3






Santificado sea tu Nombre: “Sean santos porque Yo soy santo”.

EL PADRE NUESTRO DE CADA DÍA

Textos comentados en la Tercera Charla:

SANTIFICADO SEA TU NOMBRE

“SEAN SANTOS PORQUE YO SOY SANTO”

Nadie debe dudar del amor del Padre «que está en los cielos». Él nos ama. «Me ama». Si incluso nuestro padre y nuestra madre no nos hubieran amado, hay un Dios en el cielo que nos ama como nadie en la tierra nunca lo ha hecho ni lo podrá hacer. El amor de Dios es constante. El profeta Isaías dice: «¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque esas llegasen a olvidar yo no te olvido. Míralo, en las palmas de mis manos te tengo tatuada» (49, 15-16). «En las palmas de mis manos te tengo tatuada». Me he hecho un tatuaje tuyo en las manos. Yo estoy en las manos de Dios, así, y no puedo borrarlo. El amor de Dios es como el amor de una madre que nunca se puede olvidar. ¿Y si una madre se olvidase? «Yo no me olvidaré», dice el Señor. Este es el amor perfecto de Dios, así nos ama. Si todos nuestros amores terrenales se desmoronasen, y no quedase nada más que polvo, siempre queda para todos nosotros, ardiente, el amor único y fiel de Dios (Papa Francisco).

 

“Santificado sea tu nombre”,no porque pensemos que Dios pueda ser santificado por nosotros; él es el único Santo, él es el que nos hace santos. Sino que, con esta petición le rogamos que quienes fuimos santificados en el bautismo, conservemos esa santidad primera. El texto dice así: “Santificado sea tu nombre. Decimos esto, no porque le deseamos a Dios que Él sea santificado por nuestras oraciones, sino que pedimos al Señor que su nombre sea santificado en nosotros. ¿Por quién puede ser santificado Dios, fuente de toda santificación? Pero como Él mismo dijo: ‘sean santos porque Yo soy santo’, pedimos y rogamos que, quienes hemos sido santificados en el bautismo, perseveremos en esa santidad primera. Y esto lo pedimos cada día porque cada día la santificación nos es necesaria para que, quienes cada día pecamos, purifiquemos nuestros faltas por asidua santificación” (San Cipriano).

 

«¡Santificado sea tu nombre!». En esta petición —la primera— se siente toda la admiración de Jesús por la belleza y la grandeza del Padre, y el deseo de que todos lo reconozcan y lo amen por lo que realmente es. Y al mismo tiempo, contiene la súplica de que su nombre sea santificado en nosotros, en nuestra familia, en nuestra comunidad, en el mundo entero. Es Dios quien nos santifica, quien nos transforma con su amor, pero al mismo tiempo también somos nosotros quienes, a través de nuestro testimonio, manifestamos la santidad de Dios en el mundo, haciendo presente su nombre. Dios es santo, pero si nosotros, si nuestra vida no es santa, hay una gran incoherencia. La santidad de Dios debe reflejarse en nuestras acciones, en nuestra vida” (Papa Francisco).

“Santificado sea tu nombre. Petición digna de quien ha llamado a Dios Padre; no pedir nada antes que la gloria de Dios; tenerlo todo por secundario en comparación con su alabanza. Cristo nos manda pedir  en la oración que el Padre sea también glorificado por nuestra vida. Es lo mismo que había dicho antes: Brille vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen al Padre que está en los cielos. Es como si dijéramos: concédenos que vivamos con tal pureza, que todos te glorifiquen por nosotros; que nuestra vida sea tan santa que cuantos la miren den gloria a Dios”(San Juan Crisóstomo).

 

“Dios nos eligió a cada uno para ser santos e irreprochables ante él por el amor” (Ef 1,4).

Dios nos quiere santos y no espera que nos conformemos con una existencia mediocre. El Señor lo pido todo, y lo que ofrece es la verdadera vida, la felicidad para la cual fuimos creados (Papa Francisco).

