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Danos hoy el Pan de cada día: “El Padre del cielo les dará cosas buenas a los que le piden”

EL PADRE NUESTRO DE CADA DÍA

Textos comentados en la Quinta Charla:

DÁNOS HOY EL PAN DE CADA DÍA

“EL PADRE DEL CIELO LES DARÁ COSAS BUENAS A LOS QUE LE PIDEN”

“La cuarta petición del Padrenuestro nos parece la más humana de todas: el Señor, que orienta nuestra mirada hacia lo esencial, hacia lo único necesario, sabe también de nuestras necesidades terrenales y las tiene en cuenta. Él, que dice: “No estéis agobiados por la vida pensando qué vais a comer” (Mt 6,25), nos invita a pedir nuestra comida y a trasmitir al Padre esta preocupación nuestra, a decirle al Padre lo que nos hace falta, exponerle lo que nos aflige.  Esta petición nos hace tomar conciencia de que todo, absolutamente todo en nuestra vida depende de Dios, hasta el pedazo de pan. Nosotros solos no podemos nada. Podemos plantar la semilla, merjorar y cuidar la tierra, regarla, pero la lluvia y el sol no dependen de nosotros. Y sin ellas la semilla es imposible que crezca, que se haga trigo que se haga pan. El sol y la lluvia vienen “de arriba”. Esto nos muestra que el hombre no puede darse la vida por sí mismo o con sólo sus fuerzas.  Sólo abriéndonos a Dios nos hacemos grandes y libres, llegamos a ser nosotros mismos. Podemos y debemos pedir. Si los padres terrenales dan cosas buenas a sus hijos cuando las piden, Dios no nos va a negar los bienes que sólo Él puede dar”(Benedicto XVI).

 

“El que pide el pan para hoy es pobre. La oración presupone la pobreza de los discípulos. Son personas que han renunciado a todo, al mundo, a sus riquezas, a sus halagos, y sólo piden lo necesario para vivir. Con razón piden lo necesario para vivir un solo día, pues les está prohibido preocuparse por el mañana. Para ellos sería una contradicción querer vivir mucho tiempo en este mundo, pues pedimos que el Reino de Dios llegue pronto” (San Cipriano).

 

“Se nos dice que debemos pedir el pan de cada día: danos el pan, ni lujo, ni opulencia, ni oro, ni piedras preciosas, ni abundancia de tierras, nada que pueda distraernos de la intimidad con Dios. únicamente el pan. Te basta con ocupar tu espíritu con lo necesario; pero, ni siquiera es indispensable que te ocupes de tu pan. Dile a Aquél que alimenta el ganado, que da a toda carne su alimento, que abre su mano y sacia de bienes a todo viviente; dile: ‘¡Tú que me das la vida, dame también de qué vivir, dame el pan!’ (San Gregorio de Nisa).

 

“Todos ellos están esperando de ti que les des a su tiempo su alimento; tú se los das, abres tu mano y se sacian de bienes” (salmo 103).

“Los ojos de todos te están aguardando, tú les das la comida a su tiempo; abres tú la mano y sacias de favores a todo viviente. “El Señor satisface, colma, los deseos de sus fieles” (salmo 144).

 

“A tu pueblo, Señor, lo alimentaste con manjar de ángeles; les diste, sin cesar, desde el cielo un pan ya preparado que podía brindar todas las delicias y satisfacer todos los gustos. El sustento que les dabas revelaba tu dulzura con tus hijos, pues, adaptándose al deseo del que lo tomaba, se transformaba en lo que cada uno quería. De este modo, enseñabas a tus hijos, Señor, que no son las diversas especies de frutos los que alimentan al hombre, sino que es tu palabra la que mantiene a los que creen en ti” (Sab 16).

 

Necesitamos pan para el camino. El Padrenuestro nos recuerda también que somos peregrinos, peregrinos que corren hacia la patria bienaventurada.

“Quien no gime como peregrino, no se regocijará como ciudadano. Jamás será habitante del cielo, porque mora con demasiado gusto en latierra y deteniéndose donde es necesario caminar, no arribará allí donde es preciso llegar” (San Agustín).

