¿Qué quiere decir para nosotros vivir la Semana Santa?

salterio-reichenauVivir la Semana Santa siguiendo a Jesús quiere decir aprender a salir de nosotros mismos para ir al encuentro de los demás, sobre todo aquellos más lejanos, aquellos que son olvidados, que tienen más necesidad de comprensión, de consolación, de ayuda. ¡Hay tanta necesidad de llevar la presencia viva de Jesús misericordioso y rico de amor! Vivir la Semana Santa es entrar cada vez más en la lógica de Dios, en la lógica de la Cruz, que no es ante todo aquella del dolor y de la muerte, sino la del amor y del don de sí que trae vida.

FRANCISCO

En el transcurso de esta semana, que llamamos semana mayor, llegó a su fin la prolongada tiranía del diablo, fue disipada la muerte, el fuerte ha sido vencido y sus bienes dispersados; el pecado ha sido rechazado y la maldición abolida, el paraíso nuevamente abierto y permitido el acceso al cielo, los hombres han entrado en comunicación con los ángeles, el muro de separación ha sido destruido, el velo arrancado, y el Dios de la paz ha traído la paz al cielo y a la tierra. He aquí el motivo por el cual esta semana se llama semana mayor.

Es comprensible que durante esta semana la multitud de los cristianos intensifique sus esfuerzos: unos aumenten sus ayunos, otros las vigilias sagradas y otros sus limosnas. Es la manera de dar testimonio de la magnitud del bien que Dios nos ha hecho.

SAN JUAN CRISÓSTOMO

DOMINGO DE RAMOS

"Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino"

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LECTURAS:

Isaías 50,4-7

Salmo Responsorial: 21.

Filipenses 2,6-11

EVANGELIO según san Lucas 22,7.14-23,56

 

He aquí que Cristo se aproxima sentado sobre un asno cual si fuera un trono: ...Con el rostro radiante de alegría, llevemos antorchas de gozo; renovemos nuestra vestidura interior como es debido por Dios; enderecemos los caminos de la vida; abramos nuestros corazones para que entre el Rey; como vencedores de la muerte, enarbolemos las palmas de la victoria, agitando ramos de olivo para el Ramo nacido de María. Que nuestras alabanzas se vuelvan angélicas para el Dios de los ángeles, que nuestras voces se unan a las de los niños para aclamar la majestad divina, y exclamemos con el pueblo aquello que corresponde al pueblo: ¡Hosanna en las alturas! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! El Señor es Dios: él nos ilumina, a nosotros que estábamos sentados en tinieblas y en sombra de muerte. Venid, pues, todos los pueblos, y con el pueblo de Jerusalén aclamemos hoy también nosotros a Cristo, diciendo: “Hosanna, sálvanos en los cielos, Señor Dios”. ¡Asombrosa e inaudita maravilla! ... Bendito sea el que viene sin abandonar el cielo: bendito por su esplendor y su gracia; viene rodeado de la belleza y de la majestad divinas; bendito sea aquel que viene a mí, simbólicamente sentado sobre un asno, cual si fuera un asno celestial. Hermanos míos, vayamos también nosotros a su encuentro, con la multitud que se reunirá en torno a su cabeza, mundo visible y mundo invisible, profetas y discípulos que nos han precedido y también aquellos que marchan detrás del asno: es decir, todos los que están unidos a Dios por la fe. Hoy los seres celestiales así como los terrenales y los habitantes de los abismos no tienen sino un solo canto; todos los labios y todos los corazones se abren para la alabanza.

PSEUDO EPIFANIO

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TRIDUO PASCUAL

Queridos hermanos y hermanas, en estos días singulares, orientemos decididamente la vida hacia una adhesión generosa y convencida a los designios del Padre celestial; renovemos nuestro "sí" a la voluntad divina, como hizo Jesús con el sacrificio de la cruz. Los sugestivos ritos del Jueves santo, del Viernes santo, el silencio impregnado de oración del Sábado santo y la solemne Vigilia pascual nos brindan la oportunidad de profundizar en el sentido y en el valor de nuestra vocación cristiana, que brota del Misterio pascual, y de concretizarla en el fiel seguimiento de Cristo en toda circunstancia, como hizo Él, hasta la entrega generosa de nuestra existencia.

