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Procesión y canto

Esta acción sencilla de la procesión y del canto confirman las palabras y gestos anteriores. Habíamos llevado en procesión el pan y el vino para ser consagrados. Ahora, transformados en el Cuerpo y la Sangre de Cristo venimos, no a darlos, sino a recibirlos. Y lo hacemos de manos del sacerdote que hace las veces de Cristo. La vida que llevamos nos es restituida, y podríamos decir que habiendo llevado vida humana (dones de la tierra y del trabajo del hombre) recibimos la vida divina (el Cuerpo y la Sangre de Cristo). Nos lo dice el mismo sacerdote: Cuerpo de Cristo. Sangre de Cristo. Y respondemos: Amén.

La procesión de comunión representa la comunidad militante, que es fortalecida como tal por el sacramento eucarístico. La Iglesia es peregrina, se dirige hacia la patria celestial; tiene mucho por caminar y necesita ser fortalecida por este Pan.

No se sabe bien cuándo se introdujo el canto procesional de comunión, pero seguramente en el siglo IV ya estaba en uso. El Misal (56i) afirma: “Mientras el sacerdote y los fieles reciben el sacramento, se entona el canto de comunión, cuya finalidad es expresar por la unión de las voces, la unión espiritual de los comulgantes, manifestar el gozo de los corazones y tornar más fraterna la procesión de los que van a recibir el Cuerpo de Cristo”.

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