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Segunda Semana de Cuaresma

Segunda Semana de Cuaresma

Domingo – Ciclo A-B-C

Lunes

Martes

Miércoles

Jueves

Viernes

Sábado

 

Domingo II de Cuaresma

Ciclo C: Gn 15, 5-12.17-18 / Sal 26 / Flp 3, 17-4, 1 / Lc 9, 28b-36 

De una homilía en la Fiesta de la Transfiguración del Señor. CELAM

Fundamentalmente la transfiguración del Señor nos sugiere a nosotros la manifestación de Jesús en su gloria, un encuentro con Jesús que supone un cambio y luego el testimonio de este encuentro ante los hombres. Es Cristo que venido en la fragilidad de la carne plenamente anonadado y hecho  servidor -y habiendo asumido totalmente la forma de hombre y la forma más fácil del hombre que es la forma del servidor-, sin embargo en determinados momentos de su vida manifiesta su gloria.

Cristo manifiesta su gloria en la sencillez familiar de Caná cuando convierte el agua en vino. San Juan dice que allí Cristo manifestó su gloria. Y segunda vez manifiesta su gloria en la transfiguración, en el monte santo. O sea toda su divinidad se transparenta, se manifiesta. Y los discípulos se encuentran con Jesús en su gloria y sienten la intimidad amorosa en la soledad del monte de ese encuentro y sienten incluso hasta la tentación de permanecer siempre allí, pero Jesús una vez que los envuelve en su claridad, les pide que bajen del monte y que sean testigos.

Hay tres ideas que están constantemente repitiéndose: la primera idea es la de la luz, la segunda la de la filiación, la tercera es la idea de la gloria definitiva.

El rostro de Jesucristo brilló como el sol y sus vestiduras se hicieron blancas como la luz y desde la nube luminosa se escuchó la voz. La idea de la luz.

Esa idea de la luz nos está sugiriendo a nosotros que la luz es el Señor, que nosotros hemos quedado hechos luz en el Señor por el Bautismo y de una manera particular hemos vuelto a ser encendidos como luz en nuestra vida consagrada. Nos sugiere la luz de la eternidad, la luz de la claridad que nunca se apaga, la luz hacia la cual vamos, la luz eterna que brillará sobre nosotros. ¡Qué bueno es pensar que Dios es Luz y entonces vivir en la intimidad amorosa con Él y dejar que la nube luminosa nos envuelva! ¡Qué bueno es sentirnos nosotros claridad, luz, antorcha luminosa, encendida por el Bautismo en Cristo y todos los días ser luz en el Señor! ¡Qué bueno es sentir el gozo de que vamos caminando hacia la luz que nunca se apaga; en la eternidad!

La segunda idea: la filiación. Escuchamos que desde la nube luminosa se oyó esta voz del Padre: “este es mi Hijo querido en quien tengo mis complacencias”. Este es mi Hijo el amado en quien me complazco, escuchadlo. Cristo es el Unigénito. Cristo es el Hijo, y en el Hijo nosotros quedamos constituidos hijos por adopción. Por eso el pasaje evangélico de la Transfiguración tiene tanta conexión con nuestra filiación adoptiva, ¿es que acaso hay una transfiguración más grande que la de habernos cambiado de siervos en hijos? ¿La de habernos hecho pasar de las tinieblas a la luz admirable? ¿De habernos hecho nacer en el Hijo, hijos del Padre?

¡Qué hermoso es sentirnos en el Hijo, hijos del Padre! ¡Qué bueno es vivir intensa y cotidianamente esta condición de hijos! ¡Qué bueno es que el Espíritu vaya cotidianamente configurándonos a Cristo, el Hijo, el Unigénito, el Amado! ¡Qué bueno es que el Padre, todos los días, pueda volcarse sobre nosotros y decir: este es mi hijo, el amado! En la medida en que nosotros entremos en Cristo y seamos una sola cosa con Él, en esa misma medida el Padre se inclina amorosamente sobre nosotros y nos dice: este es mi hijo, el amado. Porque el Padre no puede querer sino a Cristo y a nosotros en cuanto somos una misma cosa con Cristo, por eso tenemos que meternos, cada vez más, en su muerte, en su cruz, en su resurrección.

La idea de la filiación adoptiva.

Y esta filiación adoptiva que ha empezado en nosotros por el Bautismo quedará consumada el día en que entremos en el reino del Padre, en la luz que nunca se apaga, en la gloria definitiva.

La tercera idea es la idea de la venida de Jesús, la idea de la gloria. Es esa gloria que recordamos en la oración. ¡Qué bueno es pensar en la epifanía o apocalipsis definitivo cuando venga Jesús, el Hijo del hombre! Vendrá para recibir el reino, entregarlo al Padre, envolvernos a nosotros con la claridad definitiva de Dios. ¡Qué bueno es pensar en la eternidad hacia la cual vamos, en la cual seremos coherederos de Cristo en su gloria, copartícipes de su gloria eterna!

