Vida consagrada: camino de Iglesia

Cardenal Eduardo Francisco Pironio

Estas reflexiones del Cardenal Eduardo F. Pironio conservan, por su espontaneidad y viveza, el estilo y el tono de cercanía de la palabra hablada, quieren ser una ayuda para la meditación y para la oración personal y comunitaria de los religiosos y religiosas. Sólo la meditación desde la fe y la oración, entendida como ejercicio de amistad con quien sabemos nos ama, pueden hacernos asimilar realmente las verdades teológicas y convertir el simple conocimiento en experiencia sobrenatural.

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Nuestra vocación a la santidad en el misterio de la Iglesia

Vida Religiosa / vol.55 / 15 enero 1983 / Nº 1 / p. 16-20 / Boletín Informativo

En la Iglesia, sacramento del Cristo pascual, el Padre nos llamó para ser santos, confiándonos cada vez más a la imagen del Hijo, el Cristo de la contemplación, el Cristo de la cruz, el Cristo de la vida, y dentro de esta vocación a la santidad, el Señor nos marca para que vivamos radicalmente entregados a Él, vivamos en Él y desde allí digamos al Señor que sí con toda el alma. Porque esta vocación está integrada por la gratuidad de Dios -“porque él quiso”- y por nuestra fidelidad en la respuesta, desde la cual tenemos que decirle al Señor que sí, como María: “Yo soy la servidora del Señor, que se haga en mi según tu palabra”.

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Fidelidad a nuestra hora

Vida Religiosa / vol.55 / 1 febrero 1983 / Nº 2 / p. 43-52 / Boletín Informativo

Tenemos que ser fieles. No ser fieles arrastrada, dolorosa y angustiosamente. Tenemos que ser serena y gozosamente fieles a este proyecto de salvación, de santificación que el Padre ha trazado para nosotros a fin de que lo realicemos hoy. No hace diez, veinte o treinta años. No mirando excesivamente hacia adelante, sino hoy con todo lo que nos trae de cruz y de esperanza el misterio de la Iglesia. Con todo lo que nos trae de arriesgado y de apasionante la historia de Cristo en el mundo, de esperanza y de compromiso nuestra vida consagrada: fidelidad a nuestra hora.

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La Iglesia, sacramento del amor de Dios

Vida Religiosa / vol.55 / 15 febrero 1983 / Nº 3 / p. 80-87 / Boletín Informativo

Amar a Dios es estar dispuesto a hacer su voluntad; estar despierto cada día para ver qué quiere el Señor de mí. Señor, ¿qué quieres que haga? El amor será una respuesta sencilla a lo cotidiano de las exigencias del Señor. El amor no está en haberle dicho de una vez para siempre al Señor que sí; está en despertar cada día con un corazón nuevo y volver a decir al Señor: hoy ¿qué quieres de mí?; ahora, ¿qué quieres de mí? Yo quiero vivir exclusivamente entregado a tu amor. Yo quiero vivir la serenidad, la paz, el gozo de mi entrega radical a Ti y a los demás.

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La Iglesia de la Kénosis

Vida Religiosa / vol.55 / 15 marzo 1983 / Nº 4 / p. 119-127 / Boletín Informativo

Esta reflexión será sobre la Iglesia de la Kénosis. La palabra es un poco difícil, pero el contenido es muy claro. La realización es más fácil que el título, porque la Iglesia de la Kénosis significa la Iglesia del anonadamiento. Ese anonadamiento que nosotros sabemos es esencial en la vida cristiana y que tiene que ser, por consiguiente, la esencia, pero fortísima, de nuestra vida consagrada.

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La vida religiosa sanitaria: un carisma al servicio de la Iglesia

Vida Religiosa / vol.55 / 1 abril 1983 / Nº 5 / p. 143-152 / Boletín Informativo

Es importante que la religiosa sanitaria se sienta plenamente “religiosa”; es decir, que descubra y viva con alegría su “seguimiento radical de Jesucristo” en la atención serena y continua a los enfermos, a los ancianos. El peligro aquí es el siguiente: “que se deshumanice”, tratando de vivir su vida religiosa al margen de su servicio, o que postergue y olvide su vida religiosa por intentar vivir técnicamente su profesión sanitaria.

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La Iglesia, sacramento del Cristo pascual

Vida Religiosa / vol.55 / 15 abril 1983 / Nº 6 / p. 176-183 / Boletín Informativo

Tratamos de responder a esta pregunta: Iglesia, ¿quién eres tú? Cristo, desde el interior de la Iglesia, nos dice a cada uno de nosotros: ¿Qué dicen los hombres que soy yo? Y después: ¿Qué decís vosotros que soy yo? La Iglesia es Cristo en medio de nosotros. Por eso nos tiene que entusiasmar tanto el misterio de la Iglesia, por eso nos tiene que responsabilizar tanto el saber que incorporados a Cristo en la Iglesia, nosotros tenemos que expresar en nuestras vidas este Cristo muerto y resucitado.

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María, Madre de la Iglesia y signo de nuestra esperanza

Vida Religiosa / vol.55 / 15 mayo 1983 / Nº 7 / p. 210-215 / Boletín Informativo

Siempre es gozoso celebrar una fiesta de Nuestra Señora. Se nos llena el corazón filial de una alegría muy honda y contagiosa. Sentimos su presencia maternal en nuestra vida. Más cuando estamos contemplando el misterio de la Iglesia; cuando estamos meditando en esa fe viva, que se llama oración, el misterio de la Iglesia.

