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Primera Semana de Cuaresma

Primera Semana de Cuaresma

Domingo – ciclo A-B-C

Lunes

Martes

Miércoles

Jueves

Viernes

Sábado

Domingo I de Cuaresma

Ciclo C: Deut 26,1-2 / Sal 90 / Rm 10,5-13 / Lc 4,1-13

Ten piedad, Señor, porque hemos pecado

De una homilía en la Abadía de Santa Escolástica del 25 de febrero de 1996

En la Oración que hemos rezado –en la traducción que utilizamos en italiano– dice que la Cuaresma es “el signo sacramental de nuestra conversión”. Me gusta utilizar esta expresión: “signo sacramental de la conversión”. Porque en definitiva la Cuaresma es un volver totalmente, puramente y disponiblemente a Dios, para preparar la pascua de la tierra y lanzarnos a la Pascua definitiva que aguardamos, como dirá el Prefacio de la misa de hoy. Signo sacramental de la Cuaresma. Diríamos que la Cuaresma viene a ser como un nuevo sacramento, que recoge los elementos esenciales de todo sacramento, que es significar la gracia y producirla. Con tal que la Cuaresma sea verdadera, para preparar una Pascua verdadera. Precisamente por eso en el Salmo responsorial partiendo de nuestra conciencia de pecado, gritamos al Señor: Ten piedad, Señor, porque hemos pecado; lávame totalmente de mi culpa, purifícame de mi pecado. Crea en mí, Dios mío, un corazón puro; devuélveme la alegría de tu salvación.

Este primer domingo de Cuaresma lejos de introducirnos en la tristeza de la soledad, lejos de introducirnos en una contemplación angustiante de nosotros mismos, nos lleva a mirar nuestra liberación definitiva y nuestra victoria final en el Cristo que es introducido por el Espíritu en el desierto, para ser tentado, dice curiosamente el evangelista San Mateo. Para ser tentado porque –como dice muy bien San Agustín– en esta serie de tentaciones están resumidas las tentaciones que puedan referirse a la humanidad, y en Cristo son vencidas. En Cristo todos los hombres de los cuatro rincones del mundo, son victoriosos también sobre el pecado.

“Signo sacramental de nuestra conversión”. En este primer domingo tenemos que sentir la potencia recreadora de Dios, la fuerza que lucha necesariamente contra las pruebas y las tentaciones de la vida. La imagen de Jesús victorioso que nos asegura a nosotros también la victoria, no sin pasar por la soledad, la austeridad y el hambre, porque dice que Jesús sintió hambre. Y claro, sintió hambre a los cuarenta días dice el evangelista, pero lo habrá sentido al segundo y al tercero también… Es interesante como en este relato del Evangelio de hoy entran como cinco elementos, cinco palabras que me parece muy necesario recordarles:

1. La primera de todas y central es Jesús: Jesús que por el Espíritu es conducido al desierto. Jesús. El tema central de las tentaciones no es el demonio, por más que interviene. Es Jesús: Jesús, que es conducido al desierto por el Espíritu. Jesús, que es probado en su condición humana. Jesús, que es probado en la fidelidad a su obediencia al Padre. Jesús, que resulta victorioso. A nosotros nos hace bien pensar que si nos introducimos en el desierto –no sólo el desierto momentáneo de los cuarenta días de la Cuaresma, sino el desierto general de esta vida que nos lleva a la Pascua definitiva– es porque Jesús entró primero. Y que ciertamente Jesús nos enseña cómo salir victoriosos. Jesús nos enseña también, cómo ya ha sido destruido el pecado en nosotros. Si el pecado fue grande, el don es muchísimo mejor. Es lo que nos anticipa ahora aquello que cantamos en la Noche de la Vigilia Pascual: “felix culpa”, feliz pecado, porque donde abundó el pecado sobreabundó la gracia. Es mucho más grande el don.

Por consiguiente la historia del pecado hay que iluminarla siempre con la gracia, con el don que nos vinieron por Jesucristo. Jesús.

2. Segundo elemento que aparece el Evangelio de hoy es que es conducido por el Espíritu. Por consiguiente, todo lo que es prueba, tentación, hambre, etc., todo esto está en el designio de Dios y es obrado en Jesús por el Espíritu, y en nosotros también obra el Espíritu para la salvación. No tener miedo: Jesús venció. Además, el Espíritu que lo condujo para ser tentado, obra en nosotros. No tener miedo a pesar de la limitación, de la flaqueza, de la miseria y de la experiencia nuestra: ten piedad de mí, Señor, porque hemos pecado.

3. Tercer elemento, es el desierto mismo. El desierto que es el lugar de la prueba. Es el desierto por el cual pasaron los israelitas durante cuarenta años, que nosotros reproducimos ahora con los cuarenta días de la penitencia cuaresmal. Es el desierto de pura soledad viviendo con las fieras, pero el desierto donde Dios está. Un desierto donde Dios no estuviera, sería tremendo y secaría totalmente las fuentes de nuestra vida. En este desierto estará siempre el agua que brotará de la peña y estará el pan convertido en esas codornices o perdices que comían los israelitas en el camino. Pero ese desierto es un lugar de silencio y de escucha de la voz del Señor: Si hoy no escucharas la voz del Señor, se endurecería tu corazón.

4. El cuarto elemento que entra es la tentación, que puede degenerar en nosotros el pecado. Pero siempre en una luminosidad de redención: el Cristo que ha vencido al demonio. Pero la tentación está. Y la tentación se nos muestra en el Evangelio de hoy en tres proposiciones que el demonio le hace a Jesús. Las tres son coincidentes: tienden a separar a Jesús de su misión esencial y de su camino de anonadamiento y de cruz.