Que podamos sentir el gozo de una presencia nueva de Jesús que nos comprometa para el cambio y que nos haga ardientes testigos del Señor a quien hemos encontrado y en quien nos hemos cambiado. Pero que al mismo tiempo, y todo es lo mismo en definitiva, nos haga gustar la claridad de su Luz, nos haga gozar de nuestra condición de hijos adoptivos y nos anticipe en el tiempo el gozo inacabable de la gloria.

 

Lunes II de Cuaresma

Dn 9,4b-10 / Sal 78 / Lc 6,36-38

De una homilía en el CELAM

 

Volvemos hoy a encontrar los tres elementos que constituyen la Cuaresma: la oración, la caridad, la penitencia. Penitencia en el sentido de cambio, de conversión.

Toda la primera lectura es una confesión, Daniel en nombre de todo el pueblo que ha prevaricado y no ha escuchado la voz del Señor a través de sus siervos los profetas, le pide al Señor perdón, es decir, es una oración penitencial.

Empezamos una semana nueva en la cuaresma, vamos caminando hacia la Pascua que nos espera y nos ilumina y nos llena anticipadamente del gozo, del gozo de una vida nueva.

Pero cómo quisiera que la viviéramos a fondo bien serenamente, sin angustias, sin precipitación, pero bien intensamente. Una oración bien íntima, bien personal, bien intensa. Una caridad bien generosa y sencilla y alegre. Una penitencia bien honda que arranque de nuestros pecados. La oración de Daniel sintetiza estos tres elementos: es una oración que por una parte nace de la conciencia de un pecado, al mismo tiempo es una oración que se dirige a la misericordia y a la fidelidad del Señor.

Una oración que tiende a provocar el cambio, el perdón, que desemboca en una actitud generosa de caridad hacia nuestros hermanos también. Así tiene que ser siempre nuestra oración. Una oración que aquí en cuaresma está hecha de lágrimas como lo dice el contexto en el libro del profeta Daniel. Una oración que está hecha en saco y en lágrimas y en ayuno. Una oración que brota de la conciencia del pecado.

Daniel que tiene conciencia de que el pueblo se ha rebelado contra Dios, en nombre de él pide perdón. Tiene conciencia de que lo que está pasando en el pueblo es fruto del pecado, de que no ha tendido a Dios, que no se ha escuchado a sus siervos los profetas: hemos cometido la maldad, hemos sido malos, nos hemos rebelado, nos hemos apartado de sus mandatos y de sus normas. En una palabra: hemos pecado.

Entonces qué pasa: a nosotros la vergüenza, a Ti la justicia. Tú eres justo. Tenemos conciencia de que lo que está pasando es fruto de no haber sido leales, fieles con el Señor. Tú los dispersaste a causa de las infidelidades que cometieron contra ti. Uno de los frutos del pecado en el pueblo de Israel es la disgregación, la dispersión, o sea salir de la casa y del templo, de la tierra. Salen porque fueron infieles. La dispersión a causa de la infidelidad, la vergüenza a causa del pecado.

Esta primera actitud nos es absolutamente necesaria para que la oración en nosotros sea intensa y muy confiada. Una actitud que hemos definido tantas veces como actitud de pobre. Pobre es aquel que se siente sucio, que se siente pecador, que se siente necesitado, que se siente verdaderamente culpable y que todo lo que le está pasando es justo por parte del Señor.

La oración es válida en la medida de nuestra pobreza. Señor, también yo he pecado, no he hecho caso de tus normas, no he escuchado a tus siervos los profetas. Pero en segundo lugar esta oración tiene cuenta de la fidelidad y de la misericordia del Señor: a nosotros la vergüenza, para el Señor Dios nuestro la piedad y la misericordia. ¡Qué lindo!

Tantas veces hemos escuchado durante esta cuaresma: Señor, no nos trates como merecen nuestros pecados. Si tienes cuentas de nuestros delitos, ¿quién es el que podrá subsistir? Únicamente desde la compasión, bondad y misericordia, únicamente desde la piedad y fidelidad de Dios pueden mirarse nuestros pecados.

“Haz Señor, Dios grande y temible”, así comienza Daniel esta oración confiada. Tú que guardas la Alianza, y el amor a los que te aman, tú que guardas la Alianza y el amor. Por parte de Dios hay siempre la fidelidad aunque nosotros la hayamos quebrado. Entonces nuestra oración que brota de la conciencia de nuestra infidelidad y pecado, es decir, que brota de un corazón pobre, confía muchísimo en el Dios que es piadoso, compasivo y misericordioso. Al Señor Dios nuestro la piedad y el perdón.

Es el Señor que guarda la Alianza, que no nos trata como merecen nuestros pecados; que todo el salmo responsorial es un grito a la fidelidad, a la misericordia, que tu compasión nos alcance pronto, pues estamos agotados. Es una oración que tiende al cambio, a la conversión.

