XVIII Domingo del Tiempo durante el año, ciclo C

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papa-palomaLos invito a tener un corazón libre,
precisamente porque Jesús nos habla
expresamente de libertad del corazón.
Y un corazón libre se puede tener
sólo con los tesoros del cielo:
el amor, la paciencia, el servicio
a los demás, la adoración a Dios.
Estas son las verdaderas riquezas
que no son robadas.
Las otras riquezas
—dinero, vanidad, poder—
dan pesadez al corazón,
lo encadenan, no le dan libertad.

FRANCISCO

Oración Colecta: Derrama, Padre, tu misericordia sobre tu pueblo suplicante, y ya que nos gloriamos de tenerte por Creador y Señor, renueva en nosotros tu gracia y consérvala en tu bondad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

 

Lectura del libro del Eclesiastés 1,2; 2,21-23

Vanidad, pura vanidad!, dice el sabio Cohélet. ¡Vanidad, pura vanidad! ¡Nada más que vanidad! Porque un hombre que ha trabajado con sabiduría, con ciencia y eficacia, tiene que dejar su parte a otro que no hizo ningún esfuerzo. También esto es vanidad y una grave desgracia. ¿Qué le reporta al hombre todo su esfuerzo y todo lo que busca afanosamente bajo el sol? Porque todos sus días son penosos, y su ocupación, un sufrimiento; ni siquiera de noche descansa su corazón. También esto es vanidad.

 

Salmo responsorial: Sal 89, 3-6.12-14.17

R/ Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación.

 

Tú reduces el hombre a polvo, diciendo: «Retornad, hijos de Adán». Mil años en tu presencia son un ayer que pasó, una vela nocturna. R/

Los siembras año por año, como hierba que se renueva: que florece y se renueva por la mañana, y por la tarde la siegan y se seca. R/

Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato. Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo? Ten compasión de tus siervos. R/Por la mañana sácianos de tu misericordia, y toda nuestra vida será alegría y júbilo; baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos. R/

 

De la carta a los colosenses 3,1-5.9-11

Hermanos: Ya que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes del cielo donde Cristo está sentado a la derecha de Dios. Tengan el pensamiento puesto en las cosas celestiales y no en las de la tierra. Porque ustedes están muertos, y su vida está desde ahora oculta con Cristo en Dios. Cuando se manifieste Cristo, que es la esperanza de ustedes, entonces también aparecerán ustedes con él, llenos de gloria. Por lo tanto, hagan morir en sus miembros todo lo que es terrenal: la lujuria, la impureza, la pasión desordenada, los malos deseos y también la avaricia, que es una forma de idolatría. Tampoco se engañen los unos a los otros. Porque ustedes se despojaron del hombre viejo y de sus obras y se revistieron del hombre nuevo, aquel que avanza hacia el conocimiento perfecto, renovándose constantemente según la imagen de su Creador. Por eso, ya no hay pagano ni judío, circunciso ni incircunciso, bárbaro ni extranjero, esclavo ni hombre libre, sino sólo Cristo, que es todo y está en todos.

 

Evangelio según san Lucas 12,13-21

Uno de la multitud dijo al Señor: “Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia”. Jesús le respondió: “Amigo, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre ustedes?” Después les dijo: “Cuídense de toda avaricia, porque aun en medio de la abundancia, la vida de un hombre no está asegurada por sus riquezas”. Les dijo entonces una parábola: “Había un hombre rico, cuyas tierras habían producido mucho, y se preguntaba a sí mismo: ‘¿Qué voy a hacer? No tengo dónde guardar mi cosecha’. Después pensó: ‘Voy a hacer esto: demoleré mis graneros, construiré otros más grandes y amontonaré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida’. Pero Dios le dijo: ‘Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado?’ Esto es lo que sucede al que acumula riquezas para sí, y no es rico a los ojos de Dios”.

 

Dinero, vanidad y poder no hacen feliz al hombre. Los auténticos tesoros, las riquezas que cuentan, son el amor, la paciencia, el servicio a los demás y la adoración a Dios.

