5domingo






Quinta semana de Cuaresma

Semana V

Domingo – ciclo A

Domingo – ciclo C

Lunes

Martes

Miércoles

Jueves

Viernes

Sábado

Domingo V de Cuaresma. Ciclo A

Ez 37,12-14 / Sal 129 / Rom 8,8-11 / Jn 11,1-45

El Misterio Pascual en nuestra vida

De una homilía del domingo 8 de abril de 1984

La fiesta de Pascua es la fiesta del agua, de la luz, de la vida, es la fiesta de la resurrección que nos trae Cristo provisoriamente en el tiempo, consumadamente en la eternidad. Por eso estos últimos domingos hemos venido meditando en los Evangelios sobre el agua, sobre la luz y sobre la vida. El agua, el diálogo hermosísimo de Jesús con la samaritana, despertar en el corazón de la mujer el ansia de un agua que salta hasta la vida eterna. Esa agua es Dios mismo, es el don del Espíritu. La luz, Jesús que devuelve el domingo pasado la luz al ciego de nacimiento, y lo importante es que Jesús dice mientras yo estoy en el mundo, soy la luz del mundo, el texto clave allí es que Cristo dice “soy la luz del mundo, el que me sigue no caminará en las tinieblas sino que tendrá la luz de la vida”. Y luego la vida, hoy todo nos habla de la vida. Nos habla de la vida la primera lectura, el profeta Ezequiel, nos habla de la vida Pablo en la carta a los Romanos, y sobre todo nos habla de la vida todo el episodio de la nueva vida que Cristo trae a Lázaro como anticipación de la propia resurrección y de la resurrección definitiva. El agua, la luz, la vida, todo eso vamos a vivir si Dios quiere, en la Vigilia Pascual. La luz, entraremos en el templo oscuro con la luz del Cristo resucitado, con esa misma luz del Cristo resucitado sumergiéndose en la fuente bautismal, cantaremos el agua, el agua que salta hasta la vida eterna, el agua que como el seno de María fecundado por el Espíritu Santo, nos da una nueva vida; como del seno de María fecundado por el Espíritu nació Cristo.
Y hoy la vida. Estamos hechos para la vida. A medida que van pasando los años vamos caminando hacia la vida. Vivir es ir caminando hacia la plenitud de la vida. Morir es entrar en la vida que nunca se termina. Por eso todo queda iluminado en definitiva con la resurrección de Jesús de la cual nos hemos hecho ya partícipes por el Bautismo, y de la cual nos haremos plenamente partícipes cuando Jesús vuelva y configure nuestro cuerpo mortal a su cuerpo de gloria, seremos semejantes a Él porque le veremos tal cual Él es. Yo abro los sepulcros, dice el profeta Ezequiel en la primera lectura, os resucito de vuestras tumbas pueblo mío y os llevo al país de Israel. En esto conoceréis que yo soy el Señor, cuando abriré vuestras tumbas y os resucitaré de vuestros sepulcros, pueblo mío. Haré entrar en vosotros mi Espíritu y reviviréis.
Se trata ciertamente de la resurrección final, pero se trata de esta continua, cotidiana resurrección que el Señor nos va dando en el deseo y en la realización de una vida nueva, salir del sepulcro es salir de nuestras tinieblas; salir del sepulcro es salir de nosotros mismos, de nuestro encierro, de nuestra soledad egoísta. Salir de nuestros sepulcros es salir de nuestro miedo, de nuestra poca apertura a los demás, se sale del sepulcro para seguir infundiendo luz, vida. Hoy se nos habla de esta vida. A veces pareciéramos que constantemente viviéramos en el sepulcro, hombres y mujeres callados, no callados por contemplación, callados por egoísmo, callados por el miedo, encerrados por falta de generosidad, romper los sepulcros, dejar que el Espíritu entre y que nos dé nueva vida, con deseos más grandes de vivir para el Señor y para los demás, con deseos más grandes de caminar seguros y firmes en el camino de la esperanza, y con la sonrisa siempre firme, transparente, aún en la serenidad y seriedad de nuestro rostro y aún a través de nuestras lágrimas. Salid de vuestros sepulcros.
Y Pablo nos enseña el modo de salir de nuestros sepulcros, porque ya ha empezado Dios esta obra por medio del Espíritu. Vosotros no estáis bajo el dominio de la carne, sino del Espíritu, desde el momento en que el Espíritu de Dios habita en vosotros. Pablo habla tres veces del Espíritu de Dios que habita en nosotros. Es el Espíritu de Dios que habita en vosotros. Más tarde dice de este Espíritu: si el Espíritu de aquel que ha resucitado a Jesús de entre los muertos, habita entre vosotros, aquel que ha resucitado a Cristo de entre los muertos dará la vida a vuestros cuerpos mortales por medio del Espíritu que habita en vosotros. Entonces no puede ser un sepulcro nuestra vida. Si el Espíritu habita en nosotros. Es el Espíritu de vida. Es el don de Dios. Si tú conocieras el don de Dios, le dice Jesús a la Samaritana. Es el Espíritu que dio vida a Jesús en el seno de María, es el Espíritu vivificante como rezamos en el Credo, Espíritu que da la vida. Y ese Espíritu que da la vida está como constantemente engendrando a Jesús pascual, resucitado, en nuestra vida. Entonces salir de nuestros sepulcros y vivir, pero vivir en esta línea del Espíritu que nos conduce, del Espíritu que habita en nosotros. Es interesante cómo Pablo conecta nuestra resurrección final, la resurrección de nuestros cuerpos, porque el Espíritu ya habita en nosotros. En otra parte, en la carta a los Romanos también Pablo dirá que el Espíritu es la prenda de la resurrección final, porque ya el Espíritu de la vida está en nosotros.