  • La primera proposición es: Convierte estas piedras en pan, si eres el Hijo de Dios. Es apartar a Jesús de su misión totalmente religiosa, totalmente glorificadora del Padre. Es la tentación que se puede presentar a la Iglesia de hoy también, de convertirse un poco en solucionadora de los problemas temporales del hombre. El Concilio dice que porque la misión de la Iglesia es esencialmente religiosa, por eso es profundamente humana. Tiene que estar cerca de los hombres que sufren, de los que están solos, de los que no tienen pan, pero no empezar a instalar panaderías… Me parece que es eso la primera proposición que le hace el demonio. A veces podemos olvidarnos.
  • La segunda proposición es la de los medios para realizar la misión. Apartar a uno del anonadamiento, de la cruz, de la humillación, de la lentitud del proceso de salvación, para hacerlo todo en un instante: “Tírate desde aquí arriba; los ángeles van, te recogen en sus manos, pronuncias una homilía estupenda… ¿quién no va a creer en un personaje así?”. En cambio, es la tentación de la técnica para los tiempos modernos: que todo se soluciona cuidando los medios de comunicación, creando buenos computers… Todo eso es necesario, pero no creamos que la salvación nos va a venir por allí, los medios del Señor son lentos: de humillación, de anonadamiento. O sea de cruz: Cuando el grano de trigo cae en tierra y muere, entonces produce mucho fruto.
  • Y la tercera proposición es renegar de su propia identidad de Dios, de Hijo de Dios: Te voy a dar todo esto, si postrándote me adoras. Es la tentación también del poder, de tener muchas cosas, y en definitiva haber renegado nuestro ser más íntimo, que es el ser de hijos de Dios, ser totalmente de Dios: Sólo a Dios adorarás. No te enredes con los procedimientos humanos. Entonces, tentación. Jesús, el Espíritu, el desierto, la tentación, el pecado.

5. Finalmente, un medio que nos enseña el Evangelio de hoy es la Palabra: el recibir la Palabra, meditarla, guardarla. Así venció Jesús, respondiendo con la Palabra al demonio que lo tentaba. Así venció Aquella que fue llena de gracia: María, guardaba la Palabra y la meditaba en su corazón. Así venceremos también nosotros al mundo de hoy, las tentaciones de hoy, y las pruebas que pueden darse aún en la soledad y en el desierto de un monasterio, través de la Palabra. No guardarla en nosotros mismos como una sabiduría humana, sino guardarla como forma de penetración en el misterio de Jesús y de testimonio de nuestra vida.

En la Oración que yo les decía al comienzo en la traducción italiana dice que en esta Cuaresma, signo sacramental de nuestra conversión, progresemos en el conocimiento del misterio de Cristo y sepamos testimoniarlo en nuestra vida. Me parece que es una buena proposición para esta Cuaresma que Dios nos ha hecho comenzar juntos. Y ahora seguiremos juntos.

 

Lunes I de Cuaresma

Lv 19,1-2.11-18 / Sal 18 / Mt 25,31-46

De una homilía en la Abadía de Santa Escolástica del 18 de febrero de 1996

La primera lectura: sean santos, porque Yo el Señor su Dios, soy Santo. Con esto se abre nuestra responsabilidad de caminar juntos hacia la Pascua que se acerca, caminando fraternamente juntos desde el primer día por este itinerario sabroso de la próxima Pascua, el itinerario de la Cuaresma.

Sean santos porque Yo soy Santo. ¿Qué significa esto? Tiene tres significaciones: sean santos, porque Yo soy la fuente, el origen de toda bondad, soy el Dios clemente y compasivo. Y otra significación: sean santos porque el origen, la fuente, la potencia de la santidad es el Espíritu que habita en ustedes, y es el que va a llevarlos a la santidad.

A mí siempre me ha hecho impresión una frase que leí cuando yo era muy joven. Era del P. Philipon, que escribía libros de espiritualidad muy bellos y que fue también profesor mío. Él decía: “hay muchas almas que nunca llegan a la santidad, porque son ellas las que se empeñan en ser santas, y se olvidan de que es Dios el que santifica y el que lleva a las almas a la santidad. Hay que dejarlo obrar”. Eso no quiere decir entonces que tengamos que despreocuparnos y dormir tranquilos, pero sí entregarle nuestro silencio activo y nuestra capacidad, nuestra disponibilidad para que el Espíritu vaya obrando en nosotros la santidad. Sean santos porque Yo, el Señor, soy santo. Soy el que obra la santidad; tendrán que ser santos a imagen mía; tendrán que ser santos dejando que el Espíritu de Santidad obre en ustedes.

 

De una homilía en el CELAM

Recogemos una frase de lo que acabamos de escuchar: cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos conmigo lo hicisteis.

Aquí está toda nuestra misión y toda la exigencia de nuestra vida cristiana. Es todo el testimonio de caridad, es toda la misión esencial nuestra de vivir en el amor. Lo que habéis hecho a uno de estos humildes hermanos lo habéis hecho conmigo. En el juicio final seremos juzgados en definitiva en el amor, seremos juzgados en esa actitud de misericordia: dar de comer a quien tiene hambre, dar de beber a quien tiene sed, recibir al forastero, visitar al que lo necesita.

No seremos juzgados por las obras brillantes que hayamos hecho. ¡Cuántas veces en el Evangelio escuchamos aquella expresión: “no todo el que diga Señor, Señor, entrará en el Reino del Padre sino aquel que cumplió la voluntad del que me envió”! Y la voluntad del Padre que lo envió a Cristo es esa, que vivamos plenamente en el amor. Nos cuesta vivir en lo cotidiano, en lo de cada momento, vivir en esta actitud generosa, de desprendernos, de morir para los demás.

