7º Domingo del Tiempo durante el año, ciclo A

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¿No saben que son templo de Dios
y que el Espíritu de Dios habita en ustedes?

El templo de Dios es sagrado.

Ustedes son ese templo.

1 Co 3,16-17

 

Oración Colecta: Concédenos, Dios todopoderoso, que, meditando sin cesar las realidades espirituales, llevemos a la práctica en palabras y obras cuanto es de tu agrado. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

 

Del libro del Levítico 19, 1-2. 17-18

El Señor dijo a Moisés: Habla en estos términos a toda la comunidad de Israel: Ustedes serán santos, porque Yo, el Señor su Dios, soy santo. No odiarás a tu hermano en tu corazón; deberás reprenderlo convenientemente, para no cargar con un pecado a causa de él. No serás vengativo con tus compatriotas ni les guardarás rencor. Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor.

 

Salmo responsorial: Sal 102,1-4.8.10.12-13

R/ El Señor es bondadoso y compasivo.

 

Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor y no olvides sus beneficios. R/

Él perdona todas tus culpas, y cura todas tus enfermedades; él rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura. R/

El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia. No nos trata como merecen nuestros pecados, ni nos paga según nuestras culpas. R/

Como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestros delitos; como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles. R/

 

De la 1ª carta a los Corintios 3, 16-23

Hermanos: ¿No saben que ustedes son templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él. Porque el templo de Dios es sagrado, y ustedes son ese templo. ¡Que nadie se engañe! Si alguno de ustedes se tiene por sabio en este mundo, que se haga insensato para ser realmente sabio. Porque la sabiduría de este mundo es locura delante de Dios. En efecto, dice la Escritura: “Él sorprende a los sabios en su propia astucia”, y además: “El Señor conoce los razonamientos de los sabios y sabe que son vanos”. En consecuencia, que nadie se gloríe en los hombres, porque todo les pertenece a ustedes: Pablo, Apolo o Cefas, el mundo, la vida, la muerte, el presente o el futuro. Todo es de ustedes, pero ustedes son de Cristo y Cristo es de Dios.

 

La Iglesia templo: aquí se nos presenta la Iglesia como “alianza”, es decir, como misterio de indisoluble amor entre Dios y los hombres. Aparentemente, la imagen puede parecernos externa y fría. Sin embargo, se trata de “piedras vivas” que se acercan a Cristo, “piedra viva” para la construcción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo (1 Pe 2,4–5). Somos hombres nacidos de Dios, consagrados por su Espíritu y enviados por Cristo para ser en el mundo —en este mundo concreto de hoy— “linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido, para anunciar las alabanzas de aquel que nos ha llamado de las tinieblas a su admirable luz” (1 Pe 2,9).

Para ello tiene que ser la Iglesia un templo misteriosamente habitado y animado por el Espíritu Santo (1 Cor 3,16–17). El Espíritu Santo habita en el alma de todo creyente (Jn 14,23), pero habita sobre todo en la entera comunidad cristiana que llamamos “Iglesia” : “¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?” (1 Cor 3,16). Solamente así podemos pensar en la Iglesia como “la morada de Dios entre los hombres” (Ap 21,3).

Hay todavía un aspecto de esta Iglesia–templo que conviene subrayar en este momento: y es que está edificada “sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, siendo la piedra angular Cristo mismo”. Sólo así —fundados sobre los apóstoles y animados por el Espíritu Santo— seremos verdadera “morada de Dios en el Espíritu” (Ef 2,20–22). El templo es el lugar de la presencia del Señor, del encuentro y la comunión. Se nos muestra así la Iglesia como verdadera alianza de amor.

