Cristo resucitado






Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor

Hch 10,14a.37-43 / Sal 117 / Col 3,1-4 / Jn 20,1-9

 

De una homilía del 22 de abril de 1984

 

El grito de la Iglesia y de toda la humanidad en este día es “Cristo, mi esperanza, ha resucitado”. Sí, estamos ciertos, “Cristo verdaderamente resucitó”. Son palabras que acabamos de escuchar en la hermosísima secuencia de la Pascua. Este es el día que ha hecho el Señor, tenemos que alegrarnos y regocijarnos en él. Es el día para el cual nos preparó la cuaresma. Una cuaresma nueva para una pascua nueva. Es el día para el cual nos preparó Navidad: Cristo el Redentor ha venido precisamente para esto, para morir y resucitar, reconciliándonos con el Padre y hacernos nuevos.

Hoy particularmente nuestro corazón se llena de alegría y se abre a las gracias que el Dios Padre, rico en misericordia, quiere derramar en nuestros corazones.

La primera idea es hacernos verdaderamente una creatura nueva en Cristo Jesús que es el Hombre nuevo. Es lo que nos dice San Pablo en la segunda lectura de hoy, hermosísima, una síntesis de lo que tiene que ser nuestra vida: si habéis resucitado con Cristo buscad las cosas de arriba donde se encuentra Cristo que está sentado a la derecha de Dios. Pensad en las cosas de arriba, no en las de la tierra.

Si habéis resucitado con Cristo. ¿Cuándo? El día del bautismo, para nosotros la resurrección primera ha sido el bautismo; la resurrección final será cuando Jesús vuelva y entonces nuestro cuerpo será configurado también al cuerpo de gloria de Jesús, seremos semejantes a Él.

Entre tanto nuestra vida, ¿cómo tiene que ser mientras vivimos? Una vida escondida con Cristo en Dios. Vosotros estáis muerto y vuestra vida está ahora escondida con Cristo en Dios. Escondida por la humildad, la pobreza, el anonadamiento. Escondida por la intimidad profunda de la oración. Escondida por la fe, la esperanza, el amor. Vivir en Cristo. Mientras aguardamos la plena manifestación de la vida, pero hoy tiene que darse una vida nueva en nosotros.

Este texto de Pablo que acabamos de leer nos da los tres significados de la Pascua. La Pascua es la Resurrección de Jesús, y de ella habla Pablo en este texto. La Pascua es nuestra propia resurrección en Cristo por el bautismo, y de ella también habla Pablo. Y la Pascua es la manifestación final de Jesús: cuando se manifestará Cristo, vuestra vida, entonces vosotros os manifestaréis también con Él, en la gloria.

Primera idea, que Dios nos haga hombres y mujeres nuevos en este día de Pascua, llenos de la luz de la resurrección del Señor, invadidos por la potencia del Espíritu, y fuertes, serenos en la alegría y en la esperanza.

La segunda idea nos la da la primera lectura de hoy. La primera lectura nos habla del testimonio. Nosotros somos testigos de todas las cosas que Él ha hecho, que Jesús ha hecho. Somos testigos sobre todo ¿de qué cosa? De cómo lo colgaron en la cruz, cómo Dios lo resucitó al tercer día, etc.

Y somos testigos privilegiados. No se ha aparecido a todo el pueblo, dice Pedro, sino a testigos privilegiados, a nosotros que hemos comido y bebido con Él. Eso lo podemos decir nosotros, a quienes el Señor de un modo particularmente privilegiado ha elegido para el sacerdocio, para la vida religiosa, para una vida de mayor intimidad con Él; somos testigos privilegiados.

Entonces, nuestra vida –sacerdotal, religiosa, laical– tiene que ser una expresión clara, concreta, viva de que Jesús resucitó. Ser los testigos claros del amor del Padre, de la resurrección del Hijo, de la fuerza transformadora del Espíritu Santo. La Pascua nos hace hombres nuevos. La Pascua nos hace testigos.

Porque nos hace hombres nuevos por eso anoche se bendecía el agua a través de la cual nosotros somos bendecidos, hechos hijos de Dios. Porque nos hace testigos, por eso la Vigilia Pascual nos entregaba la luz, a través de la cual nosotros damos testimonio de Cristo Resucitado que es la luz.

Y la tercera idea nos la da el Evangelio. Todo esto se realiza en el interior de la Iglesia. Pedro y Juan que van al sepulcro. Juan representa una parte de esta Iglesia que diríamos es una parte espiritual, muy mística, contemplativa, más del Espíritu, más carismática. Pedro es aquel a quien el Señor le entregó las llaves del Reino, es el primer Papa, es el que representa todo lo que la Iglesia tiene de sacramento, de fuerza de Dios en límites humanos, pero es fuerza de Dios. Iglesia única animada por el Espíritu y asentada sobre el fundamento de los Apóstoles.

Pedro y Juan reciben el testimonio de la resurrección del Señor de una simple mujer, de la Magdalena: se han llevado al Señor y no sabemos dónde lo han puesto. Ellos van al sepulcro y creen. Y después se convierten en los primeros y ardientes testigos de la resurrección.

Yo creo que hoy tenemos que afianzar nuestra fe en el Cristo Resucitado, nuestra fe en la Iglesia, en esta Iglesia concreta, en esta Iglesia con hombres concretos. Esta es la Iglesia que fundó el Seño, con todos sus límites, con todas sus fallas, con todos sus pecados. Es una Iglesia que cada día se hace nueva por la fuerza del Espíritu; pero que cada día, en la pobreza de sus miembros, va experimentando el pecado. Hay que creer en la Iglesia. Credo Ecclesiam. Creo en la Iglesia porque creemos en Cristo. Credo Christum surrexisse, sé, creo que Cristo resucitó.

La Virgen Madre del Resucitado, la Virgen llena de esperanza, nos haga nuevos hoy; nos haga testigos luminosos de la resurrección; y nos haga amar fuertemente esta Iglesia de la cual somos miembros, esta Iglesia que somos, porque en definitiva la Iglesia es Cristo, en medio de nosotros, como esperanza de la gloria.

 

El Señor nos conceda celebrar bien esta Pascua, bien en el sentido de una renovación muy profunda como hijos, como testigos, como hermanos. Como hijos, sintiéndonos cada vez más, viviendo nuestro bautismo, hijos de un Padre que está en el cielo de nuestro corazón, que es Padre de misericordia. Testigos, sabiéndonos llamados a irradiar constantemente la alegría y la esperanza que nacen de la resurrección de Jesús, porque comemos y bebemos con él. Y hermanos, formando un solo corazón y una sola alma. El fruto de la Pascua, en definitiva, es este inagotable amor del cual habla la oración final y que nos es comunicado por el Espíritu Santo.

La Virgen nos ayude a recobrar el sentido de nuestro camino de esperanza en esta Pascua.

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