Para mí hay dos o tres pasajes en el Evangelio que son fundamentales y que resumen todo el mensaje de Cristo, uno es el del capítulo 25 de Mateo que pinta cómo seremos juzgados, cómo será el Juicio Final y después la Oración Sacerdotal en el Evangelio de Juan. Dos pasajes estupendos, y ambos se están refiriendo a lo mismo en que el cristiano debe vivir en definitiva en el amor.

Hace falta, ciertamente, mucha fe para descubrir esa presencia de Cristo en cada uno de nuestros hermanos, qué fácil es descubrirla en aquel que nos resulta más particularmente simpático, que congenia con nosotros; qué difícil es descubrirlo en aquel que está enfermo, o en aquel que está en la cárcel, hace falta mucha fe.

Martes I de Cuaresma

Is 55,10-11 / Sal 33 / Mt 6,7-15

El Padre Nuestro

Palabras en Tierra Santa. Viernes 17 de junio de 1983

 

Es interesante tomar el tema en San Lucas. San Lucas presenta a Jesús en oración “estando Él en oración los discípulos se le acercaron y le dijeron: Señor, enséñanos a orar” (Lc. 11, 1). Esto nos hace pensar la intensidad con la cual oraría Jesús, la intensidad serena con la cual oraría Jesús. Y como única respuesta el Señor le dice “cuando oréis decid así: Padre Nuestro” (Lc 11, 2). La oración que nos enseña Cristo es una oración muy simple, muy filial, completa. Es una oración muy simple, la reza el niño, la reza el anciano, la reza el sacerdote todos los días en la Eucaristía, la rezamos constantemente para toda suerte de necesidades. Es la oración que Cristo mismo nos dejó y que nos la dejó así, en un clima, en un contexto, de oración. Pienso que para poder orar al Padre hay que tener un alma filial, una experiencia muy fuerte de la cercanía, de la bondad, de la intimidad, del Padre. “Cuando hagas oración ciérrate en tu celda y el Padre que está allí, Él te escuchará” (Mt 6, 5). Lo importante no es cerrarse en la celda, lo importante es que el Padre está allí, o sea, la cercanía, la intimidad y la bondad de este Padre que escucha nuestra oración.

Podemos pensar en las distintas invocaciones de este Padre Nuestro. Cuando decimos “Padre Nuestro que estás en los Cielos” (Mt 6, 9) pensamos, sí, en el Padre que está por sobre todas las cosas pero pensamos en el Padre que está en el cielo de nuestra alma, como decía San Agustín “caelum sumus”, somos un cielo porque Dios está en nosotros, el Padre, el Hijo y el Espíritu están en nosotros. Pedimos “que sea santificado su Nombre” (Mt 6, 9) que todo sea para la gloria del Padre. Pedimos “que venga su Reino” (Mt. 6, 10) el Reino que se va haciendo en la historia, el Reino que va creciendo en la medida en que se dilata la Iglesia, que venga su Reino con un sentido también escatológico: que venga Jesús para entregar definitivamente el Reino al Padre. “Que se haga su voluntad” (Mt 6, 10) no le pedimos hacer nosotros su voluntad porque a veces seríamos demasiado débiles, le pedimos que se haga su voluntad, es decir, su acción en nosotros tomando toda nuestra libertad. Luego le pedimos el pan, “el pan de cada día” (Mt 6, 11) aquello sin lo cual no podemos vivir, por consiguiente, el pan de nuestra mesa pero también el pan de la amistad, el pan del amor, el pan de la salud, el pan de la alegría, el pan de la esperanza. Pedimos el pan, aquello sin lo cual no podemos vivir, el pan del trabajo, el Pan de la Eucaristía. Le pedimos “que perdone nuestros pecados” (Mt 6, 12) y eso nos compromete a que nosotros perdonemos también. El Padre Nuestro es una oración que nos purifica por eso la rezamos así fraternalmente antes de la Eucaristía como una purificación y como un hundirnos en comunión, nosotros perdonamos a los demás. Le pedimos “que nos libre, que no nos deje caer en la tentación” (Mt 6, 13) sobre todo en la tentación del desaliento, de la desesperanza, que no sucumbamos en el momento de la gran tentación de la cual habla el Señor, al final de los tiempos. Le pedimos “que nos libre del Maligno” (Mt 6, 13) es decir, de todo lo que el demonio puede obrar de negativo en nosotros. A este Padre, metiéndonos en el corazón filial de Jesús, aquí en este lugar donde Él nos enseñó a orar, le decimos:Padre Nuestro, que estás en los Cielos, santificado sea tu Nombre, venga a nosotros tu Reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en el Cielo, danos hoy el pan nuestro de cada día y perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores, no nos dejes caer en la tentación más líbranos del Mal”. Y repetimos: “Señor, enséñanos a orar” (Lc 11, 1). Señor, enséñanos a orar.

 

Miércoles I de Cuaresma

Jon 3,1-10 / Sal 50 / Lc 11,29-32

De una homilía en el CELAM

 

Hoy es el tema de la conversión. ¡Qué interesante cómo la liturgia va combinando los tres elementos fundamentales de la cuaresma. Ayer la oración; anteayer la caridad; hoy la penitencia, pero en el sentido bien hondo, bien bíblico de cambio de corazón.

La primera lectura nos presenta a Jonás predicador de la penitencia, de la conversión frente a Nínive. Nínive empezando por el rey, siguiendo por la totalidad de la población escucha la Palabra y se convierte. Un mensaje es este de parte de Dios: conviértanse cada cual de su mala vida y de las injusticias cometidas, y este mensaje culmina en la aceptación de esta palabra por parte de todo el pueblo empezando por el rey. Cuando vio Dios sus obras y cómo se convertían de su mala vida tuvo piedad de su pueblo, el Señor, Dios nuestro.