Pero sobre todo Jesús está en nosotros, como la resurrección y la vida. Yo soy la Resurrección y la vida, el que cree en mí no morirá, sino que vivirá eternamente. Así como hubiese sido lindo meditar durante toda una jornada o varios días el diálogo con la Samaritana, el episodio de Jesús con el cieguito de nacimiento, así también profundizar la resurrección de Lázaro. Pero yo quiero tomar nada más que tres aspectos muy simples. En torno a tres personas: Jesús, Marta, María. Conocemos estos personajes, son los amigos de Jesús.
Jesús que ama entrañablemente a Lázaro, a Marta y a María. Es dicho en el Evangelio de hoy que Lázaro, tu amigo, está enfermo, aquel a quien tú amas está enfermo. ¿Qué produce en Jesús eso? Una conmoción muy grande. Cuando Jesús llega y encuentra que están llorando justamente por la muerte de su amigo, él no puede más y también se conmueve y dice que se desató en llanto, para que no tengamos vergüenza de llorar. Jesús nos enseña que es bueno llorar y hace bien llorar, hace bien llorar sobre todo cuando se llora por cosas hondas, por cosas justas, por cosas santas. Por cosas hondas, que son cosas humanas, Jesús llora no por la falta de fe de nadie, Jesús llora por el dolor de los amigos de Lázaro, Jesús llora porque él también se siente momentáneamente apartado de Lázaro, Lázaro murió, a pesar de que Jesús es la resurrección y la vida. Bueno, de Jesús vemos esto, Jesús el amigo, Jesús el humano, el que siente, el que llora, el que se conmueve. Tres veces, si ustedes repasan el texto, aparece que Jesús está muy conmovido: cuando va al sepulcro está muy conmovido. Otra cosa en torno a Jesús es la seguridad con la que él se afirma sobre la resurrección y la vida. El que cree en mí aunque muera vivirá. Qué bueno es en determinados momentos, ahora por ejemplo, camino hacia la Pascua, reavivar nuestra fe en la resurrección: Señor, aunque muera, tú eres nuestra vida. Señor, tú eres nuestra resurrección, yo creo en ti. Qué bueno es plantar nuestra fe en la resurrección de Jesús y ser en nuestra vida testigos claros, serenos de que Jesús resucitó y es la resurrección. Otra cosa de Jesús en el Evangelio es la resurrección de Jesús, cuando Jesús llega al sepulcro, dice: Padre, te doy gracias, porque me has escuchado. La seguridad de la oración de Jesús. Todavía no ha hecho el milagro, todavía no le ha dicho a Lázaro que se levante. Pero ya está seguro de que el Padre lo ha escuchado. Padre, yo te doy gracias porque me has escuchado. Siempre me escuchas. Seguridad de Cristo, el Padre lo escucha. Y ¿por qué lo escucha? Porque es el Padre y el Padre no puede sino escuchar al Hijo y porque el Padre lo mandó, y lo mandó no para juzgar sino para salvar, lo mandó no para llevar a la muerte, sino para llevar a la vida. ¡Qué bueno es todo este contexto de Jesús! Y cuando Jesús resucita a Lázaro lo devuelve a la vida normal, lo entrega a la familia y a la vida normal. Contemplamos a Jesús, A Jesús que llora, a Jesús el amigo, a Jesús el Hijo del Padre, a Jesús que es la resurrección y la vida.
Contemplamos a Marta, la impetuosa, la más ardiente, la que sale al encuentro de Jesús. Señor, si tú hubieses estado aquí no hubiese muerto nuestro hermano. Pero al mismo tiempo la mujer que cree: yo creo Señor, yo creo que un día resucitaremos. La mujer que se entrega a Jesús. Y la mujer que inmediatamente se convierte en apóstol y testigo. Va corriendo a llamar a la hermana y le dice: el Maestro está allí y te llama. El bien que el Cristo amigo le ha hecho a ella, nada más que con decirle esas palabras y con estar ahí, quiere que se lo comunique a María. Marta la ardiente, la apostólica, la que cree. Y la que quiere ser testigo, la que va y busca a su hermana.
Y luego María, María la que está siempre a los pies de Jesús, la que llora y la que recoge las palabras del Señor. Lo conocemos por otra parte del Evangelio. María que también repite las mismas palabras de fe en el Señor: Señor, si tú hubieses estado aquí mi hermano no hubiese muerto. Y es esta expresión de María la que provoca el llanto de Jesús. Jesús cuando vio todo esto y vio que María se le echó a los pies, etc., y cuando la vio llorar, Jesús entonces cuando la vio llorar y llorar también a los judíos que estaban con ella, se conmovió profundamente y se turbó y también rompió en llanto. María la contemplativa, la silenciosa, tiene una fuerza especial para provocar el sentido humano de Jesús y para romper, abrir el corazón fraterno a las lágrimas.
En fin, pero lo que importa es la vida. Jesús es la resurrección y la vida, y ha venido para darnos la vida. Esta homilía ha sido demasiado larga hoy, pero es que vamos hacia la vida. La noche de la vigilia pascual será la noche de la vida, más que nunca se cantará la luz del Cristo que ha resucitado ilumine las mentes y las tinieblas. Más que nunca sentiremos la vida de los bautizados, nosotros mismos que renovaremos las promesas bautismales. Más que nunca veremos cómo bautizan a otros dándoles la vida. Más que nunca sabremos que la vigilia pascual es la gran noche en que Jesús pasa de la muerte a la vida, es también como un anuncio de que estamos en el mundo para pasar de este mundo al Padre, de la muerte a la vida, caminar este año hacia la pascua es caminar hacia la vida, desear la vida, la vida plena de Jesús ahora, la vida eterna y definitiva cuando Él venga, Él que es la resurrección y la vida.
Viviremos esta última semana de Cuaresma antes del domingo de la pasión, la viviremos muy particularmente con María. María que comprendió el agua, la luz y la vida. Y nosotros viviremos con ese deseo del agua: Señor, dame de beber. Con este deseo de la luz. Señor, tú eres la luz, ilumina la interioridad de mis tinieblas. Señor, tú eres la resurrección y la vida, llévame definitivamente a la vida que no perece.

