05. El dinamismo de la oración en el capítulo 7 de la Regla (La Humildad)

La humildad, tal como la presenta san Benito, no es otra cosa que la Fe que lleva a ver la Presencia de Dios en todas las cosas de la vida y, por eso, se transforma en oración. 

 

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      Oblatos-3X-2015 - hMaria

 

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El dinamismo de la oración en el capítulo 7 de la Regla (La Humildad)

Introducción: la mirada de Fe sobre los sucesos de la vida

Vimos el dinamismo de la oración en el Prólogo de la Regla, donde se presentaba ese proceso de ensanchamiento del alma de la criatura ante su Creador, y cómo en ese proceso podía jugar la acedia, como desánimo para seguir en un camino que es demasiado para la creatura.

Vimos el dinamismo de la oración en el c. 4 sobre las buenas obras, donde las obras recibían todo su carácter orante de ser un continuo recuerdo de Dios y lo que él nos pide. Aquí la acedia podía despertarse como mecanismo de desesperación ante la desproporción del Santo con nuestras pobres obras. Otro ensanchamiento del corazón que consiste en aceptarse a sí mismo y aceptar el regalo de la redención, como obra de la misericordia de Dios que se pide en la oración.

Hoy veremos el dinamismo de la oración en el gran c. 7 de la Regla, sobre la humildad. Ante todo hay que decir que la humildad, tal como la presenta san Benito en los diversos grados no es otra cosa que la Fe que lleva a ver la Presencia de Dios en todas las cosas de la vida y, por eso, se transforma en oración. Veamos algunos textos.

“El sexto grado de humildad” consiste en que el monje esté contento con todo lo que es vil y despreciable, y que juzgándose obrero malo e indigno para todo lo que se le mande, se diga a sí mismo con el Profeta: “Fui reducido a la nada y nada supe; yo era como un jumento en tu presencia, pero siempre estaré contigo” (Sal 72,22s).

“El séptimo grado de humildad” consiste en que uno no sólo diga con la lengua que es el inferior y el más vil de todos, sino que también lo crea con el más profundo sentimiento del corazón, humillándose y diciendo con el Profeta: “Soy un gusano y no un hombre, oprobio de los hombres y desecho de la plebe (Sal 21,7). He sido ensalzado y luego humillado y confundido” (Sal 87,16). Y también: “Es bueno para mí que me hayas humillado, para que aprenda tus mandamientos” (Sal 118,71).

“El duodécimo grado de humildad” consiste en que el monje no sólo tenga humildad en su corazón, sino que la demuestre siempre a cuantos lo vean aun con su propio cuerpo… Y diga siempre en su corazón lo que decía aquel publicano del Evangelio con los ojos fijos en la tierra: “Señor, no soy digno yo, pecador, de levantar mis ojos al cielo” (cf. Lc 18,13). Y también con el Profeta: “He sido profundamente encorvado y humillado” (Sal 37,7ss y 118,107).

Este dinamismo ya lo había señalado en el Prólogo:

Estos son los que temen al Señor y no se engríen de su buena observancia, antes bien, juzgan que aun lo bueno que ellos tienen, no es obra suya sino del Señor, y engrandecen al Señor que obra en ellos, diciendo con el Profeta: “No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria” (Sal 113b,1). Del mismo modo que el Apóstol Pablo, que tampoco se atribuía nada de su predicación, y decía: “Por la gracia de Dios soy lo que soy” (1 Co 15,10). Y otra vez el mismo: “El que se gloría, gloríese en el Señor” (2 Co 1)

 

El gran recorrido de la oración: La oración filial

Cuando el monje haya subido estos grados de humildad, llegará pronto a aquel amor de Dios que “siendo perfecto excluye todo temor” (1 Jn 4,18), 68 en virtud del cual lo que antes observaba no sin temor, empezará a cumplirlo como naturalmente, como por costumbre, y no ya por temor del infierno sino por amor a Cristo, por el mismo hábito bueno y por el deleite de las virtudes. Todo lo cual el Señor se dignará manifestar por el Espíritu Santo en su obrero, cuando ya esté limpio de vicios y pecados.

Los Padres distinguían en el obrar y en el orar del cristiano tres etapas: vivir como esclavos que temen ser castigados por sus malas obras; vivir como mercenarios, que obra bien porque esperan una recompensa; finalmente vivir como hijos, que obran por amor a su padre y su voluntad. Es la gran enseñanza de san Pablo: el Espíritu clama en nosotros Abba, Padre!

 

La oración personal y los sentimientos de Cristo: la humildad y la compunción

 

Volvemos al texto inicial de Doroteo de Gaza, donde ponía la oración como el estado natural del hombre:

 

En el principio Dios creó al hombre y lo puso en el paraíso, como dice la Sagrada Escritura (Gn 2, 15). Después de haberlo dotado de todo tipo de virtud le dio el precepto de no comer del árbol que se encontraba en el medio del paraíso (Gn 2,16-17). Y el hombre vivía en las delicias del paraíso, en la oración y en la contemplación, colmado de gloria y honor (Sal 8,6), y poseía la integridad de sus facultades (aisthesis=estética) en el estado natural en que había sido creado. Dios hizo al hombre a su imagen (“eikon”, Gn 1,27). (Comienzo de las Conferencias de Doroteo)

 

La ruptura que produce el pecado nos quita de la oración y Presencia de Dios. Por eso hay una equiparación del orgullo a la ausencia de oración. Y su restauración es por la humildad, que se equipara a la oración verdadera. Al presentar la escala de la humildad san Benito hace una reflexión extraña:

Ahora bien, la escala misma así levantada es nuestra vida en el mundo, a la que el Señor levanta hasta el cielo cuando el corazón se humilla. Decimos, en efecto, que los dos lados de esta escala son nuestro cuerpo y nuestra alma, y en esos dos lados la vocación divina ha puesto los diversos escalones de humildad y de disciplina por los que debemos subir.

La humildad y la oración son los escalones que restauran la ruptura original del ser humano. Nosotros decimos que en la oración sufrimos distracciones por pensamientos o imágenes que nos sacan de ella. Sin embargo en los Padres, desde que elaboraron la lista de vicios capitales, fue muy claro que los pensamientos y las imágenes responden a sentimientos interiores, que se apoyan en nuestra alma y nuestro cuerpo, en la unidad de nuestro ser. La humildad restaura esa integridad:

            “El duodécimo grado de humildad” consiste en que el monje no sólo tenga humildad en su corazón, sino que la demuestre siempre a cuantos lo vean aun con su propio cuerpo,

“El séptimo grado de humildad” consiste en que uno no sólo diga con la lengua que es el inferior y el más vil de todos, sino que también lo crea con el más profundo sentimiento del corazón, humillándose y diciendo con el Profeta: “Soy un gusano y no un hombre (Sal 21,7)

 

En el tercer grado san Benito cita el Himno de Filipenses. Se trata de un himno a la humildad que comienza así: Tengan los mismos sentimientos de Cristo…

Cuando san Benito habla de la oración, siempre habla de la compunción con lágrimas y en la Vida de san Benito siempre su oración es con lágrimas. Se ha restaurado la ruptura que produjo el pecado, por la que la Fe había quedado reducida a una simple espiritualidad, que no tocaba el resto de la humanidad de la persona y de sus hermanos.

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