Yo soy el Dios de tu padre






Tercera Semana de Cuaresma

Tercera Semana de Cuaresma

Domingo III de Cuaresma. Ciclo A

Ex 17,3-7 / Sal 94 / Rom 5,1-2.5-8 / Jn 4,5-42

De una homilía en las Vísperas del domingo 25 de marzo de 1984, Roma

 

Ciertamente es una de las páginas más bonitas del Evangelio y concretamente del Evangelio de San Juan, está el tema de la vida, el tema del agua, el tema del Espíritu Santo. Y retenemos particularmente este tema del Espíritu Santo. Recordamos tres frases del Señor, tres palabras: mujer, dame de beber, y la respuesta después del coloquio, de la Samaritana que dice: dame siempre de esta agua para que yo no tenga que venir todos los días al pozo. Cómo el Señor se insinúa discretamente, bondadosamente a nuestras almas como queriendo posesionarse de ellas plenamente. Y el Señor se posesiona a través del don de su Espíritu.

Esto nos lo decía San Pablo en la segunda lectura de hoy: que el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado. O sea, Cristo nos pide de beber, tiene sed de nosotros, sed de nuestra entrega, sed de nuestro compromiso total, sed de nuestra consagración plena. Y todo ello se realiza a través del don del Espíritu.

¿Cuántas veces durante el día, en cosas pequeñas, el Señor se insinúa como diciéndonos “mujer, dame de beber”? Como pidiéndonos por favor “déjame entrar, Yo quiero entrar y quiero ser tu luz, Yo quiero entrar y tomar posesión plena de ti, Yo quiero entrar y comunicarte fuerza, Yo quiero entrar e incendiar tu corazón de amor, Yo quiero entrar y hacerte nuevo mediante el don del Espíritu, mujer, dame de beber”.

Y hay momentos más privilegiados en nuestra vida en que sentimos más fuerte esta expresión del Señor: mujer, dame de beber. El Señor se insinúa con exigencias más fuertes: –“déjame entrar”–, por una exigencia de entrega, por una exigencia de cruz, por una exigencia de amor heroico, por una exigencia de entrega hasta el final. Y uno tiene que experimentar adentro paz, serenidad, porque en definitiva es el Señor el que golpea y como dice el Apocalipsis: he aquí que estoy a la puerta y llamo y aquel que me abra, entraré y cenaré con él. La cena de la vida. Todo esto por el don del Espíritu. Por eso la mujer responderá después del diálogo: dame siempre de esa agua. Aún sin adivinar muy profundamente cuál es el agua que salta hasta la vida eterna. Tal vez dándole inmediatamente una explicación humana, –ella tenía que ir todos los días con el calor del mediodía a buscar el agua–, tal vez sin entender del todo, pero es una expresión que responde a la primera pregunta: mujer, dame de beber.

Una segunda expresión del Señor: si tú supieras el don de Dios. Esta mañana lo concretábamos muy particularmente: este don de Dios en el Espíritu Santo. Pero podemos alargar mucho esta expresión de Jesús: si tú supieras el don de Dios. Es decir, si tú comprendieras y saborearas más profundamente el amor del Padre; si tú creyeras más y aceptaras y acogieras adentro cómo el Hijo constantemente está purificándote con su sangre y te está reconciliando con el Padre. Si tú conocieras el don de Dios. Si tú conocieras el don de Dios a través de cosas que van pasando en nuestra vida, cosas misteriosas, raras que no entendemos, si tú supieras el don de Dios.

Esto nos hace recordar aquella expresión de Jesús sobre Jerusalén: Ah, Jerusalén si tú hubieses comprendido, conocido el día de la visita. Todos los días hay una comunicación de dones del Señor que no los sabemos descubrir, acoger, aprovechar, agradecer. Si tú supieras el don de Dios. Una enfermedad, una cruz, una contrariedad, un desprendimiento, una no comprensión por parte de otras personas a las cuales queremos y de las cuales esperaríamos tanto, e interiormente nos quejamos. Si tú supieras el don de Dios. O sea, si tú supieras que soy Yo el que te lo pide, si tú supieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber. O sea, si tú supieras en definitiva que detrás de esto que te va pasando en la vida cotidianamente o en las cosas grandes, está siempre la mano adorable del Padre.

Finalmente, si tú supieras el don de Dios, es decir, si comprendieras el don del Espíritu. La Liturgia lo llama don del Dios Altísimo porque viene a completar, a dar plenitud a la obra de nuestra Redención. El Hijo es el don del Padre, y el Espíritu Santo es el don del Padre y del Hijo. Y se llama muy especialmente por particular definición al Espíritu Santo el don. Y los frutos que Él va obrando en nuestro interior se llaman dones. Espíritu Santo, don del Padre, actúa en nosotros por el don de sabiduría, por el don de inteligencia, por el don de consejo, por el don de piedad, por el don de temor de Dios, por el don de fortaleza. Es decir, Dios va obrando en nosotros. Si tú conocieras el don de Dios. Cómo cambiaría nuestra vida si nos dejáramos conducir por el Espíritu Santo, don del Dios Altísimo, si no atáramos los dones del Espíritu Santo. Repito: sabiduría, inteligencia, consejo, piedad, fortaleza, etc.

Y la tercera frase del Señor es que el Padre busca adoradores en espíritu y en verdad. Esta es una expresión muy importante. La Samaritana le dice que hay que adorar en el monte Garizim, los judíos dicen que hay que adorar en Jerusalén, en el monte de Jerusalén. Llega la hora, dice Jesús, en que en todas partes tenéis que adorar porque el Padre busca adoradores en espíritu y en verdad. ¿Qué significa esto? Que nuestra adoración tiene que ser un fruto muy fuerte de la acción del Espíritu Santo en nosotros y nos tiene que llevar a ser leales, fieles, transparentes, idénticos. O sea, que nuestra adoración, nuestra oración sea realmente leal.

Hablábamos el otro día de la adoración, que la adoración sea verdaderamente escuchar, acoger, ofrecernos, inmolarnos, comprometernos. Adorar al Señor en espíritu y en verdad es cuando estamos en nuestro trabajo, cuando estamos en nuestro descanso, cuando estamos en la cama y no podemos conciliar el sueño, o habiéndolo conciliado, todo lo hacemos por la gloria del Padre, adoramos en espíritu y en verdad, y cuando venimos a la capilla y estamos frente al Señor, adoramos conforme a la verdad.

