Semana Santa

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¿QUÉ SIGNIFICA SEGUIR A JESÚS EN SU CAMINO AL CALVARIO HACIA LA CRUZ Y LA RESURRECCIÓN?

ES ENTRAR CADA VEZ MÁS EN LA LÓGICA DE DIOS, EN LA LÓGICA DE LA CRUZ, QUE NO ES ANTE TODO AQUELLA DEL DOLOR Y DE LA MUERTE, SINO LA DEL AMOR Y DEL DON DE SÍ QUE TRAE VIDA.

ES ENTRAR EN LA LÓGICA DEL EVANGELIO.

FRANCISCO

DOMINGO DE RAMOS

LECTURAS:

Isaías 50,4-7

Salmo responsorial: 21

Filipenses 2,6-11

EVANGELIO según san Marcos 14,1-15,47

 

Hemos escuchado la Pasión del Señor. Nos hará bien hacernos una sola pregunta: ¿QUIÉN SOY YO? ¿QUIÉN SOY YO ANTE MI SEÑOR? ¿Quién soy yo ante Jesús que entra con fiesta en Jerusalén? ¿Soy capaz de expresar mi alegría, de alabarlo? ¿O guardo las distancias? ¿Quién soy yo ante Jesús que sufre? Hemos oído muchos nombres, tantos nombres… ¿Dónde está mi corazón? ¿A cuál de estas personas me parezco? Que esta pregunta nos acompañe durante toda la semana.

 FRANCISCO

 

Tenemos los ramos en las manos, los hemos bendecido y tienen una doble significación. Es la expresión de que Jesús es lo único que importa, que Jesús es el Señor, que Jesús es el Rey, es el dueño de mi corazón, de mi familia, de mi casa, de la historia, del mundo. Al entrar con Cristo triunfalmente en Jerusalén, sabiendo sin embargo que este triunfo tiene que pasar necesariamente por la cruz, me enseña que Cristo es lo único que importa y que yo seré definitivamente feliz en mi vida si hago de Cristo lo opción única. En segundo lugar, el ramo, la palma que yo llevo en la mano y lo llevaré después a casa… es un signo de la protección del Señor.

 CARD. EDUARDO F. PIRONIO

TRIDUO PASCUAL

El Triduo pascual nos hace participar sacramentalmente en el misterio de Aquel que, por nuestra salvación, se hizo «obediente hasta la muerte y muerte de cruz» (Flp 2,8), y se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que lo siguen (cf. Hb 5,9). Además, nos impulsa a hacer de nuestra vida una existencia pascual, caracterizada por la renuncia al mal y por gestos de amor, hasta la última meta: la muerte física, que para el cristiano es la consumación de su vivir diariamente el misterio pascual con la esperanza de la resurrección.

La tarde del Jueves santo, la Iglesia recuerda la última cena, durante la cual el Señor Jesús, la víspera de su pasión, habiendo amado hasta el extremo a los suyos que estaban en el mundo, ofreció al Padre su Cuerpo y su Sangre bajo las especies del pan y del vino y, dándolos como alimento a los Apóstoles, les mandó perpetuar su ofrenda en conmemoración suya. Obediente al mandato de Jesús, la Iglesia celebra la santa cena, sintiéndose comprometida a traducir en la vida de todos los días el estilo del servicio y del amor fraterno, que tiene su sentido y su fuente en el supremo sacrificio del Señor, presente sacramentalmente en la Eucaristía.

En la solemne liturgia del Viernes santo, la comunidad eclesial medita el misterio de la muerte de Cristo, adora la cruz y, recordando que ha nacido del costado abierto del Señor, intercede por la salvación universal del mundo. En ese día de «ayuno pascual» (ib., 110) no se celebra la Eucaristía, pero los creyentes, llenos de esperanza, anuncian el don que el Hijo hizo de sí mismo para la salvación de los hombres, revelándoles el amor infinito del Padre (cf. Jn 3,16) y tomando sobre sí todos los sufrimientos y las humillaciones de la humanidad.