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La Iglesia, oración y contemplación

Vida Religiosa / vol.55 / 15 octubre 1983 / Nº 12 / p. 374-381 / Boletín Informativo

Para poder orar hace falta mucha pobreza, mucho silencio y mucha caridad. Sólo el pobre tiene capacidad de oración porque tiene hambre de Dios. Sólo el que vive en un silencio profundo causado en nosotros por el Espíritu, puede recibir la palabra de Dios con limpieza y profundidad. Sólo el que vive en la disponibilidad permanente de la caridad hacia Dios y hacia los hermanos, puede entrar en comunión muy honda con el Señor. Orar es entrar en comunicación con el Señor.

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Comunidades orantes

Vida Religiosa / vol.44 / 1 mayo 1978 / Nº 345 / p. 171-174

Señor, enséñanos a orar. Me parece que es el grito más fuerte de las generaciones jóvenes. Dirigido a las comunidades religiosas sería: “Queremos ver a Jesús” (Jn 12,21). O también: “Muéstranos al Padre y eso nos basta” (Jn 14,8). Dicho de otra manera sería lo siguiente: queremos percibir la fuente de vuestra profecía, el secreto de vuestro equilibrio inalterable y de vuestra alegría serena y contagiosa, la raíz de vuestra generosa hospitalidad y de vuestro incansable servicio a los hermanos. En una palabra, queremos saber, por qué sois así: tan sencillos y audaces, tan cercanos a nosotros y tan distintos, tan marcados por la cruz y tan alegres, tan llenos de trabajos y tan serenos, tan obedientes y tan libres, tan solos y tan capaces de amor universal, tan aparentemente lejos del mundo y tan realistas.

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Pascua de la contemplativa

L’Osservatore Romano Año XV - N° 20 (750), p. 12. 15 de mayo de 1983

Pascua es un tiempo privilegiado para pensar en las contemplativas. Viven particularmente centradas en “Cristo, nuestra Pascua”, y nos invitan a participar en la inagotable alegría de la “novedad pascual”. Quizás hemos tenido alguna vez la gracia de celebrar la Pascua -y toda la Semana Santa- en algún monasterio contemplativo. Con toda la riqueza de la liturgia, con largo tiempo disponible para la oración, con un continuo y sereno llamado a la conversión. Como si el Señor nos ofreciera privilegiadamente los frutos de la redención.

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La Iglesia de la alegría y la esperanza

Vida Religiosa / vol.55 / 15 noviembre 1983 / Nº 13 / p. 402-412 / Boletín Informativo

Yo no os he hecho para la tristeza, sino para la alegría; no os he hecho para la muerte, sino para la vida; no os he hecho para el cansancio y la desesperación, sino para la esperanza.
Felices los pobres, felices los misericordiosos. ¿Acaso la vida consagrada no es la realización concreta en el tiempo, en el hoy, de las bienaventuranzas? Y las bienaventuranzas, ¿no son un grito de alegría al mundo cansado, envejecido? ¿Por qué no vivimos a fondo, en conciencia y contagiamos de alegría y de esperanza nuestros hermanos?

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La comunidad religiosa ¿signo de la esperanza de la cruz?

Inédito

Quien se acerca a una comunidad religiosa particularmente visitada por la cruz no encuentra tristeza sino un dolor serenamente compartido y una alegría silenciosa que transmite la seguridad de la esperanza. De esta esperanza teologal -que en el interior de una comunidad religiosa brota de la cruz pascual- quiero hablar sencilla y brevemente en esta líneas. Lo mío no nace de una profundización bíblico-teológica, sino de la providencial experiencia de una cruz personal (recibida como un don del Padre) y de la riquísima experiencia compartida, durante casi diez años, con tan variadas comunidades religiosas, en mi humilde servicio a la vida consagrada Doy gracias al Señor por ambas cosas: por mi cruz y la de las comunidades religiosas. En ambos casos, aunque a niveles distintos, la cruz ha sido no sólo signo sino sobre todo fuente de esperanza.

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La Pascua de Nuestra Señora

L’Osservatore Romano nº (398), p.8. 15 de agosto de 1976

La Asunción de María -¡Pascua de Nuestra Señora!- nos pone otra vez ante el tema de la novedad pascual y de la esperanza. “La Madre de Jesús, de la misma manera que, glorificada ya en los cielos en cuerpo y alma, es imagen y principio de la Iglesia que había de tener su cumplimiento en la vida futura, así en la tierra precede con su luz al peregrinante Pueblo de Dios como signo de esperanza cierta y de consuelo, hasta el día del Señor” (LG 68).
Estas reflexiones son válidas para toda la existencia cristiana. Pero, al escribirlas, yo pienso particularmente en la vida consagrada: ella constituye en la Iglesia una especial manifestación de la novedad pascual y un signo del Reino ya presente en la historia, y que será consumado cuando Jesús vuelva. Por eso, una serena y permanente invitación a la esperanza.

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“En todo lugar se sirve a un solo Señor y se milita para un mismo Rey.” (RB 61,10)