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Me acercaré al Dios de mi alegría.  Salmo 41-42

Vivir el tiempo pascual de la mano de los salmos 6

Me acercaré al Dios de mi alegría.  Salmo 41-42

       Para acompañarnos en este último tramo del tiempo de Pascua, en espera del Espíritu Santo, oramos con el salmista con las bellísimas palabras del salmo 41-42. Todo este poema está impregnado de una profunda espiritualidad y constituye una auténtica joya de la fe y de la la lírica bíblica.

Como busca la cierva corrientes de agua,

    así mi alma te busca a ti, Dios mío;

tiene sed de Dios, del Dios vivo:

    ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios?

Una cierva sedienta, de allí el título del salmo en latín, Sicut cervus, con su garganta seca, lanza su plegaria ante la aridez del desierto, anhelando las frescas aguas de una arroyo, que vengan a restaurarla.

Vemos que el salmo comienza utilizando varias imágenes muy sugestivas que se entrelazan entre sí y en las que vamos a centrarnos.

En primer lugar la imagen de la cierva. Los Padres de la Iglesia han meditado mucho sobre esta imagen singular y sugerente tratando de descubrir el sentido que se esconde detrás de ella. Muchos han considerado que se trata de una cierva perseguida por cazadores, o bien herida de muerte por una flecha envenenada. Por su parte, San Agustín lo explica de este modo: la cierva mata a las serpientes y se las come, pero en cuanto se la come comienza a sentir una sed horrible que hace que corra desesperada en busca de fuentes de agua. Y prosigue con su aplicación espiritual: Así también tus vicios y pecados son serpientes que debes eliminar de tu vida, y en cuanto lo hayas hecho anhelarás con mayor intensidad las fuentes de agua vida de la verdad.  

Lo cierto es que la imagen se enriquece también al tratarse de un animal en cierto sentido salvaje. El salmista no teme por tanto expresar así un ansia visceral, vital, que quema su garganta y sus entrañas.

Otra imagen más velada pero no menos intensa es justamente esta de la garganta consumida por la sed. La «garganta» en hebreo se designa con la misma palabra que el «alma»: nefesh. Así el alma y el cuerpo del orante quedan implicados en el deseo primario, espontáneo, sustancial de Dios. De aquí que la oración sea comparada a la respiración: es originaria, necesaria, fundamental  como  el aliento vital.

La tercera imagen utilizada por el orante es la de la corriente, la fuente el manantial de agua. El agua, elemento vital, simboliza aquí la frescura divina que irriga y suaviza con su presencia. Recordemos que es un elemento muy presente en la Biblia, por ejemplo en los profetas: Jeremías 2,3 y Ezequiel 47.

Los Padres han visto detrás de esta imagen a Cristo mismo: Cristo nuestro Señor es el manantial inagotable del cual brota todo aquello que refresca nuestra alma. Puesto que torrentes y riachuelos pueden llegar a secarse como ha menudo acontece, el manantial fluye de continuo y nunca se interrumpe. Tiene sentido, por tanto, que el salmista nos anime a que para apagar nuestra sed acudamos directamente al Manantial donde nuestros anhelos se verán siempre saciados y no padecerán sed jamás. Casiodoro.

Por último, en este párrafo inicial, el salmista atribuye a Dios la vida, lo llama Dios vivo, y al mismo tiempo, mediante su siguiente expresión, parece indicar que esa vida se halla en el rostro de Dios que ansía contemplar.

Vemos que en estos primeros versículos se condensa todo aquello que el orante irá desarrollando a lo largo de su plegaria. Sobre todo hay que destacar la intensidad de este comienzo que parece concentrar las imágenes y desbordar del corazón del autor.

A partir de aquí el salmista se explaye con una gran descripción que desarrolla el tema de su sed, antes concentrada en la imagen del agua, y, en su angustia, introduce el recuerdo (por cierto tan bíblico) del templo del Señor, lugar de su presencia:

Las lágrimas son mi pan, noche y día,

    mientras todo el día me repiten:

    “¿Dónde está tu Dios?”.

Recuerdo otros tiempos,

    y desahogo mi alma conmigo:

cómo marchaba a la cabeza del grupo

    hacia la casa de Dios,

entre cantos de júbilo y alabanza,

    en el bullicio de la fiesta.

¿Por qué te acongojas, alma mía,

    por qué te me turbas?

