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La Liturgia de la Palabra

A la escucha de la Palabra de Dios

Cuando escuchamos la palabra de Dios en la asamblea, es el Señor quien nos enseña. Lo hace a través del Libro que confió a los hombres, pero, sobre todo, iluminándonos en lo más íntimo del ser. Las más bellas páginas de la Biblia no son nada si el Maestro interior no se hace nuestro pedagogo. Más allá del lector que proclama el texto sagrado y el sacerdote que lo comenta, es el Espíritu Santo el que habla. Ponerse a la escucha de la palabra es ponerse a la escucha del Espíritu. Pero su finalidad es «instruirnos para celebrar el misterio pascual», cuyo memorial es la cena del Señor; «penetrar en los designios del amor del Padre», que culminan con el don de su Hijo. ¿No es lo que hizo Jesús, la tarde de Pascua, cuando encontró a sus dos discípulos en el camino de Emaús? Y, al final, tuvo lugar la fracción del pan. Hay una presencia activa de Cristo en la liturgia de la palabra (SC 7). «A fin de que la mesa de la palabra de Dios se prepare con más abundancia para los fieles, ábranse con mayor amplitud los tesoros de la Biblia, de modo que, en un período determinado de años, se lean al pueblo las partes más significativas de la Sagrada Escritura»(SC 51). El Leccionario dominical de la misa, distribuido en tres años (ciclo A, B, C), procede de esta decisión del concilio Vaticano II. «De la Mesa del Señor recibimos nuestro alimento, el pan de vida, pero de la mesa de las lecturas dominicales tomamos el alimento de la doctrina del Señor»(san Hilario de Poitiers).

Pierre Jounel – La Misa ayer y hoy

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