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ASUNCIÓN DE LA VIRGEN

Se celebra el 15 de agosto

MARIA CAUSA NOSTRA LAETITIAE

Toda fiesta nuestra es manantial de consuelo para nosotros cristianos, para nosotros mediocres, para nosotros pecadores, para nosotros peregrinos, para nosotros mortales. Toda fiesta cristiana es una afirmación de optimismo, es un triunfo de la verdad, de la virtud y de la salvación; es una irradiación de ejemplos tonificantes, de esperanzas reconfortantes. Las fiestas de la Virgen son todas manantiales desbordantes de alegría y consuelos incomparables. La exaltación de nuestra pobre humanidad a la altura y belleza de los privilegios de la Virgen es una alegría única para nuestro mundo, sujeto al pecado, a la corrupción, a la desesperación, a la maldición. Llueve sobre el mundo, y especialmente sobre las almas fieles, en cada fiesta de Nuestra Señora un torrente de alegría, que solo se conoce en la Iglesia Católica. No en vano se celebra a María como «Causa nostrae laetitiae». En ella se cumplen las promesas de nuestra salvación; en ella se refleja la belleza primigenia con la que Dios había concebido a la humanidad; en ella renace el coloquio de los ángeles con el hombre inocente; en ella refulge una integridad virginal que el mundo admira y no tiene; en ella el soberano misterio de la Encarnación se cumple para la gloria de Dios y la paz de la tierra; en ella el silencio profundo del alma perfecta, abierta al infinito, se hace amor, se hace palabra, se hace vida, se hace carne, se hace Cristo; en ella cada piedad, cada bondad, cada soberanía, cada poesía es mujer viviente, Beatrice ideal y real; en ella el dolor alcanza acerbidad exquisita, que ningún corazón de madre ha experimentado igualmente; en ella la fe, la fortaleza, la bondad, la humildad, la gracia sin fin, en su más estupenda y misteriosa realidad, tienen expresiones sobrehumanas; en ella, como en una lámpara viva, el espíritu resplandece e irradia a Cristo Jesús.

El mundo, nuestro mundo dramático de bien y de mal es iluminado con esta lámpara, y mientras su cándida luz esté suspendida sobre su sombrío paisaje, siempre será un mundo digno de ser amado, porque es un mundo en el que arden la belleza, la alegría y la esperanza. Ésta es la razón del culto, tan extendido y tan celebrado, de la Santísima Virgen.

Pues bien, la proclamación de la victoria completa y definitiva de la vida en María, es decir, de su Asunción al cielo en cuerpo y alma, quiere dar al poder consolador del culto mariano su despliegue más amplio y más fuerte.

En la Asunción termina en belleza y felicidad la larga y amorosa meditación de las generaciones creyentes, que, según la profecía de la misma Virgen, la han llamado bienaventurada; ha sido como una larga vigilia “irradiata fulguribus», llena de destellos nocturnos, que culmina en un alba radiante; ha sido una larga y apasionada canción, que en su última, dulcísima estrofa, se vuelve himno de gloria.

Y de este consuelo más fuerte y más penetrante nuestro mundo tiene verdaderamente necesidad. Es sobre este motivo, con estos hilos, que el Papa mismo ha tejido su discurso en la Plaza de San Pedro, precisamente en el momento de la proclamación del dogma, que es presentado como una verdad deslumbrante «a las muchas almas inquietas y angustiadas […] que ya no creen en la bondad de la vida”.

Porque este mundo, que no quiere reconocer que necesita ser salvado, está en las más claras expresiones de su conciencia, loco de angustia y desesperación. Este mundo neopagano, que ha limpiado, adornado, desinfectado todo, está corrompido hasta la raíz de sus principios, sus sentimientos, sus costumbres. Este mundo, que ha exaltado al hombre y su vida presente, hasta convertirlo en el punto más alto de sus ideales y de sus esfuerzos, es un mundo muchas veces desdichado, sin amor y sin paz, sin vergüenza y sin escrúpulos, sin verdadera alegría, porque no tiene el consuelo de la verdadera esperanza y la gracia divina.

Por eso a este mundo que se precipita hacia lo absurdo, hacia la desesperación, hacia la ruina, la Iglesia presenta a María, iluminada con todo su esplendor celestial. A mayor tiniebla, mayor luz. A más desoladora desesperación, más embriagador consuelo. Es un contraste, es un drama espiritual.

Oh, intentemos nosotros, afortunados hijos de la Iglesia Católica, intentemos saber participar en él, dejando que el inefable consuelo de Aquella que ha alcanzado la cima más alta de nuestra extenuante escala, nos invada de alegría, de vigor, de esperanza, para poder algún día nosotros mismos alcanzar su misma bienaventuranza.

