04. El dinamismo de la oración en el capítulo 4 de la Regla

“La religión no es lo mismo que el espiritualismo; lo que el hombre hace en su existencia concreta, física, tiene relación directa con lo divino. La espiritualidad es la meta, no el camino del hombre. En este mundo la música se ejecuta con instrumentos físicos, y para el hombre los ‘mandamientos’ son los instrumentos en lo que se cumple lo sagrado. Si el hombre fuera sólo mente, el culto del pensamiento sería la forma de comulgar con Dios. Pero el hombre es cuerpo y alma, y su meta es vivir de tal modo que su “su corazón y su carne canten al Dios viviente”.

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      Charla Oblatos 26 de septiembre 2015 - hMaria

 

  • Textos leídos durante la Conferencia:

EL DINAMISMO DE LA ORACIÓN EN EL C. 4 DE LA REGLA

Introducción

El dinamismo de la oración en toda la Regla es el que se encuentra comprendido entre el Prólogo y el c. 73. Por eso, en los otros capítulos, no se deben esperar cosas nuevas, pero sí precisiones que son muy valiosas.

Ante todo el Prólogo nos presentaba la oración como el fruto de ese descubrimiento de nuestra condición de peregrinos (viatores), de criaturas que se “despiertan” ante a su Creador. Sin embargo la desidia, como incapacidad de la criatura para un llamado tan grande a unirse a su creador, es la marca de la desobediencia del hombre y aleja al hombre de la oración. A esta preocupación por llevar al hombre a esa unión con su Creador respondieron los grandes maestros de la Iglesia, incluyendo a san Benito. Y hasta hoy podemos encontrar todo tipo de enseñanzas sobre la oración: métodos, escuelas, técnicas, etc.

Recordamos lo que decía Leclercq: la oración, en su realidad más profunda, es esa adhesión a Dios que se concreta en “Fiat” y el “stabat”. La estabilidad es para san Benito el signo por excelencia de que la oración está. La estabilidad es el alma de la oración, que destruye la acedia, madre de toda inestabilidad, interior (de sí mismo) y exterior (del monasterio).

 

La presencia de la oración en el c. 4 y las buenas obras.

Por eso vamos a ver hoy ese dinamismo de la oración en el c. 4, sobre las buenas obras. Pero antes queremos señalar las conclusiones de un gran estudioso de la tradición patrística, I. Hausherr. Este jesuita dice que en los Padres hay dos grandes corrientes para responder a este dilema de la oración. Una, que considera la oración como una realidad, ante todo, intelectual. Pero, por ser de Fe, excluye incluso conceptos racionales, imágenes, discursos conceptuales. Así, el camino de la oración es la purificación de todo contenido. Y para lograrlo propusieron distintos modos de mantener el alma en una repetición continua de alguna fórmula bíblica. Esta es la oración sin cesar, ininterrumpida. Por otra parte, otros Padres hablaron de la oración como “recuerdo de Dios”. Sin embargo también buscaron que fuese una tarea ininterrumpida del intelecto, como hace Casiano en su Conferencia 10 al pedir que repitamos siempre en nuestro interior: Dios mío ven en mi auxilio, Señor date prisa en socorrerme.

 

La oración, las obras y el recuerdo de Dios.

San Benito comienza todo el capítulo 4, que es una gran enumeración de buenas obras, que van desde el no matar hasta el orar por lo enemigos, con el gran mandamiento del Deuteronomio 6,5, repetido por el Señor en los evangelios:

            1 Primero, amar al Señor Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas; 2 después, al prójimo como a sí mismo.

 

De este modo san Benito, encabezando el listado con el primer mandamiento de la Torah que Yahvé da a su pueblo en el Sinaí, por intermedio de Moisés, le da a este listado su carácter eminentemente bíblico: el recordar los mandatos es la primera forma de oración, la que sostiene todo el edificio espiritual. Así lo interpretó siempre Israel que hizo de este primer mandamiento del amor de Dios con todo el ser, su oración predilecta y más conocida: Shema Israel. La oración, como recuerdo de Dios es, ante todo, recuerdo de los mandatos. Es así como lo dice san Benito en el primer grado de humildad:

10 Así, pues, “el primer grado de humildad” consiste en que uno tenga siempre delante de los ojos el temor de Dios, y nunca lo olvide. 11 Recuerde (memor sit), pues, continuamente todo lo que Dios ha mandado, y medite (evolvat) sin cesar en su alma cómo el infierno abrasa, a causa de sus pecados, a aquellos que desprecian a Dios, y cómo la vida eterna está preparada para los que temen a Dios.

El Rabino Heschel, de la misma generación que M. Buber, decía:

“La religión no es lo mismo que el espiritualismo; lo que el hombre hace en su existencia concreta, física, tiene relación directa con lo divino. La espiritualidad es la meta, no el camino del hombre. En este mundo la música se ejecuta con instrumentos físicos, y para el judío los “mandamientos” (mistvot) son los instrumentos en lo que se cumple lo sagrado. Si el hombre fuera sólo mente, el culto del pensamiento sería la forma de comulgar con Dios. Pero el hombre es cuerpo y alma, y su meta es vivir de tal modo que su “su corazón y su carne canten al Dios viviente”.

Uno de los motivos de nuestra ruptura de la vida las obras y la oración es que no vemos los mandamientos como una “revelación” gratuita de Dios. Él nos manifiesta su voluntad, no somos nosotros los que construimos un proyecto de vida.

Nuevamente vemos la total armonía de la oración personal con la liturgia. Con las grandes corrientes místicas que nacen a partir del siglo XIV, la liturgia es llevada a unas cimas de espiritualismo y misticismo personal que no siempre concuerdan con el objetivo que le asigna san Benito:

5 Ofrezcamos, entonces, alabanzas a nuestro Creador “por los juicios de su justicia” (Sal 118,62 y 64) en estos tiempos, esto es, en Laudes, Prima, Tercia, Sexta, Nona, Vísperas y Completas, y levantémonos por la noche para darle gracias.

 

El recuerdo de Dios lleva al recuerdo de sí mismo: la atención a sí mismo.

Siguiendo a san Basilio Magno, y Agustín en occidente, el recuerdo de Dios fue equivalente a conocerse y estar presentes a nosotros mismos. La famosa fórmula de San Agustín: conózcate a Ti, conózcame a mi (noverim Te, noverim me). Y san Basilio en su gran homilía: Attende tibi ipsi (estáte atento a ti mismo), termina diciendo, atiende a ti mismo y estarás atento a Dios. El c. 4 de la Regla dice sobre la oración:

55 Oír con gusto las lecturas santas,

56 darse frecuentemente a la oración,

57 confesar diariamente a Dios en la oración, con lágrimas y gemidos, las culpas pasadas,

58 enmendarse en adelante de esas mismas faltas.

Del recuerdo de Dios a la Presencia de Cristo: el “ejemplo” del lavatorio de pies.

           En el NT las realidades veladas del Antiguo pasan a ser eficaces y plenas. Entre ellas el culto y la oración. Y las obras de Fe cobran un sentido de hacer en nosotros la Presencia de Dios, la presencia de Cristo obrando en nosotros (Opus Dei, Prólogo 29). Según el Papa Benedicto, remontándose a los Padres, cuando Cristo pide a los Apóstoles que ellos imiten su ejemplo (de lavar los pies, etc.) les está diciendo que, cuando ellos hagan eso, será Cristo quien lo esté haciendo.

 

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