Semana Santa 2017

DOMINGO DE RAMOS

LECTURAS:

Isaías 50,4-7

Salmo responsorial: 21

Filipenses 2,6-11

EVANGELIO según san Mateo 26,3-5.14-27,66

“¡BENDITO EL QUE VIENE COMO REY,

EN NOMBRE DEL SEÑOR!” (Lc 19, 38)

Con estas palabras, la población de Jerusalén acogió a Jesús en su entrada en la ciudad santa, aclamándolo como rey de Israel. Sin embargo, algunos días más tarde, la misma multitud lo rechazará con gritos hostiles: “¡Que lo crucifiquen, que lo crucifiquen!” (Lc 23, 21). La liturgia del domingo de Ramos nos hace revivir estos dos momentos de la última semana de la vida terrena de Jesús. Nos sumerge en aquella multitud tan voluble, que en pocos días pasó del entusiasmo alegre al desprecio homicida.

En la cruz, Jesús muere por cada uno y cada una de nosotros. Por eso, la cruz es el signo más grande y elocuente de su amor misericordioso, el único signo de salvación para todas las generaciones y para la humanidad entera.

Ciertamente, el mensaje que la cruz comunica no es fácil de comprender en nuestra época, en la que se proponen y buscan como valores prioritarios el bienestar material y las comodidades. Pero vosotros, ¡no tengáis miedo de proclamar en toda circunstancia el evangelio de la cruz! ¡No tengáis miedo de ir contra corriente!

“Cristo… se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó” (Flp 2, 6.8-9). El admirable himno de la carta de san Pablo a los Filipenses acaba de recordarnos que la cruz tiene dos aspectos inseparables: es, al mismo tiempo, dolorosa y gloriosa. El sufrimiento y la humillación de la muerte de Jesús están íntimamente unidos a la exaltación y a la gloria de su resurrección.

La pasión y la resurrección de Cristo constituyen el centro de nuestra fe y nuestro apoyo en las inevitables pruebas diarias.

María, la Virgen de los Dolores y testigo silenciosa del gozo de la Resurrección, os ayude a seguir a Cristo crucificado y a descubrir en el misterio de la cruz el sentido pleno de la vida.

SAN JUAN PABLO II

TRIDUO PASCUAL

El Triduo pascual es el centro de todo el Año litúrgico. Con la ayuda de los ritos sagrados del Jueves santo, del Viernes santo y de la solemne Vigilia pascual, reviviremos el misterio de la pasión, muerte y resurrección del Señor. Son días que pueden volver a suscitar en nosotros un deseo más vivo de adherirnos a Cristo y de seguirlo generosamente, conscientes de que él nos ha amado hasta dar su vida por nosotros.

En efecto, los acontecimientos que nos vuelve a proponer el Triduo santo no son sino la manifestación sublime de este amor de Dios al hombre. Por consiguiente, dispongámonos a celebrar el Triduo pascual acogiendo la exhortación de san Agustín: “Ahora considera atentamente los tres días santos de la crucifixión, la sepultura y la resurrección del Señor. De estos tres misterios, realizamos en la vida presente aquello de lo que es símbolo la cruz, mientras que por medio de la fe y de la esperanza realizamos aquello de lo que es símbolo la sepultura y la resurrección” (Epístola 55, 14, 24).

BENEDICTO XVI – 12 de abril 2006

JUEVES SANTO

LECTURAS:

Éxodo 12,1-8.11-14

Salmo Responsorial: 115

I Corintios 11,23-26

EVANGELIO según san Juan 13,1-15

“Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1). Dios ama a su criatura, el hombre; lo ama también en su caída y no lo abandona a sí mismo. Él ama hasta el fin. Lleva su amor hasta el final, hasta el extremo: baja de su gloria divina. Se desprende de las vestiduras de su gloria divina y se viste con ropa de esclavo. Baja hasta la extrema miseria de nuestra caída. Se arrodilla ante nosotros y desempeña el servicio del esclavo; lava nuestros pies sucios, para que podamos ser admitidos a la mesa de Dios, para hacernos dignos de sentarnos a su mesa, algo que por nosotros mismos no podríamos ni deberíamos hacer jamás.