En fin que este día no termine sin que la Virgen nos haga comprender y gustar este Evangelio tan rico del diálogo de Jesús con la Samaritana. Que nos haga gustar sobre todo el don del Espíritu Santo que se posó sobre ella una vez y nació Jesús, se posó sobre ella otra vez en Pentecostés y nació la Iglesia. Y que ella haga que el don del Espíritu venga constantemente a nosotros para que nuestra persona se configure, se transforme cada vez más en el Señor, y sea una irradiación de Jesús, el Cristo de la Pascua.

Domingo III de Cuaresma. Ciclo B

Ex 20,1-17 / Sal 18 / 1 Co 1,22-25 / Jn 2,13-25

Homilía del domingo 10 de marzo de 1985

Tercer domingo de cuaresma. Nos vamos acercando hacia la pascua. El Evangelio nos habla de Jesús que estaba en Jerusalén para la pascua. A medida que nos vamos acercando tiene que crecer en nosotros la disponibilidad para escuchar la palabra del Señor. Así nos metemos en el corazón de la Virgen de la cuaresma para que nos haga gozar de una pascua muy honda, muy fecunda, muy nueva. A medida que pasa la cuaresma vamos intensificando la alegría de nuestra caridad, la profundidad de nuestra oración, la autenticidad de nuestra penitencia, de nuestra conversión.

Todo es pascual en la liturgia de hoy. Pascual es este versículo que hemos rezado antes del evangelio que es el que ilumina todo el misterio pascual de Jesús -su muerte y resurrección- y es lo que ilumina también la luz de Dios con nosotros y lo que tiene que iluminar también nuestra vuelta cada día mas honda y generosa al Señor. Dios ha amado tanto al mundo que la ha dado a su Hijo, el que cree en el tiene la vida eterna. Dios no lo ha mandado al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. Estas palabras de Jesús dichas a Nicodemo en la noche iluminan el misterio pascual, la muerte y la resurrección de Jesús. ¿Por qué? Porque Dios amó tanto al mundo que le dio a su Hijo, lo dio, es decir, lo envió; lo dio, lo mandó a la muerte; lo dio, lo entregó a cada uno de nosotros para que ese misterio de muerte y resurrección de Jesús naciera en nosotros, se hiciera vida en nosotros.

Un don pascual es la ley. La primera lectura nos cuenta la ley. Dios le habla a Moisés y le da el decálogo, la ley. La ley no es una imposición, la ley es una forma de entrar en comunión con Dios. Dios habla a su pueblo y le dice: ¿estás dispuesto a hacer esto? El pueblo responde: sí, lo haremos. Y entonces se hace la alianza, la comunión.

La alianza que está hecha de palabra de Dios y de respuesta del hombre, por eso el salmo responsorial nos está diciendo: Señor, tu tienes palabras de vida eterna. La ley es una palabra de Dios que nosotros acogemos, realizamos. Supone una propuesta de Dios y una respuesta nuestra, y entonces se hace la comunión entre Dios y nosotros.

Esa alianza se hace mucho más honda y nueva con la sangre de Jesús en la cruz mediante su misterio pascual. La alianza entonces reviste otra forma en el Nuevo Testamento. La alianza se presenta así: amarás al Señor tu Dios con todas tus fuerzas, con todo tu espíritu, con toda tu mente, y al prójimo como a ti mismo, ¿estás dispuesto a hacer esto? Sí, estoy dispuesto. Entonces Cristo sella esa alianza con su sangre, y entramos en comunión con el Cristo muerto y resucitado. Por eso la primera lectura no es una simple imposición externa; es un anuncio, un signo, un principio de esa alianza que Jesús va a sellar mediante el misterio pascual en la cruz. Señor, tú tienes palabras de vida eterna. La alianza supone una propuesta de Dios, una aceptación nuestra, una respuesta nuestra.

Del misterio pascual nos habla la segunda lectura . El hermosísimo texto de la primera carta de Pablo a los corintios. Mientras los judíos anda buscando milagros y los griegos andan buscando sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado que es escándalo para los judíos, es locura para los paganos pero para aquellos que han sido llamados, para nosotros, es potencia de Dios y sabiduría de Dios. Toda nuestra vida está centrada en el misterio de Cristo crucificado pero no un Cristo derrotado, sino un Cristo Pascual, un Cristo muerto y resucitado. La gran sabiduría y la gran fuerza nuestra es Cristo y Cristo crucificado, no sabemos otra cosa, no predicamos otra cosa mas que el misterio pascual de Jesús, su muerte y resurrección. Por eso nuestra vida es una predicación y una celebración constante del misterio pascual. Está marcada por la cruz y la esperanza. Cristo crucificado y resucitado, sabiduría de Dios, potencia de Dios.

El Evangelio nos habla de la Pascua a través de la imagen del templo. Jesús dice: destruid este templo y yo lo voy a reedificar en tres días. Jesús había reivindicado la paz, la limpieza, con respecto al templo. Había echado del templo material a todos aquellos cambistas y negociantes. Los echó, tenían que respetar el templo. Ellos le preguntan con qué autoridad hace eso y Jesús les responde simplemente con esta alusión a su resurrección: destruid este templo y yo lo voy a resucitar, a componer en tres días; hablaba del templo de su cuerpo. Del templo material Jesús pasa al verdadero templo que es nuestro propio cuerpo, nuestro propio ser. Jesús era el templo donde habitaba la divinidad.

Nosotros, los bautizados, los ungidos, somos el templo donde habita la Trinidad. Por eso Pablo nos dirá: no destruyáis el templo de Dios que sois vosotros. Porque Dios os va a destruir a vosotros si destruís vuestro templo. ¿Cómo destruís vuestro cuerpo? Profanándolo con el pecado. Jesús dice: destruid este templo -es decir, destruidme a mí- y yo lo voy a resucitar.

Cuando fue resucitado de entre los muertos sus discípulos se acodaron de que lo había dicho. Así que esta imagen del templo se está refiriendo claramente a la resurrección, es decir, al templo de su cuerpo que fue destruido por los judíos en la pasión y fue resucitado por él en el día de la gloria.

