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Ha nacido nuestro Salvador: ¡Alegrémonos!

Textos comentados en la Cuarta charla de Navidad:

HA NACIDO NUESTRO SALVADOR: ¡ALEGRÉMONOS!

Evangelio según san Lucas, 2, 1-20

En aquella época apareció un decreto del emperador Augusto, ordenando que se realizara un censo en todo el mundo. Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria. Y cada uno iba a inscribirse a su ciudad de origen. José, que pertenecía a la familia de David, salió de Nazaret, ciudad de Galilea, y se dirigió a Belén de Judea, la ciudad de David, para inscribirse con María, su esposa, que estaba embarazada. Mientras se encontraban en Belén, le llegó el tiempo de ser madre;  y María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el albergue. En esa región acampaban unos pastores, que vigilaban por turno sus rebaños durante la noche. De pronto, se les apareció el Angel del Señor y la gloria del Señor los envolvió con su luz. Ellos sintieron un gran temor, pero el Angel les dijo: «No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre». Y junto con el Angel, apareció de pronto una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: ¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por él». Después que los ángeles volvieron al cielo, los pastores se decían unos a otros: «Vayamos a Belén, y veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos ha anunciado». Fueron rápidamente y encontraron a María, a José, y al recién nacido acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que habían oído decir sobre este niño, y todos los que los escuchaban quedaron admirados de que decían los pastores. Mientras tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón. Y los pastores volvieron, alabando y glorificando a Dios por todo lo que habían visto y oído, conforme al anuncio que habían recibido.

Cuando la Navidad vuelve a nuestro calendario, surge una pregunta al espíritu de la humanidad: Jesús: ¿quién era Jesús? Nuestra fe se regocija y clama: es Él, es Él, el Hijo de Dios hecho hombre; él es el Mesías que hemos estado esperando: es el Salvador del mundo, es finalmente el Maestro de nuestra vida; es el Pastor quien guía a los hombres a sus pastos en el tiempo, a sus destinos más allá del tiempo, es alegría. del mundo; él es la imagen del Dios invisible (Col.1,15); él es el camino, la verdad, la vida; él es el Amigo interior; Él es aquel que nos conoce incluso desde lejos; conoce nuestros pensamientos; es él quien puede perdonarnos, consolar, sanar, incluso resucitar; y es él quien regresará, Juez de todos y cada uno.

Y esta letanía podría continuar, asumiendo la onda de un canto cósmico, sin fin y sin límites (cf. Col.2). Pero habiendo estallado nuestra alma en este himno de gloria y fe, ¿podemos decir que estamos completamente satisfechos? ¿O no queda en lo más profundo de nuestro espíritu la necesidad de saber mejor, de decir más? Ciertamente, porque Jesucristo es un misterio, es decir, un Ser que sobrepasa nuestra capacidad de comprender y expresar; Nos encanta, nos embriaga, y precisamente de esta manera nos instruye sobre nuestros límites y sobre la necesidad de estudiar más, de profundizar más, de explorar mejor “cuál es la anchura, y la longitud, y la altura, y la profundidad” de su misterio (cf. Hebr.3, 13).

Esta es la invitación que cada año la Iglesia propone a los fieles. ¿Qué podría ser más humano, más bello, más auténtico que una celebración de la Navidad? Que la Navidad sea para todos vosotros la epifanía del Señor, es decir, una auténtica manifestación de Quién es Él y de lo que Él ha obrado para nosotros, despertando en vuestras almas el deseo, la necesidad, el deber de conocerlo bien, de conocerlo mejor, “en el Espíritu y en la Verdad”. Pablo VI

 

Amadísimos, hoy ha nacido nuestro Salvador; alegrémonos. Porque no cabe la tristeza, en este día que nace la vida; vida que destruye el temor de la muerte, y nos llena de gozo con la promesa de la eternidad.

Nadie se considere excluido de la participación en este regocijo. Todos tienen un mismo motivo de alegría, ya que nuestro Señor, vencedor del pecado y de la muerte, como no a nadie encontró libre de culpa, vino a salvarnos a todos. Alégrese el justo, porque se acerca a la recompensa; regocíjese el pecador, porque se le brinda el perdón; anímese el pagano, porque es llamado a la vida.

Pues el Hijo de Dios, al cumplirse la plenitud de los tiempos, establecidos por los inescrutables y supremos designios divinos, asumió la naturaleza del género humano para reconciliarla con su Creador, -de modo que el demonio, autor de la muerte, se viera vencido por la misma naturaleza gracias a la cual había vencido.

Por eso, cuando nace el Señor, los ángeles cantan jubilosos: Gloria a Dios en el cielo, y anuncian: y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor. Ellos ven, en efecto, que todas las naciones del mundo son incorporadas a la Jerusalén celestial. ¿Cómo, pues, no habrá alegría en el humilde mundo de los hombres con esa obra inefable de la bondad divina, si causa tanto gozo en la esfera sublime de los ángeles?

Por lo tanto, amadísimos, demos gracias a Dios Padre por medio de su Hijo, en el Espíritu Santo, que por la inmensa misericordia con que nos amó, se compadeció de nosotros y cuando estábamos muertos a causa de nuestros pecados, nos hizo revivir con Cristo, para que fuésemos en Él una nueva creatura, una nueva obra de sus manos.

Despojémonos, entonces, del hombre viejo con todas sus actos y, habiendo sido admitidos a participar del nacimiento de Cristo, renunciemos a las obras de la carne.

Reconoce, oh cristiano, tu dignidad y, puesto que has sido hecho partícipe de la naturaleza divina, no vuelvas a tu antigua perversidad por una vida depravada. Recuerda de qué cabeza y de qué cuerpo eres miembro. No olvides que fuiste liberado del poder de las tinieblas y trasladado a la luz y al reino de Dios.

Gracias al sacramento del bautismo te has convertido en templo del Espíritu Santo; no ahuyentes con tus malas acciones a tan noble huésped, no te entregue otra vez como esclavo al demonio: pues has costado la sangre de Cristo. San León Magno

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