XXV Domingo del Tiempo durante el año. Ciclo B

Botón para descargar textos como wordjesus

¿QUIÉN ES GRANDE SINO QUIEN ACEPTA CON ALEGRÍA SU PROPIA PEQUEÑEZ?

Jesús, dame un corazón puro como el de un niño capaz de maravillarse, de abrirse a los demás, y de entregarse confiadamente en tus manos.

 

«Jesús amó a todos: a los que tenían la riqueza de la sabiduría, a los intelectuales, y a los que no tenían nada; a los que poseían el don de la salud y a los enfermos. Pero es cierto que Jesús tenía una predilección particular por aquellos que necesitaban algo, por los que eran verdaderamente pobres. Jesús sentía predilección por los niños, los pequeños, los humildes: –Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis, porque de los que son como estos es el Reino de Dios (Mc 10,14)–, y por aquellos que se les asemejan en la pequeñez, en la humildad, en la sencillez y en la transparencia.»

Cardenal Pironio

 

Oración Colecta: Dios nuestro, que estableciste el fundamento de la ley divina en el amor a ti y al prójimo, concédenos que, cumpliendo lo que mandas, merezcamos alcanzar la vida eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Del libro de la Sabiduría 2, 12. 17-20

Dicen los impíos: Tendamos trampas al justo, porque nos molesta y se opone a nuestra manera de obrar; nos echa en cara las transgresiones a la Ley y nos reprocha las faltas contra la enseñanza recibida. Veamos si sus palabras son verdaderas y comprobemos lo que le pasará al final. Porque si el justo es hijo de Dios, Él lo protegerá y lo librará de las manos de sus enemigos. Pongámoslo a prueba con ultrajes y tormentos, para conocer su temple y probar su paciencia. Condenémoslo a una muerte infame, ya que él asegura que Dios lo visitará.

Salmo responsorial: 53, 3-6. 8

R/ El Señor sostiene mi vida.

Oh Dios, sálvame por tu nombre, sal por mí con tu poder. Oh Dios, escucha mi súplica, atiende a mis palabras. R/

Porque unos insolentes se alzan contra mí, y hombres violentos me persiguen a muerte sin tener presente a Dios . R/

Pero Dios es mi auxilio, el Señor sostiene mi vida. Te ofreceré un sacrificio voluntario dando gracias a tu nombre que es bueno. R/

De la carta de Santiago 3, 16—4, 3

Hermanos: Donde hay rivalidad y discordia, hay también desorden y toda clase de maldad. En cambio, la sabiduría que viene de lo alto es, ante todo, pura; y además, pacífica, benévola y conciliadora; está llena de misericordia y dispuesta a hacer el bien; es imparcial y sincera. Un fruto de justicia se siembra pacíficamente para los que trabajan por la paz. ¿De dónde provienen las luchas y las querellas que hay entre ustedes? ¿No es precisamente de las pasiones que combaten en sus mismos miembros? Ustedes ambicionan, y si no consiguen lo que desean, matan; envidian, y al no alcanzar lo que pretenden, combaten y se hacen la guerra. Ustedes no tienen, porque no piden. O bien, piden y no reciben, porque piden mal, con el único fin de satisfacer sus pasiones.

Evangelio según san Marcos 9, 30-37

Jesús atravesaba la Galilea junto con sus discípulos y no quería que nadie lo supiera, porque enseñaba y les decía: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; lo matarán y tres días después de su muerte, resucitará». Pero los discípulos no comprendían esto y temían hacerle preguntas. Llegaron a Cafarnaúm y, una vez que estuvieron en la casa, les preguntó: «¿De qué hablaban en el camino?» Ellos callaban, porque habían estado discutiendo sobre quién era el más grande. Entonces, sentándose, llamó a los Doce y les dijo: «El que quiere ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos». Después, tomando a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo: «El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí, y el que me recibe, no es a mí al que recibe, sino a Aquél que me ha enviado».

«Jesús decía: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; lo matarán y tres días después de su muerte, resucitará». Pero los discípulos no comprendían esto y temían hacerle preguntas.»

A la luz de la muerte de Jesús, ¡qué hermoso es pensar que la muerte no es un fin, sino que es el comienzo, pensar que nuestra vida “no termina, sino que se transforma”, pensar que es el gran día! Se nos da la vida para que celebremos el día del Bautismo y preparemos el gran día de la muerte. Y se nos da la eternidad para que agradezcamos al Señor el don de la visión de Dios, el don de volver a la Casa del Padre.

A la luz de la muerte de Cristo, ¡qué bueno es pensar en nuestra propia muerte! Pensar en nuestra propia muerte sin miedo; pensar en nuestra propia muerte como una cosa normal. Dios nos hizo para sí y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse definitivamente en Él, como dice San Agustín.

Pero también es muy lógico que nuestra naturaleza, herida por el pecado original, sienta las angustias, los temores y la intranquilidad de la muerte. Todos, ¡todos! aún cuando sabemos que vamos a la Casa del Padre, tenemos un poco de miedo al paso de la frontera. Y esto es, fundamentalmente, porque la muerte es consecuencia del pecado (cf. Rom 5,12). Ahora bien, el Señor no nos hizo para la muerte; nos hizo para la vida. No nos hizo para la tristeza, nos hizo para la alegría. No nos hizo para el desaliento; nos hizo para la esperanza. No nos hizo para la noche; nos hizo para la luz, para el día; por eso somos “hijos de la luz, hijos del día” (1 Tes 5,5).

Podemos decir entonces que la muerte tiene sus alegría y tiene sus temores lógicos que provienen de la naturaleza y también de la consecuencia de nuestros pecados. Por tanto, toda nuestra vida tendida al Padre está llena de la alegría de morir, del temor de morir, pero también de las esperanzas de morir. Esperamos porque Cristo resucitó y vive, esperamos porque el Padre de las misericordias nos hizo para sí y nos aguarda, esperamos porque María, nuestra Madre, va haciendo el camino de esperanza con nosotros, y muchísimas veces le decimos: “ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte” y también “al final de este destierro muéstranos a Jesús, el fruto bendito de tu vientre”. ¿Cómo no nos lo va a mostrar?

CARDENAL EDUARDO F. PIRONIO

QUE SE HAGA VIDA EN NOSOTROS CUANTO PROCLAMAMOS POR LA FE.

Share the Post