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2. La Palabra de Dios: Les doy mi paz, soy yo, no teman

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LA BELLEZA DE CONTEMPLAR, AMAR Y SEGUIR A CRISTO

APRENDIENDO A REZAR CON LAS PALABRAS DE LA LITURGIA

EL GOZO DE LA PASCUA

SEGUNDA CHARLA

La Palabra de Dios: Les doy mi paz, soy yo, no teman

LA PAZ:

Es una gran alegría para mí poderos dar este anuncio: ¡Cristo ha resucitado! Quisiera que llegara a todas las casas, a todas las familias, especialmente allí donde hay más sufrimiento, en los hospitales, en las cárceles…

Quisiera que llegara sobre todo al corazón de cada uno, porque es allí donde Dios quiere sembrar esta Buena Nueva: Jesús ha resucitado, hay esperanza para ti, ya no estás bajo el dominio del pecado, del mal. Ha vencido el amor, ha triunfado la misericordia. La misericordia de Dios siempre vence.

¿Qué significa que Jesús ha resucitado? Significa que el amor de Dios es más fuerte que el mal y la muerte misma, significa que el amor de Dios puede transformar nuestras vidas y hacer florecer esas zonas de desierto que hay en nuestro corazón. Y esto lo puede hacer el amor de Dios.

He aquí lo que es la Pascua: el éxodo, el paso del hombre de la esclavitud del pecado, del mal, a la libertad del amor y la bondad. Porque Dios es vida, sólo vida, y su gloria somos nosotros: es el hombre vivo.

FRANCISCO, 31 de marzo de 2013.

Paz a vosotros: No es un saludo ni una sencilla felicitación: es un don; más aún, el don precioso que Cristo ofrece a sus discípulos después de haber pasado a través de la muerte y los infiernos. Da la paz, como había prometido: «La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo» (Jn 14, 27). Esta paz es el fruto de la victoria del amor de Dios sobre el mal, es el fruto del perdón. Y es justamente así: la verdadera paz, la paz profunda, viene de tener experiencia de la misericordia de Dios. Él es nuestra paz, Él ha hecho la paz con su amor, con su perdón, con su sangre, con su misericordia.

FRANCISCO, 7 de Abril de 2013.

YO SOY:

A la luz del Yo soy que marca la identidad de Cristo, nosotros podemos también descubrir nuestra propia identidad y vivirla en Cristo Jesús.

CARDENAL PIRONIO

Yo soy el que Soy y tú eres la que no eres.

RAIMUNDO DE CAPUA, biografía de Santa Catalina de Siena.

 

NO TEMAN:

Yo soy, el Señor se te revela ahí. En el silencio de tu oración, Él es tu Palabra. En la oscuridad de tu camino, Él es la Luz, En medio del cansancio del desierto, Él es tu Pan. Que el Señor nos haga comprender cada vez más que nosotros somos débiles ciertamente, pero Él es el Fiel y no falla. Por eso, no tengamos miedo. Un poco de miedo hace bien para no sentirnos demasiado seguros en nuestro propio orgullo, pero no nos dejemos quebrar por el miedo.

CARDENAL PIRONIO

¡En el Señor resucitado tenemos la certeza de nuestra esperanza! Cristo mismo, que bajó a las profundidades de la muerte y resucitó, es la esperanza en persona, es la Palabra definitiva pronunciada en nuestra historia, es una palabra positiva.

No temáis afrontar las situaciones difíciles, los momentos de crisis, las pruebas de la vida, porque ¡el Señor os acompaña, está con vosotros!