Que el Señor nos vaya metiendo cada vez más hondamente en el misterio pascual de Jesús muerto y resucitado, que nos haga vivir la alegría de la cruz cotidiana y haga crecer en nosotros la esperanza. Que el camino de cambio, de conversión, se vaya obrando con mucha serenidad, pero con mucha profundidad y con mucha autenticidad en nosotros a fin de que el día de la pascua podamos cantar verdaderamente “aleluya, Cristo resucitó”, porque nosotros también nos sentimos criatura nueva en Él. Nos lo conceda María, la humilde servidora del Señor, virgen de la cuaresma y de la Pascua.

Domingo III de Cuaresma. Ciclo C

Ex 3,1-8a.10.13-15 / Sal 102 / 1 Co 10,1-6.10-12 / Lc 13,1-9

De una homilía en el CELAM de marzo de 1971

El tema de nuestra meditación hoy es la confianza. Todo este año lo estamos dedicando a un tema fundamental que es el tema de la fidelidad, queremos ser fieles. Fieles al amor con que Dios nos ha elegido, fieles al amor con que Dios constantemente nos está envolviendo, fieles a esa experiencia de Dios en nuestra vida. Esa fidelidad supone en nosotros una confianza muy grande, una confianza en la fidelidad de Él. ¿Cómo tenemos que hacer para confiar? O sea, ¿qué supone en nosotros esta fidelidad? Sencillamente dos cosas: primero una experiencia muy grande, muy honda y muy serena al mismo tiempo de nuestra pobreza, de nuestro límite, de nuestra enfermedad. Pobre es el que se siente enfermo, limitado, miserable y tiene hambre. Es al mismo tiempo una confianza muy grande. Nosotros quisiéramos esta confianza.

Entonces la primera experiencia, la primera condición para confiar de veras es tener conciencia de que no somos nada, de que no valemos nada, de que no podemos nada, de que estamos cansados, de que estamos enfermos, de que somos peregrinos y estamos casi muertos. Semimuertos porque nos falta la esperanza, semimuertos porque nos falta el coraje de arrancarnos de nosotros mismos y pegar el salto y decirle al Señor que sí con toda el alma, que experimentamos todo eso.

El segundo elemento entonces para la confianza -el primero es la experiencia de nuestra pobreza- el segundo es la seguridad en la fidelidad del Señor a su promesa. Ante todo la promesa de regalarle la tierra. Dios cumple sus promesas. Es el Dios vivo, el Dios que está viniendo siempre a nosotros, el Dios de Abraham, de Isaac, así se llama en el episodio de hoy: Yo soy el Dios de sus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac. Es decir no un Dios teórico, sino el Dios de tu padre Abraham. Abraham fue una persona que vivió, Isaac fue una persona que vivió: Yo soy el viviente, ese es mi nombre. El que viene constantemente. Entonces seguridad en la fidelidad de Dios. Y qué bien nos hace a nosotros tener esta seguridad. Después de haber tenido esta experiencia serena de nuestra pequeñez, qué bueno es tener la seguridad: Yo estoy contigo. Entonces no tengas miedo.

Tener seguridad en que Dios está con nosotros. Cuando Dios nos llamó a nosotros, cuando misteriosamente nos hizo escuchar en el secreto de nuestro corazón “te elijo para mí y para siempre”, el Señor nos repitió también misteriosamente: Yo estoy contigo. No tengamos miedo, tengamos seguridad en esa presencia del Dios viviente en nosotros, de Él que es fiel.

Hoy tenemos que sentir por un lado nuestra pobreza, por otro lado también los reclamos amorosos del Señor a que nos entreguemos con toda el alma, con todo gozo, que le digamos absolutamente que sí, pero al mismo tiempo apoyados en la fidelidad del Señor que no nos deja.

De una homilía en la Abadía del Santa Escolástica del 26 de enero de 1997

Señor, enséñame tus caminos. Esto no es únicamente mostrar por dónde se va y por dónde nos quiere llevar el Señor, sino también el modo como tenemos que ir realizando con serenidad, con paz interior, con alegría, ir haciendo de nuevo el camino del Señor: este camino del Señor exige en nosotros una continua conversión. Es la conversión que Jesús -el Evangelio del Padre-predica como tema central en el Evangelio de hoy: Convertíos. Y esta conversión no consiste en hacer cosas extraordinariamente grandes, sino en ser cada día más sencillamente fieles a lo que hemos ido repitiendo: Señor, enséñame tus caminos.

La conversión no es algo trágico. La conversión es un proceso sereno de vuelta a Dios, en la alegría de hacer, realizar, su voluntad: Convertíos. En definitiva, toda nuestra vida de santidad en santidad, es una continua conversión. Cierto, hay una primera conversión: es el bautismo; y otra conversión que es nuestra penitencia, nuestra confesión: un momento fuerte de nuestra vida en que el Señor nos muestra algo que quiere de nosotros y lo recibimos con alegría. Pero la conversión es un volver cada día serenamente al Señor y mostrarlo en la alegría y en la transparencia de nuestra vida.

¿Qué es convertirnos? Yo he pensado mucho en estos días si no es en transmitir en medio del pequeño sufrimiento o de los variados sufrimientos, mostrar la alegría: ser alegres. Mostrarla a pesar del sufrimiento y del dolor. No es hacer cosas grandes, es hacer cosas sencillas siempre con alegría nueva.

Misa opcional. Semana III de Cuaresma

Ex 17,1-7 / Sal 94 / Jn 4,5-42

De una homilía pronunciada en el CELAM

Qué hermoso es, qué fecundo este evangelio del encuentro de Jesús con la Samaritana. Es un pasaje que provoca conversión en la mujer y la vuelve testigo. También hoy hemos de encontrarnos muy sinceramente con Jesús, cambiar, ser testigos. Retengamos estas tres frases: una de Jesús, otra de la Samaritana y otra del pueblo.

Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide “dame de beber”, le pedirías tú y Él te daría agua viva, si conocieras de veras y descubrieras el don de Dios. El don de Dios es Cristo. Él es el don del Padre que fue enviado no para condenar al mundo sino para que el mundo se salve. Así amó Dios al mundo que le dio a su Hijo para que todo el que crea en Él tenga la vida eterna. El don es Cristo.

Y la frase de la Samaritana: Señor, dame esa agua. El agua es el Espíritu, es fuente que salta hasta la vida eterna. La mujer le pide a Cristo “dame esa agua”. Le pedimos al Cristo don del mundo el Don del Altísimo que es el Espíritu. Cristo nos da a su vez, el don, ese don es el Espíritu.