BENEDICTO XVI

JUEVES SANTO

"Los amó hasta el fin"


lavatorio-pies-manuscrito-s-xiiioxiiiLECTURAS:

Éxodo 12,1-8.11-14

Salmo Responsorial: 115

I Corintios 11,23-26

EVANGELIO según san Juan 13,1-15

 

En este momento, en el que el Señor en la Santísima Eucaristía se da a sí mismo, su cuerpo y su sangre, y se entrega en nuestras manos y en nuestros corazones, queremos dejarnos alcanzar por su oración. Queremos entrar nosotros mismos en su oración, y así le pedimos: Sí, Señor, danos la fe en ti, que eres uno solo con el Padre en el Espíritu Santo. Concédenos vivir en tu amor y así llegar a ser uno como tú eres uno con el Padre, para que el mundo crea. Amén.

BENEDICTO XVI

El cristianismo es ante todo don: Dios se da a nosotros; no da algo, se da a sí mismo. Y eso no sólo tiene lugar al inicio, en el momento de nuestra conversión. Dios sigue siendo siempre el que da. Nos ofrece continuamente sus dones. Nos precede siempre. Por eso, el acto central del ser cristianos es la Eucaristía: la gratitud por haber recibido sus dones, la alegría por la vida nueva que Él nos da. Con todo, no debemos ser sólo destinatarios pasivos de la bondad divina. Dios nos ofrece sus dones como a interlocutores personales y vivos. El amor que nos da es la dinámica del “amar juntos”, quiere ser en nosotros vida nueva a partir de Dios. Así comprendemos las palabras que dice Jesús a sus discípulos, y a todos nosotros, al final del relato del lavatorio de los pies: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros”. El “mandamiento nuevo” no consiste en una norma nueva y difícil, que hasta entonces no existía. Lo nuevo es el don que nos introduce en la mentalidad de Cristo.

BENEDICTO XVI

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VIERNES SANTO

"Vayamos confiadamente al trono de la gracia,

a fin de obtener misericordia"

 

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En la Cruz vemos la monstruosidad del hombre, cuando se deja guiar por el mal; pero vemos también la inmensidad de la misericordia de Dios que no nos trata según nuestros pecados, sino según su misericordia.

FRANCISCO

 

LECTURAS:

Isaías 52,13–53,12  

Salmo responsorial: Salmo 30  

Hebreos 4,14-16; 5,7-9

EVANGELIO según san Juan 18,1–19,42

 

En esta noche debe permanecer sólo una palabra, que es la Cruz misma. La Cruz de Jesús es la Palabra con la que Dios ha respondido al mal del mundo. A veces nos parece que Dios no responde al mal, que permanece en silencio. En realidad Dios ha hablado, ha respondido, y su respuesta es la Cruz de Cristo: una palabra que es amor, misericordia, perdón. Y también juicio: Dios nos juzga amándonos. Recordemos esto: Dios nos juzga amándonos. Si acojo su amor estoy salvado, si lo rechazo me condeno, no por Él, sino por mí mismo, porque Dios no condena, Él sólo ama y salva.

FRANCISCO

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SÁBADO SANTO

"Inclinando la cabeza, entregó su espíritu"

Bamberg-Apocalipsis-deposicionEl Sábado santo se caracteriza por un profundo silencio. Las iglesias están desnudas y no se celebra ninguna liturgia. Los creyentes, mientras aguardan el gran acontecimiento de la Resurrección, perseveran con María en la espera, rezando y meditando. En efecto, hace falta un día de silencio para meditar en la realidad de la vida humana, en las fuerzas del mal y en la gran fuerza del bien que brota de la pasión y de la resurrección del Señor. En este día se da gran importancia a la participación en el sacramento de la Reconciliación, camino indispensable para purificar el corazón y prepararse para celebrar la Pascua íntimamente renovados. Al menos una vez al año necesitamos esta purificación interior, esta renovación de nosotros mismos. Este Sábado de silencio, de meditación, de perdón, de reconciliación, desemboca en la Vigilia pascual, que introduce el domingo más importante de la historia, el domingo de la Pascua de Cristo.