El salmo que es un salmo de penitencia, el salmo de David que reconoce su pecado y le pide a Dios que tenga misericordia y que cree en él un corazón limpio, nos invita también a la penitencia, a la conversión.

Y el Evangelio nos presenta a Jesús como signo. Como signo que nos va a juzgar en el último día, si es que nosotros no hemos realizado el compromiso de conversión, de penitencia. El es más grande que Salomón, más grande que Jonás, sin embargo a Jonás le hicieron caso y a Salomón vinieron a escucharlo desde lejos, y nosotros todos los días tenemos la Palabra del Señor que nos llama al cambio, a la conversión y no lo escuchamos.

Volvemos otra vez al tema de la conversión que constituye un poco como el fruto de la cuaresma. Son distintos aspectos de cómo mirar la cuaresma. La cuaresma será para nosotros progresivamente la creación de un hombre nuevo, eso culminará en la noche de la Vigilia Pascual. El tema del hombre nuevo es el tema de la conversión en San Pablo. San Pablo utiliza poco la palabra conversión. San Juan no la utiliza. Para San Pablo y también para San Juan la conversión significa una “existencia nueva”, es decir una existencia totalmente abierta a Dios, totalmente bajo el dominio de Dios, entregada totalmente a realizar su voluntad.

La cuaresma es también un encuentro con el Señor. Hemos entrado el domingo en el desierto con Jesús que es tentado por el demonio. Nos encontramos con Cristo que sufre, con Cristo que padece, con Cristo pobre, con Cristo que lucha. La cuaresma es un entrar en Cristo, un encuentro con Él. Pero un encuentro para meternos en su alma que se entrega totalmente a la voluntad del Padre. La cuaresma es cambio, es conversión.

Yo quisiera que escucháramos de veras las palabras del Señor porque si no a nosotros también nos va a pasar lo mismo que a la generación del tiempo del Señor. Esta generación será juzgada. Será juzgada no por mí sino por la reina del Sur, por la reina de Sabá, que ya ha hecho tantos kilómetros por escuchar la sabiduría de Salomón y aquí hay alguien que es más que Salomón: es el Señor. Y lo mismo los habitantes de Nínive se levantarán contra esta generación porque ellos hicieron caso a Jonás y aquí hay alguien que es más que Jonás.

Ahora… yo pregunto: si Jesús hablaba de que la generación de Él iba a ser condenada porque no escucharon el llamado a la penitencia, ¿qué puede decirse de nosotros, de ustedes y de mí, de la generación de hoy, generación de hombres del siglo XX, pero más todavía almas particularmente llamadas y consagradas? ¿Qué puede decirse de nosotros cuando no sólo nos habla Cristo sino que por su Espíritu nos introduce en la verdad completa? Es decir, los contemporáneos de Jesús no habían recibido todavía el Espíritu porque Jesús no había sido glorificado. Pero ahora nosotros tenemos la revelación del Evangelio, la comunicación de Jesús y además el don del Espíritu. El don del Espíritu que a nosotros nos introduce en la verdad completa, el don del Espíritu que es luz y nos hace entender las cosas claras, el don del Espíritu que es el Espíritu del cambio, el Espíritu de la conversión, el Espíritu que obra en nosotros la gracia de la vuelta a Dios. Entonces no tenemos excusas si no nos convertimos.

¿Qué elementos intervienen en una auténtica conversión? En primer lugar hay un elemento negativo que es el apartamiento del pecado mismo. Después hay un elemento positivo que es la total sumisión a la voluntad de Dios. En definitiva, dejarnos encadenar por el Espíritu a Cristo. Y hay un tercer elemento que obra en nosotros el cambio: el Espíritu.

Un primer elemento que es el apartar nuestro corazón del pecado, es decir de todo aquello que no es Dios, en definitiva es arrancarnos de nosotros mismos. Es el egoísmo, somos nosotros, vivimos encerrados, adheridos y apegados a nosotros; es necesario arrancarnos. Este es el corazón quebrantado y humillado que Dios quiere de nosotros. Elemento negativo que es el apartarnos del pecado. Pero para apartarnos del pecado tenemos que tener conciencia serena de esta culpa; a veces vamos perdiendo la sensibilidad del pecado. Un poco es un fenómeno que caracteriza nuestra generación y que muy particularmente está dentro de las almas consagradas, haber perdido un poco la sensación o la sensibilidad del pecado. Entonces un primer elemento: tener conciencia de nuestro pecado y arrancar nuestro corazón de él, pero no basta, la conversión como su misma palabra lo indica es una vuelta total a Dios, pero una vuelta en la obra, en la práctica. En la oración hemos pedido a Dios que renueve con su Espíritu las buenas obras, o sea la fidelidad del pueblo que se manifiesta allí en un corazón renovado a través de las buenas obras. Volver totalmente a Dios en la realización cotidiana de la voluntad del Padre. La conversión es una sumisión total a la voluntad del Padre. Eso es la conversión.

Un tercer elemento es que el Espíritu obra todo esto, es gracia de Dios: conviértenos Señor. Es decir que tenemos que gritar cada uno al Señor. Pero fíjense que la conversión implica en nosotros lo positivo de la conducta: cuando vio Dios sus obras y cómo se convertían de su mala vida. Porque es muy fácil gritar: Señor, ten misericordia de mí (golpeándose el pecho). La conversión se manifiesta en la totalidad de las obras, en la totalidad de la conducta. Cuando vio Dios sus obras.

Vamos a pedirle mucho al Espíritu que nos renueve. Crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro.