Y la tercera frase es la de los samaritanos, nosotros mismos lo hemos oído, sabemos que Él es de verdad el Salvador del mundo. Qué bueno es haber descubierto a Jesús que es el Salvador, proclamarlo después no tanto con las palabras sino con los hechos. Nosotros sabemos que es el Salvador del mundo, porque hemos descubierto que es el don del Padre, porque hemos experimentado que muy adentro nos ha comunicado el don del Padre que es el Espíritu.

Todo esto provocará en nosotros un cambio, una conversión. Yo diría que si fuéramos a resumir los temas que nos traen las lecturas de hoy, un tema grande, central, es esto, el encuentro con Cristo el Salvador del mundo, para ser sus testigos.

El tema del Agua, el tema del Espíritu y el tema de Cristo Salvador. El tema del agua es Moisés que ante la murmuración del pueblo hace saltar agua de la piedra, es como anticipo del agua de la alianza. El Evangelio nos habla del agua, si conocieras el don de Dios, el que bebe de esta agua vuelve a tener sed, pero el agua que yo le daré se convertirá en un surtidor que salta hasta la vida eterna. Dame de beber de esa agua. El tema del agua, la creación nueva es el agua primitiva de la cual sale la creación primera. Recuerden en el Génesis, es el agua bautismal por la cual nosotros nacemos como hijos de Dios.

Pablo dirá en la carta a los Romanos que todos los que son conducidos por el Espíritu son hijos de Dios. El agua nos recuerda nuestro nacimiento bautismal. En la noche de la Vigilia Pascual hacia la cual vamos, bendeciremos otra vez el agua, sentiremos el gozo de la creación nueva, comprometeremos nuestro bautismo.

El otro tema es el Espíritu. Jesús en el evangelio nos habla sin nombrarlo del Espíritu, que es esta agua que salta hasta la vida eterna y que está dentro de nosotros, es el Espíritu. Recuerden aquel episodio en el Evangelio de San Juan cuando Jesús enseñando en el templo dice: el que tenga sed venga a mí y que beba… y San Juan dice que se refería al Espíritu el cual todavía no había sido dado porque Cristo no había sido glorificado. Es decir que el agua es el Espíritu.

Entonces cuando Jesús le dice a la Samaritana que le va a dar un agua de vida y que adentro se convertirá en un manantial, en un surtidor que salta a la vida eterna, es el Espíritu. San Ignacio de Antioquía tiene una frase hermosísima. Dice: siento dentro de mí un agua que grita, ven al Padre, esta agua viva es el Espíritu Santo. Hemos nacido hijos de Dios por el agua y por el Espíritu. Si alguien no renace por el agua y por el Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios (Jn 3,5). Es el Espíritu que grita dentro de nosotros “¡Abba, Padre!”. Es el Espíritu que nos conduce como a hijos. Es el Espíritu que está siempre dando testimonio dentro de nosotros que somos hijos. Es el Espíritu que nos va continuamente renovando, rejuveneciendo, recreando, convirtiendo en Jesús.

El tercer tema es el de Cristo. Cristo el Salvador, Cristo que en el misterio de su muerte y de su resurrección se entrega por nosotros. Pablo dirá: Cristo murió por los impíos y esta es la señal muy grande de que Dios nos ama. La prueba de que Dios nos ama es que Cristo siendo todavía nosotros pecadores, murió por nosotros. Y el mismo Cristo se revela como Salvador, el que limpia, el que purifica, el que da la vida. Se revela a la Samaritana. Estamos esperando al Mesías, al Cristo, dice la Samaritana. Jesús le dice: soy yo, el que está hablando contigo. La Samaritana descubre que Él es de verdad el Salvador del mundo.

Qué bueno si el Espíritu nos lleva a nosotros otra vez hoy a Jesús, nos lo hace descubrir como el Salvador del mundo. Como el Cristo que se entrega para darnos la vida, para comunicarnos al Espíritu. Qué bueno si entre nosotros, en nuestra sencillez, en nuestra hambre y en nuestra sed se hace otra vez el diálogo: Cristo que nos dice “dame de beber”, es decir que nos pide todo, nos pide en definitiva nuestra pobreza y nosotros que le decimos a Cristo “dame de esa agua”, es decir, dame de nuevo al Espíritu para que se haga en mí de veras una fuente que salta hasta la vida eterna y no tenga más sed.

Lunes III de Cuaresma

2 Re 5,1-15 / Sal 41-42 / Lc 4,24-30

De una homilía del 26 de marzo de 1984, Roma

Esta semana, tercera semana de la Cuaresma, está toda centrada sobre el tema del agua, del agua viva. ¿Por qué hablar del agua? ¿Por qué hablar de la vida? Porque nos estamos acercando a la Pascua. La Pascua es el día de la vida. El día de la vida porque Cristo es la Vida, ha resucitado. Pero porque en Cristo Vida, en Cristo Luz, en Cristo Hombre nuevo hemos nacido también nosotros mediante el Bautismo como hombres nuevos para la vida eterna. Pascua es la celebración de nuestro Bautismo. Por tanto, al mismo tiempo que la Liturgia está preparando a los nuevos catecúmenos, los que serán bautizados en la Vigilia Pascual, a nosotros nos hace vivir la vida sacramental en profundidad, particularmente el Bautismo. El Bautismo habla del agua, habla de la vida, habla del don del Espíritu que nos ha sido dado para la vida eterna.

En efecto, la primera lectura de hoy, el milagro de la purificación de Naamán, mediante el instrumento de Dios que fue Eliseo, es como un signo de la purificación que nos es dada a nosotros por medio del Bautismo y los otros Sacramentos. Los Padres han visto siempre estas siete veces que Naamán debe bañarse en el río siete veces para purificarse y ser curado; ven los siete sacramentos como una figura de los siete sacramentos. Nosotros durante este itinerario penitencial de conversión de la Cuaresma, camino hacia la vida, subrayamos particularmente estos tres Sacramentos que en el tiempo cuaresmal debemos usar y vivir con intensidad si queremos llegar a una Pascua viva y prepararnos para una Pascua definitiva. Vivir la profundidad alegre, la fecundidad del Bautismo; vivir y usar la purificación total, radical, sincera de la Penitencia o Reconciliación, Sacramento de la Reconciliación; y todos los días alimentarnos particularmente con el Sacramento del Cuerpo y de la Sangre de Cristo en la Eucaristía. Me parece que hoy la enseñanza de la Liturgia es esta: vivir el Bautismo; tener hambre, sed de Cristo en la Eucaristía; y sentir la necesidad de una purificación profunda en la Penitencia, en la Reconciliación.