El Sábado santo es el día en que la Iglesia contempla el descanso de Cristo en la tumba, después del combate victorioso de la cruz. Recuerda su descenso al mundo de la muerte para sanar las raíces de la humanidad, y espera que se cumpla su promesa: “El Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas; lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles (…), lo matarán, y a los tres días resucitará” (Mc 10,33-34). El Sábado santo, la Iglesia se identifica, una vez más, con María: toda su fe se recoge en ella, la primera creyente. En la oscuridad que envuelve la creación, es la única que mantiene viva la llama de la fe, preparándose para acoger el anuncio gozoso y sorprendente de la Resurrección. La comunidad cristiana, recordando a la Madre del Señor en este día alitúrgico, está invitada a dedicarse al silencio y a la meditación, alimentando en la espera la dichosa esperanza del renovado encuentro con su Señor.

En la gran Vigilia pascual, con gozo que desemboca en el canto del Aleluya, la Iglesia celebra la noche del «nuevo éxodo» hacia la tierra prometida. Conmemora la noche santa, en la que el Señor resucitó, y vela en espera de su vuelta, cuando la Pascua llegue a su plenitud. Tres símbolos caracterizan las tres partes de la liturgia de la Noche santísima que nos libera de la antigua condena y nos reúne como hermanos en el único pueblo del Señor: la luz, el agua y el pan. Signos que, recordando los sacramentos de la iniciación cristiana, traducen el sentido de la victoria de Cristo para nuestra salvación. En todos predomina el simbolismo fundamental de la «noche iluminada», de la «noche vencida por el día», que canta la Vida que nace de la muerte y de la resurrección de Cristo: Él es nuestra Pascua (cf. 1 Co 5,7); Él es la luz que ilumina el destino del hombre, liberándolo de las tinieblas del pecado. Ante el día que avanza, resuena con fuerza la invitación del Apóstol a despojarse de las obras de las tinieblas para revestirse del Señor Jesús (cf. Rm 13,12-14), para que la victoria de Cristo actúe cada vez más profundamente en nosotros, en espera de la Pascua eterna.

SAN JUAN PABLO II

JUEVES SANTO

LECTURAS:

Éxodo 12,1-8.11-14

Salmo Responsorial: 115

1 Corintios 11,23-26

EVANGELIO según san Juan 13,1-15

 

SI QUEREMOS VIVIR ESTA SEMANA SANTA BIEN,
EN UNA ACTITUD DE ENTREGA, DE DONACIÓN,
DE TOTAL MUERTE A NOSOTROS MISMOS
PARA DAR LA VIDA,
TENGAMOS ESTOS TRES SENTIMIENTOS:
SILENCIO MUY PROFUNDO DE ORACIÓN,
SABOREAR LA CRUZ
Y ENTREGARNOS DE VERAS.

CARD. EDUARDO F. PIRONIO

 

En el Hoy del Jueves Santo, en el que Cristo nos amó hasta el extremo, hacemos memoria del día feliz de la institución del sacerdocio y del de nuestra propia ordenación sacerdotal. El Señor nos ha ungido en Cristo con óleo de alegría y esta unción nos invita a recibir y hacernos cargo de este gran regalo: la alegría, el gozo sacerdotal. La alegría del sacerdote es un bien precioso no sólo para él sino también para todo el pueblo fiel de Dios: ese pueblo fiel del cual es llamado el sacerdote para ser ungido y al que es enviado para ungir. Ungidos con óleo de alegría para ungir con óleo de alegría. La alegría sacerdotal tiene su fuente en el Amor del Padre, y el Señor desea que la alegría de este Amor “esté en nosotros” y “sea plena”. Me gusta pensar la alegría contemplando a Nuestra Señora: María, la “madre del Evangelio viviente, es manantial de alegría para los pequeños”. Nadie más pequeño que un sacerdote dejado a sus propias fuerzas; por eso nuestra oración protectora contra toda insidia del Maligno es la oración de nuestra Madre: soy sacerdote porque Él miró con bondad mi pequeñez. Y desde esa pequeñez asumimos nuestra alegría. ¡Alegría en nuestra pequeñez!

