Juan Pablo II en Denver 1993






La vocación cristiana a la santidad

Del O.R. del 13 de agosto de 1993/ n. 1285/ p.9

Reflexiones del cardenal Eduardo Francisco Pironio, Presidente del Pontificio Consejo para los laicos

 

La vocación cristiana a la santidad

Cardenal Eduardo F. PIRONIO
Presidente del Pontificio Consejo para los laicos

 

“Nos ha elegido en él (en Cristo)… para ser santos e inmaculados en su presencia en el amor” (Ef 1,4).

“Yo os he elegido a vosotros y os he destinado para que vayáis y deis fruto” (Jn 15,16).

Ambos textos nos hablan de una elección, de una vocación, de un llamado: “la vocación a la santidad, o sea a la perfección de la caridad” (Christifideles laici, 16) y la vocación a la misión. En realidad, en el plan de Dios, ambos llamados coinciden: “La llamada a la misión deriva de por sí de la llamada a la santidad… la vocación universal a la santidad está estrechamente unida a la vocación a la misión. Todo fiel está llamado a la santidad y a la misión” (Redemptoris missio, 90).

Este único llamado –a la santidad y a la misión– tiene su origen en el “amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor Nuestro” (Rm 8,39) y “derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rm 5,5). Por eso la esperanza no falla: la esperanza de nuestra fidelidad a Dios en el itinerario espiritual a la santidad y en la fecundidad apostólica de la misión. En definitiva, nuestra fidelidad se apoya en la inquebrantable fidelidad de Dios: “Que él, el Dios de la paz, os santifique plenamente, y que todo vuestro ser, el espíritu, el alma y el cuerpo, se conserve sin mancha hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo. Fiel es el que os llama y es él quien lo hará” (1 Ts 5,23-24). Retengamos todavía dos expresiones de Jesús que iluminan el comienzo y el término de nuestra vocación a la santidad y a la misión: “Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor” (Jn 15,9); “Como el Padre me envió, también yo os envío” (Jn 20,21).

Pero la vocación a la santidad y a la misión no es solamente “fuente y medida de la acción apostólica y del impulso misionero”, sino primaria y esencialmente el modo único de ser cristiano y de buscar la gloria del Padre. “La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y seáis mis discípulos” (Jn 15,8). No eligió para que fuéramos santos “para alabanza de la gloria de su gracia” (Ef 1,6). Es decir, que no sólo debemos ser santos para ser apóstoles y testigos, sino que nuestra santidad es el único modo de reconocer que Dios es santo y que él es lo único que nos interesa en nuestra vida. “El Señor habló a Moisés, diciendo: Habla a toda la comunidad de los israelitas y diles: sed santos, porque yo, Yahveh, vuestro Dios soy santo” (Lv 19,1-3). San Pedro habla así a la primitiva comunidad cristiana: “Como hijos de obediencia… así como el que os ha llamado es santo, así también vosotros sed santos en toda vuestra conducta” (1 P 1,14-15). Cuando el Nuevo Testamento habla de cristianos, los llama simplemente los elegidos, los “amados de Dios, santos y predilectos” (Col 3,12). San Pablo escribe “a la Iglesia de Dios que está en Corinto: a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos” (1 Cor 1,2) y a los romanos escribe: “a todos los amados de Dios que estáis en Roma, santos por vocación” (Rm 1,7).

Sabemos que el concilio Vaticano II dedicó, en la Lumen gentium, un capítulo a “la vocación universal a la santidad”. Y es muy significativo que este capítulo esté ubicado inmediatamente después del capítulo sobre los laicos (c. IV) y antes del capítulo dedicado a los religiosos (c. VI). Como queriendo indicar que la santidad no es privilegio de la vida consagrada, sino exigencia fundamental de todo el pueblo de Dios: porque la Iglesia es santa, todos en ella están llamados a la santidad. Es muy significativo, también, que la Christifideles laici comience a describir la dignidad de los fieles laicos (c. I) por su esencial referencia a Cristo (no al mundo) y por su específica vocación a la santidad. Por eso es tan significativa la expresión fieles laicos o cristianos laicos es decir: hombres y mujeres que están injertados en Cristo porque han renacido en él por el agua y el Espíritu Santo en el bautismo, forman parte de la Iglesia como misterio de comunión misionera y viven en el mundo como espacio teológico de su vocación y su misión.