El Bautismo que nos ha hecho templos del Espíritu Santo es una fuerza viva que salta hasta Dios. Por eso hemos recitado en el salmo responsorial: como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío. Tiene sed de Dios, del Dios viviente. ¿Cuándo entraré a ver el rostro de Dios? Desde el momento en que la vida divina ha sido inmersa en nosotros por el Bautismo, esta vida divina tiende a la plenitud, a la consumación, al encuentro definitivo con el Señor. Como la cierva busca las corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío. El Bautismo es el primer y fundamental deseo de la eternidad, del encuentro definitivo con el Cristo de la Pascua.

Después, la Penitencia que deberá ser para nosotros una continua inmersión en la sangre redentora de Cristo, en la sangre que purifica, en la sangre que reconcilia con el Padre. Sentir la necesidad de una mayor frecuencia y de un uso más sincero de este Sacramento que es llamado segundo Bautismo. Esto es la Reconciliación, la Penitencia.

Finalmente, la Eucaristía. Nutrida nuestra alma con la Palabra del Dios Viviente, escuchando en silencio, recibiendo y acogiendo la Palabra del Señor, participar después del Cuerpo y la Sangre de Cristo, participar del mismo Cristo.

El Evangelio habla de Cristo. Eliseo era un gran profeta. Es llamado “el hombre de Dios”. “Hombre de Dios” también es llamado Elías. Pero más que Elías, más que Eliseo, es Cristo que se hace presente en cada Eucaristía, sea a través del ministro que celebra, sea a través de la Palabra proclamada, sea a través de la comunidad reunida en el Espíritu, sea sobre todo a través de la potencia del Sacramento mismo del Cuerpo y la Sangre.

Hoy será un día plenamente bautismal, de reconciliación y de nutrición en la Eucaristía. Será un día de vida. Fuimos hechos para la vida y el Señor nos ha dado el don de la vida, de un agua viva que salta en nosotros hasta la vida eterna.

El Señor nos conceda caminar juntos en este itinerario penitencial de la Cuaresma hacia la Pascua. Es un itinerario de vida y vamos hacia la vida. Aprovechar los momentos fuertes de este tiempo; aprovechar viviendo en profundidad el agua viva que el Señor nos ha dado en el Bautismo; aprovechar el deseo de conversión a través del Sacramento de la Reconciliación; aprovechar el alimento espiritual y al mismo tiempo corporal que nos ofrece el Señor todos los días a través del Sacramento de la Eucaristía. Que sea una Cuaresma nueva hacia una Pascua nueva.

Martes III de Cuaresma

Dn 3,25.34-43 / Sal 24 / Mt 18, 21-35

De una homilía del 27 de marzo de 1984, Roma

La Cuaresma va caminando aceleradamente hacia la Pascua, digo aceleradamente porque dentro de poco tiempo estaremos ya celebrando el Misterio Pascual de Jesús y tal vez no hayamos profundizado todavía en las exigencias de este camino penitencial de las cuales las dos principales lecturas nos vuelve a presentar la Liturgia: la oración y la caridad.

La primera lectura es un modelo estupendo de oración que se basa en la conciencia de los pecados personales, pero sobre todo en la seguridad de la inquebrantable fidelidad del Señor. La segunda lectura es una exhortación a la caridad, a la misericordia como el Padre es misericordioso y a perdonar no una vez, ni siete veces, ni setenta veces, sino a cada rato. A vivir en una actitud fundamental de alegría y serena caridad. Entonces pensamos un poco en estas dos cosas, en nuestra oración y cómo va esta oración cuaresmal; y en nuestra caridad, y cómo va esta caridad, que se convierte sobre todo en la relación hacia los demás en comprensión y en perdón.

La oración, hermosísima, parte de la conciencia del propio pecado, pero sobre todo de la seguridad de la fidelidad del Señor. Por eso quedará resumida en el Salmo Responsorial: sálvanos, Señor, tú que eres fiel. La oración se basa particularmente en la fidelidad de Dios: no nos abandones Señor, por amor de tu nombre; tú eres el fiel, no puedes negar tu propia identidad, no rompas la alianza aun cuando nosotros la hayamos roto, no retires de nosotros tu misericordia. Por amor de Abraham tu amigo. ¡Qué hermosa expresión! Por amor de Abraham tu amigo, de Isaac tu siervo y de Jacob tu santo. O sea los tres grandes personajes en los cuales queda sintetizada la fidelidad de Dios, la promesa y la fidelidad de Dios: Abraham, Isaac, Jacob. Por amor de Abraham tu amigo, de Isaac tu siervo, de Israel tu santo. Esa es la oración que hace Azarías en el Antiguo Testamento. Nosotros podemos añadir por amor de Jesús, tu Hijo: por amor de María, tu Madre. O sea nuestra oración se basa en esta fidelidad del Señor.

Pero al mismo tiempo uno tiene conciencia de los propios pecados. A causa de nuestros pecados nosotros hemos llegado a ser los más pequeños de todas las naciones y no tenemos ni príncipe, ni profeta, ni sacrifico, ni sacerdote. Pero, Señor, sí podemos tener un corazón contrito, es decir podemos renovarnos, podemos convertirnos, podemos volver a Ti. Tal sea hoy nuestro sacrificio delante de ti y te sea aceptable este sacrifico porque no hay desilusión para aquellos que confían en ti, no hay desilusión para aquellos que confían en ti.

Entonces la oración que se basa en la fidelidad de Dios en seguida se convierte en un compromiso: ahora te seguimos con todo el corazón; te tememos y buscamos tu rostro. Ven, una oración que parte de la conciencia del propio pecado, es la oración del pobre que se basa en la fidelidad inquebrantable del Señor. Por amor de Abraham tu amigo. Pero que en seguida se convierte en compromiso de conversión: ahora te seguimos con todo el corazón, te tememos y buscamos tu rostro.

Y el Evangelio: la caridad. El Señor nos insiste durante la Cuaresma en esto que es central: la caridad. Pero la caridad ahora en miras a la misericordia del perdón. ¿Cuántas veces, pregunta Pedro, yo tengo que perdonar a mi hermano que peca contra mí, que me molesta? ¿Cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Siete veces? El Señor le dice: siempre, siempre, siempre.