Este es el verdadero sacrificio penitencial de la Cuaresma. Señor, si te ofreciera un holocausto, no lo querrías. ¿De qué valdría el ayuno, la mortificación, o sea las penitencias corporales, de qué valdrían? Lo que tú quieres es un corazón convertido, un corazón quebrantado y humillado, es decir un corazón pobre que reconoce su culpa, un corazón pobre que grita pidiendo el cambio, un corazón pobre que se entrega totalmente. Sí, Padre porque ésta ha sido tu voluntad. Un corazón así quebrantado y humillado, tú no lo desprecias. Entonces que hoy el Señor mande su Espíritu, el Espíritu del cambio y que nos convierta.

Jueves I de Cuaresma

Ester 3,6; 4,11-12.14-16.23-25 / Sal 137 / Mt 7,7-12

De una homilía en el CELAM

 

Qué tranquilidad nos dan los textos de hoy relativos todos a la oración! Cuántas veces hemos pensado y meditado este trozo del Evangelio, de la seguridad en la respuesta cuando nosotros pedimos, buscamos o llamamos. ¡Cuántas veces!

Pero ahora en pleno corazón de Cuaresma pareciera que esto se adentra mucho más profundamente en nosotros y nos da más tranquilidad.

En el salmo responsorial hemos gritado al Señor: cuando te invoqué me escuchaste, Señor, por esto te doy gracias de todo corazón. Y la primera lectura nos muestra un hermoso modelo de oración que es el de la Reina Esther.

¿Cómo tiene que ser esta oración para que sea válida? Es una oración que parte de la comprobación bien experimentada, bien dolorosa, pero al mismo tiempo bien confiada de nuestro pecado.

La Reina Esther reconoce su peligro: temiendo el peligro que le viene precisamente por su pecado, el pecado del pueblo, no es un pecado personal de ella. Reconoce su soledad, estoy sola, reconoce la seguridad en Dios, no tengo otro Defensor que Tú, reconoce su propia culpabilidad, yo misma me he expuesto al peligro. Reconoce su pecado: nosotros hemos pecado contra ti. Reconoce su tribulación, estoy en la tribulación. Esa es una primera condición para que nuestra oración sea válida, es decir, que sea una oración de pobres, es decir, una oración que uno comprueba realmente el peligro, la soledad, la culpabilidad y que uno no tiene más defensor que el Señor. Que uno reconozca el estado de tribulación en que está. Siempre que te invoqué me escuchaste, Señor.

Únicamente ese que se reconoce así, pobre, es el que puede pedir con insistencia, buscar, llamar, el que se siente así. Una primera condición.

Una segunda condición es la seguridad en que el Señor es misericordioso y fiel. Esto lo hemos recordado en el salmo responsorial: Te doy gracias Señor, de todo corazón, por tu misericordia y tu lealtad, cuando te invoqué me escuchaste. Pero la Reina Esther lo dice tan hermosamente: mi Padre, me ha contado, como Tú, Señor, escogiste a Israel entre todas las naciones y les cumpliste lo que habías prometido. O sea la fidelidad de Dios. La iniciativa amorosa de Dios que elige a Israel como pueblo suyo, la bondad de Dios que interviene constantemente en la historia de salvación de su pueblo. Mi Padre me ha contado entonces ahora no puedes fallar. Les cumpliste a ellos lo que les habías prometido, también ahora tengo seguridad de que vas a ser fiel y que no puedes fallar.

Es la misma seguridad que nos da Jesús en el Evangelio. Se os dará… encontraréis… se os abrirá…. Y sobre todo lo pone con una comparación muy experimental, muy de todos los días: si nosotros que somos malos sabemos dar a nuestros hijos cosas buenas, si nos piden un pedazo de pan no les vamos a dar una piedra, si nos piden un pedazo de pescado no les vamos a dar serpientes, si nosotros que somos malos sabemos atender a aquellos que nos piden algo y eso lo hacemos siempre, cotidianamente, aún frente a personas que no nos resultan tan inmediata o enteramente simpáticas, pero si nos piden algo y nosotros podemos dárselo, se lo damos. Si nos piden un poco de agua se la damos, si nos piden un té se lo damos. Si nos piden cosas que cotidianamente se las podemos dar se las damos. Si vosotros que sois malos sabéis dar cosas buenas -dice el Señor- cuánto más nuestro Padre del cielo dará cosas buenas a los que le piden. Porque Él es el único bueno, es el único misericordioso y fiel, el único que puede dar el Espíritu Santo. En Lucas se completa este texto con esta expresión: cuanto más vuestro Padre os dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan.

Durante esta Cuaresma vamos experimentando la necesidad de ser mejores, de cambiar, de convertirnos, de encontrarnos más profundamente con el Señor. De que nuestra oración sea realmente más honda, de que seamos almas verdaderamente contemplativas, de asegurar nuestra fidelidad en el servicio, de asegurar nuestra entrega definitiva en la vida consagrada, de poder irradiar un poco la alegría anticipada de la Pascua a los demás, de vivir intensa y generosamente los menores detalles en la caridad para nuestros hermanos. ¡Necesitamos todo eso! Vemos la urgencia de rezar mejor, de ser más cotidianamente caritativos con nuestros hermanos. Y sin embargo, vemos que nuestra oración es dura, que nos cuesta, vemos que la caridad nos falla cotidianamente. ¿Por qué no nos ponemos así a pedir?

Ustedes preguntan muchas veces cómo hacer para orar y cómo hacer para vivir siempre la alegría de la caridad. No hay más que una receta: pedid y se os dará; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá. ¿Es que hemos pedido y no se nos dio? El Evangelio no puede fallar, la palabra de Jesús es infalible. Quiere decir que no hemos pedido con intensidad, ni buscado lo suficiente, ni llamado con fuerza, pero tenemos que seguir gritando.