Palabras después de la bendición final:
Le doy gracias al Señor que en este momento de mi vida me concede celebrar estas dos semanas que faltan para la resurrección del Señor, por consiguiente nuestra pascua, en la pascua de Jesús, y me concede celebrarlas así con ustedes, de una manera más íntima, más de familia. Sentiremos que el agua fresca del Bautismo que nos ha sido dado y cuyas promesas renovaremos en la noche de la vigilia pascual, nos va dando una sensación de frescura, de juventud. Sentiremos que la luz que es Cristo nos va abriendo caminos de alegría, de esperanza, de amor. Sentiremos que la realidad central, Cristo resucitó y vive y va haciendo el camino con nosotros, Cristo es mi resurrección y mi vida, armará todo nuestro camino, llenará toda nuestra debilidad de fortaleza, nuestra angustia de esperanza, nuestra tristeza de alegría, nuestra cruz de resurrección. La Virgen nos va a ayudar en este camino, que falta tan poco para llegar a su término, coincidiendo con la clausura del año de la redención.

Domingo V de Cuaresma. Ciclo C

Is 43,16-21 / Sal 125 / Flp 3,8-14 / Jn 8,1-11

El Misterio Pascual en nuestra vida

De una homilía durante el Oficio de Vísperas

 

En la lectura de la carta a los Filipenses que acabamos de escuchar hay una manifestación muy clara de nuestro camino, de lo que Dios ha querido y quiere hacer, de lo que realizará en nosotros. Pablo dice: he sido alcanzado por Cristo Jesús, es decir, ha sido tomado, agarrado, poseído plenamente por Cristo Jesús. No es que ya lo tenga conseguido o que sea perfecto sino que continúo mi carrera por si consigo alcanzarlo habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús. Pablo está haciendo una evidente referencia al momento en que el Cristo resucitado, el Cristo pascual lo toma definitivamente para sí, cambiándolo de perseguidor en instrumento de salvación, de Saulo de Tarso en Pablo.

He sido alcanzado por Cristo Jesús. También nosotros hemos sido alcanzados, tomados, agarrados, poseídos plenamente por cristo Jesús. Sentimos que pasaba y nos llamaba. Lo seguimos para ver donde vivía: “Maestro, ¿dónde moras?”. Hemos estado con Él todo el día y nos ha despertado la alegría de anunciarlo: “Hemos encontrado al Mesías”.

Hemos vuelto a ser alcanzados por el Señor el día de nuestra propia profesión. El Señor nos tomó totalmente para sí y nos desposó consigo para siempre. Yo haré contigo una alianza eterna. Y en momentos determinados de nuestra vida, a través de una gran alegría o de una experiencia muy profunda de la habitación de la Trinidad en nosotros, a través de un acontecimiento comunitario, familiar, o a través de una gran cruz pascual, hemos sentido que otra vez éramos alcanzados por Cristo Jesús. Yo siento que en estos días en que hemos orado y hemos penetrado juntos en la Palabra del Señor, Él quiere volver a alcanzarnos totalmente, agarrarnos por dentro y darnos vuelta hacernos mas simples; pequeños y humildes, más serenos, silenciosos y contemplativos, más fraternos, servidores y crucificados. El nos quiere tomar para vivir Él en nosotros y ya no seamos nosotros quienes vivamos, sino Él en nosotros. Dios nos ha poseído en Jesucristo de tal manera que como Pablo, sentimos que ya no vale la pena otra cosa. Lo que para mí era ganancia ahora es una pérdida a causa de Cristo. Vale la pena dejar todas las cosas para seguir radicalmente al Señor pobre, casto y obediente hasta la muerte y muerte de cruz. Vale la pena dejarnos a nosotros mismos para poseer el Cristo de la Pascua, dejar incluso nuestro modo personal de conocer o de desear a Cristo para que Él se nos dé, se nos comunique, y nos vaya configurando cada vez más con su muerte y su resurrección. Dice Pablo: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas y las considero basura para ganar a Cristo. No se trata aquí de un conocimiento puramente intelectual ni del conocimiento que proviene de la penetración científica, teológica y bíblica, por más que todo esto es absolutamente necesario y alimenta nuestra vida de oración. Es necesario esa constante penetración intelectual saboreando la Sagrada Escritura, la Teología, el Magisterio, en todo proceso de formación permanente que comienza desde el noviciado o pre-noviciado y llega hasta la muerte, hasta la venida del Señor. Pero no se trata únicamente de esto. Cuando Pablo dice: yo considero todo basura para conocerlo a Él, se trata de un conocimiento que es experiencia. Pablo deja todas las cosas para experimentarlo a Él. Y ¿cómo lo experimenta? Sigue diciendo: conocerlo a Él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a Él en su muerte. La forma de conocer a Cristo por dentro es revestirse de su Misterio Pascual, es entrar en comunión con sus padecimientos y hacernos semejantes a Él en su muerte a fin de participar en su resurrección. Esto es llevar a plenitud la gracia bautismal, eso es llevar a plenitud la consagración del bautismo en la consagración religiosa.