FRANCISCO

 

VIERNES SANTO

LECTURAS:

Isaías 52,13–53,12  

Salmo responsorial: Salmo 30  

Hebreos 4,14-16; 5,7-9 

EVANGELIO según san Juan 18,1–19,42

Dios puso en la Cruz de Jesús todo el peso de nuestros pecados, todas las injusticias perpetradas por cada Caín contra su hermano, toda la amargura de la traición de Judas y de Pedro, toda la vanidad de los pre-potentes, toda la arrogancia de los falsos amigos. Era una Cruz pesada… Sin embargo, es también una Cruz gloriosa como el alba de una larga noche, porque representa en todo el amor de Dios que es más grande que nuestras iniquidades y nuestras traiciones. En la Cruz vemos la monstruosidad del hombre, cuando se deja guiar por el mal; pero vemos también la inmensidad de la misericordia de Dios que no nos trata según nuestros pecados, sino según su misericordia. Ante la Cruz de Jesús, vemos casi hasta tocar con las manos la medida en la que somos amados eternamente; ante la Cruz nos sentimos “hijos” y no “cosas” u “objetos”, como afirmaba san Gregorio Nacianceno dirigiéndose a Cristo con esta oración: “Si no existieras Tú, mi Cristo, me sentiría criatura acabada. He nacido y me siento desvanecer. Como, duermo, descanso y camino, me enfermo y me curo. Me asaltan innumerables ansias y tormentos, gozo del sol y de cuanto fructifica la tierra. Después muero y la carne se convierte en polvo como la de los animales, que no tienen pecados. Pero yo, ¿qué tengo más que ellos? Nada sino Dios. Si no existieras Tú, oh Cristo mío, me sentiría criatura acabada. Oh Jesús nuestro, guíanos desde la Cruz a la resurrección, y enséñanos que el mal no tendrá la última palabra, sino el amor, la misericordia y el perdón. Oh Cristo, ayúdanos a exclamar nuevamente: ‘Ayer estaba crucificado con Cristo, hoy soy glorificado con Él. Ayer estaba muerto con Él, hoy estoy vivo con Él. Ayer estaba sepultado con Él, hoy he resucitado con Él’”.

 FRANCISCO

Señor, yo quiero que tu muerte sea definitivamente la exaltación de la paz. Señor, tú no has dado la vida para que los hombres nos odiáramos sino para que nos amáramos. Señor, a los cristianos nos has dado un sólo precepto, una sola ley: que nos amáramos los unos a los otros como Tú nos has amado. Y sabemos, Señor, porque te vemos ahora crucificado, cómo nos has amado. Enséñanos a construir un mundo en el amor, este mundo nuestro, este que nos toca vivir, esta historia nuestra dolorosa y sufriente, pero tan llena de esperanza, esta hora nuestra, Señor, que tenemos que vivir con fidelidad, ayúdanos a construirla en el amor. Hoy Viernes Santo ha sido un día de recogimiento y de profundidad interior, pero ha sido un día de seguridad y de alegría porque ha comenzado la Pascua. Es el grano de trigo que se entierra para que fructifiquen las espigas. Es Jesús que ha abierto los brazos para unir a los hombres y hacerlos hermanos. Hoy empezó la Pascua.

                 CARD. EDUARDO F. PIRONIO

 

SÁBADO SANTO

El camino de la fe pasa a través de la cruz, y María lo entendió desde el principio, cuando Herodes quiso matar a Jesús recién nacido. Pero después, esta cruz se hizo más pesada, cuando Jesús fue rechazado: María siempre estaba con Jesús, seguía a Jesús mezclada con el pueblo, y oía sus chácharas, la odiosidad de aquellos que no querían a Jesús. Y esta cruz, ella la ha llevado. La fe de María afrontó entonces la incomprensión y el desprecio. Cuando llegó la “hora” de Jesús, esto es, la hora de la pasión, la fe de María fue entonces la lamparilla encendida en la noche, esa lamparilla en plena noche. María veló durante la noche del sábado santo. Su llama, pequeña pero clara, estuvo encendida hasta el alba de la Resurrección; y cuando le llegó la noticia de que el sepulcro estaba vacío, su corazón quedó henchido de la alegría de la fe, la fe cristiana en la muerte y resurrección de Jesucristo.

