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Meditación para el Sábado Santo

Heb 5,7-9 / Jn 19,25-27

De unas notas para una homilía

“Junto a la cruz de Jesús

estaba María, su Madre”

(Jn 19,25)

 

Hoy contemplamos a María al pie de la cruz. Contemplamos la solemnidad de ayer. Tratamos de penetrar en el corazón de María que ama, que sufre, que ofrece, que contempla, que acoge los nuevos hijos. El sufrimiento nos hace universales.

Hace falta descubrir el sufrimiento del mundo, de los jóvenes. Hacerlo nuestro, ser solidarios con el dolor de los demás (de los niños, de los ancianos, de los huérfanos, de los que quedan solos, de las mujeres) en este momento particularmente sufriente de nuestro mundo.

Hace falta ser fuertes, tener coraje, comunicar esperanza. Nos la dan la certeza infalible de las palabras de Jesús: “Aquí tienes a tu Madre”. Saber aceptar, asumir, gustar nuestra propia cruz. El dolor es siempre fecundo. “Si el grano de trigo que cae en tierra no muere, queda solo, pero si muere produce mucho fruto” (Jn 12,24). El sufrimiento nos hace infaliblemente fecundos.

Sufrió Jesús, sufrió María. Es normal que suframos nosotros. El sufrimiento nos hace inconfundiblemente discípulos: “el que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga”.

El sufrimiento nos hace imperturbablemente felices: ” me alegro de poder sufrir por ustedes, y completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, para bien de su Cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1,24). “Yo sólo me gloriaré en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí, como yo lo estoy para el mundo” (Gal 6,14).

Contemplamos a Jesús sufriente: Cristo que ora con grandes gritos y lágrimas, que aprendió a obedecer en la escuela del sufrimiento (Hbr 5,7-9). Es la primera etapa del Misterio Pascual. Por más que el Misterio Pascual se inició aquí cuando el Verbo se hizo carne.

Yo quisiera proponer a ustedes y a los jóvenes el sentido de la cruz pascual de Jesús. Pero desde María y con María. María, la contemplativa, al pie de la cruz. María dijo que sí a la Encarnación. Lo dijo a la proclamación de la Buena Nueva. Felices más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la practican. Lo dijo en la cruz. Lo dijo en Pentecostés.

Solamente a la luz de la Pascua podemos hablar de la cruz. Hoy celebramos los dolores de María. Se nos ofrece una triple contemplación que es, en el fondo, la contemplación de un único misterio: Jesucristo en la cruz, María al pie de la cruz, la pasión de Cristo en la historia de los hombres. Es el único modo de entender nuestra propia cruz y de asumir con serenidad el sufrimiento de todos los hombres. Completo en mi carne lo que falta a la pasión de Cristo (Col 1,24).

María está allí, serena y fuerte, al pie de la cruz. La cruz da fecundidad maternal (“Mujer, aquí tienes a tu hijo”). Nos da a nosotros confianza y serenidad (“aquí tienes a tu Madre”).

Para los momentos difíciles de la vida, cuánto bien nos hace releer y meditar las dos lecturas de hoy. Contemplar el sufrimiento doloroso de Jesús y el martirio interior de María. La construcción de “la nueva civilización” exige jóvenes nuevo: profundos en la contemplación, fuertes en la cruz, alegres en la esperanza.

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