I Domingo de cuaresma, ciclo B

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El Espíritu llevó a Jesús al desierto… Vivía entre las fieras y los ángeles lo servían. Mc 1,13

La solemne afirmación que resuena en los labios de Cristo, tentado por el demonio, nos lleva de nuevo al escenario inmenso del desierto, donde Él se retiró, impulsado por el Espíritu, para prepararse con la oración y el ayuno a la misión que lo espera. “No sólo de pan vive el hombre…”. Es una afirmación que la liturgia vuelve a proponer oportunamente cada año al comienzo de la Cuaresma, período en el que somos invitados a descubrir de nuevo los valores esenciales que dan sentido a nuestra existencia terrena: no son de orden material (el “pan” de la tentación), sino que pertenecen a la esfera del espíritu, donde lo que cuenta es la “palabra que sale de la boca de Dios”. Para percibir esta “palabra” y apreciar su riqueza, hay que disponer el propio corazón a acogerla con alegría. Lo que no es posible, si no nos comprometemos a orar y hacer penitencia. Oración y penitencia: dos términos que pueden parecer que no están de moda.

Y sin embargo, hay un dato de hecho, confirmado puntualmente por la experiencia: el hombre por sí solo, a pesar del progreso técnico que le permite dominar la naturaleza, no logra dominarse a sí mismo. Se encuentra dominado por sus instintos y por las instigaciones alienantes del ambiente. Y he aquí, pues, la consecuencia paradójica: frente a máquinas cada vez más grandes y complejas, el hombre acaba por encontrarse moralmente cada vez más pequeño y mezquino, en poder de las fuerzas oscuras de su inconsciente o de las no menos engañosas y potentes de la psicología de masa.

Para ser restituido a su libertad, el hombre necesita ante todo de una ayuda de lo alto que vuelva a ordenar su mundo interior, trastornado por el pecado: esta ayuda la obtiene orando. Necesita, además, una voluntad fuerte y decidida, capaz de sustraerse a las sugestiones falaces del mal, para orientarse valientemente por los caminos del bien: y esto supone el entrenamiento generoso en la renuncia y el sacrificio, esto es, supone la valentía de hacer penitencia, para conseguir el autocontrol que le permita dominarse a sí mismo fácilmente en armonía con la más profunda verdad del propio ser.

La Cuaresma está específicamente dedicada en el año litúrgico a este esfuerzo primario del cristiano. “Penitencia” se quiere indicar ante todo el cambio de corazón, pero esto comporta también el cambio de la vida, de modo que en “hacer penitencia” se incluye necesariamente el esfuerzo de “dar frutos dignos de penitencia”.

Acojamos de buen grado, la oportunidad de gracia, el kairós de Dios, que es la Cuaresma. Que la Virgen María, incomparable ejemplo de perfecta sintonía con la propia verdad de criatura y con el misterio trascendente y amoroso de Dios, nos asista con su intercesión maternal. 

SAN JUAN PABLO II

Oración Colecta: Dios todopoderoso, concédenos que por la práctica anual de la Cuaresma, progresemos en el conocimiento del misterio de Cristo y vivamos en conformidad con él. Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Del libro del Génesis 9,8-15

Dios dijo a Noé y a sus hijos: “Yo establezco mi Alianza con ustedes, con sus descendientes, y con todos los seres vivientes que están con ustedes: con los pájaros, el ganado y las fieras salvajes; con todos los animales que salieron del arca, en una palabra, con todos los seres vivientes que hay en la tierra. Yo estableceré mi Alianza con ustedes: los mortales ya no volverán a ser exterminados por las aguas del Diluvio, ni habrá otro Diluvio para devastar la tierra”. Dios añadió: “Este será el signo de la Alianza que establezco con ustedes, y con todos los seres vivientes que los acompañan, para todos los tiempos futuros: yo pongo mi arco en las nubes, como un signo de mi Alianza con la tierra. Cuando cubra de nubes la tierra y aparezca mi arco entre ellas, me acordaré de mi Alianza con ustedes y con todos los seres vivientes, y no volverán a precipitarse las aguas del Diluvio para destruir a los mortales”.

 

Salmo responsorial: 24,4-5b.6.7b-9

Tus sendas Señor son misericordia y lealtad para los que guardan tu alianza

 Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas, haz que camine con lealtad; enséñame porque tú eres mi Dios y Salvador. R/

Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas; acuérdate de mí con misericordia, por tu bondad, Señor. R/

El Señor es bueno y es recto, y enseña el camino a los pecadores; hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes. R/

De la 1a carta de san Pedro 3,18-22

Queridos hermanos: Cristo padeció una vez por los pecados –el justo por los injustos– para que, entregado a la muerte en su carne y vivificado en el Espíritu, los llevara a ustedes a Dios. Y entonces fue a hacer su anuncio a los espíritus que estaban prisioneros, a los que se resistieron a creer cuando Dios esperaba pacientemente, en los días en que Noé construía el arca. En ella, unos pocos –ocho en total– se salvaron a través del agua. Todo esto es figura del bautismo, por el que ahora ustedes son salvados, el cual no consiste en la supresión de una mancha corporal, sino que es el compromiso con Dios de una conciencia pura, por la resurrección de Jesucristo, que está a la derecha de Dios, después de subir al cielo y de habérsele sometido los Ángeles, las Dominaciones y las Potestades.

Evangelio según san Marcos 1,12-15

El Espíritu llevó a Jesús al desierto, donde fue tentado por Satanás durante cuarenta días. Vivía entre las fieras, y los ángeles lo servían. Después que Juan Bautista fue arrestado, Jesús se dirigió a Galilea. Allí proclamaba la Buena Noticia de Dios, diciendo: “El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia”.

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