Y la parábola es hermosísima. Pienso que tenemos que traducirla a nuestro lenguaje moderno. Estos dos siervos, el patrón de uno que le perdona una deuda muy grande, pongamos cien mil dólares, le perdona cien mil dólares porque el otro se arrodilla, le pide, no tiene con qué pagar, se lo perdona. Este sale después y encuentra a otro compañero suyo que le debe apenas cincuenta dólares, y lo hace meter en la cárcel porque le debe cincuenta dólares.

Y así nos va a pasar a nosotros. Frente al Señor tenemos una deuda muy grande, tenemos que pedirle mucho perdón al Señor. Y nosotros no nos animamos a perdonar siempre, siempre a nuestros hermanos. Entonces así el Padre se portará con nosotros si nosotros no perdonamos a nuestros hermanos. Si queremos tener la tranquilidad, la seguridad del perdón del Padre, vivamos con un corazón libre, con un corazón sincero de auténtico perdón a nuestros hermanos. Y perdonemos hoy y mañana y todos los días, y perdonemos por la mañana y por la tarde. Y cuando decimos perdonar es comprender y es callar y es ayudar. En fin, que el Señor nos dé espíritu de oración y de caridad para que podamos ir haciendo bien lo que nos falta del camino de la Cuaresma.

Es una oportunidad magnífica la de hoy para renovar nuestro deseo de que esta Cuaresma sea verdaderamente nueva y que nos lleve a una Pascua nueva, porque toca dos características centrales de la Cuaresma que son la oración y la caridad. La oración basada en la fidelidad del Señor. Por consiguiente, una oración bien a lo pobre, que nace de nuestra conciencia de miseria, de pecado, pero: “sálvanos, Señor, porque tú eres fiel”. Y nuestra caridad, nuestra caridad convertida particularmente en perdón. Un rostro de esta caridad es la alegría. Nos preguntamos hoy si en este camino de Cuaresma que vamos haciendo hacia la Pascua nuestra caridad se convierte verdaderamente en alegría.

Miércoles III de Cuaresma

Dt 4,1.5-9 / Sal 147 / Mt 5,17-19

De una homilía del 13 de marzo de 1985

El tiempo de cuaresma que es esencialmente un tiempo para vivir la alegría de la caridad, la profundidad de la oración, la autenticidad de la penitencia, es un tiempo de escucha de la Palabra del Señor. Esencialmente tenemos que vivir a la escucha de la palabra de Dios, en el silencio de la oración, o en los acontecimientos o en el diálogo con los demás. Pero tratar de escuchar qué nos dice Dios porque Dios nos habla.

Tus palabras, Señor, son espíritu y vida, tu tienes palabras de vida eterna. Esto acabamos de recordar en el canto antes del Evangelio. Sólo el Señor tiene palabras de vida. Esas palabras de vida están expresadas en la ley; en la ley que tomada así, como pura ley mata, el espíritu es el que vivifica. Pero una ley que expresa la voluntad de Dios para nuestro bien, para nuestra vida, para nuestro camino recto.

La primera lectura habla de esta ley que el Señor da por medio de Moisés a su pueblo. Moisés habló al pueblo y dijo: Escucha Israel las leyes y las normas que te enseño, a fin de que las pongas en práctica a fin de que podáis vivir y entrar en posesión del país que el Señor, Dios de vuestros padres, está por daros. Es decir, que la fidelidad a la ley traerá la vida y traerá el poder entrar en la tierra de la promesa. Mira yo os enseño leyes y normas como el Señor Dios me ha ordenado para que las pongáis en práctica. La ley no viene por un instrumento puramente humano. La ley la vemos como una expresión de la voluntad concreta de Dios sobre nosotros. Pasamos al nuevo testamento y comprendemos esta ley que se sintetiza en este precepto: Amarás a Dios con todo tu corazón y al prójimo como a ti mismo. Además comprendemos según las profecías de Jeremías y de Ezequiel que esta ley nueva será metida muy profundamente dentro de nuestro corazón. Es una ley que en definitiva es el Espíritu Santo mismo fundido en nuestros corazones para que podamos cumplir la gran ley, el gran mandamiento, el del amor de Dios. Ésta es la ley que nos hará vivir; esta es la ley que nos hará entrar en la tierra de la promesa. Todas las otras leyes, leyes eclesiásticas o leyes comunitarias, son expresión, participación de esta ley. Las mismas constituciones son una forma de poder cumplir mejor la gran ley que está sembrada en nuestros corazones mediante el Espíritu que nos fue dado. Pero únicamente podremos cumplir estas leyes, sea el decálogo, sea la ley del amor, sea las leyes de la Iglesia, los preceptos de la Iglesia, sean las leyes manifestadas a través de las constituciones en una comunidad, si somos conscientes de las maravillas que Dios ha ido obrando en su pueblo, en nosotros. Guardaos de olvidar las cosas que vuestros ojos han visto, que no huyan de tu corazón por todo el tiempo de tu vida y las enseñarás así a los demás, a tus hijos. Dios tiene derecho a poner esta ley en nuestros corazones porque nos ha amado, porque nos quiere para la vida, porque quiere que no equivoquemos el camino, que entremos en la tierra de la promesa. Eso mismo nos vuelve a decir Jesús en el Evangelio: yo no vine a quitar la ley y los profetas, yo vine a llevar todo a la plenitud. Es decir, hacer todo más interior, hacer todo más espiritual, a fin de que no viváis en la materialidad, en la formalidad de una aplicación de una ley sino que viváis el espíritu de la ley. La Iglesia nos ayuda en ese sentido con la mitigación externa de la ley como nos hablaba el Papa en el Ángelus a fin de que vivamos más intensamente la ley interior. Por ejemplo, en la austeridad de la cuaresma a mitigar muchísimo las observancias antiguas pero no para que vivamos sin penitencia sino para que entremos en lo esencial de la penitencia que es un camino de conversión y de caridad, y para que cumplamos la ley desde el Espíritu, no desde la materialidad de la ley. De tal manera que si un día por un motivo o por otro no podemos cumplir con la materialidad de una ley –pongamos el caso del rezo de toda la liturgia de las horas o de la abstinencia de la carne los viernes– y todo esto lo vamos supliendo con una intensidad de amor y de oración, estamos cumpliendo el espíritu de la ley. Es la ley convertida en espíritu y que habita en nuestro corazón.