Todo en la primera lectura, aún cuando no lo diga expresamente, tiende a que Dios tenga misericordia y cambie, no simplemente que diga: “bueno… no tengo más en cuenta los pecados y se acabó…”. No. La intervención de Dios es para cambiar, para hacernos fieles, para volvernos otra vez a la fidelidad al mandamiento, a la norma. Para hacernos fieles a la voz de los siervos los profetas. Una oración que tiende a la conversión.

Por último, una oración que está íntimamente conectada con la caridad que nos da un corazón generoso: sed compasivos como vuestro Padre es compasivo. Si así nuestro pecado ha sido perdonado, así nosotros tenemos que perdonar a los demás. No juzguéis. Miren… hay tres cosas que nos está diciendo directamente el Señor: no juzguéis, no condenéis, perdonad.

Entonces es bueno que nos preguntemos frente al prójimo si juzgamos, si condenamos y si perdonamos. Que nos lo preguntemos con toda lealtad, porque la medida que nosotros usemos esa es la que se va a usar con nosotros. Si juzgamos fácilmente a nuestros hermanos, Dios también nos juzgará; si condenamos fácilmente a nuestros hermanos, Dios también nos condenará; pero si perdonamos fácilmente a nuestros hermanos, Dios también nos perdonará.

Otra vez, hoy vamos a rezar el Padrenuestro con esta conciencia de generosidad fraterna: perdona nuestras ofensas, perdona nuestras culpas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; tenemos que tener esta sinceridad y generosidad en el perdón.

Entonces que quede hoy esta oración intensa y llena de lágrimas en nuestro corazón. Una oración pobre que nace de la conciencia del pecado que se dirige a la fidelidad y misericordia y compasión del Padre. Una oración penitencial que tiende a cambiar, a convertir. Una oración fraterna que tiende a perdonar.

 

Martes II de Cuaresma

Is 1,10.16-20 / Sal 49 / Mt 23,1-12

De una homilía de un 29 de febrero. CELAM

 

Volvemos a escuchar esta mañana una ardiente invitación del Señor a la conversión, que tomemos conciencia de nuestro pecado y que volvamos al Señor, porque si nuestras almas están rojas quedarán más blancas que la nieve con la conversión. Tanto el Profeta Isaías como el Evangelio que acabamos de escuchar nos hablan por dónde tiene que ir esta conversión, por el camino de lo verdadero, de lo interior, de lo auténtico. Isaías brama contra el formulismo religioso. Es Dios el que dice: convertíos, lavaos, purificaos, ¿por qué venís a mí con las manos manchadas?, no me agradan vuestros sacrificios, me resulta inaguantable el humo del incienso, no tolera ya vuestras asambleas, vuestras reuniones, mi alma aborrece vuestras solemnidades, me han resultado un peso que ya no puedo llevar y cuando extendéis vuestras palmas me tapo los ojos para no veros, aunque gritéis la plegaria yo ya no la oigo porque vuestras manos están llenas de sangre, lavaos y limpiaos.

Qué hermosa esta invitación, es la iniciativa del Señor que nos llama a la conversión, que tomemos conciencia de nuestro pecado. Todos los días venimos a la celebración de la Eucaristía, varias veces en el día entramos en la capilla para hablar al Señor, no son nuestras palabras, o nuestros gestos, lo que llega a Dios, es un corazón humillado y contrito, es decir la conciencia de que nosotros somos pecadores, y que necesitamos ser limpiados, purificados.

Hoy pensamos un poquitito otra vez en esto, a ver si no hay algo en nosotros que tiene que ser cambiado; si no hemos dejado de hacer el bien y en cambio estamos haciendo el mal, a ver si realmente cumplimos el plan de Dios sobre nosotros, si somos atentos a descubrir la voluntad del Padre, si somos generosos en realizarla, si durante el día tratamos de contagiar a nuestros hermanos la alegría de la entrega, pensamos si nuestro corazón no tiene algo contra nuestros hermanos, porque no podemos acercarnos al Señor con las manos manchadas.

Cuando cada mañana el sacerdote al celebrar la Eucaristía nos invita a la conversión, a hacer un examen de conciencia, es una invitación del Señor a revisar cómo va nuestra vida, a ver cómo es nuestro comportamiento, si no hay en nosotros también un formulismo externo; se nos puede meter muy particularmente a nosotros, almas consagradas. Hacemos todo maravillosamente bien y la gente que nos ve dice qué bueno, qué santo, pero por dentro un corazón que no es bueno, un corazón que no ama, un corazón que no se entrega. Entonces el Señor nos dice hoy: lavaos, limpiaos, dejad de hacer el mal, aprended a hacer el bien.

