II Domingo después de Navidad -ciclo A-

En esta imagen de la Navidad pintada por el Maestro Francke vemos prolijamente expandidas las estrellas en el cielo, doradas sobre el fondo rojo –el rojo de la vida y del fuego divino-. Dios Padre y Dios Hijo están en el medio de la imagen en los dos extremos de una lluvia de rayos, y detrás de esta barrera la Virgen vestida de blanco está en actitud de adoración. En presencia de esta posternación, nada está en su lugar: la gruta está apenas indicada, no vemos más que las caras de los animales, falta José. Pero los ángeles  extienden sus mantos para proteger al Niño, creando en torno a Él un espacio consagrado en medio del mundo profano. Las palabras en boca de la Virgen resumen el sentido de la imagen:
“MI SEÑOR Y MI DIOS”.

Oración Colecta: Dios todopoderoso y eterno, que iluminas a quienes creen en ti, llena la tierra de tu gloria y manifiéstate a todos los pueblos por la claridad de tu luz. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

 Durante todo el tiempo de Navidad la Iglesia nos invita a contemplar el misterio de la luz. La Luz salida del Padre de las luces, hecha visible a los hombres en su Hijo, es difusiva como el bien. Nada podrá sustraerse al influjo divino. El cristiano por la fe, lleva en su alma una luminiscencia crística. Gregorio Magno, en una carta al rey Childebert escribe: «Como el esplendor de una gran luz ilumina con su resplandor la oscuridad de la noche, así la claridad de tu fe brille con un resplandor vivo e ilumine la oscuridad de la ignorancia en medio de las naciones».                                    

  Meditations sur les collectes du Temps de Noël
Patrick Halla osb

 Del libro del Eclesiástico 24,1-2.8-12

La Sabiduría hace el elogio de sí misma y se gloría en medio de su pueblo, abre la boca en la asamblea del Altísimo y se gloría delante de su Poder. «El Creador de todas las cosas me dio una orden, el que me creó me hizo instalar mi carpa, Él me dijo: “Levanta tu carpa en Jacob y fija tu herencia en Israel”. Él me creó antes de los siglos, desde el principio, y por todos los siglos no dejaré de existir. Ante Él, ejercí el ministerio en la Morada santa, y así me he establecido en Sión; Él me hizo reposar asimismo en la Ciudad predilecta, y en Jerusalén se ejerce mi autoridad. Yo eché raíces en un Pueblo glorioso, en la porción del Señor, en su herencia».

Salmo responsorial: Sal 147,12-15.19-20

Glorifica al Señor, Jerusalén; alaba a tu Dios, Sión: que ha reforzado los cerrojos de tus puertas, y ha bendecido a tus hijos dentro de ti. R/

Ha puesto paz en tus fronteras, te sacia con flor de harina; él envía su mensaje a la tierra, y su palabra corre veloz. R/

Anuncia su palabra a Jacob, sus decretos y mandatos a Israel; con ninguna nación obró así, ni les dio a conocer sus mandatos. R/

De la carta a los Efesios 1,3-6.15-18

Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bienes espirituales en el cielo, y nos ha elegido en Él, antes de la creación del mundo, para que fuéramos santos e irreprochables en su presencia, por el amor. Él nos predestinó a ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, conforme al beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, que nos dio en su Hijo muy querido. Por eso, habiéndome enterado de la fe que ustedes tienen en el Señor Jesús y del amor que demuestran por todos los hermanos, doy gracias sin cesar por ustedes, recordándolos siempre en mis oraciones. Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, les conceda un espíritu de sabiduría y de revelación que les permita conocerlo verdaderamente. Que Él ilumine sus corazones, para que ustedes puedan valorar la esperanza a la que han sido llamados, los tesoros de gloria que encierra su herencia entre los santos.

Evangelio de san Juan 1,1-18

Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Al principio estaba junto a Dios. Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe. En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la percibieron. Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. Él no era la luz, sino el testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre. Ella estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron.  Pero a todos los que la recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios. Ellos no nacieron de la sangre, ni por obra de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino que fueron engendrados por Dios. Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de Él, al declarar: «Éste es Aquél del que yo dije: El que viene después de mí me ha precedido, porque existía antes que yo». De su plenitud, todos nosotros hemos participado y hemos recibido gracia sobre gracia: porque la Ley fue dada por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. Nadie ha visto jamás a Dios; el que lo ha revelado es el Dios Hijo único, que está en el seno del Padre.

 

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