En definitiva todo está en escuchar al Señor y acogerlo adentro: tus palabras Señor son espíritu y vida, tú tienes palabras de vida eterna. Que la Virgen que ha sabido este camino de observancia de la ley mediante esta actitud de escucha de la Palabra y de recepción interior de la Palabra, nos enseñe a nosotros en este tiempo de cuaresma a vivir así: sencillos, pobres, humildes, silenciosos, a la escucha de lo que el Señor quiere de su Palabra, de su ley, poderla realizar con amor.

Jueves III de Cuaresma

Jr 7,23-28 / Sal 94 / Lc 11,14-23

De una homilía del 29 de marzo de 1984, Roma

Toda la Cuaresma es una invitación constante a escuchar la voz del Señor y a realizarla. El Salmo Responsorial nos ha hecho pedir con insistencia: haz que escuchemos, Señor, tu voz. Escucharla no sólo materialmente. Escucharla con una gran pobreza para saber que es voz de Dios, saber discernir bien qué es lo que nos está pidiendo y después con una generosidad muy grande decirle al Señor que sí. Es decir que nuestro corazón tiene que estar abierto siempre y disponible a la Palabra del Señor. Haz que escuchemos tu voz.

¿Qué puede impedir que escuchemos la voz del Señor? Primero, el no leerla –cuando la voz del Señor nos viene a través de la Escritura Santa– el no leerla o el leerla según nuestra interpretación o nuestro gusto, es decir, buscar en la Palabra del Señor lo que a nosotros nos conviene; o escuchar la Palabra del Señor escuchándonos al mismo tiempo a nosotros mismos, con lo cual más que escuchar la voz de Dios escuchamos nuestra propia reacción interior.

Para que la Palabra de Dios penetre profundamente en nosotros, nos ilumine, nos serene, nos haga fuertes y nos haga felices –como dice en la primera lectura– nosotros tenemos que despojarnos totalmente de nosotros mismos, de nuestros ruidos interiores, de nuestros gustos, de lo que nosotros quisiéramos, ponernos en disponibilidad total ante el Señor. Haz que escuchemos Señor, tu voz.

La primera lectura, tomada del profeta Jeremías, habla constantemente de un reproche que Dios hace al pueblo de no haber escuchado. Este es el mandamiento que os doy: escuchad mi voz. Entonces yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo. La alianza se realiza en la medida en que nosotros acogemos la voz, la Palabra del Señor, la exigencia, y nos entregamos con toda el alma. Esto como simples cristianos, y mucho más profundamente como consagrados. Nuestro Dios será verdaderamente nuestro Dios y él nos librará y nosotros nos sentiremos su pueblo en la medida en que escuchemos su voz.

Y si camináis por el camino que yo os marcaré entonces seréis felices. Me parece que ahí está toda la enseñanza: que el Señor nos pide que escuchemos su voz, que tengamos el corazón muy limpio, muy pobre, muy sereno, no prevenido, y que hagamos penetrar con más disponibilidad la Palabra del Señor para ser felices.

Pero ellos no escucharon; yo mandé a mis servidores, a mis profetas a hablar, pero tampoco los escucharon. Tú les dirás todas estas cosas pero tampoco te escucharán. Es un reproche del Señor, a través del profeta, a su pueblo de que no lo escuchan. Y sin embargo, la felicidad viene de escuchar la voz del Señor. Y escucharla es realizarla.

El Evangelio nos muestra a Jesús rechazado. No escuchan su voz ni tampoco aceptan sus señales, piden más señales. Jesús cura a un endemoniado y dicen no, esto lo hace en virtud del demonio. ¿Cómo va a echar los demonios en virtud del mismo demonio? Pero no lo aceptan, no aceptan su palabra.

Y el Señor termina con esta frase: el que no está conmigo, es decir el que no me acepta, está contra mí; y el que no recoge, desparrama. Entonces será cuestión de ver si realmente nosotros tratamos de estar con Jesús de veras, Él nos llamó para que estuviéramos con él, como cristianos y como consagrados. Ver si estamos realmente con Él tratando de escuchar su voz y obedecerle. O si más vale marchamos por nuestro camino, porque entonces no seremos felices. Y ver si realmente no nos ponemos a recoger con Jesús, recoger con Jesús significa cumplir sus normas, realizar su voluntad, morir con Él. Si no cumplimos sus normas será un desparramo nuestra vida.

Que el Señor nos ayude a escuchar la voz del Señor, que nos dé una gran capacidad para percibir en seguida la voz del Señor, una gran generosidad para decir que sí al Señor. Hoy si escucháis la voz del Señor no endurezcáis vuestro corazón.

Viernes III de Cuaresma

Os 14,2-10 / Sal 80 / Mc 12,28b-34

De una homilía del 30 de marzo de 1984, Roma

Otra vez el tema fundamental es el de la fidelidad a la Palabra, fidelidad a la Palabra del Señor. Escucha, Israel. Tener una gran capacidad interior para recibir la Palabra y para contestar a ella, responderle realizándola. En la oración inicial hemos pedido al Señor que infunda la gracia en nuestros corazones a fin de salir de nuestros desvíos y poder adherir con fidelidad, ser fieles a su Palabra de vida eterna. ¿Cuál es esta palabra de vida eterna hoy para nosotros? Estamos terminando ya casi la tercera semana de Cuaresma.

Primera palabra es: vuelve Israel al Señor tu Dios; es un llamado a la conversión. Otra vez Dios nos llama a través del profeta. El miércoles de Ceniza era el profeta Joel: rasga el corazón no las vestiduras; y ahora otra vez: vuelve, Israel al Señor, tu Dios, porque te has enredado en la infidelidad. Y la promesa que el Señor nos amará con verdadero corazón: Yo los curaré de su infidelidad, los amaré con corazón verdadero porque mi ira se alejó de ellos. El Señor vuelve su misericordia sobre nosotros. Volverán a sentarse a mi sombra.

Segunda palabra del Señor: escucha, Israel, el Señor tu Dios es el único Señor. O sea, hacer de Dios el centro de nuestra vida, amar al Señor con todo nuestro corazón, con toda nuestra mente y con toda nuestra fuerza; no preocuparnos de cosas secundarias, no enredarnos con angustias, problemas, tensiones, que son nuestras, no mirarnos demasiado a nosotros mismos. Volvernos al Señor y contemplar su bondad, su fidelidad, su misericordia, su paternidad. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón. Podemos preguntarnos a esta altura de nuestra Cuaresma si hemos escuchado esta Palabra del Señor y si hemos intentado amar de veras al Señor.