 

“Hermanos, nosotros todavía no hemos llegado, como dice el Apóstol; nuestro consuelo es que estamos en el camino. Jesucristo es el camino, la verdad y la vida. Hacia él debemos tender y por él debemos avanzar. Este camino desea hombres que marchen; es decir, hombres que nunca descansen, que jamás cesen de avanzar, hombres generosos e infatigables. Este camino no puede soportar tres clases de hombres: los que se pierden, los que dan media vuelta, los que se detienen. La carga y el equipaje, es decir, la abundancia y la comodidad, ponen obstáculos en el camino. Todos los días es preciso dejar algo de nuestro haber: alguno de nuestros vicios, alguna de nuestras pasiones, hasta que finalmente, quedemos solos, necesitados y despojados, no solamente de nuestros bienes, sino también de nosotros mismos. Si quieren que Dios siempre los escuche, no le pidan nada que sea mediocre, no le pidan nada menos que Él mismo” (Jacques Béninge Bossuet).

 

“Cristo se ha hecho comida espiritual para demostrarnos que él nos es necesario; sin comida no se vive; y para decirnos que él es el verdadero alimento, interior y personal, de vida eterna, del que todos tenemos necesidad. ¡Jesucristo nos es necesario! Él es el Pan que necesitamos para vivir. Por eso se ha hecho Pan nuestro de cada día” (Pablo VI).

 

“Con el don de sí mismo, el Pan de la eucaristía, el Señor Jesús nos libra de nuestras parálisis, nos levanta y nos hace caminar, dar un paso adelante y luego otro y de este modo nos pone en camino, con la fuerza de este pan de la vida. Como le sucedió al profeta Elías, que se habia refugiado en el desierto por miedo a sus enemigos, y había decidido dejarse morir. Pero Dios lo despertó y le puso a su lado una torta recién cocida, y le dijo: Levántate y come, porque el camino es demasiado largo para ti. La eucaristía nos quiere librar de todo abatimiento y desconsuelo, quiere volver a levantarnos para que podamos reanudar el camino con la fuerza que Dios nos da mediante Jesucristo. Cada uno puede hallar su propio camino, si se encuentra con aquel que es palabra y pan de vida, y se deja guiar por su amigable presencia. Sin el “Dios con nosotros”, el Dios eterno, ¿cómo podemos afrontar  la peregrinación de la existencia? La eucaristía es el sacramento del Dios que no nos deja solos en el camino, sino que nos acompaña y nos indica la dirección. No basta avanzar, es necesario ver hacia dónde vamos. Dios nos ha creado libres, pero no nos ha dejado solos; se ha hecho él mismo “camino” y ha venido a caminar juntamente con nosotros a fin de que nuestra libertad  tenga el criterio para discernir la senda correcta y recorrerla” (Benedicto XVI).

 

“Danos hoy el pan de cada día. ‘Hoy’. Esta palabra Hoy encierra una enseñanza. Estas palabras quieren enseñarte que la existencia humana es pasajera. Sólo el presente nos pertenece, el porvenir que esperamos permanece desconocido porque ‘tú ignoras el día de mañana’. ¿Por qué atormentarnos por lo desconocido? ¿Por qué afligirnos por el porvenir? A cada día le basta con su mal. Haciéndote decir ‘Hoy’, el Señor te impide preocuparte por el mañana. Parece decirte: ‘Aquél que te da el día, te da también lo necesario” (San Gregorio de Nisa).

 

“No se inquieten por su vida, pensando qué van a comer, ni por su cuerpo, pensando con qué se van a vestir. ¿No vale acaso más la vida que la comida y el cuerpo más que el vestido? Miren los pájaros del cielo: ellos no siembran ni cosechan, ni acumulan en graneros, y sin embargo, el Padre que está en el cielo los alimenta. ¿No valen ustedes acaso más que ellos? ¿Quién de ustedes, por mucho que se inquiete, puede añadir un solo instante al tiempo de su vida? ¿Y por qué se inquietan por el vestido? Miren los lirios del campo, cómo van creciendo sin fatigarse ni tejer. Yo les aseguro que ni Salomón, en el esplendor de su gloria, se vistió como uno de ellos. Si Dios viste así la hierba de los campos, que hoy existe y mañana será echada al fuego, ¡cuánto más hará por ustedes, hombres de poca fe! No se inquieten entonces, diciendo: «¿Qué comeremos, qué beberemos, o con qué nos vestiremos?». Son los paganos los que van detrás de estas cosas. El Padre que está en el cielo sabe bien que ustedes las necesitan. Busquen primero el Reino y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura. No se inquieten por el día de mañana; el mañana se inquietará por sí mismo. A cada día le basta su aflicción (Mt 6,25-34).

