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Alabaré al Señor mientras viva. Salmo 145

Vivir el tiempo pascual de la mano de los salmos

Alabaré al Señor mientras viva. Salmo 145

             Continuamos nuestro camino de Pascua de la mano de los salmos, y hoy lo hacemos a través de este himno de alabanza que se abre y se cierra con una invocación pascual: ¡Aleluya!

A primera vista impresiona la cantidad de veces que el salmista nombra al Señor (Señor, Dios, mi Dios, Dios de Jacob, tu Dios). Desde el comienzo de su oración el salmista fija la mirada de su alma en el Señor. Él es el corazón de su plegaria, el motivo de su alabanza. Por eso comienza con una exhortación a su propia alma para que se introduzca en este ámbito gratuito de fiesta, de exaltación del Señor:

¡Aleluya!

Alaba, alma mía, al Señor:

    alabaré al Señor mientras viva,

    tañeré para mi Dios mientras exista.

Por tanto, podemos decir que la alabanza define el clima de oración de este salmo. Mientras que otros salmos dan voz a oraciones más circunstanciales, la alabanza es de siempre. Así lo expresan muchos salmos: Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca. Sal. 33, 2. Día tras día te bendeciré y alabaré tu nombre por siempre jamás. Sal 144,2.

Si esto es así, es precisamente porque la alabanza está esencialmente dirigida a Dios. Dios merece ser alabado, sencillamente porque es Dios: Oh Dios, tú mereces un himno (literalmente sería: es hermoso alabarte) en Sión. Sal 64, 2.

En el caso del presente salmo el orante expresa mediante dos metáforas de tiempo: mientras viva, mientras exista, es decir, mientras dure ese período de tiempo en el que posee el aliento vital, que alabará al Señor y tañerá para su Dios. Reparemos aquí que frente a la duración limitada de la vida del salmista está la persona misma del Señor que es eterna. Entonces, el hombre de la Biblia al orar así, está queriendo expresar la totalidad de su existencia, que sabe efímera y volátil, pero que es lo que desea y ofrece como espacio de su alabanza. En los salmos de acción de gracias y de alabanza, haciendo memoria del don recibido o contemplando la grandeza de la misericordia de Dios, se reconoce también la propia pequeñez y la necesidad de ser salvados, que está en la base de la súplica. Así se confiesa a Dios la propia condición de criatura inevitablemente marcada por la muerte, pero portadora de un deseo radical de vida. En la oración de los Salmos, la súplica y la alabanza se entrelazan y se funden en un único canto que celebra la gracia eterna del Señor que se inclina hacia nuestra fragilidad. Benedicto XVI, 22 de junio de 2011.

 Porque: Grande es el Señor y merece toda alabanza, porque es incalculable su grandeza, Sal. 144,3, el salmista exhorta a su alma a dejarse llevar por la gratuidad y la gratitud del amor que se expresa en la alabanza.

A la solidez de la eternidad divina, el orante contrapone la caducidad de los hombres. Mientras que la persona del Señor infunde confianza, la vanidad del poder humano se revela en la imposibilidad de mantenerse a sí mismo en la existencia:

No confiéis en los príncipes,

    seres de polvo que no pueden salvar:

exhalan el espíritu y vuelven al polvo,

    ese día perecen sus planes.

El salmista se sabe sostenido, auxiliado, recreado constantemente por el amoroso socorro divino, socorro que sus mismos antepasados han experimentado y que ha llevado a la alianza entre Dios y el hombre. Dios es el Dios de Jacob, es el Señor su Dios.

Dichoso a quien auxilia el Dios de Jacob,

    el que espera en el Señor su Dios,

Y este Dios y Señor ha dejado la huella de su obrar desde la creación, pasando por la demostración de su fidelidad hasta llegar incluso a velar por los detalles más concretos en los cuales el hombre necesita su auxilio:

que hizo el cielo y la tierra,

    el mar y cuanto hay en él;

que mantiene su fidelidad perpetuamente,

    que hace justicia a los oprimidos,

    que da pan a los hambrientos.

