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Este niño será llamado nazareo: no beberá vino ni licor, un monje desde su infancia.

No se le pide su parecer: no es posible pensar que pueda eludir a Dios. Su nombre, su oficio, su misión, to-do esto está det

erminado por Dios des-de antes de su nacimiento. ¡Si por lo menos Dios hubiera consentido en unir a este designio un poco de ternura, de consuelo, de alegría! Pero no parece haberse preocupado por ello.

De la misma edad que Jesús y pariente suyo, Juan hubiera podido y debido vivir cerca de él. Pero Jesús partió de Belén a Egipto, de Egipto a Nazaret. Se vieron poco o nada: Yo no le conocía. Hubiera tenido que ingresar en la comunidad del Señor después del bautismo. El Señor hubiera podido entregarle su madre, confiarle los poderes de Pedro, los privilegios del apóstol Juan. ¡Él era tan fiel! Incapaz de traicionar o renegar. ¡Y su respeto a Dios! Al ver al Cordero de Dios, lo señala con una alegría serena y una incomparable humildad: Es preciso que él crezca... Le da sus mejores discípulos: Pedro, Andrés, Felipe, Bartolomé, Santiago y Juan. Tanta fidelidad parecía urgir al Señor a concederle algo en recompensa. No. La exigencia, la severidad.

Y cuando Dios está seguro de un alma, no le exime de nada. Va hasta el extremo de sus exigencias divinas con una especie de impasibilidad tremenda. ¡Estas cosas ya han sido vividas! Juan vivía como nosotros. No era de bronce, o de mármol. Tenía un corazón de carne. Las cosas le afectaban. ¡Y amaba al Señor! Y he aquí cómo a su vez lo trataba el Señor: Adondequiera que yo te envíe irás, y todo lo que te mande dirás... Y sin excusarse, como Moisés, como Jeremías. Mira que no sé expresarme…“¡Pero yo nunca he ido a la corte de Herodes!” Tú irás.

No hubo ninguna murmuración. Por más lejos que lo llevaran las disposiciones del Rey, allí fue y se inclinó la docilidad del heraldo. Una vocación de esta naturaleza crea en el alma una actitud especial: ¿Qué irá a ser este niño?¿Docilidad? No es decir suficiente. Va más allá. Una especie de apacible desinterés sobrenatural. A ese nivel, todas las cosas, todas las creaturas tienen el mismo tono. Sentirse de este modo consagrado a Dios libera de todo. Fuera de él, ya no existe nada: Estaba en el desierto. Se contempla la misión recibida de Dios, sin mirarse a sí mismo, sin quejarse, sin conmoverse a causa de sí.

¡Juan ni siquiera se conoce a sí mismo! Yo soy la voz del que clama en el desierto. Una voz: algo inasequible; y sitúa a Dios en la definición de sí mismo. ¿De dónde procede este desinterés? Es que el interés de su vida está concentrado en un punto. No se trata ni de ser un personaje –era de estirpe sacerdotal–, ni de conservar sus derechos, ni de ser una figura. Sino solamente de corresponder a todas las disposiciones de la providencia. Es la adoración en espíritu y en verdad. La alegría de desaparecer ante Dios, de dejarle a él todo el lugar, y de descender silenciosamente al suyo: el anonadamiento. ¿Hay algo en el mundo que sea más glorioso que esto? No ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan.

PAUL DELATTE, ABAD

 

Oración Colecta:Dios nuestro, que confiaste a san Juan Bautista la misión de preparar para Cristo, el Señor, un pueblo bien dispuesto, concede a tu Iglesia la gracia de la alegría espiritual, y dirige los corazones de los fieles por el camino de la salvación y de la paz. Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

 

Del libro de Isaías 49,1-6

¡Escúchenme, costas lejanas, presten atención, pueblos remotos! El Señor me llamó desde el vientre materno, desde el vientre de mi madre pronunció mi nombre. El hizo de mi boca una espada afilada, me ocultó a la sombra de su mano; hizo de mí una flecha punzante, me escondió en su aljaba. El me dijo: “Tú eres mi Servidor, Israel, por ti yo me glorificaré”. Pero yo dije: “En vano me fatigué, para nada, inútilmente, he gastado mi fuerza”. Sin embargo, mi derecho está junto al Señor y mi retribución, junto a mi Dios. Y ahora, ha hablado el Señor, el que me formó desde el vientre materno para que yo sea su Servidor, para hacer que Jacob vuelva a él y se le reúna Israel. Yo soy valioso a los ojos del Señor y mi Dios ha sido mi fortaleza. El dice: “Es demasiado poco que seas mi Servidor para restaurar a las tribus de Jacob y hacer volver a los sobrevivientes de Israel; yo te destino a ser la luz de las naciones, para que llegue mi salvación hasta los confines de la tierra”.