Entonces una primera actitud para la oración es la pobreza. La palabra envuelve todo lo que decíamos al principio que la Reina Esther comprueba: el peligro, la soledad, la culpabilidad, la tribulación, etc. Ser pobres y reconocernos así. Pero en segundo lugar tener la seguridad de que Él es el único Defensor, mi padre me contó y tu cumpliste lo que habías prometido. El Señor nos dice en el Evangelio: se os dará, encontraréis, se os abrirá.

¿Entonces cuál es la tercera condición para que nuestra oración sea válida? Que sea una oración pobre decíamos, que sea una oración confiada, que sea una oración unida a la caridad. Tratad a los demás como queréis que ellos os traten… así termina el Evangelio. En esto consiste la ley y los profetas.

Ya recordábamos el otro día esto de una oración muy unida a la caridad, al amor: si cuando vas a poner tu ofrenda frente al altar te acuerdas allí mismo, de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda y vete primero a reconciliarte con tu hermano. Y también lo que leíamos hace dos días en el Evangelio: si vosotros perdonáis, el Padre os perdonará.

Si queremos entonces que el Padre nos perdone y haga con nosotros lo bueno, nosotros tenemos que hacer lo bueno con nuestros hermanos. Tratad a los demás como queráis que ellos os traten a vosotros. Y sobre todo como queréis que el Padre os trate a vosotros. Sed generosos y vivid en la alegría del amor.

Que el Señor hoy nos enseñe a orar, que nos dé la seguridad de ser escuchados. No nos cansemos de gritar.

Hoy como ven la oración se ha concentrado en esto de que la oración es un grito. No es la oración en cuanto contemplación, en cuanto estar en silencio, sino experimentando una tribulación, una soledad, un pecado, la miseria nuestra. Y le gritamos a Dios: protégeme, líbrame con tu mano, a mí que no tengo otro auxilio. Protégeme, Tú Señor, que lo sabes todo. ¡Qué formidable! Tú, Señor, que lo sabes todo.

Que el Señor nos dé hoy la seguridad de que nuestra oración va a ser permanentemente oída, con tal de que la hagamos en la pobreza, en la confianza, en la caridad.

 

Viernes I de Cuaresma

Ez 18,21-28 / Sal 129 / Mt 5,20-26

De una homilía en el CELAM

Estamos terminando la primera semana de la Cuaresma. Viernes de la primera semana de cuaresma, y es bueno que pensemos cómo la estamos viviendo, porque la felicidad de la Pascua dependerá de la intensidad, de la sinceridad con que nosotros vivamos los sentimientos elementales de la Cuaresma, nuestra oración más honda, más íntima y personal; nuestra penitencia más sincera, más cotidiana y nuestra caridad más simple, más generosa, más servicial.

Los tres elementos que componen la cuaresma aparecen en las lecturas de hoy. Hay un elemento primero que es el de la oración: cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar. Es como la síntesis de toda nuestra oración. Es la oración silenciosa que hacemos cuando volvemos al final del día a los pies del Señor, estamos un rato en su presencia como diciéndole: habla, Señor, que tu siervo escucha.

Es como una síntesis de todo aquello que decíamos estos días de la contemplación, la palabra de Dios que baja como lluvia y como nieve sobre nuestra alma, que la empapa, la hace fecunda y la hace germinar. Porque en la celebración de la Eucaristía llega a nosotros cotidianamente la palabra de Dios con una fuerza sacramental.

La palabra de Dios que nos viene directamente, la palabra de Dios que nos llega a través de la explicación simple del sacerdote, es como la lluvia, como la nieve que cae. Esta es la palabra que nos ilumina, la palabra que nos tranquiliza, la palabra que nos compromete, la palabra que nos purifica, la palabra que nos cambia.

Entonces podemos preguntarnos cómo anda nuestra oración.

Pero en segundo lugar esta oración depende de cómo va un elemento muy fundamental de la cuaresma que es la caridad; un elemento que por otra parte lo hemos encontrado estos días muy íntimamente conectado con la oración. Si nuestra oración no encuentra un eco de respuesta podemos preguntarnos si sale de un corazón que perdona, es decir, de un corazón ancho y generoso que ama. Es inútil que vengamos a los pies del Señor y que nos quedemos en su presencia; es inútil que nos levantemos y hagamos oración, si es que nuestro corazón todavía está cerrado al hermano. Acuérdense lo que decíamos, al principio, al empezar la cuaresma, el primer día mismo, miércoles de ceniza, con palabras del profeta Joel: no te cierres a tu carne, no te cierres a tu hermano.

Entonces podemos preguntarnos si al cabo de una semana vivimos todavía cerrados. Y este cerrados es el que nos plantea hoy el Evangelio. El Evangelio nos pone como entre dos alternativas, una diríamos, acción negativa frente al prójimo, o sea que hemos tratado mal al prójimo, le hemos dicho imbécil (o sea cabeza vacía); lo hemos tratado mal. Esta es una primera alternativa. Podemos preguntarnos si le hemos tratado mal.

Pero hay algo más todavía, plantea una cosa mucho más perfecta, a ver si hemos dejado de tratarlo bien, porque puede ser que no lo hayamos tratado mal, pero tampoco lo hemos tratado bien. Podemos preguntarnos si nuestro hermano no tiene algo contra nosotros. La expresión siempre es fuerte, si cuando vas a poner tu ofrenda frente al altar te acuerdas allí mismo, de que tu hermano tiene quejas contra ti. No es que yo tenga quejas contra él, es que él tiene quejas contra mí. Y tiene quejas contra mí porque ha visto que yo he cerrado mi corazón a mi carne, es decir, porque no he vivido una actitud así muy simple, muy sencilla, muy alegre todos los días; porque no he sido cotidianamente igual, porque no he tratado de comunicarle todos los días un poco más de la esperanza que Dios a mí me da, porque no he tratado de hacerle el bien, comunicándole al Señor que a mí venía.