El Señor liberta a los cautivos,

    el Señor abre los ojos al ciego,

el Señor endereza a los que ya se doblan,

    el Señor ama a los justos,

el Señor guarda a los peregrinos,

   sustenta al huérfano y a la viuda

   y trastorna el camino de los malvados.

Notemos que solo el verbo que indica la creación está en pasado, los demás expresan el auxilio constante y presente de Dios en favor del hombre necesitado e indigente. Casi como una consecuencia de la obra creadora, la acción de Dios se despliega en este momento invitándonos a la confianza y al abandono filial. Dios hace y concede lo que ninguna creatura puede realizar en plenitud.

En las palabras utilizadas para expresar la necesidad humana están contenidas todas las categorías de infortunios, podríamos decir el abc del sufrimiento y de la pobreza humana, para que quien lo reza pueda incluir allí toda su indigencia confiando en la salvación de Dios que tiene cuidado del hombre hasta en los detalles más pequeños.

            En este libro del salterio encuentra expresión toda la experiencia humana con sus múltiples facetas, y toda la gama de los sentimientos que acompañan la existencia del hombre. En los Salmos se entrelazan y se expresan alegría y sufrimiento, deseo de Dios y percepción de la propia indignidad, felicidad y sentido de abandono, confianza en Dios y dolorosa soledad, plenitud de vida y miedo a morir. Toda la realidad del creyente confluye en estas oraciones. Los Salmos son manifestaciones del espíritu y de la fe, en las que todos nos podemos reconocer y en las que se comunica la experiencia de particular cercanía a Dios a la que están llamados todos los hombres.

Benedicto XVI, 22 de junio de 2011.

El salmista culmina su oración, como en un grito victorioso que sublima todas sus afimaciones anteriores:

El Señor reina eternamente,

   tu Dios, Sión, de edad en edad.

¡Aleluya!

Es decir, nuestro Dios reina sirviendo al hombre, ocupándose de él, teniendo cuidado de sus fatigas. Más aún, en Cristo, asumiéndolas sobre sí, cargándolas y compartiéndolas para que el hombre sea capaz de abrirse a su amor, a la nueva creación. Por eso, Dios reina desde la cruz, dicen los Padres de la Iglesia.

    En el Señor Jesús, que en su vida terrena oró con los Salmos, ellos encuentran su definitivo cumplimiento y revelan su sentido más pleno y profundo. Las oraciones del Salterio, con las que se habla a Dios, nos hablan de él, nos hablan del Hijo, imagen del Dios invisible que nos revela plenamente el rostro del Padre. El cristiano, por tanto, al rezar los Salmos, ora al Padre en Cristo y con Cristo, asumiendo estos cantos en una perspectiva nueva, que tiene en el misterio pascual su última clave de interpretación. Así el horizonte del orante se abre a realidades inesperadas, todo Salmo adquiere una luz nueva en Cristo y el Salterio puede brillar en toda su infinita riqueza. Benedicto XVI, 22 de junio de 2011.

Por esto este salmo es eminentemente pascual. Por eso podemos rezarlo en este tiempo difícil de la historia, en esta cincuentena pascual tan particular, y renovar así nuestra alabanza sabiendo que Dios tiene un cuidado especial por sus hijos, que su fidelidad es inmutable, y que su amor humilde no teme reinar desde la cruz para demostrar al hombre que es más fuerte que la muerte.

Dejemos por tanto que este salmo despierte en nosotros la gratitud ante la obra admirable de la Redención y también tomemos en nuestras manos este libro santo, el salterio; dejemos que Dios nos enseñe a dirigirnos a él; hagamos del salterio una guía que nos ayude y nos acompañe diariamente en el camino de la oración. Y pidamos también nosotros, como los discípulos de Jesús, «Señor, enséñanos a orar», abriendo el corazón a acoger la oración del Maestro, en el que todas las oraciones llegan a su plenitud. Benedicto XVI, 22 de junio de 2011. Los salmos nos enseñarán en cada circunstancia de nuestra vida a entrar en la gran historia de la salvación que Dios va escribiendo a lo largo de los siglos en su camino de amor con los hombres.

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