 

Salmo responsorial: 138, 1-3.13-15 

Te doy gracias porque me has escogido prodigiosamente

Señor, tu me sondeas y me conoces, me conoces cuando me siento o me levanto, de lejos penetras mis pensamientos. Diriges mi camino y mi descanso, todas mis sendas te son familiares. R/

Tú has creado mis entrañas, me has tejido en el seno materno. Te doy gracias porque me has escogido portentosamente, porque son admirables tus obras. R/

Tú conocías hasta el fondo de mi alma, no desconocías mis huesos, cuando en lo oculto me iba formando, y entretejiendo en lo profundo de la tierra. R/

 

De los Hechos de los Apóstoles 13,22-26

En la Sinagoga de Antioquía de Pisidia, Pablo decía: “Dios para nuestros padres suscitó como rey a David, de quien dio este testimonio: He encontrado en David, el hijo de Jesé, a un hombre conforme a mi corazón que cumplirá siempre mi voluntad. De la descendencia de David, como lo había prometido, Dios hizo surgir para Israel un Salvador, que es Jesús. Como preparación a su venida, Juan había predicado un bautismo de penitencia a todo el pueblo de Israel. Y al final de su carrera, Juan Bautista decía: “Yo no soy el que ustedes creen, pero sepan que después de mí viene aquel a quien yo no soy digno de desatar las sandalias”. Hermanos, este mensaje de salvación está dirigido a ustedes: los descendientes de Abraham y los que temen a Dios.

Evangelio según san Lucas 1,57-66.80

Cuando llegó el tiempo en que Isabel debía ser madre, dio a luz un hijo. Al enterarse sus vecinos y parientes de la gran misericordia con que Dios la había tratado, se alegraban con ella. A los ocho días, se reunieron para circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como su padre; pero la madre dijo: “No, debe llamarse Juan”. Ellos le decían: “No hay nadie en tu familia que lleve ese nombre”. Entonces preguntaron por señas al padre qué nombre quería que le pusieran. Este pidió una pizarra y escribió: “Su nombre es Juan”. Todos quedaron admirados. Y en ese mismo momento, Zacarías recuperó el habla y comenzó a alabar a Dios. Este acontecimiento produjo una gran impresión entre la gente de los alrededores, y se lo comentaba en toda la región montañosa de Judea. Todos los que se enteraron guardaban este recuerdo en su corazón y se decían: “¿Qué llegará a ser este niño?” Porque la mano del Señor estaba con él. El niño iba creciendo y se fortalecía en su espíritu; y vivió en lugares desiertos hasta el día en que se manifestó a Israel.

 

Preparar, discernir, disminuir. En estos tres verbos se encierra la experiencia espiritual de san Juan Bautista, aquel que precedió la venida del Mesías «predicando el bautismo de conversión» al pueblo de Israel. Juan trabajó sobre todo para preparar, sin tomar nada para sí. Él, era un hombre importante: la gente lo buscaba, lo seguía, porque sus palabras eran fuertes como espadas afiladas, según la expresión de Isaías (49, 2). El Bautista llega al corazón de la gente. Y si quizá tuvo la tentación de creer que era importante, no cayó en ella, como demuestra la respuesta dada a los doctores que le preguntaban si era el Mesías: «Soy voz, sólo voz —dijo— de uno que grita en el desierto. Yo soy solamente voz, pero he venido para preparar el camino al Señor». Su primera tarea, por lo tanto, es «preparar el corazón del pueblo para el encuentro con el Señor».

Pero ¿quién es el Señor? En la respuesta a esta pregunta se encuentra «la segunda vocación de Juan: discernir, entre tanta gente buena, quién era el Señor». Y el Espíritu le reveló esto. De modo que él tuvo el valor de decir: «Es éste. Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.

Aquí se inserta la tercera vocación de Juan: disminuir. Porque precisamente desde ese momento su vida comenzó a decrecer, a disminuir para que creciera el Señor, hasta anularse a sí mismo. Esta fue la etapa más difícil de Juan, porque el Señor tenía un estilo que él no había imaginado, a tal punto que en la cárcel, donde había sido recluido por Herodes Antipa, sufrió no sólo la oscuridad de la celda, sino la oscuridad de su corazón. Las dudas le asaltaron: «Pero ¿será éste? ¿No me habré equivocado?» A tal grado, que pide a los discípulos que vayan a Jesús para preguntarle: «Pero, ¿eres tú verdaderamente, o tenemos que esperar a otro?»

«La humillación de Juan es doble: la humillación de su muerte, como precio de un capricho, y también la humillación de no poder vislumbrar la historia de salvación: la humillación de la oscuridad del alma. Este hombre que había anunciado al Señor detrás de él, que lo había visto delante de él, que supo esperarle, que supo discernir, ahora ve a Jesús lejano. Esa promesa se alejó. Y acaba solo, en la oscuridad, en la humillación. No porque amase el sufrimiento, sino porque se anonadó tanto para que el Señor creciera. Acabó humillado, pero con el corazón en paz.

Es bello pensar así la vocación del cristiano. En efecto, un cristiano no se anuncia a sí mismo, anuncia a otro, prepara el camino a otro: al Señor. Es más debe saber discernir, debe conocer cómo discernir la verdad de aquello que parece verdad y no es: hombre de discernimiento. Y finalmente debe ser un hombre que sepa abajarse para que el Señor crezca, en el corazón y en el alma de los demás.

Francisco