El mismo Señor en el Evangelio nos vuelve a repetir lo mismo. Si hablan muy bien estos doctores de la ley, háganle caso a los que ellos digan pero no imiten lo que ellos hacen, porque dicen pero no hacen, cargan fardos pesados sobre los hombres de los demás pero ellos ni siquiera los mueven con un dedo. ¿No nos está pasando a lo mejor a nosotros lo mismo? Predicamos muy bien, sabemos cosas maravillosas, las repetimos a los demás, quizás a nuestros parientes y amigos, o a las personas que nos visitan, les decimos cosas lindas pero nosotros ni siquiera somos capaces de mover con un dedo.

Es una oportunidad magnífica para invitarnos a la conversión, pero hay algo más, esta conversión está asegurada por la iniciativa de Dios; es Dios el que nos llama, y es Dios el que nos perdona. Qué tranquilidad nos dan estas palabras de Jesús, estas palabras de Dios a través del profeta Isaías. Aun cuando vuestros pecados fueren como la grana de rojos, blanquearán como la nieve, aún cuando fueren rojos como el carmesí quedarán como la lana, si aceptáis obedecer.

Si hay algo que nos pesa, si hay algo que nos angustia y que nos mantiene tristes, volvamos al Señor y digámosle con toda sencillez: crea en mí, oh Dios, un corazón nuevo, como lo hemos repetido muchas veces en el salmo responsorial, que es el salmo de la penitencia.

Entonces estaremos en paz. Ten piedad de mí según tu misericordia, por tu inmensa bondad borra mi pecado, devuélveme la alegría de la salvación, porque yo he nacido en pecado. Crea en mí, oh Dios, un corazón nuevo.

Finalmente el Señor en el Evangelio nos manda que vivamos no buscándonos a nosotros mismos sino viviendo más en la sencillez, en la humildad, en el ocultamiento. Jesús les dice a los discípulos: no dejéis que os llamen maestro, padre (son títulos que buscaban los fariseos) más vale pensad en Cristo que es el único Maestro, pensad en Dios que es el único Padre. Y vosotros vivid más bien en la sencillez, en la humildad, en la pobreza, en el ocultamiento.

El Señor nos llama a la conversión, ¿lo vamos a hacer? Le vamos a decir con toda el alma al Señor: ten piedad de mí porque he pecado, crea en mí, oh Dios, un corazón nuevo.

Nos ponemos en el corazón humilde y pobre de Nuestra Señora para comprometer y realizar cotidianamente la voluntad del Padre.

 

 

Miércoles II de Cuaresma

Jr 18,18-20 / Sal 30 / Mt 20,17-28

De una homilía en la Abadía del Santa Escolástica del 6 de marzo de 1996

 

A medida que avanzamos en el camino penitencial de la Cuaresma se nos tiene que ir haciendo más clara y más fuerte y más nuestra, la imagen de la Pasión y de la muerte de Jesús. Esa Pasión que aparece en la primera lectura de hoy como prefigurada por el profeta Jeremías, que es condenado por su propio pueblo: ‘no importa, igual va a haber sacerdote, sabio y profeta’, dicen los contemporáneos de Jeremías, un poco mirando así prospectivamente en profecía la condenación de Jesús.

El Evangelio de hoy nos presenta tres momentos, tres aspectos diríamos de un mismo misterio, que es el Misterio de la Pasión y muerte de Jesús. La primera parte queda definida con esta expresión de Jesús: Ahora subimos a Jerusalén. La segunda parte: ¿Pueden ustedes beber el cáliz que yo voy a beber? Y la tercera parte: El Hijo del hombre no vino a ser servido, sino a servir.

1. La primera: Ahora subimos a Jerusalén. Jesús les había anunciado dos veces su Pasión. Ellos se escandalizaron, tuvieron miedo de preguntarle, no entendieron. Ahora, el Evangelio dice que los tomó a los Doce solos, para predecirles por tercera vez que tenía que subir a Jerusalén. Pero qué bien que en cada una de las tres predicciones de su Pasión, el anuncio de Jesús acaba con una esperanza: Pero al tercer día, resucitará.

Ahora subimos a Jerusalén. Es un poco el misterio de nuestra propia vida caminando hacia la Pascua definitiva, que pasa por la muerte en Jerusalén, por el sepulcro en Jerusalén, y por la Pascua desde Jerusalén. Vamos, también nosotros, subiendo a Jerusalén. Algunos estamos más cerca, otros nos siguen detrás; pero vamos subiendo a Jerusalén. Y subir a Jerusalén es configurarnos cada vez más hondamente con los mismos sentimientos de Jesús, de obediencia al Padre y de salvación de los hermanos. Vamos subiendo a Jerusalén. Cada mañana cuando nos despertamos, vamos subiendo a Jerusalén con la misma fuerza y la misma serenidad, y el mismo gozo y esperanza como decimos: “Vamos a la Casa del Padre”. Pero ir a la Casa del Padre supone cruzar las fronteras en Jerusalén, en la cruz, en nuestro sufrimiento, en nuestra persecución. Como Jeremías, podemos quejarnos en algunos momentos: que nosotros –que hemos tratado de seguir al Señor– somos incomprendidos y somos también perseguidos por los demás. Pero, vamos subiendo a Jerusalén.

