MPlacida






Madre Plácida de Oliveira

Primera Abadesa de Santa Escolástica

 

María José, nació el 28 de noviembre de 1886 en la ciudad de Río de Janeiro, donde su padre – D. Cándido de Oliveira – se desempeñaba como Consejero del Estado imperial. Era la decimosexta hija del matrimonio Costa-Oliveira, y la última del primer matrimonio de su padre. Su madre – Francisca Costa de Oliveira, llamada familiarmente D. Chiquinha – muy debilitada y quizá ya enferma de una tuberculosis pulmonar que muy pronto la arrebataría del hogar, hizo la promesa de que si el hijo que esperaba era mujer la consagraría a la Inmaculada Concepción y la vestiría hasta los quince años con los colores azul y blanco de la Virgen. Dios escuchó la súplica, pero no sería ella quien cumpliese la promesa, pues moriría tres años después.

escudo-madre-placidaAl morir su madre, María José fue confiada a los cuidados de su hermana mayor, Luisa. Unos meses más tarde, su padre contrajo segundas nupcias con D. Clara Carvalho. Enseguida – con la caída de la monarquía brasilera – tuvo que exiliarse a Europa llevando consigo a su esposa y a seis de sus hijos, postergándose con ello el bautismo de María José. D. Clara, junto con su esposo, se preocupó por cumplir con delicadeza los deseos que D. Chiquinha: la consagración a la Santísima Virgen y la elección de los padrinos de bautismo. Después del exilio, de regreso a su tierra, el 14 de febrero de 1895, María José recibió felizmente el bautismo.

Alegre, jovial, de trato suave y firme a la vez, era amistosa y comunicativa. Amaba entrañablemente a su familia, pero el primer lugar en su corazón lo ocupaba el Señor. Dios era absolutamente el primero y a Él quería entregarle todo. Se sentía llamada, elegida y profundamente bendecida.

En el verano de 1906, cuando descansaba con su familia en Alto de Boa Vista, conoció a los monjes benedictinos. Comenzó a frecuentar su capilla de San Gerardo, y atraída por la liturgia bellamente ejecutada emprendió un camino más seguro y decidido de entrega a Dios. El Prior de Río, dom Gaspar Lefebre, se convirtió entonces en su confesor. Su familia fue testigo y partícipe de este creciente entusiasmo.

La vocación iba creciendo y el llamado de Dios se hacía cada vez más evidente. Con la entrada de la joven Ana Abiah da Silva Prado en Stanbrook, el proyecto de fundación del primer monasterio benedictino femenino en Brasil comenzaba a tomar forma. Y María José ansiaba seguir sus pasos. Pero cuando D. Cándido supo los planes de su hija, se opuso terminantemente. P

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ensaba que su salud no toleraría el duro clima de Inglaterra y que no resistiría la separación de sus seres queridos. Ella, perseverando en su decisión inició una correspondencia con la señorita da Silva Prado y comenzó algunas clases de inglés. Su padre y sus hermanos persistían en su oposición. Pero gracias al apoyo y a la ayuda de su madrastra pudo planear su partida clandestina. El 13 de julio de 1910, escondida tras unos anteojos negros y un sombrero de velo bajo, y con un pasaje comprado con otro nombre se embarcó con una amiga en el Amazon rumbo a Inglaterra. Su padre, al descubrir su fuga y constatar su tenaz y sostenida voluntad, abandonó la resistencia, llegando a confesar un día el orgullo de contar entre sus hijos a una hija de San Benito. La misma Madre Plácida escribiría mucho tiempo después: “¿Recuerdas, Jesús, las dolorosos circunstancias de mi partida del hogar paterno? Tú sabes que ello obedeció exclusivamente al deseo de amarte. No me arrepiento de haberme entregado totalmente a ti, oh mi Amado”.

María José y su amiga llegaron a Stanbrook el 30 de julio y al día siguiente ingresaron como postulantes en la Abadía de Nuestra Señora de la Consolación. Piadosa, entusiasta y feliz, desde el comienzo se entregó dócilmente en manos de sus superiores, que fueron plasmando en ella las virtudes monásticas. Su salud se resintió durante los primeros tiempos, pero la Madre Abadesa pudo, sin embargo, aventurar: “Es un cuerpo débil, pero un alma fuerte, y no cabe duda de que esa fortaleza espiritual la sostendrá”. En la tarde del 7 de marzo de 1911, María José recibió el hábito monástico con el nombre de hermana Plácida. Siendo novicia, integró el grupo fundador de Santa María, que llegó al Brasil en noviembre de 1911. El 11 de abril del año siguiente pronunció los votos monásticos y recibió la consagración virginal en la misa que presidió Dom Gerardo van Caloen. Era la primera monja que profesaba en Brasil y en toda América.