Espera en Dios, que volverás a alabarlo:

    “Salud de mi rostro, Dios mío”. 

Este último llamamiento, repetido tres veces en nuestro salmo, es una invitación que el orante se hace a sí mismo a evitar la tristeza mediante la confianza en Dios, que ciertamente se manifestará de nuevo como Salvador. Por eso puede proseguir:

Cuando mi alma se acongoja te recuerdo,

    desde el Jordán y el Hermón y el Monte Menor.

Una sima grita a otra sima

    con voz de cascadas:

tus torrentes y tus olas

    me han arrollado.

De día el Señor me hará misericordia,

    de noche cantaré la alabanza del Dios de mi vida.

Diré a Dios: “Roca mía, ¿por qué me olvidas?

¿por qué voy andando sombrío,

    hostigado por mi enemigo?”.

Se me rompen los huesos,

    por las burlas del adversario;

todo el día me preguntan:

    “¿Dónde está tu Dios?”.

¿Por qué te acongojas, alma mía,

    por qué te me turbas?

Espera en Dios, que volverás a alabarlo:

    “Salud de mi rostro, Dios mío”.

El recuerdo, entonces, le hace incluso posible suplicar pidiendo auxilio. No puede acercarse físicamente, pero al traer a la memoria del corazón el Lugar Santo, sabe que la presencia que allí habita y que tantas veces ha experimentado no lo abandona:

Hazme justicia, oh Dios, defiende mi causa,

    contra gente sin piedad,

    sálvame del hombre traidor y malvado.

Tú eres mi Dios y protector:

    ¿por qué me rechazas?

¿por qué voy andando sombrío,

    hostigado por mi enemigo?

Envía tu luz y tu verdad:

que ellas me guíen

y me conduzcan hasta tu monte santo,

    hasta tu morada.

Que yo me acerque al altar de Dios,

    al Dios de mi alegría;

que te dé gracias al son de la cítara,

    Dios, Dios mío.

¿Por qué te acongojas, alma mía,

    por qué te me turbas?

Espera en Dios, que volverás a alabarlo:

    “Salud de mi rostro, Dios mío”.

En estos últimos párrafos notemos que, mediante la oración, el salmista pasa de la petición a la confesión y finalmente se abre a la esperanza que le permite dilatarse en la acción de gracias: Que yo me acerque al altar de Dios, al Dios de mi alegría; que te dé gracias al son de la cítara, Dios, Dios mío. Podemos decir que este versículo manifiesta el cambio profundo que la oración ha obrado en el corazón del salmista. No ha cambiado la situación, lo que se transformado es su interior en contacto con el Señor.

Ese primer deseo de agua, esa sed visceral que lo consumía al comienzo de su oración, permitió al orante recorrer un camino de acercamiento a Dios que lo llevó a la serenidad y a la espiritualización de tal deseo. Lo que ahora desea con ansia espiritual es acercarse al altar de Dios, esa es su alegría. Alegría del culto gratuito, sereno, en el templo del Señor porque en la Casa de Dios la celebración es contínua y perpetua. No es terrena, es eterna. Allí los coros de los ángeles entonan siempre su alabanza porque la presencia del rostro del Señor hace que la alegría y el gozo no se extingan jamás. Allí la celebración no tiene apertura ni clausura.  San Agustín

     En este Tiempo Pascual tan particular que nos ha tocado vivir y que estamos culminando, podemos hacer nuestra, con las palabras de este salmo, la experiencia del orante. Nos hemos encontrado en el desierto del aislamiento debido a la pandemia y hemos experimentado que la verdadera sed, la más profunda, afloraba a nuestros corazones, muchas veces adormecidos. Que esta experiencia pascual nos lleve a recorrer el camino del orante de este salmo, que podamos descubrir el manantial de agua viva que ciertamente seguirá brotando sin cesar del Templo del Señor, más precisamente del Altar del sacrificio pascual de Cristo, y se renueve en todos nosotros el deseo de acercarnos con una fe renovada al Altar de Dios, a su Mesa. Quiera Dios que muy pronto Él nos conceda a todos este don, que constituye nuestra verdadera alegría. Y mientras tanto, que estas palabras que continuamente podemos hacer nuestras nos concedan experimentar la alegría de la Pascua, que perpetuamente se ofrece, como un manantial, a todo aquél que desee saciar su sed.

 

 

 

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