2. El segundo momento del Evangelio de hoy está caracterizado por esta expresión de Jesús: ¿Pueden ustedes beber el cáliz que yo he de beber? Es decir: ¿son capaces de ser bautizados con el bautismo de sangre? ¿Pueden pasar por el misterio de la condena, de la muerte, de la cruz? Podemos, dicen con mucha audacia Santiago y Juan, o la mamá de ellos que los presenta al Señor. Podemos. Se sienten con coraje, y de hecho seguirán al Señor, Santiago en el martirio y Juan en el cuasimartirio de su vida.

Es importante comprender la fecundidad y el gozo anticipado de la Pascua, en la cruz. Podemos beber el cáliz del Señor. Que no nos asuste si el Señor nos va prodigando, desde su misericordia, cada día con más dosis de sufrimiento, de cruz, preparando nuestra muerte para engendrar desde allí –como el grano de trigo, la espiga– la resurrección. Seamos fuertes, tengamos coraje y vivamos en la esperanza. No importa si es en el reino de la derecha o el de la izquierda. Esperemos estar todos a la derecha, conforme al examen de conciencia que Jesús nos propone. Que el Reino el Padre nos lo dé, esperamos que el Padre nos lo dé abundantemente a todos.

3. Y la tercera expresión es: El Hijo del hombre no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por toda una muchedumbre, por la multitud. Es la invitación al seguimiento de Jesús por la cruz ciertamente, poniendo nuestros pies en los pies ensangrentados del Señor. Pero también por ese anonadamiento, humildad, pobreza, que tiene que caracterizar nuestra vida, y mucho más en este período de la Cuaresma: nuestra vida hecha oblación y servicio a los demás: El que quiera ser el primero que se haga el último, el esclavo, el servidor de todos. Nos duele cuando los demás intentan poner el pie sobre nuestra cabeza y humillarnos. Nos duele, pero no importa. Hemos venido –como Jesús– no a ser servidos sino a servir y a dar la vida constantemente por los demás.

Que el Señor nos vaya mostrando su camino, asimilando a su Misterio Pascual, haciéndonos los últimos, los más pequeños, los humildes, como María de Nazaret. A través de Ella llegaremos a la Pascua.

 

Que el Señor nos ayude a vivir con interioridad cada vez más fuerte el Misterio de la Pasión, de la Muerte y Resurrección de Jesús. Nos haga comprender cada vez más este Misterio de Salvación. Que nos haga comprender nuestra participación: vamos subiendo a Jerusalén; vamos bebiendo el cáliz del Señor, y nuestra vida se va convirtiendo cada vez más en un don y en un servicio para los demás. Sintamos la alegría de la cruz y la alegría del servicio a nuestros hermanos.

 

Jueves II de Cuaresma

Jr 17,5-10 / Sal 1 / Lc 16,19-31

De una homilía en la Abadía del Santa Escolástica del 7 de marzo de 1996

 

Feliz el que pone en el Señor toda su confianza, hemos estado repitiendo en el Salmo responsorial. Felices los que retienen la Palabra de Dios con un corazón bien dispuesto, y dan fruto gracias a su constancia (versículo antes del Evangelio). El Señor nos ha llamado a la felicidad: a la felicidad definitiva de su Reino, a la Casa del Padre. Pero a la felicidad cotidiana, en la medida en que vamos participando en los sentimientos de Jesús. El Señor nos ha llamado a la felicidad. Esta felicidad según la Oración y según las antífonas, y según el Salmo responsorial y el versículo antes del Evangelio, es una felicidad que va engendrando en nosotros Dios. Depende, en definitiva, de estas tres cosas: primero, saber que Dios sondea, penetra nuestro corazón. Que Dios entiende nuestro corazón complicado. Que Dios va volviendo nuestro corazón hacia Él. En la antífona de entrada pedíamos al Señor que vaya sondeando cada vez más y profundizando nuestro corazón. En la Oración le pedíamos que vuelva el corazón de los servidores a Dios, que es el que ama nuestra inocencia y la restituye cada vez. Eso es lo que en definitiva nos dicen el Salmo responsorial y la primera lectura: Feliz el que pone en el Señor toda su confianza. En el Dios que nos penetra, en el Dios que nos salva, en el Dios que vuelve nuestro corazón a lo esencial y a lo definitivo. En el Dios que es el que obra nuestra salvación. Vamos subiendo a Jerusalén, pero es bajo el impulso del Espíritu como vamos subiendo. No son nuestras fuerzas las que nos van empujando hacia Él, sino el soplo y el ardor del Espíritu.

