacerdotal es irreversible. Hay una llamada y una respuesta que es para siempre. Hay una llamada de Dios que tiene derecho a pedir lo absoluto. Y hay una respuesta de entregar –cuando Dios se lo pide– lo absoluto. Este es el sentido de la vida sacerdotal: una inmolación y una ofrenda, una entrega.

Es el hombre consagrado por el Espíritu. Sigue teniendo la fragilidad humana. Sigue estando lleno de defectos, de imperfecciones. Por esto tiene que ser el hombre pobre, el que se reconoce todos los días culpable y necesita golpearse el pecho como sus hermanos y pedirle al Señor que le perdone. Él podrá comprender mejor a los que yerran y se equivocan porque él todos los días está rodeado también de debilidad. Pero es el hombre consagrado por el Espíritu, el hombre que se apoya en Aquel para quien nada es imposible. Es el hombre que ha sido consagrado por el Espíritu para servir, servir al Pueblo de Dios.

Su palabra no es suya, es la de Aquel que le envió. Él no tiene derecho de hablar de cualquier cosa y de cualquier forma. Él tiene que trasmitir la única Palabra que salva, que es la Palabra de Dios, como un eco de lo contemplado, de lo vivido, de lo engendrado adentro. El sacerdote no tiene derecho a defraudar el hambre espiritual de sus hermanos.

Queridos hermanos, en esta institución de la Eucaristía yo encuentro los gestos sacerdotales de Cristo. Cristo que preside la Eucaristía, que celebra el Pan y el Vino, Cristo que habla, Cristo Profeta. Su Palabra es exhortación: ámense los unos a los otros. Su Palabra es plegaria: Padre que sean uno como nosotros somos uno. Y es Cristo que sirve, que se inclina a lavarles los pies a los Apóstoles. Esta es la vida sacerdotal.

El sacerdote es el profeta, es el que habla, el que dice una palabra de Dios para las almas que tienen hambre de Dios. El sacerdote es el que habla con Dios en nombre de los hombres. No se pertenece y no le pertenece su doctrina; es de Cristo y para los hombres; tiene que asimilarla, rumiarla, engendrarla, vivirla. Y luego es el hombre que sirve, el hombre que debe tener una capacidad muy grande para entender a los hermanos y vivir su misma angustia y esperanza; una gran capacidad, un gran corazón.

Queridos hermanos, yo pediría hoy que rezaran muy particularmente por los sacerdotes. Tal vez la imagen que estamos dando sobre todo en este momento, los defraude. Yo lo que quiero decirles es que lo que instituyó Cristo es algo extraordinariamente grande y divino puesto en moldes muy frágiles y muy de barro. Pero las palabras, los gestos, la presencia, son del Señor, ¡son del Señor! Recen para que los sacerdotes seamos nada más que la imagen sencilla, simple, servidora de Cristo. Que seamos como el paso del Señor en la historia.

El mandamiento nuevo

Por último, hoy recogemos un mandamiento de amor: ámense los unos a los otros como Yo los he amado. Lo nuevo aquí es porque Cristo nos amó, como Cristo nos amó. ¡Esto es lo nuevo! Porque desde el principio los hombres debíamos amarnos los unos a los otros. ¡Cómo lo hemos olvidado, cómo lo estamos olvidando! Amarnos como Cristo nos amó y Cristo nos amó en la totalidad de los hombres. Cristo amó a los niños y a los no niños, amó a los pobres y a los ricos, amó a los pecadores y a los justos; tuvo su predilección por los niños, por los pobres, por los enfermos, por los pecadores. Pero el amor de Cristo no es excluyente: ama a los pobres pero nunca los ama contra los ricos, ama a los pecadores pero nunca los ama contra los justos. El amor es siempre con alguien, en comunión; nunca es en contra de nadie. Amar como Cristo hasta dar la vida: no hay amor más grande que el de aquel que da la vida por el amigo. Dar la vida una vez y para siempre es quizá relativamente fácil, en un momento solemne… ¡Darla cotidianamente! Con la vida de Dios en nosotros. Darla cotidianamente en la actitud sencilla y cotidiana de servicio, en la palabra buena que podamos dar, en el sencillo gesto de amistad con que acompañamos a nuestros hermanos. ¡Eso es dar la vida!

Dar la vida es tratar de tener una capacidad muy grande para intuir el problema de los demás, para crear el bien en los demás, para darnos a los demás. Porque el amor es intuición, es donación, es creación.

El amor es intuición. ¿No es cierto que cuando dos personas se aman no necesitan hablarse mucho porque enseguida se entienden? ¡El amor es intuición! Amar como Cristo nos amó es intuir la necesidad del hermano.

Amar es creación. Por eso cuando dos esposos se aman bien, crean. Crean una comunión espiritual entre ellos, crean después el fruto del amor en el hijo. El amor es siempre una creación. Cuando amamos bien ponemos el bien en el corazón de nuestros hermanos. Amar bien a una persona es hacerla más buena, es contagiarle un poco el Cristo que nosotros hemos encontrado, la alegría y la esperanza que a nosotros nos ha dado Cristo.

El amor es donación, es entrega total de nosotros mismos.

Mis queridos hermanos, no más. Que el Señor nos enseñe hoy a amar de veras. Que nos pongamos todos en esta celebración de la Eucaristía, en el Jueves Santo de 1971. Que nos pongamos todos en actitud de decirle al Señor: gracias Señor por la Eucaristía que nos has dado. Queremos vivirla siempre como comunión fraterna, como entrega, como esperanza. Gracias Señor por los sacerdotes que nos has dado. Comprendemos su debilidad y su miseria. Reaccionamos comprometiendo nuestra vida para que sean luz y sean sal y sean fermento de Dios. Gracias Señor por la lección sublime que nos has dado, porque Tú has muerto y nos has enseñado cómo se ama hasta el final. Que los hombres comprendamos de una vez por todas que si no amamos así el mundo no se salva. Que así sea.

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