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María, tú fuiste proclamada feliz
por Isabel porque dijiste que sí (cf. Lc 1,45).
Ayúdanos a vivir la fecundidad de nuestra respuesta.
Queremos decir siempre que sí a las exigencias de Dios.
Que el mundo de hoy sienta la alegría de tu presencia
porque tú nos has contagiado la alegría.

Cardenal Pironio

En nuestro camino de preparación a la Navidad hemos llegado al cuarto domingo de Adviento. Dentro de una semana celebraremos la fiesta del Nacimiento de Nuestro Señor. En la Misa de hoy la Iglesia nos hace meditar en la fe de María, recordándonos el elogio que le dirigió su pariente Isabel: "¡Dichosa tú que has creído!, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá" (Lc 1, 45). Sentimos que este episodio del Evangelio de Lucas, leído en la perspectiva de la Navidad, es una invitación y una advertencia para que fortalezcamos también nuestra fe en la verdad de Jesús, el Hijo de Dios, el Verbo Eterno, que se hace carne en el seno de la Virgen para habitar entre los hombres y darles la gracia y la verdad (cf. Jn 1, 14. 17). Las palabras de Isabel nos recuerdan que la Virgen es bendita precisamente porque al anuncio del Ángel, mensajero de la voluntad de Dios Padre, respondió con la obediencia de la fe, abandonándose totalmente a Dios. María ha prestado verdaderamente al Señor el obsequio de su mente y voluntad, muy consciente de que en el momento del anuncio se cumplían las promesas hechas a los padres del pueblo elegido y disponiéndose con generosidad incondicional a la perfecta colaboración en el proyecto divino. En esta última etapa del Adviento meditamos sobre la fe con la que María se preparó para acoger, creyendo firmemente, a Aquel que debía nacer de Ella; el Santo, el Hijo de Dios. Que estos sentimientos de fe sean los que guíen también la preparación del belén en todas vuestras casas. Esta sugestiva tradición hace revivir ante nuestros ojos, por medio de figuras artísticas, o de carácter popular, el misterio de Belén. En la construcción del belén somos llevados idealmente a la gruta donde el Verbo de Dios quiso nacer en la humildad y en el escondimiento. También nosotros, como María y José, y los pastores, nos acercamos en espíritu de adoración al Salvador, nacido en la noche santa.
SAN JUAN PABLO II - Domingo 18 de diciembre de 1988

Oración Colecta: Señor, derrama tu gracia en nuestros corazones, y ya que hemos conocido por el anuncio del Ángel la encarnación de tu Hijo Jesucristo, condúcenos por su Pasión y su Cruz, a la gloria de la resurrección. Él que vive y reina contigo, en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Lectura de la profecía de Miqueas 5, 1-4a
Así habla el Señor: Y tú, Belén Efratá, tan pequeña entre los clanes de Judá, de ti me nacerá el que debe gobernar a Israel: sus orígenes se remontan al pasado, a un tiempo inmemorial. Por eso, el Señor los abandonará hasta el momento en que dé a luz la que debe ser madre; entonces el resto de sus hermanos volverá junto a los israelitas. Él se mantendrá de pie y los apacentará con la fuerza del Señor, con la majestad del nombre del Señor, su Dios. Ellos habitarán tranquilos, porque Él será grande hasta los confines de la tierra. ¡Y Él mismo será la paz!.

Salmo responsorial: 79, 2ac.3b.15-16.18-19
R/ Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve.

Pastor de Israel, escucha, tú que te sientas sobre querubines, resplandece. Despierta tu poder y ven a salvarnos. R/
Dios de los Ejércitos, vuélvete: mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña, la cepa que tu diestra plantó y que tú hiciste vigorosa. R/
Que tu mano proteja a tu escogido, al hombre que tú fortaleciste. No nos alejaremos de ti; danos vida, para que invoquemos tu nombre. R/

De la carta a los Hebreos 10, 5-10
Hermanos: Cristo, al entrar en el mundo, dijo: “Tú no has querido sacrificio ni oblación; en cambio, me has dado un cuerpo. No has mirado con agrado los holocaustos ni los sacrificios expiatorios. Entonces dije: Dios, aquí estoy, yo vengo –como está escrito de mí en el libro de la Ley– para hacer tu voluntad”. Él comienza diciendo: “Tú no has querido ni has mirado con agrado los sacrificios, los holocaustos, ni los sacrificios expiatorios, a pesar de que están prescritos por la Ley”. Y luego añade: “Aquí estoy, yo vengo para hacer tu voluntad”. Así declara abolido el primer régimen para establecer el segundo. Y en virtud de esta voluntad quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha de una vez para siempre.

Evangelio según san Lucas 1, 39-45
Durante su embarazo, María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Apenas ésta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su vientre, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó: “¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi vientre. Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor”.

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«Se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa de Judá». Lo primero que nos llama la atención es la prontitud con que María se levanta y se pone en camino. Una vez que hemos sentido que la Palabra de Dios ha nacido en nuestro interior con toda la fuerza del Espíritu, una vez que en la oración hemos gustado una presencia nueva del Señor, sentimos irresistiblemente la necesidad de irradiarla, de contagiarla a los hermanos, de una manera silenciosa y serena, con el testimonio de la vida. Levantarse con prontitud no significa romper el silencio del desierto donde la Palabra nos es comunicada, no significa que ni bien hemos gustado la presencia de Jesús debemos dejar la oración y correr enseguida a comunicar la Buena Nueva a los demás. Debemos dejar que Dios siga obrando en nosotros, en silencio. Pero una vez que hemos terminado el encuentro con la Palabra y con la acción del Espíritu, una vez que el desierto se ha instalado en nosotros, sentimos, como Jesús, la necesidad de ir a proclamar la Buena Noticia a los pobres; sentimos, como María, la necesidad de ir donde está Isabel, de un modo silencioso, no con muchas palabras sino simplemente con nuestro saludo.
María se puso con prontitud en camino. Esta prontitud significa la disponibilidad total para servir a nuestros hermanos. Es una disponibilidad que nace de la apertura al Señor que nos habla, una disponibilidad que está a la escucha del Señor y por eso se convierte en servicio. La mujer verdaderamente contemplativa está siempre en camino y la mujer en camino siente la necesidad de estar constantemente en contemplación. El Magnificat de Nuestra Señora, al término de su camino, es una expresión muy concreta de cómo su contemplación fue constante, ininterrumpida. María, al término de la visitación, pudo contestar a Isabel simplemente con el Magnificat porque, si bien se puso en camino para servir a su prima, nunca interrumpió su continua comunicación con el Señor. María fue la mujer orante, la contemplativa. Lo que le dio esa agilidad para el camino fue justamente su serenidad contemplativa.
Si nosotros oramos bien, escuchamos y acogemos la Palabra, la misma Palabra se hace, en nosotros, fuerza que nos impulsa a la comunicación. Recibimos el Espíritu y el Espíritu nos lleva a ponernos prontamente en camino. Estamos siempre en camino cuando hemos sido verdaderamente orantes, contemplativos, cuando hemos vivido en el desierto. No es necesario contar a los demás lo que ha pasado, no es necesario pronunciar ni una palabra. Lo importante es ir, estar, comunicar en silencio.

Cardenal Pironio