benito angelico






SAN BENITO DE NURSIA

Se celebra el 11 de julio

De los escritos de Mauro Wolter, abad

Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolongue tu vida sobre la tierra. Oh tú, quienquiera que militas para Cristo bajo la Regla de san Benito, tienes como padre dulcísimo y glorioso al patriarca de los monjes, y ciertamente como madre la santa Regla o Religión, que él redactó. Cuán digno de admiración es este patriarca y con cuánto honor ha de ser venerado, lo proclaman los testigos de grandísima autoridad e insigne santidad, a lo largo de catorce siglos. Fue un hombre de vida venerable y, según su nombre, bendecido admirablemente con tal gracia que como el lucero del alba entre las nubes, como ilumina la luna llena en sus días, y como el sol resplandeciente, así brilló él en el templo de Dios. Colmado del espíritu de todos los justos y del poder de todos los santos, no solo se distinguió por el preclaro esplendor de las virtudes, sino que también resplandeció con milagros perfectamente admirables y casi inauditos. Fue padre feliz de una descendencia innumerable, proclamado con verdad padre de los padres y otro Abraham, puesto que engendró para la sagrada religión millares de hijos y llegó a ser autor de toda la estirpe monástica, y también por medio de sus discípulos, apóstoles de numerosas naciones, sometió a Cristo rey casi toda Europa. Por esta razón con piedad y justicia es llamado no solo príncipe, guía y maestro de los monjes, sino también verdadero padre y patrono de la ingente familia cristiana.
A ti, entre todos los demás, te corresponde no omitir ningún homenaje para celebrar, con ánimo piadoso y agradecido, a tan preclaro y dulce padre en Cristo, con las más esclarecidas alabanzas. Honra a tu padre, porque la bendición del padre afirma las casas de los hijos.
El santo patriarca ha merecido ante todo la alabanza, que ahora cantamos, por su condición de legislador de la vida monástica y maestro de una escuela santísima. Ha escrito, con la ayuda del Espíritu Santo, la Regla de los monjes, códice verdaderamente bendito, que todos creen que ha descendido del Padre de las luces. Esta es la Regla santa e ilustre por su discreción, que ensalzaron con admirables elogios los sumos pontífices, los sagrados concilios, los santos padres. La misma es suavísimo testamento del padre piadoso, preclaro monumento del gran guía, voz del maestro que resuena por todos los siglos. Ella misma es, según yo mismo la llamo, carta magna de los monjes, instrumento de libertad, cuerpo judicial, norma, columna y estandarte de la milicia. Como Moisés desde el monte Sinaí, así Benito desde Montecassino anunció la voluntad divina al nuevo Israel, a fin de que pudiera clamar: Felices somos, Israel, pues lo que agrada al Señor se nos ha revelado.
He aquí por tanto la ley que tú, hermano, has jurado, bajo la cual solemnemente has prometido militar. Debes temer ser negligente en sus preceptos más insignificantes. Pues al que derriba un cerco, lo muerde una culebra, y el que desprecia las cosas pequeñas, poco a poco caerá. Si los votos son un muro, las demás prescripciones significan el antemuro, con el cual es ceñida la perfección cristiana, o el baluarte con el cual es protegida. Ellos son los cabellos de los nazireos, las trenzas de Sansón, las alas del que vuela, la coraza del que combate. De toda ley es lícito decir con cierta razón: No pasará una i ni una tilde de la ley hasta que todo se realice. Para todos los que hayan seguido esta Regla, paz y misericordia, y gozo del Espíritu Santo. De la observancia regular depende la salvación del religioso, la firmeza del cenobio y el honor consolidado de la Congregación.
Siendo así las cosas, ¡recibe la santa Regla como de las manos de Dios y de tu padre Benito! Consagra todo tu esfuerzo a su estudio, a fin de que de día en día manifiestes a esta Regla, tan colmada de bendiciones, mayor y más íntegra reverencia, dilección, observancia, para que leyéndola y meditándola percibas profundamente su sentido y su espíritu, y cotidianamente leída en el Capítulo y en el refectorio la escuches con ánimo muy atento, devoto y agradecido, al decir en cierto modo contigo: Al comienzo está escrito de mí que yo haga, Dios mío, tu voluntad: lo he deseado, y llevo tu ley en mi corazón.
En lo que atañe a los votos o consejos evangélicos, con los cuales te has sujetado a Dios, orientan hacia el origen y la norma, por la doctrina y el ejemplo del Salvador mismo. Recuerda lo que ha sido dicho acerca de ti: Jesús, fijando en él su mirada, lo amó y le dijo: «Ven, sígueme». Así pues, con ferventísimo amor y corazón dilatado renueva con frecuencia tu profesión, considerándote dichosísimo y verdaderamente bendito, tú a quien entre decenas y centenares de miles Dios eligió a fin de que seas santo para el Señor tu Dios. Da incesantemente infinitas gracias una y otra vez a tu esposo, hasta que los ángeles clamen: Ven, recibe la corona que el Señor te ha preparado desde toda la eternidad.

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