BENEDICTO XVI, 19 de junio de 2011

En el evangelio encontramos dos invitaciones de Jesús: por una parte, “no temáis a los hombres”, y por otra “temed” a Dios (cf. Mt 10, 26. 28). Así, nos sentimos estimulados a reflexionar sobre la diferencia que existe entre los miedos humanos y el temor de Dios. El miedo es una dimensión natural de la vida. Desde la infancia se experimentan formas de miedo que luego se revelan imaginarias y desaparecen; sucesivamente emergen otras, que tienen fundamentos precisos en la realidad:  estas se deben afrontar y superar con esfuerzo humano y con confianza en Dios. Pero también hay, sobre todo hoy, una forma de miedo más profunda, de tipo existencial, que a veces se transforma en angustia: nace de un sentido de vacío, asociado a cierta cultura impregnada de un nihilismo teórico y práctico generalizado.

Ante el amplio y diversificado panorama de los miedos humanos, la palabra de Dios es clara: quien “teme” a Dios “no tiene miedo”. El temor de Dios, que las Escrituras definen como “el principio de la verdadera sabiduría”, coincide con la fe en él, con el respeto sagrado a su autoridad sobre la vida y sobre el mundo. No  tener “temor de Dios” equivale a  ponerse en su lugar, a sentirse señores  del bien y del mal, de la vida y de la muerte. En cambio, quien teme a Dios  siente  en  sí  la seguridad que tiene el niño en los brazos de su madre (cf. Sal 131, 2): quien teme a Dios permanece tranquilo incluso en medio de las tempestades, porque Dios, como nos lo reveló Jesús, es Padre lleno de misericordia y bondad.

Quien lo ama no tiene miedo:  “No hay  temor  en el amor —escribe el apóstol san Juan—; sino que el amor perfecto  expulsa  el  temor, porque el temor  mira al castigo; quien teme no ha  llegado  a  la  plenitud en el amor” (1 Jn 4, 18). Por consiguiente, el creyente no se asusta ante nada, porque sabe que está en las manos de Dios, sabe que el mal y lo irracional no tienen la última palabra, sino que el único Señor del mundo y de la vida es Cristo, el Verbo de Dios encarnado, que nos amó hasta sacrificarse a sí mismo, muriendo en la cruz por nuestra salvación.

Cuanto más crecemos en esta intimidad con Dios, impregnada de amor, tanto más fácilmente vencemos cualquier forma de miedo. Jesús repite muchas veces la exhortación a no tener miedo. Nos tranquiliza, como hizo con los Apóstoles, como hizo con san Pablo cuando se le apareció en una visión durante la noche, en un momento particularmente difícil de su predicación: ”No tengas miedo —le dijo—, porque yo estoy contigo” (Hch 18, 9-10). El Apóstol de los gentiles, fortalecido por la presencia de Cristo y consolado por su amor, no tuvo miedo ni siquiera al martirio.

BENEDICTO XVI, 22 de junio de 2008

Señor Jesús, tus eres el Testigo fiel. Tú eres. Nosotros creemos en esta inquebrantable presencia tuya, en tu permanente estar a nuestro lado. Más aún, tú estás dentro de nuestro corazón y eres el que constantemente nos va diciendo: “No tengas miedo: soy Yo”. Tú eres el que en medio de nuestro cansancio, nos dices: “Ven a mí que Yo te daré descanso”. Tú eres el que en la oscuridad nos recuerda: “Acércate a mí, que Yo te iluminaré”.

Señor, que yo comprenda bien que solamente viviendo en ti sabré aceptar mi pequeñez, mi miseria, mi nada e incluso mi pecado, porque tú eres. Tú eres el Fiel; tú eres el que me eligió; tú eres que me envía cada día en misión: “Yo soy me envía a ustedes”. Se­ñor, dame la gracia de comprenderlo desde el fondo del corazón porque no sólo me dará mucha paz interior, sino que sobre todo dará mucha credibilidad a mi palabra y a mi presencia. Porque tú eres el que nunca falla y el que se transparenta a pesar de la oscuridad de mi mente, de la torpeza de mi palabra y de lo inacabado de mi acción. Señor, tú eres. Amén.

CARDENAL PIRONIO

 

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