DIEZ AÑOS DESPUÉS: SIGNIFICADO Y BENEFICIOS DE LA DEFINICIÓN DEL DOGMA DE LA ASUNCIÓN
Discurso del Cardenal Juan Bautista Montini, Catedral de Milán, 15 de agosto de 1960

Homilía del Cardenal Joseph Ratzinger:

 

Cada vez que celebramos la festividad de la Asunción, se nos presenta ante los ojos la grandiosa señal de la que nos habla la primera lectura de este día: una mujer revestida por el sol, o sea, inmersa en la luz de Dios, que la inhabita porque Ella habita en Él. Hombre y Dios se compenetran y se intercomunican. Los cielos y la tierra se han fundido. Por debajo de los pies, la luna, como signo de lo efímero y mortal ha sido superado, y que la transitoriedad de las cosas ha sido convertida en existencia perdurable. Y la constelación que la corona significa salvación, pues esas doce estrellas representan la familia nueva de Dios, anticipada por los doce hijos de Jacob y los doce apóstoles de Jesucristo.

En esta fiesta pletórica de esperanza y de alegría comprendemos que Jesucristo no ha querido estar solo a la derecha del Padre, y que con ella se clausura propiamente la nueva Pascua. Jesucristo, grano de trigo muerto, no se va solo para encontrarse a solas con el Padre, abandonando a su suerte nuestra tierra, nuestra propia recepción para que Dios y nuestro mundo se vayan compenetrando, y aparezca una tierra nueva. Por tanto, la enseñanza que se nos da en este día es la siguiente que el Señor no está solo; que el nacimiento de la tierra nueva, lejos de situarse en el futuro, ha comenzado ya, y que es un germen para cualquiera de los hombres desde el momento en que se da complemente a Dios.

Con esa alegoría bíblica de la mujer, el sol y las estrellas, y con el sencillo lenguaje de nuestro año litúrgico, se nos indica la Asunción del cuerpo de María en los cielos. Tres conceptos capitales se mencionan: María, cielo y cuerpo. María es el ser humano que se nos ha adelantado plenamente, y que por ello es para nosotros un foco de esperanza. Los intentos que se han hecho, en los últimos 200 años, para crear un hombre nuevo, y con él establecer una tierra nueva, nos han llevado a consecuencias catastróficas. Nosotros somos incapaces de hacer eso: pero Dios sí lo puede, lo hace, y nos enseña la manera de prepararnos para el encuentro con Él.

Consideramos en su interrelación los otros dos conceptos que la Iglesia nos presenta en su Liturgia. Cielo y cuerpo, o, dicho exactamente, cielo y tierra. Mencionar el primero parece en la actualidad una antigualla. ¿Quién se atreve a nombrarlo en estos tiempos? La nuestra es una época en la que resuena la voz de Nietzche: hermanos, permaneced fieles a la tierra. Nos invita a que, apartando por completo del cielo nuestros ojos, disfrutemos plenamente de la tierra, y no esperemos otra cosa que lo que ella pueda darnos. Lo mismo Berthold Brecht: Dejemos el cielo para los pájaros. Y, por su parte, Albert Camus, dando la vuelta a las palabras de Jesús cuando decía: Mi Reino no es de este mundo (Jn 18,36), nos propone como designio: Mi reino es de este mundo. Tal ha sido el objetivo de toda una centuria. Mi reino es de este mundo: en esto a resumido sus aspiraciones nuestro siglo, y en esto continuamos resumiéndolas nosotros. Pero ¿qué significa exactamente que nuestro reino es de este mundo?

Significa que pretendemos obtener del tiempo lo que sólo la eternidad nos puede dar. Nos esforzamos por sacar eternidades de lo que sólo es temporal; y, como es lógico, nos quedamos siempre cortos, y corremos sin descanso en pos del tiempo perdido. Cuando el tiempo es lo único que cuenta, el resultado no puede ser otro que impotencia, pérdida y falta de tiempo. Llega un día en que el tiempo mismo se nos va, mientras pensábamos que en él encontraríamos la eternidad.

Y algo parecido nos ocurre con la tierra, con este mundo nuestro que vemos convertido en escenario de destrucciones. Si queremos arrancar todo de ella, se nos queda muy escasa, y acabamos destruyéndola. De aquí vienen inevitablemente aversiones entre nosotros, hacia nosotros mismos y hacia Dios, rivalidades y violencias. Frente a esto, bien valdría la pena que nos diésemos cuenta del mensaje que quiere transmitirnos esa imagen de la mujer que está vestida por el sol: que dirijamos nuestros ojos hacia el cielo, con la seguridad de que también nuestra tierra saldrá regenerada. Volver nuestra mirada hacia el cielo significa dejar que nuestras almas se abran a Dios para que tome posesión de nuestras vidas.