00039 Madre Abadesa Gertrudis con Madre Priora Placida, Priora fundadora de Santa EscolasticaDesde los comienzos se convirtió en el brazo derecho de la madre priora Gertrudis Cecilia da Silva Prado, quien depositaría en ella una confianza sin límites. Ejerció los cargos de mayordoma y enfermera con toda solicitud. Años más tarde fue nombrada también sub-priora y maestra de novicias; y a partir de 1933, responsable del entonces incipiente taller de imprenta. Muy amada por su abadesa y sus hermanas, demostró siempre que el eje de su vida era ante todo la voluntad de Dios.

En 1938, Dom Andrés Azcárate, prior del monasterio de San Benito, en Buenos Aires, se dirigió a la madre abadesa Gertrudis Cecilia, pidiéndole que aceptase colaborar en la fundación del primer monasterio de monjas benedictinas en la Argentina. La Madre Abadesa, después de una madura reflexión, aceptó el pedido. Y en presencia de Dios vio con toda claridad que la persona indicada para guiar a la nueva fundación era la hermana Plácida, su entrañable amiga y fiel compañera en la vida monástica desde los tiempos de Stanbrook. Esta separación sería una de las ofrendas más grande de su vida. Años más tarde Madre Gertrudis dirá: «Di a Santa Escolástica lo mejor que tenía en Santa María». La ofrenda no sería fácil. Pero ambas, madre e hija, discípulas eximias en la escuela del evangelio, sabían que sólo el grano de trigo que cae en tierra y muere produce vida. Y sabían también que no se debía hacer rapiña al holocausto. Santa Escolástica sería, pues, el fruto de un amor muy grande.

Las postulantes argentinas ingresaron en Santa María en 1939, y en 1940 la Madre Plácida fue nombrada maestra de novicias. Se dedicó con todas sus fuerzas a infundir en ellas las mismas cualidades adquiridas en su casa madre, que llegaron a ser patrimonio espiritual también de Santa Escolástica: la unidad y la mutua caridad, el equilibrio, el gusto por las cosas de Dios, el amor a la Iglesia y a la Orden, la alegría y la grandeza de alma.

00058 Madre PlacidaCon fe intrépida, acompañada de inteligencia y bondad, fue formando a las vocaciones que llegaban, educándolas en el espíritu de amor y de servicio a la Iglesia y en la más genuina tradición benedictina. Su mayor anhelo era edificar la comunidad en Cristo y hacerla santa: “Jesús mío – escribió una vez– interésate por Santa Escolástica. ¿No quieres hacernos santas? Todo lo puedes, Señor. Haz que aquí reine siempre la humildad y la caridad, que seamos fieles a la santa Regla y que te amemos de todo corazón. Lo mismo te pido para Santa María”.

En enero de 1947, cuando el monasterio de Santa Escolástica fue elevado a la dignidad de abadía, la Madre Plácida fue nombrada primera abadesa. Se sabía que seguiría custodiando fielmente la tradición monástica recibida en su inolvidable Santa María y aprendida junto a la Madre Gertrudis en la siempre amada y recordada abadía de Stanbrook. La Madre Plácida quiso que su instalación tuviera lugar el día 15 de marzo, fecha en la que se conmemoraba el vigésimo noveno aniversario de la instalación de la Madre Gertrudis Cecilia da Silva Prado como primera abadesa de Santa María.

La Madre Plácida, ya Abadesa, por su parte, veía en estos acontecimientos la coronación de su tarea. Después de su bendición abacial, sus monjas asombradas la escuchaban decir: “Mi misión ha terminado, Santa Escolástica es ya abadía, otra continuará la obra”. Y el Espíritu del Señor que la preparaba encendiendo en su alma un anhelo intenso del cielo, la impulsó a escribir: “¿Cuándo me dirás: «Ven»? No sé cuándo será ese momento, pero tengo tanta confianza, porque tú, Señor, tú me has comunicado el espíritu filial”. Y también: «Sed como hombres que esperan que su señor regrese de !a boda». Todo este pasaje me llenaba de tanto gozo, porque tengo siempre el pensamiento de que el divino Maestro no tardará mucho en venir a buscarme. Pienso en la muerte como en el momento de gran alegría por mi encuentro con nuestro Señor que me llevará entonces al Padre. Y entonces, ¡cuánto gozo… cuánta luz!”.

00079 Madre PlacidaEste anhelo se hizo muy pronto realidad cuando en la madrugada del día 24 de enero de 1948, fiesta de Nuestra Señora de la Paz, titular de la iglesia abacial, se durmió en el Señor. Tenía 61 años de edad y 36 de profesión monástica. Así esta alma grande, haciendo honor a su nombre, pacífica y mansa, entregó su vida a la gloria de Dios y a la santificación de sus hermanas. Sirvió al Señor con alegría, gustó de su divina sabiduría y amó a todas con el celo ardiente de la caridad.

Sus restos descansan en el claustro de la abadía, a los pies de la Virgen de la Paz. Allí espera, con sus hijas, el día feliz de la resurrección.

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