La oración es la palabra que venía a mí como lluvia y como nieve y que me empapaba y que me fecundaba, esa palabra tenía que llegar después a mi hermano como gracia, tendría que haberle hecho el bien. Entonces me pregunto a ver qué tengo que ver yo con la sangre de mi hermano. Si allí mismo te acuerdas de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda y vete primero a reconciliarte con tu hermano. El Señor no aceptará plenamente nuestra ofrenda si nuestro corazón se cierra con los hermanos.

El Señor dice muy claramente (Mc 11) cuando te pongas de pie, si tu hermano tiene algo, perdona, entonces el Padre os perdonará; cuando te pongas a hacer oración perdona. Entonces nuestro corazón tiene que estar tranquilo, muy en paz.

En esta misma celebración de la Eucaristía tenemos que perdonarnos los unos a los otros. Rezamos cotidianamente Padre nuestro, es la oración de los hermanos, también nos damos cotidianamente la paz, esto tiene que ser nada más que un signo de lo que se está obrando adentro, no podemos participar en la Eucaristía del Señor, no podemos comer Su cuerpo y Su sangre si tenemos algo los unos contra los otros. Acuérdense del famoso pasaje de San Pablo a los Corintios, cuando narra la institución de la Eucaristía en un contexto de amor; ¿por qué les cuenta que Cristo instituyó la Eucaristía? Porque yo oigo que cuando ustedes se reúnen -dice Pablo- a celebrar la Eucaristía eso les hace más mal que bien. ¿Por qué? Porque se apresuran unos a comer sin esperar a los otros -y unos están padeciendo hambre mientras los otros están hartos y se emborrachan. Es decir, no hay auténtica caridad entre ellos. Luego dice: examínese cada uno y piense a ver si realmente come indigna o dignamente el Cuerpo del Señor.

Entonces nos preguntamos cómo va nuestra oración conectada con la caridad.

Por último y tercero, y todo tiene que desembocar en esto, el Señor nos llama a una conversión. Toda la primera lectura nos habla de conversión. A través del profeta Ezequiel el Señor nos llama a que dejemos todo lo que no es de Dios, todo lo que es demasiado nuestro, todo lo que es pecado, que nos convirtamos. El Señor quiere -no la muerte- sino la vida. ¿Acaso quiero yo la muerte del malvado y no que se convierta de su camino y que viva?

Entonces si el malo se convierte de sus pecados cometidos ciertamente vivirá y no morirá.

Qué interesante el salmo responsorial, lo hemos cantado tantas veces. Habla también de la conciencia del delito: desde lo hondo a ti grito Señor, Señor escucha mi voz. Aquí hay dos cosas: hay la comprobación desde lo hondo de mi conciencia, de mi delito, de mi pecado, pero hay al mismo tiempo la comprobación de que el Señor es misericordioso. Si llevas cuenta de los delitos Señor, ¿quién podrá resistir? Pero de ti viene la misericordia, la redención copiosa. Entonces, ¿cuál es nuestra actitud? Nuestra actitud es reconocer serenamente nuestra culpa, en segundo lugar gritar serenamente al Señor: desde lo hondo a ti grito Señor; y por último esperar en el Señor: mi alma espera en el Señor, mi alma aguarda al Señor más que el centinela a la aurora. Así como el centinela está contando los minutos para que llegue la madrugada, mi alma aguarda al Señor. Aguarda sobre todo su misericordia, que sea fiel a su promesa, que nos limpie, que nos purifique y que nos salve.

Hoy tiene que ser un día de conversión. Al terminar casi esta primera semana, que nos comprometamos ante el Señor y comprometamos al Señor para que lo realice en nosotros. Una oración más intensa, más personal, más pobres, que seamos almas de oración. Que nos comprometamos también a vivir en la autenticidad positiva del amor. No basta que perdonemos. Nuestro prójimo no tiene que tener nada contra nosotros y que el Señor nos cambie, que nos purifique. Mi alma aguarda al Señor más que el centinela la aurora, del Señor viene la misericordia, la redención copiosa.

 

Sábado I de Cuaresma

Dt 26,16-19 / Sal 118 / Mt 5,43-48

De una homilía del 6 de marzo de 1971. CELAM

 

Vamos haciendo esta cuaresma en el silencio y la disponibilidad de la Virgen, Nuestra Señora. A la luz de su entrega, Ella que le dijo al Señor que sí y se lo ha dicho para siempre, se ha sentido bien hondamente comprometida con el Señor. Ella que fue proclamada feliz porque se entregó, porque no sólo recibió la palabra sino que la realizó. Ella que fue perfecta, a la luz de este compromiso, de esta felicidad, de esta perfección de Nuestra Señora, vamos a meditar un poco hoy, juntos nuestro propio compromiso.

Yo quisiera subrayar tres frases que acabamos de escuchar. La primera es ésta: Hoy te has comprometido con el Señor. La segunda: Dichoso el que camina en la voluntad del Señor. Y la tercera, que resume todo el Evangelio: Sed perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto.

Estas palabras están dichas así a todo el pueblo de Israel, todo el pueblo de Dios, pero de una manera particular me parecen que tienen aplicación para nosotros, que constituimos dentro del pueblo propio y del pueblo consagrado que es la totalidad de la Iglesia, constituimos de una manera particular el pueblo comprometido, es decir, el pueblo de los sellados por la consagración. De una manera particular somos el pueblo que se compromete. Somos el pueblo propio del Señor, el pueblo consagrado, es decir, el pueblo que ha sido puesto por encima de todas las naciones, no como superioridad triunfalista, sino para que seamos realmente testigos de la presencia del Señor en la historia.