BENEDICTO XVI

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VIGILIA PASCUAL

"Aleluya, den gracias al Señor porque es bueno,

porque es eterna su misericordia"

 

LECTURAS:

Primera lectura: Génesis 1,1–2,2; Salmo responsorial: 103

Segunda lectura: Génesis 22,1-18; Salmo responsorial: 15

Tercera lectura: Éxodo 14,15–15,1a;Salmo responsorial: Éxodo 15  

Cuarta lectura: Isaías 54,5-14; Salmo responsorial: 29

Quinta lectura: Isaías 55,1-11; Salmo responsorial: Isaías 12

Sexta lectura: Baruc 3,9-15.32–4,4; Salmo responsorial: 18

Séptima lectura: Ezequiel 36,17a.18-28; Salmo responsorial: 41-42

Romanos 6,3-11.

EVANGELIO según san Lucas 24,1-12

 

La Iglesia vela junto al fuego nuevo bendecido y medita en la gran promesa, contenida en el Antiguo y en el Nuevo Testamento, de la liberación definitiva de la antigua esclavitud del pecado y de la muerte. En la oscuridad de la noche, con el fuego nuevo se enciende el cirio pascual, símbolo de Cristo que resucita glorioso. Cristo, luz de la humanidad, disipa las tinieblas del corazón y del espíritu e ilumina a todo hombre que viene al mundo. Junto al cirio pascual resuena en la Iglesia el gran anuncio pascual: Cristo ha resucitado verdaderamente, la muerte ya no tiene poder sobre él. Con su muerte, ha derrotado el mal para siempre y ha donado a todos los hombres la vida misma de Dios. Según una antigua tradición, durante la  Vigilia pascual, los catecúmenos reciben el bautismo para poner de relieve la participación de los cristianos en el misterio de la muerte y de la resurrección de Cristo. Desde la esplendorosa noche de Pascua, la alegría, la luz y la paz de Cristo se difunden en la vida de los fieles de toda comunidad cristiana y llegan a todos los puntos del espacio y del tiempo.

BENEDICTO XVI

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DOMINGO DE PASCUA

"Ustedes han resucitado con Cristo"

LECTURAS:

Hechos 10,34a.37-43

Salmo responsorial: 117

Colosenses 3,1-4

EVANGELIO según san Juan 20,1-9

 

“SURREXIT CHRISTUS, SPES MEA” 

“RESUCITÓ CRISTO, MI ESPERANZA”

(Secuencia pascual)

Llegue a todos vosotros la voz exultante de la Iglesia, con las palabras que el antiguo himno pone en labios de María Magdalena, la primera en encontrar en la mañana de Pascua a Jesús resucitado. Ella corrió hacia los otros discípulos y, con el corazón sobrecogido, les anunció: “He visto al Señor”. También nosotros, que hemos atravesado el desierto de la Cuaresma y los días dolorosos de la Pasión, hoy abrimos las puertas al grito de victoria: “¡Ha resucitado! ¡Ha resucitado verdaderamente!” Todo cristiano revive la experiencia de María Magdalena. Es un encuentro que cambia la vida: el encuentro con un hombre único, que nos hace sentir toda la bondad y la verdad de Dios, que nos libra del mal, no de un modo superficial, momentáneo, sino que nos libra de él radicalmente, nos cura completamente y nos devuelve nuestra dignidad. He aquí por qué la Magdalena llama a Jesús “mi esperanza”: porque ha sido Él quien la ha hecho renacer, le ha dado un futuro nuevo, una existencia buena, libre del mal. “Cristo, mi esperanza”, significa que cada deseo mío de bien encuentra en Él una posibilidad real: con Él puedo esperar que mi vida sea buena y sea plena, eterna, porque es Dios mismo que se ha hecho cercano hasta entrar en nuestra humanidad.

BENEDICTO XVI

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