IV Domingo del Tiempo durante el año, ciclo B

«QUEDABAN ASOMBRADOS DE SU DOCTRINA, PORQUE LES ENSEÑABA COMO QUIEN TIENE AUTORIDAD,
Y NO COMO LOS ESCRIBAS» (MC 1, 22).

Jesús era Maestro de la verdad que es Dios.

De esta verdad dio Él testimonio hasta el final,

con la autoridad que provenía de lo alto:

podemos decir, con la autoridad de uno que es «rey»

en la esfera de la verdad.

SAN JUAN PABLO II

 

Oración Colecta: Señor y Dios nuestro, concédenos honrarte con todo el corazón y amar a todos con amor verdadero. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos.

 

Del libro del Deuteronomio 18, 15-20

Moisés dijo al pueblo: El Señor, tu Dios, te suscitará un profeta como yo; lo hará surgir de entre ustedes, de entre tus hermanos, y es a Él a quien escucharán. Esto es precisamente lo que pediste al Señor, tu Dios, en el Horeb, el día de la asamblea, cuando dijiste: “No quiero seguir escuchando la voz del Señor, mi Dios, ni miraré más este gran fuego, porque de lo contrario moriré”. Entonces el Señor me dijo: “Lo que acaban de decir está muy bien. Por eso, suscitaré entre sus hermanos un profeta semejante a ti, pondré mis palabras en su boca, y él dirá todo lo que Yo le ordene. Al que no escuche mis palabras, las que este profeta pronuncie en mi Nombre, Yo mismo le pediré cuenta. Y si un profeta se atreve a pronunciar en mi Nombre una palabra que Yo no le he ordenado decir, o si habla en nombre de otros dioses, ese profeta morirá”.

 

Salmo responsorial: 94,1-2.6-9

R/ Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor.

 

Venid, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva; entremos en su presencia dándole gracias, vitoreándolo al son de instrumentos. R/

Entrad, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, creador nuestro. Porque él es nuestro Dios y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía. R/

Ojalá escuchéis hoy su voz: “No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto: cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque había visto mis obras”. R/

LEVANTÉMONOS, PUES, DE UNA VEZ, YA QUE LA ESCRITURA NOS EXHORTA Y NOS DICE: «YA ES HORA DE LEVANTARNOS DEL SUEÑO». ABRAMOS LOS OJOS A LA LUZ DIVINA, Y OIGAMOS CON OÍDO ATENTO LO QUE DIARIAMENTE NOS AMONESTA LA VOZ DE DIOS QUE CLAMA DICIENDO: «SI OYEREN HOY SU VOZ, NO ENDUREZCAN SUS CORAZONES». Y OTRA VEZ: «EL QUE TENGA OÍDOS PARA OÍR, ESCUCHE LO QUE EL ESPÍRITU DICE A LAS IGLESIAS». ¿Y QUÉ DICE? «VENGAN, HIJOS, ESCÚCHENME, YO LES ENSEÑARÉ EL TEMOR DEL SEÑOR». «CORRAN MIENTRAS TIENEN LA LUZ DE LA VIDA, PARA QUE NO LOS SORPRENDAN LAS TINIEBLAS DE LA MUERTE».
(Regla de san Benito – Prólogo)

 

De la 1a carta a los Corintios 7,32-35

Hermanos: Yo quiero que ustedes vivan sin inquietudes. El que no tiene mujer se preocupa de las cosas del Señor, buscando cómo agradar al Señor. En cambio, el que tiene mujer se preocupa de las cosas de este mundo, buscando cómo agradar a su mujer, y así su corazón está dividido. También la mujer soltera, lo mismo que la virgen, se preocupa de las cosas del Señor, tratando de ser santa en el cuerpo y en el espíritu. La mujer casada, en cambio, se preocupa de las cosas de este mundo, buscando cómo agradar a su marido. Les he dicho estas cosas para el bien de ustedes, no para ponerles un obstáculo, sino para que ustedes hagan lo que es más conveniente y se entreguen totalmente al Señor.

