Tiempo de Navidad

Desde hace siglos la mirada de los hombres se posa con ternura sobre el recién nacido que descansa en el pesebre, sobre su Madre Virgen que lo envuelve en pañales, sobre la pobreza de Dios que ha elegido hacerse hombre.

No debemos rechazar estos caminos humanos hacia el misterio, con la condición que nos conduzcan más allá de lo humano. El Hijo de María es el Hijo de Dios hecho hombre, el Verbo hecho carne, como dice el Prólogo del Evangelio de San Juan. El Niño que su Madre presenta a los pastores, y luego a los magos, es «Dios de Dios, Dios verdadero nacido de Dios verdadero». Si los cristianos celebran su natividad y su manifestación en el momento del año en que, en el hemisferio norte, el día comienza a ganar terreno sobre la noche, es porque Jesús ha sido anunciado como el «Sol que viene de lo alto, luz para iluminar a los que estaban en tinieblas», y porque él se presentaría a sí mismo como la luz del mundo.

Los días que se van a desarrollar de Navidad a Epifanía y hasta el Bautismo del Señor deben ayudarnos a descubrir en Jesucristo la divinidad de nuestro Hermano y la humanidad de nuestro Dios. Los textos litúrgicos de este tiempo nos hacen escuchar una constante exhortación a dar gracias por el «prodigioso intercambio» por el cual somos hechos partícipes «de la divinidad de Aquel que se ha dignado compartir nuestra humanidad».

Pierre Jounel, Missel du dimanche
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Las celebraciones de Navidad

Congregación para el culto divino, Directorio homilético

Un momento distintivo de la Solemnidad de la Navidad del Señor es la costumbre de celebrar tres misas diferentes: la de medianoche, la de la aurora y la del día. Con la reforma posterior al Concilio Vaticano II se ha añadido una vespertina en la vigilia. A excepción de las comunidades monásticas, no es normal que todos participen en las tres (o cuatro) celebraciones; la mayor parte de los fieles participará en una Liturgia que será su «Misa de Navidad».

La Misa vespertina de la Vigilia

Aunque la celebración de la Navidad comienza con esta Misa, las oraciones y las lecturas evocan aún un sentido de temblorosa espera; en cierto sentido, esta misa es una síntesis de todo el Tiempo de Adviento. Casi todas las oraciones están conjugadas en futuro: «Mañana contemplaréis su gloria» (antífona de entrada); «Concédenos que así como ahora acogemos, gozosos, a tu Hijo como Redentor, lo recibamos también confiados cuando venga como juez» (colecta); «Mañana quedará borrada la bondad de la tierra» (canto al Evangelio); «Concédenos, Señor, empezar estas fiestas de Navidad con una entrega digna del santo misterio del nacimiento de tu Hijo en el que has instaurado el principio de nuestra salvación» (oración sobre las ofrendas); «Se revelará la gloria del Señor» (antífona de comunión). Las lecturas de Isaías en las otras Misas de Navidad describen lo que está sucediendo, mientras que el pasaje proclamado en esta Misa cuenta lo que sucederá. La segunda lectura y el pasaje evangélico hablan de Jesús como el Hijo de David y de los antepasados humanos que han preparado el camino para su venida. La genealogía del Evangelio de san Mateo, describiendo a grandes rasgos el largo camino de la Historia de la Salvación que conduce al acontecimiento que vamos a celebrar, es similar a las lecturas del Antiguo Testamento de la Vigila Pascual. La letanía de nombres aumenta la sensación de espera. En la Misa de la Vigilia somos un poco como los niños que agarran con fuerza el regalo de Navidad, esperando la palabra que les permita abrirlo.