Hoy te has comprometido con el Señor. Es Moisés el que se está dirigiendo al pueblo de Israel, por consiguiente, repito, a la totalidad del pueblo y esto es válido ahora para la totalidad de la Iglesia, pueblo de Dios, que es realmente el pueblo que ha elegido definitivamente al Señor como su única herencia. Es el pueblo que se siente consagrado.

Pero hay en nosotros un compromiso muy particular. Es el compromiso que hemos asumido nosotros conscientemente muy libremente el día que le hemos dicho al Señor que sí a un llamado muy particular en la vocación religiosa o en la vocación sacerdotal. Después de una manera mucho más reflexiva, mucho más pensada, mucho más conscientes y sabedores de lo que venía, es el compromiso que hemos asumido el día de la ordenación o el día de la profesión perpetua: hoy te has comprometido con el Señor a que Él sea tu Dios.

¿Y a qué nos hemos comprometido? A que lo único que importa es Dios, te has comprometido con el Señor a que Él sea tu Dios. Entonces ¿por qué andamos ahora con mediocridades o midiendo un poco nuestra entrega? ¿O angustiándonos o viviendo tensos con otras cosas que no tienen valor? Lo que importa es Dios, su gloria, su voluntad; nuestra entrega absoluta a esta voluntad.

¿A qué te has comprometido? A ir por sus caminos. El camino del Señor lo sabíamos perfectamente. Ustedes lo sabían antes de dar el sí definitivo en la profesión perpetua. El camino del Señor no es humanamente un camino muy agradable. Es un camino en el cual el corazón se siente plenamente en paz, se siente centrado y definitivamente sereno, pero es un camino de cruz. El que quiere venir en pos de mí que se niegue a sí mismo, que tome su cruz cada día y que me siga. Lo sabíamos. Entonces que no nos escandalice, que no nos asuste si ahora lo encontramos. Te has comprometido a ir por sus caminos, y los caminos del Señor son los que llevan a la cruz, al calvario. Te has comprometido a observar sus preceptos, sus leyes y mandatos. Que son simplemente los diez mandamientos; no son tampoco un llamado así… “vengan… y sacrifíquense”. No. Es concretamente: tienes que morir hoy en esto. Determinadamente hoy en esta cosa que te estoy pidiendo, en esta cosa que no te gusta. En esta expresión que te ha dolido tal vez de tus hermanos, en esta incomprensión que pudiera haber de aquellos que más te hubieran comprendido.

Te has comprometido a observar sus leyes y mandatos. Por último… ¿A qué más te has comprometido? A escuchar su Palabra, a escuchar su voz. Por consiguiente no aturdamos esta voz. Tendrá que haber un gran silencio en nosotros para que la voz llegue y una vez que resuena dentro esta voz del Señor, hemos de acogerla con sencillez y gozo, y hemos de realizarla con generosidad.

Hoy te has comprometido, volvemos a repetir otra vez, hoy te has comprometido a que Él sea tu Dios y que no cuente ninguna otra cosa más, que lo único que importa es Dios. Te has comprometido a ir por sus caminos, caminos difíciles y duros y de cruz. Y a observar sus leyes y mandatos y preceptos en lo cotidiano, en lo de ahora, en lo concreto y a escuchar esta voz determinada también que hoy te llega.

Entonces, ¿qué pasa? El Señor se compromete, te compromete a que seas pueblo propio y a que seas un pueblo consagrado. Entonces que vivamos la alegría de lo que nos hemos comprometido: Hoy te has comprometido con el Señor.

¿No les parece que a la luz de la Virgen Fiel, a la luz de Nuestra Señora que siendo muy jovencita le dijo al Señor que Sí con toda el alma, y que después fue renovando ese Sí a medida que se le iba presentando en lo cotidiano, en lo concreto, a la luz de Ella y puestos todos en el corazón de Nuestra Señora, que bueno es que volvamos a comprometernos en nuestra fidelidad, y que nos sintamos seguros en esta fidelidad?

En este momento en que todo pareciera estar un poco inestable, flojo y con interrogantes, qué bueno es repetir hoy el compromiso de nuestra fidelidad definitiva.

La segunda frase, todo está conectado con lo mismo: Dichoso el que camina en la voluntad del Señor. Es decir, feliz el que mantiene su palabra, feliz el que le dijo al Señor que sí y ahora lo realiza en lo cotidiano; feliz porque te has entregado, feliz porque has creído; felices más vale los que reciben la Palabra de Dios y la realizan.

¿No les parece que seremos inmensamente felices si caminamos en la voluntad del Señor? Este es el camino por el cual Dios nos quiere llevar. Es un camino de elección, no un camino de privilegio. Es un camino de elección, es un camino de maduración en la cruz, es un camino de fecundidad por la cruz. Feliz el que camina en la voluntad del Señor. Dichoso el que guardando sus preceptos lo busca de todo corazón.

Y por último: sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto. También está dirigido a la totalidad del pueblo de Dios y se la manda que tienda a la perfección, pero de un modo particular al pueblo comprometido, propio, consagrado que somos nosotros, tenemos que realizar con perfección la imagen del Padre con todos nuestros límites propios, con toda nuestra miseria, pero tender a realizar la perfección.

¿Y en qué se manifiesta esta perfección? ¿En qué se manifestará también el caminar en la voluntad del Padre? ¿Y en qué se traducirá nuestro compromiso? En amar a nuestros enemigos, en hacer el bien a los que nos aborrecen, en rezar por los que persiguen y calumnian. Es decir que la expresión más práctica, más concreta, de todo momento de que realmente nos hemos entregado al Padre definitivamente y queremos hacer su voluntad, la expresión de todo esto repito, es que tenemos un corazón siempre pronto a perdonar, un corazón bien abierto para comprender, un corazón bien generoso para entregarnos aún a aquellos que no nos comprenden y que se cierran a nosotros. Sed perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto. La Virgen nos lo dará en su día.

 

 

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