Dios no es un Dios lejano, demasiado distante y demasiado grande como para ocuparse de nuestras bagatelas. Dado que es grande, puede interesarse también de las cosas pequeñas. Dado que es grande, el alma del hombre, el hombre mismo, creado por el amor eterno, no es algo pequeño, sino que es grande y digno de su amor. La santidad de Dios no es sólo un poder incandescente, ante el cual debemos alejarnos aterrorizados; es poder de amor y, por esto, es poder purificador y sanador. Dios desciende y se hace esclavo; nos lava los pies para que podamos sentarnos a su mesa. Así se revela todo el misterio de Jesucristo. Así resulta manifiesto lo que significa redención. El baño con que nos lava es su amor dispuesto a afrontar la muerte. Sólo el amor tiene la fuerza purificadora que nos limpia de nuestra impureza y nos eleva a la altura de Dios. El baño que nos purifica es él mismo, que se entrega totalmente a nosotros, desde lo más profundo de su sufrimiento y de su muerte.

Él es continuamente este amor que nos lava. En los sacramentos de la purificación -el Bautismo y la Penitencia- él está continuamente arrodillado ante nuestros pies y nos presta el servicio de esclavo, el servicio de la purificación; nos hace capaces de Dios. Su amor es inagotable; llega realmente hasta el extremo.

BENEDICTO XVI 13 de abril de 2006

 

VIERNES SANTO

LECTURAS:

Isaías 52,13–53,12  

Salmo responsorial: Salmo 30  

Hebreos 4,14-16; 5,7-9

EVANGELIO según san Juan 18,1–19,42

El Viernes santo, centrado en el misterio de la Pasión, es un día de ayuno y penitencia, totalmente orientado a la contemplación de Cristo en la cruz. En las iglesias se proclama el relato de la Pasión y resuenan las palabras del profeta Zacarías: “Mirarán al que traspasaron” (Jn 19, 37). Y durante el Viernes santo también nosotros queremos fijar nuestra mirada en el corazón traspasado del Redentor, en el que, como escribe san Pablo, “están ocultos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia” (Col 2, 3), más aún, en el que “reside corporalmente toda la plenitud de la divinidad” (Col 2, 9).

Por eso el Apóstol puede afirmar con decisión que no quiere saber “nada más que a Jesucristo, y este crucificado” (1 Co 2, 2). Es verdad: la cruz revela “la anchura y la longitud, la altura y la profundidad” -las dimensiones cósmicas, este es su sentido- de un amor que supera todo conocimiento -el amor va más allá de todo cuanto se conoce- y nos llena “hasta la total plenitud de Dios” (cf. Ef 3, 18-19).

En el misterio del Crucificado “se realiza ese ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es amor en su forma más radical” (Deus caritas est, 12). La cruz de Cristo, escribe en el siglo V el Papa san León Magno, “es fuente de todas las bendiciones y causa de todas las gracias” (Discurso 8 sobre la pasión del Señor, 6-8: PL 54, 340-342).

BENEDICTO XVI – 12 de abril 2006

 

¿POR QUÉ AGONIZA Y MUERE JESÚS?

¡PENSÉMOSLO!

 

Es el gran misterio de la Cruz:

Jesús sufre por nosotros.

Él es víctima.

Él condivide el mal físico del hombre

para curar su mal moral,

para anular en sí nuestros pecados.

¡Hombres sin esperanza!

Hombres, que se

ilusionan en reconquistar la paz

de la conciencia

sofocando en

el fondo de ella

sus remordimientos inextinguibles

(todos los pecadores los tenemos si somos verdaderamente hombres),

¿por qué damos la espalda a la Cruz?

Tengamos todos la valentía de volvernos hacia ella,

de reconocernos culpables en ella; tengamos la confianza de fijar la vista

en su figura misteriosa; ¡ella nos habla de misericordia, de amor, de resurrección!