FRANCISCO

 

HOY ES UN DÍA DE SILENCIO Y SOLEDAD, DE ESPERA Y ESPERANZA. HOY NO HAY EUCARISTÍA, PERO NO POR ESO ES UN DÍA VACÍO. AL CONTRARIO, ES EL TIEMPO DE MÁXIMA ACTIVIDAD PARA EL SEÑOR QUE BAJA A LOS ABISMOS Y RESCATA A LOS QUE ESTABAN AGUARDANDO. PRECISAMENTE LA MUERTE DE CRISTO EN LA CRUZ ES LA RECONCILIACIÓN DEL MUNDO CON EL PADRE. ES UN DÍA DE MÁXIMA ACTIVIDAD INTERIOR. PODRÍAMOS DECIR QUE ES EL MOMENTO DE VIVIR PORQUE NUESTRA VIDA ESTÁ ESCONDIDA CON CRISTO EN DIOS.

CARD. EDUARDO F. PIRONIO

 

VIGILIA PASCUAL

LECTURAS:

Primera lectura: Génesis 1,1–2,2; Salmo responsorial: 103

Segunda lectura: Génesis 22,1-18; Salmo responsorial: 15

Tercera lectura: Éxodo 14,15–15, 1ª; Salmo responsorial: Éxodo 15  

Cuarta lectura: Isaías 54,5-14; Salmo responsorial: 29

Quinta lectura: Isaías 55,1-11; Salmo responsorial: Isaías 12

Sexta lectura: Baruc 3,9-15.32–4,4; Salmo responsorial: 18

Séptima lectura: Ezequiel 36, 17a.18-28; Salmo responsorial: 41-42

Romanos 6,3-11.  

EVANGELIO según san Marcos 16,1-8

El Evangelio de la resurrección de Jesucristo comienza con el ir de las mujeres hacia el sepulcro, temprano en la mañana del día después del sábado. Se dirigen a la tumba, para honrar el cuerpo del Señor, pero la encuentran abierta y vacía. Un ángel poderoso les dice: “Vosotras no tengáis miedo”, y les manda llevar la noticia a los discípulos: “Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea”. Las mujeres se marcharon a toda prisa y, durante el camino, Jesús les salió al encuentro y les dijo: “No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán”. “No tengáis miedo”, “no temáis”: es una voz que anima a abrir el corazón para recibir este mensaje. Después de la muerte del Maestro, los discípulos se habían dispersado; su fe se deshizo, todo parecía que había terminado, derrumbadas las certezas, muertas las esperanzas. Pero entonces, aquel anuncio de las mujeres, aunque increíble, se presentó como un rayo de luz en la oscuridad. La noticia se difundió: Jesús ha resucitado, como había dicho… Y también el mandato de ir a Galilea. Galilea es el lugar de la primera llamada, donde todo empezó. Volver allí, volver al lugar de la primera llamada. Volver a Galilea quiere decir releer todo a partir de la cruz y de la victoria; sin miedo, “no temáis”. También para cada uno de nosotros hay una “Galilea” en el comienzo del camino con Jesús. Volver a Galilea significa sobre todo volver allí, a ese punto incandescente en que la gracia de Dios me tocó al comienzo del camino. Con esta chispa puedo encender el fuego para el hoy, para cada día, y llevar calor y luz a mis hermanos y hermanas. Con esta chispa se enciende una alegría humilde, una alegría que no ofende el dolor y la desesperación, una alegría buena y serena… El evangelio es claro: es necesario volver allí, para ver a Jesús resucitado, y convertirse en testigos de su resurrección. No es un volver atrás, no es una nostalgia. Es volver al primer amor, para recibir el fuego que Jesús ha encendido en el mundo, y llevarlo a todos, a todos los extremos de la tierra. Volver a Galilea sin miedo. “Galilea de los gentiles” (Is 8,23): horizonte del Resucitado, horizonte de la Iglesia; deseo intenso de encuentro

FRANCISCO

QUE LA VIRGEN DE LA PASCUA:

LA VIRGEN DE LA ALEGRÍA Y LA ESPERANZA,

LA VIRGEN DEL SILENCIO Y DE LA LUZ, LA VIRGEN DEL ALLELUIA,

ESTA NOCHE HAGA BRILLAR EN NOSOTROS NUEVAMENTE

LA SEGURIDAD DEL CRISTO RESUCITADO.