Pero Pablo se siente en camino. Cristo lo ha alcanzado y hay en él un deseo muy grande de experimentarlo participando en su cruz y en su resurrección. Pero Pablo se siente pequeño, limitado, débil me glorío en mis debilidades para que habite en mí la gracia de Cristo y entonces dice: no es que lo tenga ya conseguido o que sea ya perfecto, sino que continúo mi carrera. Esto es lo que cada uno de nosotros tiene que hacer. Hemos sido alcanzados por Cristo Jesús. Ha nacido en nuestro interior el deseo de dejar todas las cosas con tal de conocerlo, experimentarlo en su muerte y resurrección. Ahora caminamos hacia lo que está adelante. No es que seamos ya perfectos, no es que lo hayamos ya conseguido. No es que al término de este retiro experimentemos la alegría de haber llegado. Llegamos sí nosotros al final de este retiro, pero no a la meta que fija Pablo, sino al término de este esfuerzo. Yo, hermanos, no creo haberlo alcanzado todavía –dice Pablo- pero una cosa hago: olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante. Es un programa de vida para ustedes y para mí. ¿Para qué revolver el pasado para pensar en las cosas que nos han ido pasando? Pensarlas sí, para agradecer, pero no para turbarnos. ¿Para qué pensar tanto y tratar de visualizar el futuro? Me lanzo hacia delante. Cada día iré encontrando un senderito nuevo que va haciendo el camino grande, el camino que es Cristo mismo. Me lanzo hacia delante corriendo hacia la meta para alcanzar el premio a que Dios me llama desde lo alto en Cristo Jesús. Miren hacia delante, no en una perspectiva tal que les pueda hacer ver falsos espejismos, como puede ser cuando uno mira a lo lejos y cree ver el mar y es sólo el sol que se refleja. No miren tampoco tan adelante que se olviden de lo que tienen ahí, tropiecen y caigan. Vivan el minuto presente. La única manera de vivir en paz es vivir eternamente en el minuto presente, sin revolver el pasado ni proyectar demasiado el futuro.

Otra vez nos ponemos hoy en el corazón disponible de María y le decimos sí. Sí a nuestra misión apostólica; sí a nuestra consagración; sí al misterio pascual de Dios en nosotros. Nos lo pide el Señor, El cual dice: si alguno quiere venir en pos de mí niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Es necesario desprenderse, dejar todas las cosas, renunciarse a sí mismo, tomar -dice el Señor- su cruz. No es nuestra, no es fabricada o inventada por nosotros. Es participación en la cruz redentora del Señor. Pablo dirá en un texto hermosísimo a los Filipenses: a vosotros se os ha concedido no sólo creer en Él, sino también sufrir, padecer por Él. La cruz es un don, es una gracia que hemos de acoger con mucha gratitud, saborearla en silencio y tomarla en nuestra mano para besarla. No la dejemos caer, no la arrastremos en los hombros; plantémosla en nuestro corazón. Por allí nos asimilamos cada vez más a Cristo experimentándolo en su muerte y resurrección, entrando en comunión profunda con sus padecimientos.

La Virgen nos abra el misterio a través de la fe. Y sobre todo abra nuestro corazón para que digamos sí al misterio pascual de Dios sobre nosotros.

 

De un retiro predicado a religiosas, 11 de enero de 1983, Roma

 

Jesús es esencialmente Dios Salvador. Por tanto si no tenemos pecados, no tenemos necesidad de Él. Dios viene como Cordero de Dios para quitar el pecado del mundo. Por eso puedo decir: Señor, tengo necesidad de ti porque he pecado. Señor, tú eres Jesús, el Dios que salva: yo siento la profundidad de mi pecado, pero quiero sentir la riqueza de tu misericordia.

Si no reconocemos el pecado, Juan dice que su palabra no está en nosotros. ¿Qué palabra? Esa palabra que el Señor dice: Vete en paz, nadie te ha condenado, yo tampoco te condeno. ¡No peques más! Jesús es el gran perdonador. Al encontrarse con la mujer adúltera la hace llegar al conocimiento de su pecado y le dice: vete en paz.

En el capítulo segundo de la primera carta de San Juan hay una invitación a la conversión: hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. ¿Por qué? Porque, como dirá más adelante al hablar de la filiación adoptiva, la semilla de Dios está en nosotros. Pero a pesar de esto sabemos que la libertad está siempre condicionando nuestra fidelidad. Juan conoce nuestra naturaleza frágil, sabe que podemos pecar, sobre todo contra el amor, contra la esperanza, contra la luz en la fe. Me parece que son tres pecados fundamentales de los cuales pocas veces nos acusamos. Aunque reconocemos nuestras faltas más serias de la caridad, no nos acusamos de las omisiones en la caridad. No nos confesamos, por ejemplo, de habernos reconciliado exteriormente con nuestros hermanos sin haber llegado a dar la vida por ellos. No nos acusamos de no haber sido una transparencia de Jesús, y por consiguiente no haber comunicado la Vida a los demás, ni tampoco de no haber sido testigos abiertos de Cristo, porque el Reino de Dios no ha entrado en nosotros ya que aún no nos hemos decidido a vivir plenamente las bienaventuranzas. Y muchas cosas más podríamos decir con respecto a las omisiones en la caridad.

Segundo, personalmente como sacerdote siempre tengo que acusarme de no haber sido para los demás un instrumento eficaz en las manos del Señor, por no haber vivido más hondamente en la intimidad de la oración, en la generosidad de la entrega. Son pecados de omisión.