“Cuando la oración dice: ‘santificado sea tu nombre’ en mi, significa lo siguiente: que tu ayuda me haga irreprochable, justo, piadoso, al abrigo de toda culpa; que mi palabra sea verdadera, mi acción justa, mi camino recto. Que brille la temperancia, que la incorruptibilidad sea mi belleza, la sabiduría y la prudencia mi ornamento; que suspire por las cosas de arriba y menosprecie las de abajo, que mi vida brille como la de los ángeles” (San Gregorio de Nisa).

“Todos los cristianos son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de la santidad del Padre” (Lumen Gentium).

“Todos estamos llamados a ser santos viviendo con amor y ofrciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde cada uno se encuentra. ¿Eres consagrada o consagrado? Sé santo viviendo con alegría tu entrega. ¿Eres casado? Sé santo amando y ocupándote de tu marido o de tu esposa, como Cristo lo hizo con la Iglesia. ¿Eres un trabajador? Sé santo cmpliendo con honradez y competencia tu trabajo al servicio de los hermanos. ¿Eres padre abuela o abuelo? Sé santo enseñando con paciendia a los niños a seguir a Jesús. ¿Tienes autoridad? Sé santo luchando por el bien común y renunciando a tus intereses personales” (Papa Francisco).

 

No debemos enredarnos en nuestra debilidad. Porque la santidad es fruto del Espíritu Santo, es el fruto del Espíritu Santo en nuestra vida (Papa Francisco).

“El fruto del Espíritu es amor, alegía, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí. Si vivimos según el Espíritu, obremos también según el Espíritu” (Ga 5,22-25).

El santo trata de vivir el momento presente colmándolo de amor. Aprovecha las ocasiones que se presentan cada día para realizar acciones ordinarias de manera extraordinaria (Papa Francisco).

Cada santo es una misión, es un proyecto del Padre para reflejar y encarnar, en un momento determinado de la historia, un aspecto del evangelio (Papa Francisco).

La santidad no es otra cosa que Cristo amando en nosotros. Porque la santidad es la caridad plenamente vivida. ¿Cómo podemos responder a la llamada a la santidad? ¿Puedo hacerlo con mis fuerzas? Una vida santa no es fruto principalmente de nuestro esfuerzo y de nuestras acciones; porque es Dios quien nos hace santos; es la vida misma de Cristo resucitado la que nos transforma desde dentro (Benedicto XVI).

Los bautizados deben, con la gracia de Dios, conservar y llevar a plenitud en su vida la santidad primera que recibieron” (LG 40).

“Los que hemos muerto al pecado ¿cómo seguir viviendo en él? Vivamos una vida nueva. Nuestro hombre viejo fue crucificado con Cristo. Y si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él. Cristo, una vez resucitado ya no muere más, y la muerte ya no tiene señorío sobre él. Su muerte fue un morir al pecado de una vez para siempre, mas su vida es un vivir para Dios. Así, pues, también vosotros consideraos como muertos al pecado y vivos para Dios” (Rom 6).

“En la santidad, lo esencial es nunca dejar pasar un deomingo sin un encuentro con Cristo resucitado en la eucaristía; esto no es una carga añadida, sino que es luz para toda la semana. No comenzar y no terminar nunca un día sin al menos un breve contacto con Dios. Y, en el camino de nuestra vida, seguir las “señales de tráfico” que Dios nos aha comunicado en los mandamientos. Estas señales de tráfico simplemente explicitan qué es la caridad en determinada situaciones. Me parece que esta es la verdadera sencillez y grandeza de la vida de santidad: el encuentro con el Resucitado el domingo, el contacto con Dios al inicio y al final de la jornada, seguir en las decisiones, las señales de tráfico que Dios nos ha comunicado, que son sólo formas de caridad. Esta es la verdadera sencillez, grandeza y profundidad de la vida cristiana, del ser santos (Benedicto XVI).