Nada tan complicado como el corazón del hombre. Nada tan complicado. Pero el Señor penetra el corazón, lo hace transparente en la medida en que confía en el Señor. Esta confianza en el Señor de la cual habla la primera lectura: Bendito el que confía en Dios. No el que confía demasiado en sus talentos, en sus fuerzas, en sus riquezas. Exige de nosotros irnos desprendiendo más y volver al primer sentimiento que es: Dios me ama, Dios me cambia, Dios me vuelve hacia él. Dios –el Espíritu– me va conduciendo hacia la meta definitiva. Pero esta confianza en el Señor –desprendimiento cada vez más del hombre– supone vivir en una actitud muy simple, muy sencilla, muy fraterna: de caridad, de misericordia, de solidaridad.

Es la parábola que nos propone Jesús en el Evangelio de hoy: el mal no está en que el rico se vistiera de púrpura y banqueteara todos los días. Si lo tiene, que aproveche, pero que se acuerde que hay un pobre a sus pies, a quien los perritos van a lamer las llagas, y no tiene ni siquiera las migajas que caen de la mesa del señor. Entonces, la caridad que está en el corazón de la Cuaresma tiene que volverse solidaridad, capacidad para descubrir en el pobre, en el más necesitado, el que no tiene, una voz suplicante de Jesús: Tuve hambre y no me disteis de comer; tuve sed y no me disteis de beber. Esta bien que en este camino penitencial la liturgia nos proponga esta parábola hermosísima, del rico y del pobre. Repito: el mal no está en que el rico aprovechara los dones que Dios le dio. Lo malo está en que no tuvo la capacidad –desde su pobreza, desde su confianza en el Dios que salva– de comprender que allí estaba también Dios, Jesús, en el pobre y en el necesitado.

Que el Señor aumente en nosotros por un lado, la experiencia muy fuerte de que Dios sondea nuestro corazón, lo penetra y lo hace luminoso. Que vaya haciendo que nosotros nos desprendamos de nosotros mismos y confiemos sólo en el Señor: Feliz el que ha puesto su confianza en el Señor. Y por último, que nos abra el corazón a nuestra propia carne, como dice Isaías, y descubramos las necesidades de nuestros hermanos: no sólo para compadecernos, sino en lo posible, para remediarlas.

Viernes II de Cuaresma

Gn 37,3-4.12-13a.17b-28 / Sal 104 / Mt 21,33-43.45-46

 De una homilía del 23 de marzo de 1984

La Liturgia nos propone en figura la Pasión de Jesús. Todos los viernes contemplamos de una manera o de otra el amor del Padre manifestado en Cristo Jesús, Nuestro Señor. En el canto para el Evangelio hemos recordado la frase que da sentido a toda la Pasión de Jesús, no sólo a la Pasión, sino a la venida de Jesús en medio de nosotros: Dios ha amado tanto al mundo que le dio a su Hijo Unigénito a fin de que el que crea en Él tenga la vida eterna. Nuestra meditación hoy sobre la Pasión de Jesús tiene que ser a la luz de este amor del Padre manifestado en Cristo Jesús y hecho íntimo en nosotros por el Espíritu que nos habita, que nos ha sido dado. Pero, al mismo tiempo, es una meditación sobre la Pasión de Jesús que hacemos desde el corazón silencioso y pobre de María. Por consiguiente, esta meditación de la Pasión tiene que ser hecha en unión íntima con María: María la pobre, María la contemplativa, María la fiel, María la disponible, María la que experimentó más que nadie el amor del Padre, que amó tanto al mundo hasta dar a su propio Hijo a fin de que el que crea en Él no perezca sino que tenga la vida eterna.

La Pasión de Jesús se nos presenta en la primera lectura a través de la hermosísima figura de José, vendido por sus propios hermanos por veinticinco monedas de plata. Es la historia que se va a repetir en el Nuevo Testamento con Jesús, vendido también por sus propios hermanos. Ahí, en la persona de Judas, estamos todos nosotros. Y Cristo es nuestro hermano como José era el hermano de los hijos de Jacob. Jacob amaba a José mucho más que a todos sus hijos. El Padre ama a Jesús mucho más que a todos sus hijos; pero nos ha amado a nosotros en Él, y por eso nos lo ha dado.

Contemplamos en esta pasión de José, figura de la Pasión de Cristo, lo providencial del plan del Padre. En definitiva, esta venta que se hace de José es para que después se desarrolle toda la historia de la salvación. José irá a Egipto, lo llevarán unos mercaderes a quienes sus hermanos lo venden. Irá a Egipto. Después llegará a ser un gran personaje y gracias a todo ello hará venir a Jacob y a los demás hermanos a Egipto para huir del hambre que se había desatado sobre Israel.