Juan añade enseguida que tenemos un Defensor: el Justo. El que nos reconcilió con el Padre. La cuenta está pagada, basta que nosotros sepamos apropiarnos la sangre. Y esa sangre nos la apropiamos a través de la Eucaristía, de la Cruz; nos la apropiamos particularmente porque el Señor lo ha querido así a través del Sacramento de la Reconciliación. El Sacramento de la Reconciliación no es simplemente un momento en el cual se me tranquiliza porque parecieran quedar saldadas las deudas. La confesión es un encuentro con la sangre de Jesús que se derrama por mí y me pacifica. Por eso dice Juan: Él es la víctima propiciatoria por nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero. Antes había dicho que la sangre de Jesús nos purifica de todo pecado. Entonces con esta luz tenemos que reflexionar sobre nuestra conversión.

Lunes V de Cuaresma

Dn 13,41c-62 / Sal 22 / Jn 8,12-20

De una homilía del 9 de abril de 1984

 

Hoy es un día particularmente especial en la vida de la Iglesia, en nuestra vida personal. Un día en el cual tenemos que mirar más la Pasión de Jesús, su cruz, su muerte y su resurrección con los ojos de la fe, y dar gracias al Padre que nos haya llamado a participar hondamente en el Misterio Pascual del Señor. Vamos llegando hacia la Pascua. Faltan muy pocos días. Estamos viviendo ya el misterio de la condena de Jesús. La primera lectura de hoy nos habla de una condena injusta. Es una figura de la condena injusta de Jesús. Pero aceptando su muerte, el juicio injusto de los hombres, la voluntad adorable del Padre, Cristo nos redime, nos salva, nos da la vida. Pienso que más que nunca tenemos que mirar las cosas desde la luz de la fe. Pienso que más que nunca tenemos que repetir con el Salmo responsorial: contigo, Señor, yo no temo ningún mal. Y después: el Señor es mi pastor, nada me falta. Cuánto más nos ama el Señor, más nos regala con la cruz, más nos configura el Padre a la Pasión del Hijo, más nos hace semejantes a Él, mas hará fecunda nuestra vida, más nos rodeará de luz, de serenidad, de esperanza, de vida. Por eso, dar gracias al Señor por todo en esta Eucaristía, pedirle su serenidad y su fuerza.

El Señor nos llama desde el Bautismo –mucho más desde la vida consagrada– a seguirlo totalmente, pero a seguirlo desde el camino del sufrimiento, del anonadamiento, de la muerte y de la cruz. Y entonces en Él nosotros también tendremos la luz de la vida. Para poder comprender ciertas cosas, no hay más que volver al Evangelio, leer la historia de Jesús, que fue una historia de anonadamiento, de pobreza, de condena, de muerte, y de resurrección y de vida. Entonces inspirarnos en el Señor Jesús, luz del mundo y seguir marchando hacia delante. Mirar las cosas no con criterios humanos, sino siempre con la profundidad de la luz de la fe. Lo veremos todo más desde la paz y la alegría y la seguridad que Dios nos da.

Hoy damos gracias al Señor por todo, por todo lo que Él va obrando en nuestra vida de configuración con el Cristo de la Pascua. Y le pedimos a María nuestra Madre, que supo comprender desde la oscuridad de la fe las cosas que humanamente eran incomprensibles, que nos dé poder ver claramente como ella, decir generosamente como ella que sí al Señor, y vivir como ella serena y fuerte al pie de la cruz pascual.

 

 

 

Martes V de Cuaresma

Nm 21,4-9 / Sal 101 / Jn 8,21-30

De una homilía del 26 de marzo de 1985

El Misterio Pascual que estamos celebrando en esta Eucaristía y que vamos a celebrar solemnemente en la Liturgia de estos días, nos presenta siempre el amor del Padre, la cruz de Jesús que da la vida y el pecado del hombre. La redención supone la miseria nuestra, el pecado nuestro: escucha, Señor, el gemido del miserable. Esta miseria nuestra es el pecado.

El pecado es el que aparece en la primera lectura y en la segunda lectura. Los israelitas que pecan contra Moisés y contra Dios porque murmuran. No están contentos, satisfechos con lo que tienen. ¿Por qué nos hiciste salir de Egipto para hacernos morir en este desierto? Porque aquí no hay agua ni pan y estamos ya nauseados de esta comida tan suave.

El pueblo no soportó el viaje, dice el texto sagrado. Esa queja de los israelitas caminando en el desierto aparece frecuentemente contra Moisés e implícitamente contra Dios. Es una murmuración contra Moisés y contra Dios. Dios los castiga, les manda serpientes venenosas, entonces el pueblo vuelve a Moisés y dice: hemos pecado, porque hemos hablado contra el Señor y contra ti, reza al Señor para que nos libre de estas serpientes.

Es la conciencia del pecado. El pecado que en definitiva es no aceptar lo que Dios dispone para nosotros. ¿Cuántas veces en nuestra vida ocurre sin decirlo explícitamente? Una protesta contra Dios: “¿Por qué nos pasa esto? ¿Por qué estamos así? ¿Por qué estamos aquí? En otra parte tal vez, en otro momento quizás”. Siempre un descontento con lo que tenemos, con lo que hacemos, donde estamos, con lo que somos. El Señor a veces nos hace morder nuestra propia limitación, sufrimiento, pobreza, nuestro propio fracaso, nuestro aparente fracaso, porque nunca es fracaso cuando uno obra por fidelidad al plan de Dios.

Pero este pecado de protesta interiormente por el plan de Dios sobre nosotros es un pecado en definitiva de no aceptar al Señor. Este pecado es bastante frecuente en nosotros.

Jesús habla de este pecado, habla del pecado. Vosotros moriréis en vuestro pecado. Os he dicho que moriréis en vuestros pecados, si no creéis que Yo soy, moriréis en vuestros pecados. La redención, pero no para que nos desesperemos, sino para que confiemos. Lo llamarás Jesús porque Él salvará a su pueblo de su pecado. Si Jesús es Jesús es porque ha venido para salvar no para condenar.

