II Domingo de Pascua, ciclo A

 

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¡CRISTO HA RESUCITADO VERDADERAMENTE, ALELUYA!

Es el anuncio del más grande prodigio de la Historia vertido a todas las lenguas y palpitante dentro de todos los corazones. ¡Oh, paz, paz de Navidad y de Pascua! ¡Suspiro de todos los siglos y de todas las naciones; suspiro de este nuestro tiempo de incertidumbres, de temores! Los fundamentos de la paz no son otra cosa que la verdad, la justicia, el verdadero amor y la disposición generosa a dar y darse en favor de los hermanos. En este sentido Cristo nos enseñó con su palabra, nos dio ejemplo con su vida. En Él se puede aprender el ejercicio de este amor y de esta efusión de paz. Sí, el don de la Pascua, el don de este año y el de siempre, lo proclamamos ante el cielo y ante la tierra: es la paz. La paz de Pascua es la paz de Navidad.

SAN JUAN XXIII

 

ORACIÓN COLECTA: Dios de eterna misericordia, que en la celebración anual de las fiestas pascuales reavivas la fe del Pueblo santo, acrecienta en nosotros los dones de tu gracia para comprender, verdaderamente, la inestimable grandeza del bautismo que nos purificó, del espíritu que nos regeneró y de la sangre que nos redimió. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.

 

De los Hechos de los Apóstoles 2,42-47

Todos se reunían asiduamente para escuchar la enseñanza de los Apóstoles y participar en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones. Un santo temor se apoderó de todos ellos, porque los Apóstoles realizaban muchos prodigios y signos. Todos los creyentes se mantenían unidos y ponían lo suyo en común: vendían sus propiedades y sus bienes, y distribuían el dinero entre ellos, según las necesidades de cada uno. Íntimamente unidos, frecuentaban a diario el Templo, partían el pan en sus casas, y comían juntos con alegría y sencillez de corazón; ellos alababan a Dios y eran queridos por todo el pueblo. Y cada día, el Señor acrecentaba la comunidad con aquellos que debían salvarse.

 

Salmo responsorial: 117,2-4.13-15.22-24

 R/ Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.

 

Diga la casa de Israel: eterna es su misericordia. Diga la casa de Aarón: eterna es su misericordia. Digan los fieles del Señor, eterna es su misericordia. R/

Empujaban y empujaban para derribarme, pero el Señor me ayudó; el Señor es mi fuerza y mi energía, él es mi salvación. Escuchad: hay cantos de victoria en las tiendas de los justos. R/

La piedra que desecharon los arquitectos, es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho ha sido un milagro patente. Este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo.. R/

 

De la 1ª carta del Apóstol san Pedro 1,3-9

Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, nos hizo renacer, por la resurrección de Jesucristo, a una esperanza viva, a una herencia incorruptible, incontaminada e imperecedera, que ustedes tienen reservada en el cielo. Porque gracias a la fe, el poder de Dios los conserva para la salvación dispuesta a ser revelada en el momento final. Por eso, ustedes se regocijan a pesar de las diversas pruebas que deben sufrir momentáneamente: así, la fe de ustedes, una vez puesta a prueba, será mucho más valiosa que el oro perecedero purificado por el fuego, y se convertirá en motivo de alabanza, de gloria y de honor el día de la Revelación de Jesucristo. Porque ustedes lo aman sin haberlo visto, y creyendo en Él sin verlo todavía, se alegran con un gozo indecible y lleno de gloria, seguros de alcanzar el término de esa fe, que es la salvación.

 

SECUENCIA:

Cristianos, ofrezcamos al Cordero Pascual nuestro sacrificio de alabanza.

El Cordero Cristianos, ofrezcamos al Cordero Pascual nuestro sacrificio de alabanza.

El Cordero ha redimido a las ovejas: Cristo inocente, reconcilió a los pecadores con el Padre.

La muerte y la vida se enfrentaron en un duelo admirable: el Rey de la vida estuvo muerto, y ahora vive.

Dinos, María Magdalena, ¿qué viste en el camino?

Vi el sepulcro de Cristo que otra vez vive y también vi la gloria del Resucitado. Vi por testigos a los ángeles, vi su sudario y sus vestidos.

Ha resucitado Cristo, mi esperanza, y precederá a los discípulos en Galilea.

Sabemos que Cristo resucitó realmente;

Tú, Rey Victorioso, ten piedad de nosotros.ha redimido a las ovejas: Cristo inocente, reconcilió a los pecadores con el Padre.

La muerte y la vida se enfrentaron en un duelo admirable: el Rey de la vida estuvo muerto, y ahora vive.

Dinos, María Magdalena, ¿qué viste en el camino?

Vi el sepulcro de Cristo que otra vez vive y también vi la gloria del Resucitado. Vi por testigos a los ángeles, vi su sudario y sus vestidos.

Ha resucitado Cristo, mi esperanza, y precederá a los discípulos en Galilea.

