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SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS

Se celebra el 1º de enero.

 

María, Madre de Jesús,

Madre de la Iglesia y Madre nuestra

Cardenal Eduardo Francisco Pironio

María, la Virgen de Amor, que es donación. Fundamentalmente el hecho es éste:”Dio a luz a su Hijo Primogénito…”. María que había concebido en su corazón lleno de fe la palabra de Dios y en sus entrañas virginales, por obra del Espíritu Santo, al Hijo de Dios, María es siempre la Virgen de la Donación, para enseñarnos a nosotros que el camino está ahí: recibir a Jesús para darlo… Y nosotros darnos en una constante actitud de desprendimiento, de mucha alegría. Para María, la Epifanía fue la noche misma del Nacimiento. Fue Cristo, la palabra de Dios hecha fragilidad en su propia carne. María le había dado la fragilidad de su carne, la limitación de su sangre, esa misma sangre que sería derramada en la cruz, esa misma carne que sería desgarrada en las manos, en el costado, en la cruz… Era la carne de María. María no entendía todas estas cosas, posiblemente no había descubierto el misterio de todo lo que significaba haberle dicho que Sí al Señor… Pero entre tanto, guardaba en su corazón y meditaba la fidelidad de un Dios Amor que nunca falla.

María, la Virgen Pobre, que da todo lo que tiene, da al Hijo de sus entrañas y lo ofrece a los pastores para que lo adoren, más tarde a los magos, más tarde a todo el Pueblo, después a todo el mundo cuando ella estaba serena y fuerte al pie de la cruz con las otras mujeres. Así se nos describe a María, la Madre, la que da, la que contempla, la que es radicalmente pobre.

La fundamental grandeza de María, de donde radican sus dones y privilegios es la maternidad divina. Hablar de María es decir simplemente Madre de Dios, la preparó desde toda la eternidad el Padre, la hizo limpia de todo pecado, la hizo como nueva Creación, como plasmada por el Espíritu Santo porque había de ser Madre de Dios este Templo había de ser sin corrupción. Por eso María no conocería la muerte sino que el Hijo vendría y se la llevaría para que reinase con Él para siempre.

El Misterio de la Asunción como el de la Inmaculada Concepción se explican desde la maternidad divina. El Misterio de su integridad virginal, se explica también, porque Cristo es la Luz que pasa a través de María sin quebrar el Cristal.

Madre de Jesús, Madre de Dios, Madre de la Iglesia, Madre nuestra, esa es María, inseparablemente todo. No podemos llamarla Madre de Jesús sin entender que Jesús es Hijo de Dios y por consiguiente sin llamarla Madre de Dios. No podemos entender que sea Madre de Jesús, cabeza del Pueblo de Dios que peregrina, del Cuerpo Místico sin llamarla Madre de la Iglesia, no podemos llamarla Madre de la Iglesia sin sentirla Madre nuestra…

La maternidad física de María sobre Jesús es el principio de su maternidad espiritual sobre nosotros. Esa maternidad que María desarrollara –nos dice el Concilio– desde la Anunciación hasta que entre en el cielo de los predestinados…

Es interesante la valoración litúrgica de la Maternidad divina, que ahora se celebra el primer día del año. La reforma litúrgica hizo que quedara el Año Nuevo marcado con una presencia de nuestra Señora. Es María, la Madre del Autor de la Vida, la Madre del Príncipe de la Paz, por eso el primer día del año es también la Jornada Mundial de la Paz.

La Maternidad divina de María ilumina nuestra existencia como consagrados. (…)

La Maternidad de nuestra Señora está íntimamente unida al misterio de una libertad, de una filiación adoptiva. Por una parte es María, la Madre de Jesús, el enviado del Padre, por otra parte este Jesús, ha venido para hacernos a nosotros, los esclavos, libres; rescatarnos de la ley y hacernos hijos adoptivos. María es nuestra Madre en el orden de la gracia. Otro texto que nos habla de la maternidad de nuestra Señora es la descripción de la Concepción de María, tal como nos lo relata Mateo, capítulo I, 18-25. Hemos citado ya el versículo 18:”María, de la cual nació Jesús, que es llamado el Cristo…”.

Es interesante la genealogía que nos presenta San Mateo. Tal vez cuando en la liturgia se nos presenta esta lista de nombres, la pasamos rápidamente sin darnos cuenta de lo que hay en el comienzo y en el corazón de cada una de estas catorce generaciones.

María nos da Aquel que salvará a su Pueblo de sus pecados, y por eso se llama Jesús, María nos acercará al Dios lejano, al Dios que es totalmente otro, y desde ahora será Emmanuel, que traducido significa”Dios con nosotros”. María no es simplemente Madre de Dios, es Madre de un Dios con Nosotros. Por eso podemos ir con tanta confianza a ella, por eso podemos hablar con tanta intimidad con ella, porque ella lo atrajo a Dios a nosotros, porque el Plan del Padre lo quiso así.

Nuestro celibato y nuestra virginidad consagrada es una forma de realización de esta maternidad virginal. Es, por una parte, oblación, por otra parte, fecundidad. Cuando se la vive con intensidad, esta castidad consagrada, pone siempre en el corazón de los hombres al Emmanuel. La gente siente cuando uno vive con intensidad serena, con alegría, su castidad. Nuestra vida, si la vivimos con intensidad de consagración, de inmolación, de donación y de servicio, será constantemente una entrega de Aquel que quita el pecado del mundo, de Jesús, de Aquel que está cerca de nosotros, del Dios-Amor que está con nosotros y habita en nosotros.

Si nosotros vivimos con María y en María nuestra consagración religiosa también para los hombres, quedará iluminado –en parte– este misterio de lo humanamente incomprensible. La gente duda de nuestra virginidad, de nuestra castidad, duda porque no les parece posible. Nosotros con la alegría de la plenitud de la entrega tenemos que manifestarles, cómo lo que humanamente es incomprensible es posible a los ojos de Dios, en la medida de una experiencia profunda de amor, de un camino auténtico de fe, de una realización auténtica de esperanza.

Nosotros presentamos al mundo que la pobreza radical es posible, la obediencia hasta la cruz es posible, y no sólo son posibles, son el modo de ser auténticamente felices, pero tenemos que expresarlo nosotros en una simple irradiación del amor, si somos verdaderamente signos del Dios-Amor, si vivimos nuestra consagración en una línea de total inmolación y de total donación. Siempre insisto en este juego inseparable de inmolación a Dios y de donación a los hombres, porque todo arranca de la fuente misma del Amor, que da sentido a nuestra pobreza, a nuestra castidad, a nuestra obediencia.

La castidad consagrada da –a la luz de un Dios-Amor y a la luz de María– un sentido de particular fecundidad a todo nuestro amor. La castidad consagrada no anula, da profundidad, universalidad y hace mucho más fecunda y eficaz nuestra misma afectividad, nuestro mismo amor a los demás.

Del libro:”María y la vida consagrada”por el Cardenal Pironio

 

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