¡Ella irradia la salvación para nosotros!

BEATO PABLO VI

 

SÁBADO SANTO

El Sábado santo la Iglesia, uniéndose espiritualmente a María, permanece en oración junto al sepulcro, donde el cuerpo del Hijo de Dios yace inerte como en una condición de descanso después de la obra creadora de la Redención, realizada con su muerte (cf. Hb 4, 1-13).

 

VIGILIA PASCUAL

 

“Madre de todas la vigilias,

en la que todo el mundo está despierto”.

(s. Agustín)

 

LECTURAS:

Primera lectura: Génesis 1,1–2,2; Salmo responsorial: 103

Segunda lectura: Génesis 22,1-18; Salmo responsorial: 15

Tercera lectura: Éxodo 14,15–15,1a;Salmo responsorial: Éxodo 15  

Cuarta lectura: Isaías 54,5-14; Salmo responsorial: 29

Quinta lectura: Isaías 55, 1-11; Salmo responsorial: Isaías 12

Sexta lectura: Baruc 3,9-15.32–4,4; Salmo responsorial: 18

Séptima lectura: Ezequiel 36,17a.18-28; Salmo responsorial: 41-42

Romanos 6,3-11.  

EVANGELIO según san Mateo 28,1-10

 

Según una antiquísima tradición, ésta es una noche de vela en honor del Señor (Ex 12,42). Los fieles, tal como lo recomienda el Evangelio (Lc 12,35ss), deben asemejarse a los criados que, con las lámparas encendidas en sus manos, esperan el retorno de su Señor, para que cuando llegue les encuentre en vela y los invite a sentarse a su mesa. “Permanezcamos pues en vela y oremos para celebrar esta vigilia exterior e interiormente. Háblenos Dios en sus lecturas. Hablemos nosotros a Dios con nuestras preces” (S. Agustín).

¿Velar a la noche? Es lo más coherente: la Iglesia vela la noche esperando a su Esposo que vendrá, sobre todo, en la Eucaristía de esta noche. En la didascalia de los Apóstoles (siglo III) leemos: “Durante toda la noche permaneced reunidos en comunidad, no durmáis, pasad la noche en vela, rezando y orando, leyendo los profetas, el evangelio y los salmos con temor y temblor, en un clima de súplica incesante, hasta la tercera vigilia de la noche, después del sábado. Ofreced después vuestro sacrificio. Alegraos entonces y comed, llenaos de gozo y de júbilo porque Cristo ha resucitado, como prenda de vuestra resurrección”.

JOSÉ ALDAZÁBAL

DOMINGO DE PASCUA

LECTURAS:

Hechos 10, 34a. 37-43

Salmo responsorial: 117

Colosenses 3,1-4

EVANGELIO según san Juan 20, 1-9

¡FELIZ PASCUA! ¡CRISTO HA RESUCITADO!

El sentimiento dominante que brota de los relatos evangélicos de la Resurrección es la alegría llena de asombro, ¡pero un asombro grande! ¡La alegría que viene de dentro! Y en la liturgia revivimos el estado de ánimo de los discípulos por las noticias que las mujeres les habían llevado: ¡Jesús ha resucitado! ¡Nosotros lo hemos visto! Dejemos que esta experiencia, impresa en el Evangelio, se imprima también en nuestro corazón y se transparente en nuestra vida. Dejemos que el asombro gozoso del Domingo de Pascua se irradie en los pensamientos, en las miradas, en las actitudes, en los gestos y en las palabras… ¡Ojalá fuésemos así de luminosos! Esto viene de dentro, de un corazón inmerso en la fuente de este gozo. Quien experimenta esto se convierte en testigo de la Resurrección, porque en cierto sentido resucita él mismo, resucita ella misma. De este modo es capaz de llevar un “rayo” de la luz del Resucitado a las diversas situaciones: a las que son felices, haciéndolas más hermosas y preservándolas del egoísmo; a las dolorosas, llevando serenidad y esperanza.

FRANCISCO

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