Sabemos que Cristo resucitó realmente;

Tú, Rey Victorioso, ten piedad de nosotros

 

Evangelio según san Juan 20,19-31

Al atardecer del primer día de la semana, los discípulos se encontraban con las puertas cerradas, por temor a los judíos. Entonces, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: “¡La paz esté con ustedes!” Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: “¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes”. Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: “Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan”. Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron: “¡Hemos visto al Señor!” El les respondió: “Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré”. Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: “¡La paz esté con ustedes!” Luego dijo a Tomás: “Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe”. Tomas respondió: “¡Señor mío y Dios mío!” Jesús le dijo: “Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!” Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no se encuentran relatados en este Libro. Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre.

 

“La paz sea con vosotros” (Jn 20, 19). Estas fueron las primeras palabras de su mensaje pascual. ¡Cuán grande es el bien que El nos da con esta paz, y que el mundo no puede dar (cf. Jn 14, 27)! ¡Cuán íntimamente unida está con su venida y su misión! ¡Cuán necesaria es para el mundo su presencia, la victoria de su espíritu, el orden proveniente de su mandamiento de amor, para que los hombres, las familias, las naciones y los continentes puedan gozar de la paz! Paz universal Este saludo del Resucitado a los Apóstoles en el Cenáculo de Jerusalén queremos repetirlo hoy desde este lugar y dirigirlo a todos los lugares. ¡Y paz a vosotros, pueblos que vivís en los diversos sistemas sociales, económicos y políticos! ¡Paz! Como fruto del orden fundamental; como expresión del respeto del derecho a la vida, a la verdad, a la libertad, a la justicia y al amor a todo hombre. Paz a las conciencias y paz a los corazones.

SAN JUAN PABLO II

 

Hoy es el octavo día después de Pascua, y el Evangelio de Juan nos documenta las dos apariciones de Jesús resucitado a los Apóstoles reunidos en el Cenáculo: la de la tarde de Pascua, en la que Tomás estaba ausente, y aquella después de ocho días, con Tomás presente. La primera vez, el Señor mostró a los discípulos las heridas de su cuerpo, sopló sobre ellos y dijo: «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo» (Jn 20, 21). Les transmite su misma misión, con la fuerza del Espíritu Santo.

Pero esa tarde faltaba Tomás, el cual no quiso creer en el testimonio de los otros. «Si no veo y no toco sus llagas —dice—, no lo creeré» (cf. Jn 20, 25). Ocho días después —precisamente como hoy— Jesús vuelve a presentarse en medio de los suyos y se dirige inmediatamente a Tomás, invitándolo a tocar las heridas de sus manos y de su costado. Va al encuentro de su incredulidad, para que, a través de los signos de la pasión, pueda alcanzar la plenitud de la fe pascual, es decir la fe en la resurrección de Jesús.

Tomás es uno que no se contenta y busca, pretende constatar él mismo, tener una experiencia personal. Tras las iniciales resistencias e inquietudes, al final también él llega a creer, aunque avanzando con fatiga, pero llega a la fe. Jesús lo espera con paciencia y se muestra disponible ante las dificultades e inseguridades del último en llegar. El Señor proclama «bienaventurados» a aquellos que creen sin ver (cf. v. 29) —y la primera de estos es María su Madre—, pero va también al encuentro de la exigencia del discípulo incrédulo: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos…» (v. 27). En el contacto salvífico con las llagas del Resucitado, Tomás manifiesta las propias heridas, las propias llagas, las propias laceraciones, la propia humillación; en la marca de los clavos encuentra la prueba decisiva de que era amado, esperado, entendido. Se encuentra frente a un Mesías lleno de dulzura, de misericordia, de ternura. Era ése el Señor que buscaba, él, en las profundidades secretas del propio ser, porque siempre había sabido que era así. ¡Cuántos de nosotros buscamos en lo profundo del corazón encontrar a Jesús, así como es: dulce, misericordioso, tierno! Porque nosotros sabemos, en lo más hondo, que Él es así. Reencontrado el contacto personal con la amabilidad y la misericordiosa paciencia de Cristo, Tomás comprende el significado profundo de su Resurrección e, íntimamente trasformado, declara su fe plena y total en Él exclamando: «¡Señor mío y Dios mío!» (v. 28). ¡Bonita, bonita expresión, esta de Tomás!

Él ha podido «tocar» el misterio pascual que manifiesta plenamente el amor salvífico de Dios, rico en misericordia (cf. Ef 2, 4). Y como Tomás también todos nosotros: en este segundo domingo de Pascua estamos invitados a contemplar en las llagas del Resucitado la Divina Misericordia, que supera todo límite humano y resplandece sobre la oscuridad del mal y del pecado. Dirijamos la mirada hacia Jesús, que siempre nos busca, nos espera, nos perdona; tan misericordioso que no se asusta de nuestras miserias. En sus heridas nos cura y perdona todos nuestros pecados. Que la Virgen Madre nos ayude a ser misericordiosos con los demás como Jesús lo es con nosotros.

 

Francisco

 

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