Dios ha amado tanto al mundo que le dio a su Hijo Unigénito para que el que cree en Él tenga la vida eterna. Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo sino para que el mundo se salve. Como, frente a este pecado, nos viene la vida.

Dios mandó a Moisés que hiciera una serpiente de madera, de ramas, y que la levantara en el desierto. Quien era mordido por la serpiente miraba esa serpiente de madera, de ramas, y quedaba salvo. La vida, la serpiente que nos da la vida.

¿Quién es esa serpiente levantada en alto? Sabemos. La tradición lo comenta y además Jesús en el Evangelio de hoy lo explica. Es el mismo Cristo levantado en alto por la cruz. Quien ha sido mordido por la serpiente del maligno, por la serpiente del diablo, –acordémonos de la primera parte del Génesis– quien ha sido mordido por el pecado, mira la cruz y encuentra la vida.

A través de la oración, a través de los sacramentos, de la reconciliación y de la penitencia, a través de la Eucaristía, mirar a Jesús en la cruz. Jesús lo dice: cuando habréis levantado al Hijo del hombre, exaltado al Hijo del hombre, entonces sabréis que soy Yo. Este levantar a Jesús, aunque no hable aquí directamente, en otra parte lo leímos en estos días, Él habla directamente. Así como Dios mandó a Moisés en el desierto para que levantara una serpiente para que tuvieran vida, así será levantado el Hijo del hombre para que tengan vida. Pecado, cruz para la vida.

Pero todo esto por el amor del Padre: Dios amó tanto al mundo que le dio a Su Hijo. Y además Jesús en el Evangelio de hoy constantemente nos habla del Padre: Aquel que me mandó, Él es creíble, es verdadero. Yo digo al mundo las cosas que le he oído a Él. No le entendieron que les estaba hablando del Padre. Yo no hago nada por mi cuenta, sino como me está enseñando el Padre, así obro. El que me ha mandado, o sea mi Padre, está conmigo y no me deja solo. ¡Qué expresión tan profunda, tan consoladora! Aquel que me ha mandado, mi Padre, está conmigo y no estoy solo. ¿Por qué? Porque hago las cosas que Él me ha mandado.

Cristo que habla del Padre, que revela al Padre, que habla del Padre, que dice que no hace otra cosa más que lo que le manda hacer el Padre.

Vamos caminando hacia el culmen del Misterio Pascual en estos días, reconociendo serenamente nuestro pecado, también nosotros nos hemos rebelado muchas veces contra el plan de Dios sobre nosotros. Vamos mirando la cruz que se levanta en el desierto para darnos la vida, vamos mirando el corazón misericordioso del Padre que nos vuelve a abrazar para celebrar la fiesta de Pascua.

 

Miércoles V de Cuaresma

Dn 3,1.4.5b-6.8.12.14-20.24-25.28 / S.R. Dn 3 / Jn 8,31-42

De una homilía del 27 de marzo de 1985

Ayer veíamos estas tres ideas: el pecado, la cruz y el Padre, y cómo en el Misterio Pascual de Jesús se manifiestan las tres cosas: Cristo viene para purificarnos de nuestro pecado mediante la sangre de reconciliación de la cruz. Y todo esto procede del amor inmenso del Padre. La idea del Padre continúa en el Evangelio de hoy: Cristo, el enviado del Padre.

Yo he salido de Dios y vengo de Dios, no vengo de mí mismo, sino que es Él el que me ha enviado, hago las obras del Padre, yo digo aquello que he visto en mi Padre.

A medida que Jesús va llegando al fin de su vida y llega la plenitud del Misterio Pascual, el Señor habla intensamente del Padre. La Pasión tiene sentido ciertamente a la luz del amor del Padre. Tiene sentido también en la medida de la fidelidad de Jesús al plan del Padre: Cristo va a la cruz porque el Padre lo ha querido así.

El Padre ama al Hijo. Esta expresión, esta seguridad de que el Padre lo ama, le da a Jesús una serenidad, una fuerza para ir a la cruz.

La otra idea es la idea del pecado, del cual nos libera Jesús mediante la sangre de su cruz, mediante el Misterio Pascual.

En las lecturas está la idea de la libertad, de la liberación. La primera lectura, los tres jóvenes que quieren permanecer libres, no haciéndose esclavos de los dioses ni del rey, sino que son fieles a la Ley; y no quieren ofrecer sacrificios a los ídolos, y entonces son echados al horno ardiente. Misteriosamente Dios los preserva y manda un ángel que los libere del daño del fuego. El rey mismo contempla este prodigio: “¿No eran tres los que ustedes echaron al horno? ¿Cómo yo veo cuatro? Y que caminan tranquilamente y uno de ellos parece un ángel”.

Dios que manda a su ángel a liberar a estos muchachos, a estos jóvenes del horno, como signo de una particular protección del Señor porque no quisieron ser infieles a la ley, quisieron obedecer a Dios antes que al rey.

El Evangelio vuelve a retomar el tema de la libertad. El pecado nos esclaviza, en cambio si somos fieles a la Palabra, seremos discípulos de Jesús, conoceremos la verdad y la verdad nos hará libres. Esta expresión de Jesús es hermosísima. En la medida en que seamos fieles a la verdad, la verdad nos hará libres.

¿Qué es la verdad? La verdad es fidelidad a la Palabra del Señor, fidelidad a lo que Él nos ha pedido, fidelidad a lo que Él nos manda. En la oración sacerdotal Jesús pedirá por sus primeros sacerdotes: conságralos en la verdad, tu palabra es verdad. En la medida de la fidelidad a la Palabra del Señor seremos discípulos y seremos libres. No habrá pecado en nosotros.