QUE LA VIRGEN DEL HOMBRE NUEVO NOS HAGA

TAMBIÉN A NOSOTROS «CREACIÓN NUEVA» POR EL ESPÍRITU.

QUE LA VIRGEN DE LA CARIDAD Y DEL SERVICIO

NOS ABRA A LOS HERMANOS

Y NOS COMPROMETA DE VERAS A ABRAZAR AL MUNDO

ILUMINÁNDOLO EN LA FECUNDIDAD GOZOSA DEL AMOR.

¡ALLELUIA! ¡FELICES PASCUAS!

CARD. EDUARDO F. PIRONIO

 

DOMINGO DE PASCUA

LECTURAS:

Hechos 10, 34a.37-43

Salmo responsorial: 117

Colosenses 3,1-4

EVANGELIO según san Juan 20,1-9

Es una gran alegría para mí poderos dar este anuncio: ¡Cristo ha resucitado! Quisiera que llegara a todas las casas, a todas las familias, especialmente allí donde hay más sufrimiento, en los hospitales, en las cárceles… Quisiera que llegara sobre todo al corazón de cada uno, porque es allí donde Dios quiere sembrar esta Buena Nueva: Jesús ha resucitado, hay la esperanza para ti, ya no estás bajo el dominio del pecado, del mal. Ha vencido el amor, ha triunfado la misericordia. La misericordia de Dios siempre vence. ¿Qué significa que Jesús ha resucitado? Significa que el amor de Dios es más fuerte que el mal y la muerte misma, sig-nifica que el amor de Dios puede transformar nuestras vidas y hacer florecer esas zonas de desierto que hay en nuestro corazón. Y esto lo puede hacer el amor de Dios. Este mismo amor por el que el Hijo de Dios se ha hecho hombre, y ha ido hasta el fondo por la senda de la humildad y de la entrega de sí, hasta descender a los infiernos, al abismo de la separación de Dios, este mismo amor misericordioso ha inundado de luz el cuerpo muerto de Jesús, y lo ha transfigurado, lo ha hecho pasar a la vida eterna. Jesús no ha vuelto a su vida anterior, a la vida terrenal, sino que ha entrado en la vida gloriosa de Dios y ha entrado en ella con nuestra humanidad, nos ha abierto a un futuro de esperanza. He aquí lo que es la Pascua: el éxodo, el paso del hombre de la esclavitud del pecado, del mal, a la libertad del amor y la bondad. Porque Dios es vida, sólo vida, y su gloria somos nosotros: es el hombre vivo (cf. san Ireneo, Adv. haereses, 4,20,5-7).Cristo murió y resucitó una vez para siempre y por todos, pero el poder de la resurrección, este paso de la esclavitud del mal a la libertad del bien, debe ponerse en práctica en todos los tiempos, en los momentos concretos de nuestra vida, en nuestra vida cotidiana. He aquí, pues, la invitación que hago a todos: Acojamos la gracia de la Resurrección de Cristo. Dejémonos renovar por la misericordia de Dios, dejémonos amar por Jesús, dejemos que la fuerza de su amor transforme también nuestras vidas; y hagámonos instrumentos de esta misericordia, cauces a través de los cuales Dios pueda regar la tierra, custodiar toda la creación y hacer florecer la justicia y la paz. Así, pues, pidamos a Jesús resucitado, que transforma la muerte en vida, que cambie el odio en amor, la venganza en perdón, la guerra en paz. Sí, Cristo es nuestra paz, e imploremos por medio de él la paz para el mundo entero.

FRANCISCO

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