Tercera palabra: amarás a tu prójimo como a ti mismo. Es nuestra relación hacia los demás sobre todo en una línea de misericordia, de poder comprender a los demás, aceptarlos como son, ayudarlos; si es necesario, corregirlos; pero siempre amarlos como a nosotros mismos y como una forma de realizar el amor de Dios. No hay otro mandamiento más importante que este, dice el Señor. Es decir que es el único mandamiento. Amar al Señor y amar al prójimo son dos momentos o dos expresiones del único mandamiento importante: amar al Señor con toda el alma y al prójimo como a nosotros mismos. También a nosotros el Señor nos dice si caminas así: tú tampoco estás lejano del Reino de Dios, tú vas caminando hacia el Reino de Dios.

Este viernes de la tercera semana de Cuaresma que sea un viernes eficaz, fecundo, para nuestra vida, que sea fecundo en este camino penitencial hacia la Pascua nueva que queremos. Que se produzca en nosotros una vuelta al Señor. Vuelve Israel a tu Dios, yo te cobijaré bajo mi sombra. Y después la fidelidad a la única Palabra. Amar al Señor con toda el alma, recibiendo su Palabra, abrazando su voluntad, asumiendo generosamente nuestra cruz y después amar generosamente a nuestros hermanos.

Sábado III de Cuaresma

Os 6,1-6 / Sal 50 / Lc 18,9-14

De una homilía del 31 de marzo de 1984, Roma

En este sábado último del mes de marzo -el mes de marzo consagrado a la memoria y a la veneración de San José-, celebramos a nuestra Señora, y otra vez vemos la Cuaresma desde su corazón silencioso, disponible, contemplativo, fiel, desde el corazón nuevo de María, ese corazón nuevo que nosotros pedimos para nosotros. El salmo 50 es el que nos hace rezar: crea, oh Señor, en mí un corazón nuevo. Un corazón nuevo es un corazón penitente, es un corazón que se da cuenta de que tiene que convertirse; un corazón nuevo es un corazón humilde que sabe que el que se humilla quedará exaltado y el que se exalta será humillado; un corazón nuevo es un corazón que vive en el amor, que prefiere el amor al sacrificio; un corazón nuevo es un corazón que vive en la oración verdadera; un corazón nuevo es un corazón que vive en la pobreza y en la alegría; un corazón nuevo es un corazón que vive volviendo al Señor constantemente.

La primera palabra que hemos escuchado en la primera lectura es esta invitación del profeta Oseas, o del Señor a través del profeta: venid, volvamos al Señor. Él nos ha golpeado pero él nos va a curar, Él nos va a vendar. Apurémonos a conocer al Señor. ¿Qué significa volver al Señor, conocerlo? ¿Qué significa conocerlo? Experimentarlo. ¿Experimentarlo en qué? En su bondad, en su misericordia, en su fidelidad. Volvamos al Señor que es Padre que perdona, que nos espera. Volvamos al Padre que nos recibe como al pródigo. Volvamos al Padre que formará en nosotros un corazón nuevo. Un corazón nuevo es un corazón penitente que vuelve al Padre. Un corazón nuevo es un corazón humilde, es todo lo de la parábola de Jesús en el Evangelio: el que se humilla será exaltado y el que se exalta será humillado.

Es interesante esta parábola, Jesús la dice mirando a los fariseos que presumían de ser justos y despreciaban a los demás. ¿Cuántas veces nos ocurre eso? De leer el Evangelio incluso pensando en los demás y no en nosotros. O de mirar a las personas simplemente juzgándolas y no mirándonos a nosotros mismos. Yo te doy gracias, Señor, porque no soy como los demás hombres, yo ayuno, yo rezo, yo amo, yo soy fiel. Al empezar la Cuaresma decíamos que una de las características elementales de nuestro camino penitencial era la humildad. Volvemos otra vez ahora porque el Señor nos lo está pidiendo: que seamos humildes. Desde la humildad reconozcamos nuestra miseria y volvamos al Padre. Desde nuestra humildad reconozcamos nuestra pequeñez y nuestro pecado y amemos a nuestros hermanos.

Un corazón nuevo es un corazón humilde, un corazón pobre. Tú no rechazas, Señor, un corazón humillado y quebrantado. Un corazón nuevo es un corazón que ama. Yo quiero el amor y no el sacrificio, el conocimiento de Dios más que los holocaustos. Es el Señor quien nos lo dice a través del profeta. De manera que cualquier cosa que sea tortura de nuestro cuerpo, pero si no hay verdadera serenidad y gozo en el amor, es inútil, yo quiero el amor.

Un corazón nuevo es un corazón alegre, que vive en la alegría de la Pascua permanente. Me impresiona la oración de hoy: en esta alegría de la Cuaresma, Señor concédenos insertarnos cada vez más en el Misterio Pascual a fin de poder gozar de la plenitud de los frutos en la alegría de esta Cuaresma.

Un corazón nuevo es un corazón que ora, pero que ora con verdad. El Señor pone la parábola de dos tipos de oración: la oración del pobre y la oración del seguro: “Señor, yo estoy seguro que estoy bien”. En cambio el pobre: Oh Señor, ten piedad de mí que soy un pobre pecador. Nada más. Y este es el que baja justificado, y no el otro.

La Cuaresma es tiempo de oración, es tiempo de pobreza, es tiempo de alegría, es tiempo de amor, es tiempo de humildad, es tiempo de vuelta total al Señor.

Lo miramos todo a la luz de María la humilde, la orante, la que amó intensamente, la pobre. Lo miramos a través de ella y le pedimos al Señor, por María, que nos dé un corazón nuevo. Con estas intenciones rezamos esta Eucaristía.

En todo este tiempo nos acompañe la alegría, la alegría de la cual hablábamos en la oración de la Liturgia de hoy. En la alegría que ya pregustamos, Señor, en la celebración de la Cuaresma. O sea la Cuaresma tiene que ser de por sí alegre. Que haya cada vez más esta alegría que disipe cualquier sombra de preocupación, de dolor, de tristeza, etc. Y que nos acompañe María, causa de nuestra alegría, vamos caminando todos hacia la plenitud de la alegría en la Pascua. Nos acompañe María en nuestro camino. Que a todos la Virgen, nos dé fortaleza, serenidad, gozo y disponibilidad a lo que el Padre nos pida.

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