El Hijo vino para hacernos libres y seremos libres de veras. Lo dice Cristo en el Evangelio de hoy. El Hijo os hará libres, seréis libres verdaderamente. Y la libertad que nos trae Cristo es la libertad de la vida nueva en el Espíritu, arrancándonos de la servidumbre del pecado y de la muerte. Lo hizo una vez en el Bautismo cuando empezamos a ser hijos de Dios, ya no esclavos. Y ahora constantemente esta libertad se nos va dando en la medida en que nos vamos haciendo siervos del Señor, como María, por fidelidad a la Palabra. O sea en la medida en que nosotros entramos a vivir en actitud de servicio al Señor seremos libres, libres del pecado que nos encadena.

Que este camino que vamos haciendo hacia el Misterio Pascual de Jesús nos revele estas dos o tres ideas muy fuertes y muy íntimas: que el pecado nos esclaviza, necesitamos ser libres, es el Hijo el que nos hace libres mediante la fidelidad a su Palabra. Pero el Hijo es el Enviado del Padre, Él hace, dice, lo que el Padre le ha mandado. Amor del Padre, acción del Hijo, libertad del pecado. Que el Señor nos ayude a vivir en esta seguridad, en esta alegría, que nos da la libertad de ser hijos, arrancados de la servidumbre del pecado por la fidelidad a la Palabra.

Jueves V de Cuaresma

Gn 17,1-9 / Sal 104 / Jn 8,51-59

De una homilía del 28 de marzo de 1985

El Señor es fiel para siempre. El Misterio Pascual es el signo más evidente de la fidelidad de Dios. Celebrábamos hace pocos días la Encarnación del Hijo de Dios en el seno virginal de María. Y era la fiesta de la fidelidad: de la fidelidad de la sierva que dice “sí, yo soy la servidora del Señor”, de la fidelidad del Hijo que entrando al mundo dice “he aquí que vengo para hacer tu voluntad”, y es la fiesta de la fidelidad del Padre que en la plenitud de los tiempos cumple la promesa hecha a Abrahán y a su descendencia para siempre.

En la primera lectura de hoy pareciera como resonar anticipadamente las palabras del Magníficat: te daré a ti y a tu descendencia después de ti el país donde estás como extranjero, yo seré tu Dios; de parte tuya tú debes observar mi alianza, tú y tu descendencia después de ti, de generación en generación. Parecieran como resonar anticipadamente las palabras del Magníficat. Todo en definitiva tiende a subrayar la alianza que Dios hace. Una alianza que hace con Abraham y con su descendencia para siempre, a través de Cristo que es el prototipo de la descendencia de Abraham.

Dios hace alianzas con nosotros, conmigo, con cada uno de ustedes. El pueblo nuevo, la Iglesia, es continuación del antiguo pueblo de Israel. He aquí que yo hago alianza contigo y serás padre de una grande muchedumbre.

¿Qué comporta esta alianza? Primero de todo comporta fidelidad: fidelidad de parte de Dios: el Señor es fiel para siempre; fidelidad por parte nuestra: tú debes observar mi alianza. Comporta además una gran fecundidad: serás padre de una muchedumbre de pueblos. Comporta una estrecha unidad entre Dios y su pueblo: Yo seré vuestro Dios. Comporta una herencia: te daré a ti y a tu descendencia el país donde vas a estar como extranjero.

Todo esto se realiza en plenitud en Cristo. Todo esto es preparación, figura para la Alianza que se realiza a través de la sangre de Jesús en la cruz. Por eso, a poco de celebrar ya el Misterio de la Alianza en la Semana Santa, a ocho días exactos de instituir el Misterio de la Nueva Alianza, Eucaristía y sacerdocio, la Liturgia nos propone la Alianza que Dios hace, la primera con Abrahán y su descendencia para siempre.

Nosotros damos gracias al Señor por la Alianza realizada históricamente por Cristo Jesús Nuestro Señor. La alianza también histórica que se ha realizado en nosotros también por el Bautismo, y luego llevada a plenitud por la vida consagrada, por la profesión. Pero queremos renovar más profundamente nuestra alianza metiéndonos mucho más hondamente en el Señor. Para que Él sea exclusivamente nuestro Dios y nosotros seamos su descendencia, su porción, su heredad, que Dios sea nuestro Dios.

Entretanto, vamos contemplando la imagen del Señor que se acerca a su Pasión. Estos días tienen que ser de mucha serenidad interior, de mucha lucidez contemplativa a fin de que podamos cada día contemplar más la prontitud con que Jesús se dispone a la muerte para realizar la voluntad del Padre y para reconciliarnos a nosotros con el Padre.

Es el momento en que, contemplando a Jesús, acordándonos de la alianza y de la fidelidad de Dios, nosotros decidimos volver a Dios más hondamente, nuestra conversión se hace más verdadera. Este es el momento favorable, este es el día de la salvación.

Que el Señor nos haga vivir con serenidad, con intensidad, con docilidad estos días.

Viernes V de Cuaresma

Jr 20,10-13 / Sal 17 / Jn 10,31-42

De una homilía del 29 de marzo de 1985

Son los últimos momentos de la vida de Jesús. El Señor se esfuerza por hablar del Padre y provocar la fe en aquellos que le escuchan. El Evangelio de hoy nos habla intensamente del Padre y de las obras del Padre. Nos dice que Jesús ha sido consagrado y enviado al mundo. Termina el Evangelio diciendo que muchos creyeron en él. Hoy vamos a pedir que el Señor aumente nuestra fe. Una fe para contemplar serenamente, gozosamente el misterio de la cruz, de la muerte del Señor para hacerlo nuestro este misterio a fin de que podamos vivir intensamente en él. Una fe que se traduce en amor; amor que es disponibilidad total para lo que Él nos pida; amor que se traduce en la alegría del servicio de nuestros hermanos. Amar al Señor es amar a aquellos que conviven con nosotros. Así vamos preparando el viernes próximo y preparamos así la Pascua.

