XXVI Domingo del Tiempo ordinario -ciclo C-

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Lázaro representa a la persona que Dios cuida. Lázaro, abreviatura de Eleázaro (Eleazar), significa «Dios le ayuda». A quien está olvidado de todos, Dios no lo olvida; Lázaro es acogido «en el seno de Abraham», es decir, en la bienaventuranza eterna.

BENEDICTO XV

lazaro-en-el-seno-de-abrahanOración Colecta: Dios nuestro, que manifiestas tu poder sobre todo en la misericordia y el perdón, derrama sin cesar tu gracia sobre nosotros, para que, deseando tus promesas, nos hagas participar de los bienes celestiales. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

 

 

 Del profeta Amós 6, 1a. 4-7

¡Ay de los que se sienten seguros en Sión! Acostados en lechos de marfil, y apoltronados en sus divanes, comen los corderos del rebaño y los terneros sacados del establo. Improvisan al son del arpa, y como David, inventan instrumentos musicales; beben el vino en grandes copas y se ungen con los mejores aceites, pero no se afligen por la ruina de José. Por eso, ahora irán al cautiverio al frente de los deportados, y se terminará la orgía de los libertinos.

 

Salmo responsorial: Sal 145,7-10

R/ Alaba, alma mía, al Señor.

Él mantiene su fidelidad perpetuamente, él hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos, liberta a los cautivos. R/

El Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se doblan, el Señor ama a los justos. El Señor guarda a los peregrinos R/

Sustenta al huérfano y a la viuda y trastorna el camino de los malvados. El Señor reina eternamente, tu Dios, Sión de edad en edad. R/

De la 1ª carta a Timoteo 6, 11-16

Hombre de Dios, practica la justicia, la piedad, la fe, el amor, la constancia, la bondad. Pelea el buen combate de la fe, conquista la Vida eterna, a la que has sido llamado y en vista de la cual hiciste una magnífica profesión de fe, en presencia de numerosos testigos. Yo te ordeno delante de Dios, que da vida a todas las cosas, y delante de Cristo Jesús, que dio buen testimonio ante Poncio Pilato: observa lo que está prescrito, manteniéndote sin mancha e irreprensible hasta la Manifestación de nuestro Señor Jesucristo, Manifestación que hará aparecer a su debido tiempo el bienaventurado y único Soberano, el Rey de los reyes y Señor de los señores, el único que posee la inmortalidad y habita en una luz inaccesible, a quien ningún hombre vio ni puede ver. ¡A Él sea el honor y el poder para siempre! Amén.

Evangelio según san Lucas 16, 19-31

Jesús dijo a los fariseos: “Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino finísimo y cada día hacía espléndidos banquetes. A su puerta, cubierto de llagas, yacía un pobre llamado Lázaro, que ansiaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico; y hasta los perros iban a lamer sus llagas. El pobre murió y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. El rico también murió y fue sepultado. En la morada de los muertos, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro junto a él. Entonces exclamó: ‘Padre Abraham, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en el agua y refresque mi lengua, porque estas llamas me atormentan’. ‘Hijo mío, respondió Abraham, recuerda que has recibido tus bienes en vida y Lázaro, en cambio, recibió males; ahora él encuentra aquí su consuelo, y tú, el tormento. Además, entre ustedes y nosotros se abre un gran abismo. De manera que los que quieren pasar de aquí hasta allí no pueden hacerlo, y tampoco se puede pasar de allí hasta aquí’. El rico contestó: ‘Te ruego entonces, padre, que envíes a Lázaro a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos: que él los prevenga, no sea que ellos también caigan en este lugar de tormento’. Abraham respondió: ‘Tienen a Moisés y a los Profetas; que los escuchen’. ‘No, padre Abraham, insistió el rico. Pero si alguno de los muertos va a verlos, se arrepentirán’. Pero Abraham respondió: ‘Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, aunque resucite alguno de entre los muertos, tampoco se convencerán’”.

Hombre de Dios fue Benito, porque se esforzó en hacer su vida totalmente transparente al Evangelio. No se contentó con leer el Evangelio para conocerlo; quiso conocerlo para traducirlo, todo entero en cada uno de los aspectos de su vida. Leyó el Evangelio en su conjunto y, al mismo tiempo, cada uno de sus pasajes, cada una de las perícopas que la Iglesia vuelve a leer en su liturgia, cada uno de sus fragmentos.

Bajo esta luz debemos pensar en este fragmento que volvemos a leer hoy aquí, es decir, la parábola del rico epulón y del pobre Lázaro. «Había un hombre rico que vestía de púrpura y lino…».

Benito nos ofrece la prueba incontrovertible de cómo se puede hacer penetrar el Evangelio en la historia concreta de los hombres, aportándole un dinamismo transformador, capaz de impensados, benéficos desarrollos. La experiencia benedictina, fuerte ya con la prueba de casi XV siglos de historia, está bajo nuestros ojos para demostrarnos cómo el amor, que se abre a los hermanos para compartir con ellos dotes personales, energías, bienes, se revela como verdadero «resorte» del progreso, el único capaz de hacer avanzar a la sociedad, sin sacrificar jamás al hombre.

Que Dios conceda a los hombres de hoy acoger esta lección fecunda y caminar con decisión, siguiendo las huellas de San Benito, por los caminos del respeto recíproco, de la apertura leal, del compartir generoso, del compromiso concorde, en una palabra, por los caminos del amor. El futuro lo construye no quien odia, sino quien ama.

JUAN PABLO II

En la parábola del rico epulón y el pobre Lázaro (cf. Lc 16, 19-31), Jesús ha presentado como advertencia la imagen de un alma similar, arruinada por la arrogancia y la opulencia, que ha cavado ella misma un foso infranqueable entre sí y el pobre: el foso de su cerrazón en los placeres materiales, el foso del olvido del otro y de la incapacidad de amar, que se transforma ahora en una sed ardiente y ya irremediable. Hemos de notar aquí que, en esta parábola, Jesús no habla del destino definitivo después del Juicio universal, sino que se refiere a una de las concepciones del judaísmo antiguo, es decir, la de una condición intermedia entre muerte y resurrección, un estado en el que falta aún la sentencia última.

BENEDICTO XVI

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