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HORA DE GRACIA PARA LOS JÓVENES (Mensaje a los Jóvenes, Mar del Plata, 18 de septiembre de 1974)

MENSAJE A LOS JÓVENES

Mis queridos jóvenes:

Inician ustedes una marcha en la esperanza. Como un signo y un compromiso. Con una característica especial: la alegría. Son testigos de un Cristo de la Pascua, que resucitó y vive, que es Señor de la historia y va haciendo el camino con los hombres.

El momento es difícil y cargado de tensiones. Pero es la hora de Dios para nosotros: es preciso descubrirla en sus exigencias, asumirla con heroísmo y vivirla con la actividad creadora de la esperanza.

Es la hora de Dios para los jóvenes: hora de gracia y de responsabilidad, de madurez interior y de generoso servicio a los hermanos. No se puede ser superficial ni indiferente. Tampoco se puede ser cómodo, agresivo y violento. Sólo “el amor es constructivo” (1Cor. 8,1).

La historia gira hoy alrededor de la respuesta de los jóvenes. Espera su fidelidad. Todo el mundo los mira con esperanza o con miedo. Pueden construir, en la fuerza de la justicia y en la fecundidad del amor, una paz auténtica y duradera, o pueden acelerar en la violencia una destrucción irreparable.

Yo les dejo a los jóvenes la responsabilidad evangélica de construir positivamente la paz: “Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios” (Mt. 5, 9).

Trabajar por la paz no es nada fácil hoy. Sobre todo cuando los adultos no lo hemos hecho y hemos sembrado, por maldad o por inconciencia, los gérmenes de una violencia que ahora nos asusta y nos despedaza.

Pero la paz es posible todavía y hay que hacerla. Porque es posible el amor. Porque el “Señor de la Paz” (Is. 9, 5) sigue viviendo con nosotros hasta el final (Mt. 28, 20).

Si hubiera de pedir algo a los jóvenes les diría lo siguiente:

a) vivan en profundidad interior: de lectura seria y de estudio, de penetración honda en la fe, de reflexión y de diálogo, de oración y contemplación. Que no sea una forma de comodidad, de egoísmo o de evasión. No. Que sea un modo de escuchar a Dios para responder al hombre, un modo de recibir al Justo y al Santo para comunicar la justicia. De la madurez interior nace la luz, el equilibrio y el compromiso;

b) vivan en la alegría fecunda de la comunión: con todos los hombres, con los más pobres y desposeídos, con los que sufren injusticia y opresión, con los enfermos y marginados. Pero también con todos los otros: con los que no han aprendido todavía a vivir el Evangelio ni han descubierto plenamente al Señor. También ellos son hermanos y probablemente necesiten, más que nadie, su caridad cristiana, su oración y su presencia. No miren a nadie con odio ni alienten la violencia. Sigan gritando la fuerza transformadora del amor y la eficacia infalible del Evangelio. Hacen falta jóvenes fuertes que tengan el coraje de construir el mundo desde adentro: con el trabajo, la alegría del servicio y la fecundidad de la esperanza.

c) por eso, finalmente, vivan en el dinamismo creador de la esperanza cristiana. Cuando la esperanza muere en el mundo, todo se paraliza. Pero cuando se seca en el corazón de los jóvenes, todo se incendia y se derrumba. La esperanza es virtud característica de los jóvenes: porque indica fortaleza y compromiso. San Juan –el Apóstol joven y el predilecto de Jesús– les escribía a los jóvenes de su tiempo: ¡Jóvenes, les escribo porque ustedes son fuertes, y la Palabra de Dios permanece en ustedes, y ustedes vencieron al Maligno” (1Jn. 2, 13–14).

Quizás estas cosas les parezcan extrañas y anticuadas, ingenuas e irreales, pero quiero mostrarles a los jóvenes el único camino para construir la paz: formen comunidades profundas en la oración, fraternas en la comunión y dinámicamente misioneras en la esperanza.

Quisiera así que mi mensaje, sincero y fraterno, llegara a través de ustedes a todos los jóvenes.

Les pediría que sean fieles a su vocación en esta hora: fieles a un Dios que los llama y los compromete, a un Dios que los transforma y los acompaña; fieles a un pueblo que tiene hambre de justicia, deseos de paz y necesidad de amor. Fieles a Cristo, eternamente joven, que peregrina con nosotros y lo pide todo (Mc. 10, 21). Fieles a los hombres que esperan de nosotros la alegría de la salvación.

Queridos jóvenes: en el nombre del Señor inician ustedes una marcha. Que sea la peregrinación fraterna hacia la paz. Y que el camino esté marcado por estas palabras de San Pablo: “Amen con sinceridad. Sean alegres en la esperanza. Venzan al mal haciendo el bien” (Rom. 12, 9–21).

Que la Virgen de la Esperanza –que es la Virgen joven del camino, de la fidelidad y del servicio– los haga fieles y alegres, profundos y comprometidos, fuertes y luminosos testigos de un Cristo que es la Paz, que resucitó y que sigue viviendo con nosotros.

Mar del Plata, 18 de setiembre de 1974

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