V Domingo del Tiempo durante el año, ciclo B

Jesús, muy temprano se retira para orar; los discípulos lo buscan y le dicen: “Todos te buscan”. Y el Señor responde: “Vayamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para que también allí predique; pues para eso he salido” (Mc 1,37-38). El Señor quiere mostrar esta dimensión misionera porque Jesús es el Misionero del Padre. Si Jesús es el Buen Pastor y vive esta dimensión misionera, yo tengo que preguntarme si siento en mi interior esta inquietud misionera; inquietud misionera que realizo allí donde estoy en obediencia a mis superiores, allí donde el Padre me ha puesto: “Como el Padre me envió, también yo los envío” (Jn 20,21). No pensemos que la dimensión misionera exige necesariamente partir, ir a otra parte o presentar nuestra inquietud para ir a otro país. Vivimos la dimensión misionera desde el silencio, la cruz y la soledad donde el Señor adorablemente nos ha puesto. Vivimos la dimensión misionera desde la enfermedad donde somos crucificados. ¡Qué hermoso es ser misionero desde allí! Esta dimensión misionera hace que todo el pueblo se reúna en torno a Cristo, el Señor, en la unidad del Espíritu: “Habrá un solo rebaño, un solo pastor” (Jn 10,16).

CARDENAL EDUARDO F. PIRONIO

 

Oración Colecta: Dios nuestro, cuida a tu familia con incansable bondad, y, ya que sólo en ti ha puesto su esperanza, defiéndela siempre con tu protección. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

 

Del libro de Job 7,1-4.6-7

Job habló diciendo: ¿No es una servidumbre la vida del hombre sobre la tierra? ¿No son sus jornadas las de un asalariado? Como un esclavo que suspira por la sombra, como un asalariado que espera su jornal, así me han tocado en herencia meses vacíos, me han sido asignadas noches de dolor. Al acostarme, pienso: “¿Cuándo me levantaré?” Pero la noche se hace muy larga y soy presa de la inquietud hasta la aurora. Mis días corrieron más veloces que una lanzadera: al terminarse el hilo, llegaron a su fin. Recuerda que mi vida es un soplo y que mis ojos no verán más la felicidad.

 

Salmo responsorial: 146,1-6

R/ Alabad al Señor, que sana a los que están afligidos.

Alabad al Señor, que la música es buena; nuestro Dios merece una alabanza armoniosa. El Señor reconstruye Jerusalén, reúne a los deportados de Israel. R/

Él sana los corazones destrozados, venda sus heridas. Cuenta el número de las estrellas, a cada una la llama por su nombre. R/

Nuestro Señor es grande y poderoso, su sabiduría no tiene medida. El Señor sostiene a los humildes, humilla hasta el polvo a los malvados. R/

 

De la 1a carta a los Corintios 9,16-19.22-23

Hermanos: Si anuncio el Evangelio, no lo hago para gloriarme: al contrario, es para mí una necesidad imperiosa. ¡Ay de mí si no predicara el Evangelio! Si yo realizara esta tarea por iniciativa propia, merecería ser recompensado, pero si lo hago por necesidad, quiere decir que se me ha confiado una misión. ¿Cuál es, entonces, mi recompensa? Predicar gratuitamente el Evangelio, renunciando al derecho que esa Buena Noticia me confiere. En efecto, siendo libre, me hice esclavo de todos, para ganar al mayor número posible. Y me hice débil con los débiles, para ganar a los débiles. Me hice todo para todos, para ganar por lo menos a algunos, a cualquier precio. Y todo esto, por amor a la Buena Noticia, a fin de poder participar de sus bienes.

 

Evangelio según san Marcos 1,29-39

Jesús fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron de inmediato. Él se acercó, la tomó de la mano y la hizo levantar. Entonces ella no tuvo más fiebre y se puso a servirlos. Al atardecer, después de ponerse el sol, le llevaron a todos los enfermos y endemoniados, y la ciudad entera se reunió delante de la puerta. Jesús sanó a muchos enfermos, que sufrían de diversos males, y expulsó a muchos demonios; pero a éstos no los dejaba hablar, porque sabían quién era Él. Por la mañana, antes que amaneciera, Jesús se levantó, salió y fue a un lugar desierto; allí estuvo orando. Simón salió a buscarlo con sus compañeros, y cuando lo encontraron, le dijeron: “Todos te andan buscando”. Él les respondió: “Vayamos a otra parte, a predicar también en las poblaciones vecinas, porque para eso he salido”. Y fue por toda la Galilea, predicando en las sinagogas de ellos y expulsando demonios.

¡Sí, “todo el mundo te busca”, Jesucristo!

Muchos te buscan directamente, llamándote por tu nombre, con la fe, la esperanza y la caridad.

Hay algunos que te buscan indirectamente: a través de los otros.