 

Evangelio según san Marcos 1, 21-28

Jesús entró en Cafarnaúm, y cuando llegó el sábado, fue a la sinagoga y comenzó a enseñar. Todos estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas. Y había en la sinagoga de ellos un hombre poseído de un espíritu impuro, que comenzó a gritar; “¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido para acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios”. Pero Jesús lo increpó, diciendo: “Cállate y sal de este hombre”. El espíritu impuro lo sacudió violentamente, y dando un alarido, salió de ese hombre. Todos quedaron asombrados y se preguntaban unos a otros: “¿Qué es esto? ¡Enseña de una manera nueva, llena de autoridad; da órdenes a los espíritus impuros, y éstos le obedecen!” Y su fama se extendió rápidamente por todas partes, en toda la región de Galilea.

 

Homilía de San Juan Pablo II

 

Hablando de la predicación de Jesús, incluso sus opositores expresaban, a su modo, su significado fundamental, cuando le decían: «Maestro, sabemos que eres veraz…. que enseñas con franqueza el camino de Dios» (Mc 12, 14). Jesús era, pues, el Maestro en el «camino de Dios»: expresión de hondas raíces bíblicas y extra-bíblicas para designar una doctrina religiosa y salvífica. En lo que se refiere a los oyentes de Jesús, sabemos, por el testimonio de los Evangelistas, que éstos estaban impresionados por otro aspecto de su predicación: «Quedaban asombrados de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas» (Mc 1, 22). «…Hablaba con autoridad» (Lc 4, 32).

Esta competencia y autoridad estaban constituidas, sobre todo, por la fuerza de la verdad contenida en la predicación de Cristo. Los oyentes, los discípulos, lo llamaban «Maestro», no tanto en el sentido de que conociese la Ley y los Profetas y los comentase con agudeza, como hacían los escribas. El motivo era mucho más profundo: Él «hablaba con autoridad», y ésta era la autoridad de la verdad, cuya fuente es el mismo Dios. El propio Jesús decía: «Mi doctrina no es mía, sino del que me ha enviado» (Jn 7, 16).

En este sentido —que incluye la referencia a Dios—, Jesús era Maestro. «Vosotros me llamáis ‘el Maestro’ y ‘el Señor’, y decís bien, porque lo soy» (Jn 13, 13). Era Maestro de la verdad que es Dios. De esta verdad dio Él testimonio hasta el final, con la autoridad que provenía de lo alto: podemos decir, con la autoridad de uno que es «rey» en la esfera de la verdad.

(…) Jesús tiene una conciencia clara de esta misión, sostenida por el poder de la verdad que brota de su misma fuente divina. Hay una estrecha relación entre la respuesta a Pilato: «He venido al mundo para dar testimonio de la verdad» (Jn 18, 37), y su declaración delante de sus oyentes: «Mi doctrina no es mía, sino del que me ha enviado» (Jn 7, 16). El hilo conductor y unificador de ésta y otras afirmaciones de Jesús sobre la «autoridad de la verdad» con que Él enseña, está en la conciencia que tiene de la misión recibida de lo alto.

Jesús tiene conciencia de que, en su doctrina, se manifiesta a los hombres la Sabiduría eterna. Por esto reprende a los que la rechazan, no dudando en evocar a la «reina del Sur» (reina de Sabá), que vino… «para oír la sabiduría de Salomón», y afirmando inmediatamente: «Y aquí hay algo más que Salomón» (Mt 12, 42).

Sabe también, y lo proclama abiertamente, que las palabras que proceden de esa Sabiduría divina «no pasarán»: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán» (Mc 13, 31). En efecto, éstas contienen la fuerza de la verdad, que es indestructible y eterna. Son, pues, «palabras de vida eterna», como confesó el Apóstol Pedro en un momento crítico, cuando muchos de los que se habían reunido para oír a Jesús empezaron a marcharse, porque no lograban entender y no querían aceptar aquellas palabras que preanunciaban el misterio de la Eucaristía (cf. Jn 6, 66).

 

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