Al comenzar la Edad Moderna dijo alguien que deberíamos vivir como si Dios no existiera. Esto ha ocurrido, y a la vista tenemos las consecuencias. Nuestra regla debe ser exactamente la contraria: vivir en todo instante dando como supuesto que Él existe, y conforme a lo que Él es, porque por fuerza es lo que es. Este vivir significa dar oído a su Palabra y a su Voluntad, sintiéndonos mirados por sus ojos. De este modo, sentiremos que pesa más nuestra responsabilidad; pero, en compensación, se hará más fácil y más humana nuestra vida. Más fácil, porque nuestros errores, fracasos, privaciones y pérdidas jamás nos parecerán definitivos y fatales, sabiendo como sabemos que detrás de todo ello existe siempre un sentido, y que nada está perdido para siempre. Desde esta perspectiva, nos aparece en primer plano el lado bueno de las cosas. Ciertamente, con mirar hacia el cielo no impedimos que lo ingrato siga siéndolo; pero su peso habrá menguado, porque todo será para nosotros penúltimo. No nos rebelaremos cuando las cosas no resulten como quisiéramos, o se frustren nuestros propósitos: porque sabemos que, en el fondo, hay algo bueno en ello, toda vez que Dios es bueno.

Así, cuando perdamos a un ser querido, pensaremos que no se ha ido definitivamente, y que algún día volveremos a vernos. Es más: incluso deberíamos alegrarnos con la idea de un perfecto reencuentro. Si se ha ido de nuestro lado, nuestra separación provisional se cambiará en su momento por una compañía donde el gozo será completo y puro, sin que lo empañen las fatigas y tribulaciones de la vida presente. Y, por lo que se refiere a nuestras obras en general, procederemos pensando que su peso es oro eterno: porque Dios está mirándonos y nos guía; y porque Él es el origen de la justicia, y nos trata justamente.

Con todo ello, se incrementa nuestro sentido de responsabilidad hacia nosotros, nuestros prójimos y la tierra en la que vivimos. Nos sentimos en libertad y sin temor ante el futuro. Nuestra vida mejora en calidad y en amplitud, y se dirige hacia delante combinando el sosiego con la firme decisión de progresar por el camino verdadero: el de la justicia y el amor de Dios.

Y hablemos ahora en concreto de las cosas corporales. Hoy se piensa que la creación de la materia nada tiene que ver con Dios: ella es como es, regida por sus leyes, y basta. Según esta mentalidad, el cristianismo se reduce a pura idea, vacía de realidad. Pero, pensando bien las cosas, advertimos que semejante posición es incoherente. Sabemos perfectamente que la salud y la enfermedad no se reducen a fenómenos biológicos y psicológicos; que el cuerpo y el alma se intercomunican y se condicionan e informan mutuamente; que el alma es una fuerza constitutiva de nuestra vida corporal. Por otra parte, sabemos que la vida y el mundo son modificados por el odio y por el amor, y, sobre todo, que tanto el cuerpo como el alma resultan afectados de modos diferentes si expulsamos a Dios, o si, por el contrario, le acogemos.

En la Virgen María tenemos el mejor paradigma de lo segundo, por cuanto ella, no solo rindió a Dios adoración mediante pensamientos, sino que le ofreció su cuerpo entero para que, a su vez Dios tomase cuerpo. Para nosotros, por tanto, ser cristianos incluso con el cuerpo significa comportarnos como tales amando a la Creación y al Creador. En tal sentido, debemos hacernos cargo de que jamás preservaremos la Creación si pretendemos desconocer al Creador, de que continuaremos maltratando la tierra a menos que la usemos y custodiemos viviendo en armonía con Él, que nos la ha dado. Tenemos el deber de procurar que nuestra vida de cristianos esté caracterizada por el respeto hacia nuestros cuerpos y los ajenos, y hacia esta tierra nuestra, que es don de Dios. Si materializamos de este modo nuestro ser de cristianos, podremos contemplar como la luz eterna de Dios renueva y ennoblece nuestros cuerpos y nuestra tierra.

Y ahora, un último punto. Desde antiguo, la fiesta de la Asunción ha sido acompañada por la costumbre de bendecir las plantas. Está fundada en la creencia popular de que, cuando se abrió el sepulcro de María, su interior exhaló efluvios aromáticos de plantas y de flores. Apoyémonos en ello para decir que, cuando el hombre hace su vida con Dios y para Dios, también de nuestra tierra brotan flores, y se desprenden perfumes y cantares. Y lo contrario: que la inmundicia de las almas contamina nuestra tierra y la destroza, según estamos viendo. De aquí que, para nosotros, esas plantas constituyan un símbolo del misterio de María, una señal de la consonancia entre los cielos y la tierra. Ellas nos dicen que, si la tierra ha de florecer, será cuando y donde admitamos a Dios en ella volviéndonos nosotros hacia Él. Con este espíritu, las llevaremos a nuestras casas como signo de que esperamos una tierra nueva; como signo de que nuestro Dios, que ha de crear unos cielos nuevos y una tierra nueva, los hace ya florecer en cualquier parte donde los hombres aciertan a vivir en armonía con su amor.

 

 

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