El Señor hace todo maravillosamente. Todo lo dispone por providencia de amor. Pasión de Jesús contemplada a la luz del amor del Padre que todo lo dispone por amor. También la venta de Jesús, la muerte de Jesús, es dispuesta por el amor del Padre a fin de que tengamos la vida, los que creemos en Él.

El Evangelio, a través de una parábola, nos cuenta también otra imagen de la Pasión de Jesús: cómo Dios ha ido mandando a su pueblo de Israel en el Antiguo Testamento profetas que les hablaran al pueblo. El pueblo endurecido no los recibió, los rechazó, los mató. Hasta que el Padre dice: voy a mandar a mi propio hijo, pensando: Respetarán a mi hijo. Pero, al verlo, los viñadores se dijeron: este es el heredero: vamos a matarlo para quedarnos con su herencia. Es la historia de Jesús y los mismos judíos la comprenderán perfectamente.

Con un corazón pobre, contemplativo y fiel como el de María nosotros contemplamos, en primer lugar, el amor del Padre en la Pasión. Nos duele ciertamente que Jesús sea vendido, nos duele que sea muerto, nos duele que sean los propios hermanos quienes lo venden y lo matan. Pero todo eso queda iluminado a la luz del amor del Padre: Dios ha amado tanto al mundo que le dio a su Hijo, no para que el mundo se condene, sino para que el mundo se salve. Pasión de Jesús que hoy viernes la contemplamos a la luz del amor del Padre, ese amor del Padre que experimentó tan hondamente María: alégrate, tú la privilegiada, aquella a la cual el Padre ha amado tanto.

Pasión de Cristo que la vemos en íntima solidaridad con los hermanos. José que es vendido por sus hermanos, pero para salvarlos después de la carestía que viene a su tierra. Jesús que es vendido, muerto por sus propios hermanos, que somos nosotros, pero para que tengamos vida y la tengamos en abundancia.

Pasión de Jesús que tenemos que contemplarla no sólo a la luz del amor del Padre sino a la luz de la solidaridad de todos los hombres con Cristo. Cristo ha venido para hacernos un solo cuerpo, un solo pueblo, una sola familia. Su sangre es la que nos amasa a todos para hacernos un solo pueblo y una sola familia. Solidaridad en el dolor, solidaridad en la alegría, solidaridad en la esperanza. Porque el Padre lo amó, porque el Padre lo envió, por eso sentimos la alegría de que Cristo es nuestro hermano.

Y esto lo contemplamos desde el corazón de María que es la Madre de Jesús y la Madre nuestra. La familiaridad entre nosotros, la solidaridad entre nosotros aparece mucho más clara desde el corazón maternal de Nuestra Señora, aquella que en la Anunciación fue constituida al mismo tiempo Madre de Jesús y Madre de todo el pueblo de quien Jesús venía a ser la Cabeza.

Finalmente, la disponibilidad de José a ser vendido. No opone ninguna resistencia, deja que lo vendan sus hermanos. La disponibilidad. Jesús, en la segunda lectura, el hijo que es muerto, disponibilidad total. Es la disponibilidad que contemplamos en María o la disponibilidad que contemplamos desde el corazón de María, la humilde servidora del Señor.

Entonces hoy contemplaremos la Pasión de Jesús desde el corazón pobre de María que contempla cómo Dios amó al mundo, desde el corazón maternal de Nuestra Señora que contempla cómo el Padre amó a su Hijo para que fuéramos una sola familia y María nuestra Madre, única, la de Jesús y nuestra; y desde el corazón disponible de Nuestra Señora, la cual nos enseña que seremos felices y cambiaremos el mundo en la medida en que como ella digamos al Señor, a su Pasión, a su muerte, a su resurrección: yo soy la servidora del Señor que se haga en mí según tu palabra.

 

Sábado II de Cuaresma

Mi 7,14-15.18-20 / Sal 102 / Lc 15,1-3.11b-32

Es justo que haya fiesta y alegría

De una homilía

en la Abadía del Santa Escolástica del 9 de marzo de 1996

 

Estas palabras del papá cuando regresa el hijo que se había ido de la casa, me parece que contienen el sentido central de la liturgia de hoy: la alegría. La alegría del padre, la alegría del regreso y de la fiesta, la alegría de los bienes de los cuales ya participamos mientras vamos caminando hacia la Vida. La alegría.

Todo el capítulo 15 de San Lucas, de donde está tomada la parábola de hoy, gira en torno a la alegría del retorno: a la alegría de la oveja perdida que el pastor pone contento sobre sus hombros, e invita a los demás a participar de su alegría. La alegría de la mujer aquella, que encuentra la moneda perdida y convoca a sus vecinas porque ha encontrado la monedita que había perdido. Y esto es mucho más importante porque se trata de una persona: se trata del hijo que se había alejado y ahora vuelve, se había perdido y ahora es encontrado. Hagamos la alegría: por eso, el asadito que el papá prepara para su hijo. Es la alegría y la fiesta.