Cuando hablamos de espiritualidad laical entendemos siempre el modo específico y concreto con que el fiel laico –hecho Cristo por el bautismo y miembro de la comunión misionera de la Iglesia– vive cotidianamente su vida como respuesta a la novedad de vida impuesta por el bautismo (“así también nosotros vivamos una vida nueva” Rm 6,4) y se compromete a hacer una sociedad nueva en la verdad, la justicia y el amor. Quisiera brevemente sintetizar en tres puntos algunos elementos centrales del camino espiritual del laico hacia la santidad: la novedad cristiana del bautismo, la experiencia de una Iglesia comunión, la dimensión misionera de la existencia cristiana. Todo, en definitiva, como fruto del Espíritu Santo en quien hemos sido bautizados.

La novedad cristiana del bautismo (Christifideles laici, 10)

En la gran noche de la Vigilia pascual hemos recordado la exhortación del apóstol Pablo: “Así también nosotros vivamos una vida nueva” (Rm 6,4). La santidad es un camino, en la sencillez y normalidad de lo cotidiano, de novedad en novedad. Desde la novedad inicial del bautismo (“En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios”, Jn 3,5), hasta la novedad definitiva de la misión: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues lo somos… Ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es” (1 Jn 3,1-2). Esta novedad pascual del bautismo define la dignidad esencial del cristiano: “No es exagerado decir que toda la existencia del fiel laico tiene como objetivo el llevarlo a conocer la radical novedad cristiana que deriva del bautismo” (Christifideles laici, 10). Recordemos estos tres textos de san Pablo: “El que está en Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo” (2 Cor 5,17). “Todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo: ya no hay judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Ga 3,27-28). “Despojaos del hombre viejo con sus obras, y revestíos del hombre nuevo, que se va renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto, según la imagen de su Creador, donde no hay griego y judío; circuncisión e incircuncisión; bárbaro, escita, esclavo, libre, sino que Cristo es todo y en todos” (Col 3,9-11).

De aquí derivamos tres exigencias concretas para la vocación a la santidad del fiel laico:

 

Celebrar cada año la fecha del bautismo, como acontecimiento central, renovando la alegría de ser hijo de Dios, hermano de los hombres, llamado a la libertad. “Para ser libres nos libertó Cristo… Porque, hermanos, habéis sido llamados a la libertad” (Gal 5,1.13). Es la alegría esencial que nos recuerda el Papa al terminar el primer capítulo de la Christifideles laici: “Todos los bautizados están invitados a escuchar de nuevo estas palabras de san Agustín: ‘Alegrémonos y demos gracias: hemos sido hechos no solamente cristianos, sino Cristo… Pasmaos y alegraos: ¡hemos sido hechos Cristo!’” (17).

 

Vivir cotidianamente el bautismo en las realidades temporales, dejándose guiar por el Espíritu:Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios” (Rm 8,14). La santidad no consiste en hacer cosas extraordinarias; es vivir con serenidad y sencillez la fidelidad a las cosas ordinarias. Hoy, como decía Pablo VI, hacen falta los santos de lo cotidiano. El mismo Espíritu de Dios que lleva al cristiano laico a identificarse cada vez más profundamente con Cristo (a hacerlo Cristo), es el que le hace descubrir el paso de Cristo en la historia y lo conduce a ser fiel al designio de salvación: “La vocación de los fieles laicos a la santidad implica que la vida según el Espíritu se exprese particularmente en su inserción en las realidades temporales y en su participación en las actividades terrenas” (Christifideles laici, 17). La vida según el Espíritu, la santidad, no aleja al fiel laico de las realidades temporales; al contrario, lo hunde en el corazón de la historia, le da una capacidad contemplativa para descubrir el paso del Señor y asumir el sufrimiento de los hombres y le confiere una particular fortaleza apostólica para transformar el mundo. Vive sinceramente en el mundo como en su espacio privilegiado y único de santidad, de evangelización y de misión. El Espíritu Santo va creando en el fiel laico una especial e irrompible unidad interior entre fe y vida, trabajo y adoración, contemplación y política.

Esto nos lleva a una última conclusión: la necesidad de ser cristianos pascuales, es decir, renacidos por el bautismo en la Pascua de Jesús, centrados en el misterio pascual, llamados por el Señor a hacer que todo hombre se sienta incorporado al misterio pascual de Jesús (GS). Recordemos el texto de san Pablo: “¿Ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva” (Rm 6,3-4).

Ser cristiano pascual no es fácil: supone ser pobre y anonadado, vivir el misterio de la Encarnación, asumir los sentimientos de Jesús, el Servidor (cf. Flp 2,5-11). Cristiano pascual es el hombre de cruz y de esperanza, de abnegación y de servicio, de profundidad interior y de compromiso alegre y generoso. Es, en realidad, el hombre que ama a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo. El cristiano pascual es el hombre de la alegría y la esperanza; el que cotidianamente es capaz de dar la vida por sus amigos (cf. Jn 15,13).

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