“Uno de la multitud le dijo: «Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia». Jesús le respondió: «Amigo, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre ustedes?». Después les dijo: «Cuídense de la abundancia, la vida de un hombre no está asegurada por sus riquezas». Les dijo entonces una parábola: «Había un hombre rico, cuyas tierras habían producido mucho, y se preguntaba a sí mismo “¿Qué voy a hacer? No tengo dónde guardar mi cosecha”. Después pensó: “Voy a hacer esto: demoleré mis graneros, construiré otros más grandes y amontonaré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, como, bebe y date buena vida”. Pero Dios le dijo: “Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado?”. Esto es lo que sucede al que acumula riquezas para sí, y no es rico a los ojos de Dios»(Lc 12, 13-21).

Después dijo a sus discípulos: «Por eso les digo: No se inquieten por la vida, pensando qué van a comer, ni por el cuerpo, pensando con qué se van a vestir. Porque la vida vale más que la comida, y el cuerpo más que el vestido. Fíjense en los cuervos: no siembran ni cosecha, no tienen despensa ni granero, y Dios los alimenta. ¡Cuánto más valen ustedes que los pájaros! ¿Y quién de ustedes, por mucho que se inquiete, puede añadir un instante al tiempo de su vida? Si aun las cosas más pequeñas superan sus fuerzas, ¿por qué se inquietan por las otras? Fíjense en los lirios: no hilan ni tejen; sin embargo, les aseguro que ni Salomón, en el esplendor de su gloria, se vistió como uno de ellos. Si Dios viste así a la hierba, que hoy está en el campo y mañana es echada al fuego, ¡cuánto más hará por ustedes, hombres de poca fe! Tampoco tienen que preocuparse por lo que van a comer o beber; no se inquieten, porque son los paganos de este mundo los que van detrás de esas cosas. El Padre sabe que ustedes las necesitan (12, 22-31).

“Vendan sus bienes y denlos como limosna. Háganse bolsas que no se desgasten y acumulen un tesoro inagotable en el cielo, donde no se acerca el ladrón ni destruye la polilla. Porque allí donde tengan su tesoro, tendrán también su corazón” (Lc 12, 33-34).

“Yo soy el Pan de Vida. El que viene a mi no tendrá hambre, y el que cree en mi, no tendrá sed jamás”. Nosotros también seríamos dignos de estos bienes si siempre siguiéramos a nuestro Salvador. Y si alguna vez nos hemos alejado, regresemos, por la confesión de nuestras faltas, sin guardar rencor a nadie. ‘Padre: pequé contra el cielo y contra ti, ya no merezco ser llamado hijo tuyo’. Si así confesara sería realmente digno de ser recibido por su padre, sería recibido con un beso, como hijo, y sería restituido por él como un muerto a la vida, admitido bondadosamente a la cena divina” (San Atanasio).

 

“Al día siguiente, la multitud que se había quedado en la otra orilla vio que Jesús no había subido con sus discípulos en la única barca que había allí, sino que ellos habían partido solos. Mientras tanto, unas barcas de Tiberíades atracaron cerca del lugar donde habían comido el pan, después que el Señor pronunció la acción de gracias. Cuando la multitud se dio cuenta de que Jesús y sus discípulos no estaban allí, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaúm en busca de Jesús. Al encontrarlo en la otra orilla, le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo llegaste?». Jesús les respondió: «Les aseguro que ustedes me buscan, no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta saciarse. Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre; porque es él a quien Dios, el Padre, marcó con su sello». Ellos le preguntaron: «¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios?». Jesús les respondió: «La obra de Dios es que ustedes crean en aquel que él ha enviado». Y volvieron a preguntarle: «¿Qué signos haces para que veamos y creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como dice la Escritura: Les dio de comer el pan bajado del cielo». Jesús respondió: «Les aseguro que no es Moisés el que les dio el pan del cielo; mi Padre les da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que desciende del cielo y da Vida al mundo». Ellos le dijeron: «Señor, danos siempre de ese pan» (Jn 6,22-34).

“Ustedes me buscan, no porque han visto signos sino porque han comido panes y se han saciado. Me buscan a causa de la carne, no a causa del espíritu (lo material, no lo espiritual) ¡Cuántos hay que no buscan a Jesús sino para que les haga beneficios temporales! Hay quien tiene un negocio y recurre a la intercesión de los sacerdotes; hay quien oprimido por una más poderoso, se refugia en la Iglesia; hay quien quiere  que se intervenga a su favor ante alguien sobre el cual él tiene poca influencia. Uno de una manera, otro de otra; la Iglesia está siempre llena de tales personas. Apenas se busca a Jesús por Jesús. ‘Me buscan a mi por algo. Búsquenme por mí mismo!’ (San Agustín).

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