O sea que la alegría del padre, primero de todo. Lo que más asoma en el Evangelio de hoy es la idea de padre. Constantemente: desde que el muchacho se va de la casa y con pretensiones todavía, le pide parte de la herencia. Pero empieza diciendo: Padre, dame la parte de la herencia. Después que ha gastado todo y que está en la miseria en un país lejano, dice el evangelista, en un país lejano, o sea lejos de la mirada y de la ternura del padre. Entonces empieza a recapacitar y dice: Cuantos jornaleros en la casa de mi padre… Entonces piensa: Yo volveré y diré: ‘Padre he pecado contra el cielo y contra ti… ’. Se pone en camino y vuelve a repetir: Padre.

Luego el padre que sale a buscarlo, que lo mira desde lejos, que corre y lo abraza conmovido, lo besa y le hace preparar las mejores cosas: vestidura nueva, anillo nuevo y el cordero mejor que tienen. Pero él siempre dentro la idea de padre: No merezco llamarme hijo tuyo, porque he pecado. Pero está la idea del Padre. En cambio, en el hijo mayor no está la idea de padre. No asoma en ningún momento la palabra “padre”, ni tampoco la de “mi hermano”. Dice: este hijo tuyo, como acusándolo al papá, pero no pronuncia la palabra padre.

A mí me parece que es fundamental la experiencia, en nuestra vida cristiana, la idea de Padre: de que Dios es Padre y nos ama, que Dios nos perdona, que Dios nos busca, que Dios nos abraza, que Dios hace fiesta cuando volvemos a Él de veras. Es lo que dice la primera lectura tomada del profeta Miqueas: Dios sepulta en el fondo del mar todas nuestras culpas. Y el Salmo responsorial, siempre girando en torno a esta expresión: el Señor es bondadoso y compasivo, trae finalmente esta imagen: cuanto se alza el cielo sobre la tierra, así de inmenso es su amor para los que le temen, para los que descubren que él es Padre. Cuanto dista el oriente del occidente, así aparta de nosotros nuestros pecados. Dios es aquel que ama. Cuando Dios se aparece a Moisés, él le dice: El Dios clemente, rico en gracia y en fidelidad. No es el Dios vengativo, es el Dios que busca el perdón del hijo. La alegría del Padre: la alegría del Padre que busca, que perdona y sepulta en el fondo del mar nuestros pecados. La alegría de reabrazar en la reconciliación al hijo que vuelve. ¡Qué serenidad y qué fuerza nos comunica en esta ya mitad casi de la Cuaresma, esta imagen de Dios que es Padre, que nos busca, que nos perdona, que nos abraza, que nos hace fiesta, que nos prepara el banquete!

Y es la alegría de la esperanza: la alegría de que ya estamos participando en esta vida, –mediante los sacramentos– de los bienes futuros. Es lo que decía la Oración que hemos recitado: por medio de los sacramentos, nosotros participamos ya de los bienes de la gloria. Pedimos que en este camino el Señor nos siga apoyando, iluminando, guiando, hasta llegar a la luz donde Tú habitas. Esa luz que ya tenemos, de la cual participamos, esa luz que somos ya en esta vida: Ustedes son luz del mundo. Esa luz que nos ha sido comunicada por el bautismo, el primero de los sacramentos. Esa luz que se hace cada vez más fuerza de testimonio en la confirmación; que se hace más opción de caridad mediante la Eucaristía. Esa luz que nos lleva por los sacramentos hacia la Ciudad donde ya no habrá sacramentos, porque todo será visión, todo será gozo, todo será encuentro. Los signos desaparecen porque la realidad está presente.

Es interesante como en esta alegría del padre –la alegría del retorno al padre, la alegría del reencuentro con el padre– es interesante como en todo esto no aparece la madre, (hoy es sábado y tenemos que hacerla aparecer a nuestra Madre…). No aparece la madre, si no tal vez el muchachito no se hubiese ido de la casa, y el otro muchacho mayor hubiese tenido un poco más de ternura con el papá –porque no quiso hacerle caso y no quiso entrar– y con ese hijo tuyo, con el hermano. Pero en esta ausencia de la madre está significado cómo en la Nueva Ley el Señor nos ha querido dejar desde la cruz a esa Madre, para que en nuestro camino de retorno al Padre encontremos más luz, más serenidad, más fortaleza, más facilidad para no equivocarnos el camino. Que María nos siga acompañando en este camino de la Cuaresma.

 

Que el Señor nos conceda vivir con mucha profundidad, con mucha serenidad interior, la alegría: esta alegría del Padre, la alegría del reencuentro y vuelta a la casa del Padre, la alegría de la esperanza. Vamos caminando –por los sacramentos de esta vida– hacia la Ciudad que no tiene sacramentos, porque Él es la Luz. Que nos conceda caminar con María, causa de nuestra alegría.

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