El consejo de Jesús es sencillo: no acumuléis tesoros en la tierra. Es un consejo de prudencia. Tanto que Jesús añade: «Mira que esto no sirve de nada, no pierdas el tiempo».

Son tres, en particular, los tesoros de los cuales Jesús pone en guardia muchas veces. «El primer tesoro es el oro, el dinero, las riquezas». Y, en efecto, no estás a salvo con este tesoro, porque quizá te lo roben. No estás a salvo con las inversiones: quizá caiga la bolsa y tú te quedes sin nada. Y después dime: un euro más ¿te hace más feliz o no?. Por lo tanto, las riquezas son un tesoro peligroso. Cierto, pueden también servir para hacer tantas cosas buenas, por ejemplo para poder llevar adelante la familia. Pero, si tú las acumulas como un tesoro, te roban el alma. Por eso Jesús en el Evangelio vuelve sobre este argumento, sobre las riquezas, sobre el peligro de las riquezas, sobre el poner las esperanzas en las riquezas. Y advierte que hay que estar atentos porque es un tesoro que no sirve.

El segundo tesoro del que habla el Señor «es la vanidad», es decir, buscar tener prestigio, hacerse ver. Jesús condena siempre esta actitud: Pensemos en lo que dice a los doctores de la ley cuando ayunan, cuando dan limosna, cuando oran para hacerse ver. Por lo demás, tampoco la vanidad sirve, acaba. La belleza acaba.

El orgullo, el poder, es el tercer tesoro que Jesús indica como inútil y peligroso. En fin, tú estás ahí y mañana caes, porque el poder acaba: cuántos grandes, orgullosos, hombres y mujeres de poder han acabado en el anonimato, en la miseria o en la prisión….

He aquí, pues, la esencia de la enseñanza de Jesús: ¡No acumuléis! ¡No acumuléis dinero, no acumuléis vanidad, no acumuléis orgullo, poder! ¡Estos tesoros no sirven! Más bien son otros los tesoros para acumular. En efecto, hay un trabajo para acumular tesoros que es bueno. Lo dice Jesús: «Donde está tu tesoro allí está tu corazón». Este es precisamente el mensaje de Jesús: tener un corazón libre. En cambio si tu tesoro está en las riquezas, en la vanidad, en el poder, en el orgullo, tu corazón estará encadenado allí, tu corazón será esclavo de las riquezas, de la vanidad, del orgullo.

Ante esta perspectiva los invito a tener un corazón libre, precisamente porque Jesús nos habla expresamente de libertad del corazón. Y un corazón libre se puede tener sólo con los tesoros del cielo: el amor, la paciencia, el servicio a los demás, la adoración a Dios. Estas son las verdaderas riquezas que no son robadas. Las otras riquezas —dinero, vanidad, poder— dan pesadez al corazón, lo encadenan, no le dan libertad.

Hay que tender, por lo tanto, a acumular las verdaderas riquezas, las que liberan el corazón y te hacen un hombre y una mujer con esa libertad de los hijos de Dios. Se lee al respecto en el Evangelio que si tu corazón es esclavo, no será luminoso. En efecto, un corazón esclavo no es un corazón luminoso: será tenebroso. Por eso si acumulamos tesoros en la tierra, acumulamos tinieblas que no sirven, no nos dan alegría. Pero sobre todo no nos dan libertad.

En cambio, un corazón libre es un corazón luminoso, que ilumina a los demás, que hace ver el camino que lleva a Dios. Es un corazón luminoso, que no está encadenado, es un corazón que sigue adelante y que además envejece bien, porque envejece como el buen vino: cuando el buen vino envejece es un buen vino añejo. Al contrario, añadió, el corazón que no es luminoso es como el vino malo: pasa el tiempo y se echa a perder cada vez más y se convierte en vinagre.

Recemos al Señor para que nos dé esta prudencia espiritual para comprender bien dónde está mi corazón, a qué tesoro está apegado mi corazón. Y nos dé también la fuerza de desencadenarlo, si está encadenado, para que llegue a ser libre, se convierta en luminoso y nos dé esta bella felicidad de los hijos de Dios, la verdadera libertad.

PAPA FRANCISCO

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