La primera lectura nos muestra a Jesús en la persona del profeta Jeremías. También atentan contra su vida. Jeremías se siente que alrededor de él es todo amenaza; lo quieren quitar del medio. El Salmo responsorial expresa la angustia del profeta: en la angustia te invoco, sálvame, oh Señor.

También el Evangelio nos muestra cómo los judíos toman las piedras para querer quitar a Jesús del medio, pero hasta que no llegue la hora, la cruz no se levantará para Jesús.

Entretanto, retomemos estas palabras que hemos citado antes: aquel que el Padre ha consagrado y enviado al mundo. Este texto expresa toda la unción sacerdotal de Jesús y su misión apostólica. El Padre lo ungió con el Espíritu y lo envió al mundo para que hiciera las obras del Padre, para que revelara al Padre, para que abriera el corazón de los hombres a fin de que recibieran la vida del Padre, para indicarles el camino hacia el Padre. Aquel a quien el Padre ha consagrado y enviado al mundo.

Siguiendo las líneas de Jesús, cada uno de nosotros en el Bautismo fue consagrado con la unción del Espíritu y fue enviado al mundo. Cada uno de nosotros realiza esta unidad de la consagración y la misión. Pero de un modo particularísimo la realiza el sacerdote y la religiosa consagrados para ser enviados, enviados al mundo desde la plenitud, desde la riqueza de la consagración. Vivimos en nuestra fe del Cristo muerto y resucitado, el misterio de nuestra propia consagración y de nuestra propia misión.

Jesús prosigue: si no obro las obras del Padre mío no me creáis, pero si hago las obras del Padre entonces creedme. La misma actitud nuestra: si no realizamos las obras de Cristo, que nos envía, que no nos crean; pero si realizamos lo que Dios por Cristo nos pide, nuestra existencia será un testimonio, provocará la fe. Que nuestra vida se conforme cada vez más plenamente con Jesús. Que nuestra sola presencia sea una presencia clara de Jesús, que lo que hagamos sea un signo evidente de que Cristo por el Espíritu nos consagra y nos envía.

Finalmente dice Jesús: sabed y conoced que el Padre está en mí y yo estoy en mi Padre. Es la intimidad sustancial entre Cristo y el Padre. Revela la identidad de naturaleza entre el Padre y el Hijo, pero al mismo tiempo una intimidad amorosa del misionero y del consagrado. Jesús, consagrado y enviado al mundo, está continuamente en el Padre, y el Padre está en Jesús, obra por Él, se transparenta por Él, habla por Él. ¡Qué hermoso si nuestra vida es así también! Que el mundo conozca que nosotros estamos en Cristo y Cristo está en nosotros.

A medida que vamos avanzando hacia la pasión, la muerte y la cruz de Jesús, que la contemplación se haga para nosotros una realidad interior, que no la veamos desde fuera. Que Cristo el consagrado y el enviado vaya naciendo dentro por obra de María, nuestra Madre.

Sábado V de Cuaresma

Ez 37,21-28 / S.R. Jr 31 / Jn 45-57

De una homilía del 30 de marzo de 1985

El Señor reúne a su pueblo. Es la idea central de la Liturgia de hoy. El Señor nos reúne en su nombre. El Misterio pascual de Jesús es misterio de unidad, de comunión. El Evangelio lo dice muy claramente: Jesús tenía que morir por la nación, y no sólo por la nación sino para reunir, poner juntos, todos los hijos de Dios que estaban dispersos. El fruto de la muerte de Jesús es la unidad.

En el texto famoso de Pablo a los Efesios aparece cómo Jesús es nuestra paz porque a través de su muerte en la cruz destruye el muro de separación, la enemistad que divide a los dos pueblos, y hace de los dos un solo pueblo; un solo hombre nuevo a través de la muerte, de la cruz.

Ezequiel en la primera lectura habla de esta unidad de los que están dispersos como fruto mesiánico: cuando venga Él, el Mesías, el pastor, se hará un solo rebaño, habrá un solo pastor. Yo tomaré a los israelitas de entre los gentiles, entre los cuales están dispersos, y los volveré a juntar de todas partes y los volveré a conducir a su país. Haré de ellos un solo pueblo en mi tierra.

Es interesante que todo este fruto de reconciliación es unidad, pero unidad en la tierra del Señor, en la tierra de los israelitas, porque ellos son peregrinos y desterrados.

Más todavía, en esta tierra, para este pueblo único, Dios establece una alianza: haré con ellos una alianza de paz que será una alianza eterna, Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo, los estableceré, los multiplicaré, pondré en medio de ellos mi santuario para siempre y allí estará mi morada. Para la unión de los que estaban dispersos: vuelta a la propia tierra, establecimiento de una alianza eterna para que Él sea nuestro Dios y nosotros seamos definitivamente su pueblo.

Cercanía de Dios porque establecerá allí su santuario, su morada. Esto es el fruto de una intervención prodigiosa de Dios en la antigua alianza. Este es sobre todo el fruto de la muerte de Jesús: el Señor reúne a su pueblo: Jesús debía morir para reunir a todos los hijos de Dios que estaban dispersos.

Entonces, hoy rezaremos de un modo particular para que la Iglesia sea siempre unidad, comunión. Para que se haga cada vez más fuerte la unidad de todos los cristianos, de todos los que confiesan a Cristo, el Señor, de todos los que buscan a Dios con corazón sincero. Pediremos al Señor para que dentro de la Iglesia haya cada vez más comunión y unidad entre distintas tensiones, luchas y divisiones, porque el Señor murió para reunir a los que estaban dispersos.

 

 

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