CARDENAL PIRONIO

 

Evangelio de san Mateo 5, 38-48

Jesús dijo a sus discípulos: Ustedes han oído que se dijo: “Ojo por ojo y diente por diente”. Pero Yo les digo que no hagan frente al que les hace mal: al contrario, si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, preséntale también la otra. Al que quiere hacerte un juicio para quitarte la túnica, déjale también el manto; y si te exige que lo acompañes un kilómetro, camina dos con él. Da al que te pide, y no le vuelvas la espalda al que quiere pedirte algo prestado. Ustedes han oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo” y odiarás a tu enemigo. Pero Yo les digo: Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores; así serán hijos del Padre que está en el cielo, porque Él hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos. Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen lo mismo los publicanos? Y si saludan solamente a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo los paganos? Por lo tanto, sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo.

 

 

La Iglesia como templo de la Trinidad

San Pablo se refiere a la entera comunidad de los cristianos —no sólo a cada uno de ellos como personas— cuando escribe: «¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios es sagrado, y vosotros sois ese templo» (1 Cor 3,16–17). Es evidente que aquí San Pablo nos habla de la Iglesia de Dios que se construye en Corinto como templo sagrado del Espíritu, y que ha comenzado por la semilla de la predicación plantada por el Apóstol, regada por Apolo y hecha crecer por Dios mismo. Pablo dice que este templo es sagrado y puede ser destruido. ¿Cómo? O por las divisiones internas de la comunidad cristiana, o porque los discípulos no se apoyan suficientemente sobre el único fundamento que es Jesucristo, o porque los «servidores» y «cooperadores de Dios» no construyen con materiales sólidos y preciosos sobre la única piedra angular que es Jesucristo.

Se habla aquí de la eficacia y unidad, de la fecundidad y comunión, del servicio o ministerio apostólico. A ellos les toca —a nosotros, ahora, como sucesores— labrar «el campo de Dios», construir «el edificio de Dios» (1 Cor 3,5–18). Toca a nosotros formar y presidir la comunidad cristiana como templo de la Trinidad, inhabitado por el Espíritu, construido sobre la roca que es Cristo, dedicado a la gloria del Padre.

Es el sentido también de las hermosas palabras de San Pedro a todos los que «han sido elegidos según la previsión de Dios Padre y han sido santificados por el Espíritu Santo para obedecer a Jesucristo y ser consagrados por la aspersión de su sangre» (1 Pe 1,1–2), es decir, a todos los que han sido «convocados» para formar la Iglesia como comunidad de fe, de esperanza y de amor. Les dice el Apóstol: «Acercándoos a él, piedra viva, rechazada por los hombres, pero elegida y preciosa a los ojos de Dios, también vosotros, cual piedras vivas, dejaos edificar como una casa espiritual, para ejercer un sacerdocio santo y ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios por Jesucristo» (1 Pe 2,4–5).

Como Iglesia, «nosotros somos el templo del Dios viviente, como lo dijo el mismo Dios: “Yo habitaré y caminaré en medio de ellos; seré su Dios y ellos será mi pueblo”» (2 Cor 6,16).

En otras partes, San Pablo no se referirá directamente a la comunidad, sino a los que personalmente la componen: «¿No sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios?» (1 Cor 6,19). Por consiguiente, concluye el Apóstol, nuestros cuerpos no nos pertenecen y tienen que glorificar a Dios por la pureza. Hay un texto que relaciona la inhabitación del Espíritu Santo en nosotros con la glorificación definitiva: «Si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús habita en vosotros, el que resucitó a Cristo Jesús también dará vida a vuestros cuerpos mortales por medio del mismo Espíritu que habita en vosotros» (Rom 8,11).

Podemos sintetizar en estos puntos la magnífica y profunda doctrina de la Iglesia como templo de la Trinidad: es toda la comunidad cristiana, inhabitada por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo mediante la gracia, la fe, la caridad. Pero esta inhabitación de la Trinidad alcanza a la totalidad del misterio de la Iglesia; por consiguiente, a su naturaleza íntima y a toda su estructura visible, sacramental, institucional. No hay dos Iglesias: una inhabitada por el Espíritu y otra gobernada por los hombres. Sólo existe la única Esposa de Cristo, que prolonga misteriosamente su encarnación redentora; toda ella —en su estructura visible y limitada y en su misteriosa realidad interior— es templo de la Trinidad. Quien la toca o la niega en cualquiera de sus inseparables aspectos, destruye el templo sagrado de Dios. En definitiva, se destruye a sí mismo.