Y hay otros que te buscan sin saberlo…

Y están incluso los que te buscan, aún cuando niegan esta búsqueda.

A pesar de esto, te buscan todos, te buscan antes de nada porque tú los buscas primero; porque tú te has hecho hombre por todos en el seno de la Virgen Madre, porque tú has redimido a todos con el precio de tu cruz.

De este modo has abierto, en las sendas intrincadas e impracticables de los corazones humanos y del destino del hombre, el camino de la vida.

SAN JUAN PABLO II

“La cosa tal vez más hermosa que se pueda decir acerca de cómo se construye la Iglesia es: ‘Jesús reza’, ‘salió al monte a orar y pasó la noche orando a Dios’”. Por lo tanto, “Jesús reza y Jesús cura”, porque “salía de Él una fuerza que curaba a todos”. Precisamente “en este marco —Jesús que reza y Jesús que cura— está todo lo que se puede decir de la Iglesia: Jesús que reza por los suyos, por los fundamentos, por los discípulos, por el pueblo; y Jesús que cura, que soluciona los problemas de la gente, que da la salud del alma y del cuerpo”.

FRANCISCO

 

 

 

Homilía del Papa Benedicto XVI

 

El evangelio que acabamos de escuchar comienza con un episodio muy simpático, muy hermoso, pero también lleno de significado. El Señor va a casa de Simón Pedro y Andrés, y encuentra enferma con fiebre a la suegra de Pedro; la toma de la mano, la levanta y la mujer se cura y se pone a servir. En este episodio aparece simbólicamente toda la misión de Jesús. Jesús, viniendo del Padre, llega a la casa de la humanidad, a nuestra tierra, y encuentra una humanidad enferma, enferma de fiebre, de la fiebre de las ideologías, las idolatrías, el olvido de Dios. El Señor nos da su mano, nos levanta y nos cura. Y lo hace en todos los siglos; nos toma de la mano con su palabra, y así disipa la niebla de las ideologías, de las idolatrías. Nos toma de la mano en los sacramentos, nos cura de la fiebre de nuestras pasiones y de nuestros pecados mediante la absolución en el sacramento de la Reconciliación. Nos da la capacidad de levantarnos, de estar de pie delante de Dios y delante de los hombres. Y precisamente con este contenido de la liturgia dominical el Señor se encuentra con nosotros, nos toma de la mano, nos levanta y nos cura siempre de nuevo con el don de su palabra, con el don de sí mismo.

Pero también la segunda parte de este episodio es importante; esta mujer, recién curada, se pone a servirlos, dice el evangelio. Inmediatamente comienza a trabajar, a estar a disposición de los demás, y así se convierte en representación de tantas buenas mujeres, madres, abuelas, mujeres de diversas profesiones, que están disponibles, se levantan y sirven, y son el alma de la familia, el alma de la parroquia.

Jesús duerme en casa de Pedro, pero a primeras horas de la mañana, cuando todavía reina la oscuridad, se levanta, sale, busca un lugar desierto y se pone a orar. Aquí aparece el verdadero centro del misterio de Jesús. Jesús está en coloquio con el Padre y eleva su alma humana en comunión con la persona del Hijo, de modo que la humanidad del Hijo, unida a él, habla en el diálogo trinitario con el Padre; y así hace posible también para nosotros la verdadera oración. En la liturgia, Jesús ora con nosotros, nosotros oramos con Jesús, y así entramos en contacto real con Dios, entramos en el misterio del amor eterno de la santísima Trinidad.

Jesús habla con el Padre; esta es la fuente y el centro de todas las actividades de Jesús; vemos cómo su predicación, las curaciones, los milagros y, por último, la Pasión salen de este centro, de su ser con el Padre. Y así este evangelio nos enseña el centro de la fe y de nuestra vida, es decir, la primacía de Dios. Donde no hay Dios, tampoco se respeta al hombre. Sólo si el esplendor de Dios se refleja en el rostro del hombre, el hombre, imagen de Dios, está protegido con una dignidad que luego nadie puede violar.

Los Apóstoles dicen a Jesús:  vuelve, todos te buscan. Y él dice:  no, debo ir a las otras aldeas para anunciar a Dios y expulsar los demonios, las fuerzas del mal; para eso he venido. Jesús no vino —el texto griego dice:  “salí del Padre”— para traer las comodidades de la vida, sino para traer la condición fundamental de nuestra dignidad, para traernos el anuncio de Dios, la presencia de Dios, y para vencer así a las fuerzas del mal. Con gran claridad nos indica esta prioridad:  no he venido para curar —aunque lo hago, pero como signo—; he venido para reconciliaros con Dios. Dios es nuestro creador, Dios nos ha dado la vida, nuestra dignidad:  a él, sobre todo, debemos dirigirnos.

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