“Ama y haz lo que quieras. Si callas, calla por amor; si hablas, habla por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor; que esté en ti la raíz del amor, porque de esta raíz no puede salir nada que no sea el bien” (San Agustín).

“Los santos son señales de tráfico; pero no sólo los grandes santos, sino también los santos sencillos, personas buenas que veo en mi vida, que nunca serán canonizadas, son personas normales, sin un heroismo visible, pero en su bondad de todos los días veo la verdad de la fe. Esta bondad es para mi la apología más segura del cristianismo y el signo que indica dónde está la verdad” (Benedicto XVI).

“Abrámonos a la acción del Espíritu Santo, que transforma nuestra vida, para que el rostro de Cristo brille en la plenitud de su esplendor. No tengamos miedo de tender hacia lo alto, hacia las alturas de Dios; no tengamos miedo de que Dios nos pida demasiado; dejémonos guiar en todas las acciones cotidianas por su Palabra, aunque nos sintamos pobres, pecadores. Será Él quien nos transforme según su amor” (Benedicto XVI).

“Ojalá puedas reconocer cuál es esa palabra, ese mensaje de Jesús que Dios quiere decir al mundo con tu vida. Déjate transformar, déjate renovar por el Espíritu. El Señor lo hará aún en medio de tus errores y malos momentos, con tal que no abandones el camino del amor” (Papa Francisco).

“¿Cómo hacer para darnos cuenta si esto viene del Espíritu Santo o del espíritu del mal? La única forma de saberlo es por el discernimiento. El discernimiento que no es sólo una buena capacidad de razonar o un sentido común, es también un don que hay que pedir. Si lo pedimos confiadamente al Espíritu Santo, y al mismo tiempo nos esforzamos por desarrollarlo con la oración, la reflexión, la lectura y el buen consejo, seguramente podremos crecer en esta capacidad espiritual. El discernimiento no sólo es necesario en momentos extraordinarios, o cuando hay que resolver problemas graves, o cuando hay que tomar una decisión crucial. Es un instrumento de lucha para seguir mejor al Señor. Nos hace falta siempre para reconocer los tiempos de Dios y de su gracia, para no desperdiciar las inspiraciones del Señor, para no dejar pasar su invitación a crecer. Muchas veces esto se juega en lo pequeño, en lo que parece irrelevante, porque la magnanimidad se muestra en lo simple y en lo cotidiano. El discernimiento nos lleva a reconocer los medios concretos que el Señor predispone en su misterioso plan de amor, para que no nos quedemos solo en las buenas intenciones. El discernimiento es una gracia, se trata de entrever el misterio del poryecto único e irrepetible que Dios tiene para cada uno. Está en juego el sentido de mi vida ante el Padre que me conoce y me ama, el verdadero “para qué” de mi existencia que nadie conoce mejor que Él. El discernimiento es para reconocer cómo podemos cumplir mejor esa misión que se nos ha confiado en el bautismo, y eso implica estar dispuestos a renuncias hasta darlo todo. En todos los aspectos de la vida podemos seguir creciendo y entregarle algo más a Dios. el que lo pide todo también lo da todo, y no quiere entrar en nosotros para mutilar o debilitar sino para plenificar. El discernimiento no es un autoanálisis ensimismado, una introspección egoísta, sino una verdadra salida de nosotros mismos hacia el misterio de Dios, que nos ayuda a vivir la misión a la cual nos ha llamado.  (Papa Francisco).

 

Ninguno de nosotros está excluido de la llamada divina a la santidad, a vivir en alta medida la existencia cristiana y esto implica tomar la cruz de cada día sobre sí. Todos, sobre todo en nuestro tiempo en el que parecen prevalecer el egoísmo y el individualismo, debemos asumir como primer y fundamental esfuerzo aquel de crecer cada día en un amor más grande a Dios y a los hermanos para transformar nuestra vida y transformar así también nuestro mundo (Benedicto XVI).

 

 

 

 

Tags:

Share the Post