La fidelidad esencial de la Iglesia a la Palabra de Dios la abre al «amor fontal» del Padre y hace posible la inhabitación de la Trinidad en nosotros y en la comunidad cristiana. «El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; vendremos a él y habitaremos en él» (Jn 14,23). ¡Qué cercano e íntimo se hace Dios a los hombres! Pero todo depende de nuestra sencilla y cotidiana fidelidad al amor.

El ministerio apostólico construye el templo de Dios en el Espíritu. Para ello es necesario que los «servidores» —sacerdotes y obispos— «presidan» en el amor y vivan generosamente «en la sinceridad del amor». Lo cual supone morir a sí mismo y vivir exclusivamente para Dios en el servicio evangélico a los hermanos. Quien piensa en sí o vive para sí, no construye en la comunión el templo de la Trinidad. Nos hace falta olvidarnos —morir a nosotros mismos— para contemplar a Dios en los otros, para salvar a los otros en Dios. «Investidos misericordiosamente del ministerio apostólico, no nos desanimamos y nunca hemos callado nada por vergüenza, ni hemos procedido con astucia o falsificando la Palabra de Dios» (2 Cor 4,1–2). Dios nos constituyó sus «colaboradores» (1 Cor 3,9) para levantar en la Iglesia el templo de la Trinidad, siendo los «servidores» de todos por amor de Jesús (2 Cor 4,5). Somos los ministros del Señor en la Alianza Nueva del Espíritu. «El que vive en Cristo es una nueva criatura; lo antiguo ha desaparecido, un ser nuevo se ha hecho presente» (2 Cor 5,17).

La vida nueva en el Espíritu hace que el Espíritu de Dios habite en nosotros (Rom 8,9–11), que Cristo viva en nosotros (Rom 8,10; Gál 2,20) y habite en nuestros corazones por la fe (Ef 2,17), que el Padre nos resucite en Cristo por el Espíritu (Rom 8,11). Renacidos a una vida nueva «por el agua y el Espíritu» (Jn 3,5), habita en nuestro interior «el Espíritu de hijos adoptivos, que nos hace llamar a Dios “Abbá”, es decir, “Padre” (Rom 8,15; Gál 4,6), haciéndonos herederos de Dios y coherederos con Cristo».

En el interior de una iglesia, templo de la Trinidad, cada uno de sus miembros saluda a sus hermanos con este simple y significativo augurio trinitario: «La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo permanezcan con todos vosotros» (2 Cor 13,13).

Volvemos, como siempre, nuestros ojos a María. La vemos más hermosa que nunca: la más perfecta obra de la Trinidad después de la humanidad de Cristo. Y la sentimos más cerca que nunca: vive en nosotros adorando en silencio a la Trinidad. Dios puso en ella sus delicias, la construyó templo vivo de su Hijo, la desposó misteriosamente con el Espíritu. No hubo criatura igual —llena de gracia, de fe y de amor— donde la Trinidad santísima pusiera más digna su mirada. Habitó plenamente en ella y la preparó para la visión consumada de la Trinidad. En María, sobre todo, es válido pensar que la Trinidad santísima está en su comienzo y en su término. Templo privilegiado de la Trinidad. María es, por eso, «imagen y principio de la Iglesia».

El Padre la hace objeto de «predilección» en el amor: «Alégrate, la llena de gracia; el Señor está contigo» (Lc 1,28). El Espíritu Santo «la cubre con su sombra». Por eso, lo «santo» que de ella nace se «llamará Hijo de Dios» (Lc 1,35). Ésta es su prerrogativa y dignidad: «ser la Madre de Dios Hijo, y, por tanto, la hija predilecta del Padre y el sagrario del Espíritu Santo» (LG 53).

En el silencio contemplativo y servicial de María adoramos la Trinidad y comunicamos al mundo su fruto de salvación, de alegría y de paz.

 CARDENAL PIRONIO

 

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