La Misa de medianoche

En el corazón de la noche, mientras el resto del mundo duerme, los cristianos abren este regalo: el don del Verbo hecho carne. El profeta Isaías anuncia: «El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande». Continúa refiriéndose a la gloriosa victoria del héroe conquistador que ha quebrantado la vara del opresor y ha tirado al fuego los instrumentos de guerra. Anuncia que el dominio de aquel que reinará será dilatado y con una paz sin límites y, por último, le llena de títulos: «Maravilla de Consejero, Dios guerrero, Padre perpetuo, Príncipe de la Paz». El comienzo del Evangelio resalta la eminencia de tal dignatario, mencionando por su nombre al emperador y al gobernador que reinaban cuando Él irrumpe en escena. La narración prosigue con una revelación impresionante: este rey potente ha nacido en un modesto pueblecito de las fronteras del Imperio Romano y su madre «lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada». El contraste entre el héroe conquistador descrito por Isaías y el niño indefenso en el establo nos trae a la mente todas las paradojas del Evangelio. El conocimiento de estas paradojas está profundamente arraigado en el corazón de los fieles y los atrae a la Iglesia en el corazón de la noche. La respuesta apropiada es unir nuestro agradecimiento al de los ángeles, cuyo canto resuena en los cielos en esta noche.

La Misa de la Aurora

Somos como aquellos que se despertaron en la gélida luz del alba, preguntándose si la aparición angélica en medio de la noche había sido un sueño. Los pastores, con ese innato buen sentido propio de los pobres, piensan entre sí: «Vamos derechos a Belén, a ver eso que ha pasado y que nos ha comunicado el Señor». Van corriendo y encuentran exactamente lo que les había anunciado el Ángel: una pobre pareja y su Hijo apenas recién nacido, dormido en un pesebre para los animales. ¿Su reacción a esta escena de humilde pobreza? Vuelven glorificando y alabando a Dios por lo que han visto y oído, y todos los que los escuchan quedan impresionados por lo que les han referido. Los pastores vieron, y también nosotros estamos invitados a ver, algo mucho más trascendente que la escena que nos llena de emoción y que ha sido objeto de tantas representaciones artísticas. Pero esta realidad se puede ver sólo con los ojos de la fe y emerge con la luz del día, en la siguiente Celebración.

La Misa del día

Como un sol resplandeciente ya en lo alto del cielo, el Prólogo del Evangelio de san Juan aclara la identidad del niño del pesebre. El evangelista afirma: «Y la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad”. Con anterioridad, como recuerda la segunda lectura, Dios había hablado de muchas maneras por medio de los profetas; pero ahora “en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha ido realizando las edades del mundo. Él es reflejo de su gloria …” Esta es su grandeza, por la que lo adoran los mismos ángeles. Y aquí está la invitación para que todos se unan a ellos: “adorad al Señor, porque hoy una gran luz ha bajado a la tierra” (canto al evangelio).

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El Verbo se hace carne para redimirnos, gracias a su Sangre derramada, y ensalzarnos con él a la gloria de la Resurrección. Los primeros discípulos reconocieron la relación íntima entre la Encarnación y el Misterio Pascual, como testimonia el himno citado en la carta de san Pablo a los Filipenses (2,5-11). La luz de la Misa de medianoche es la misma luz de la Vigilia Pascual. Las colectas de estas dos grandes Solemnidades comienzan con términos muy similares. En Navidad, el sacerdote dice: «Oh Dios, que has iluminado esta noche santa con el nacimiento de Cristo, la luz verdadera …»; en Pascua: «Oh Dios, que iluminas esta noche santa con la gloria de la Resurrección del Señor …». La segunda lectura de la Misa de la aurora propone una síntesis admirable de la revelación del Misterio de la Trinidad y de nuestra introducción al mismo a través del Bautismo: «Cuando se apareció la Bondad de Dios, nuestro Salvador, y su Amor al hombre, … sino que según su propia misericordia nos ha salvado: con el baño del segundo nacimiento, y con la renovación por el Espíritu Santo; Dios lo derramó copiosamente sobre nosotros por medio de Jesucristo nuestro Salvador. Así, justificados por su gracia, somos, en esperanza, herederos de la vida eterna». Las oraciones propias de la Misa del día hablan de Cristo como autor de nuestra generación divina y de cómo su nacimiento manifiesta la reconciliación que nos hace amables a los ojos de Dios. La colecta, una de las más antiguas del tesoro de las oraciones de la Iglesia, expresa sintéticamente porqué el Verbo se hace carne: «Oh Dios, que de modo admirable has creado al hombre a tu imagen y semejanza; y de modo más admirable todavía restableciste su dignidad por Jesucristo; concédenos compartir la vida divina de aquél que hoy se ha dignado compartir con el hombre la condición humana».

«Antes de que me invoquéis os diré: Aquí estoy.» (RB Pról. 18)