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La oración de Jesús la mañana de Pascua: «Resucité y estoy contigo».

Sábado Santo

Textos comentados en la charla:

La oración de Jesús la mañana de Pascua: «Resucité y estoy contigo».

«Resurrexi, et adhuc tecum sum. Alleluia!». «He resucitado y estoy siempre contigo». «He resucitado y todavía (incluso ahora) contigo». 

«Si subo al cielo, allí estás tú, si bajo al abismo, allí te encuentro… Porque ni la tiniebla es oscura para ti; la noche es clara como el día; para ti las tinieblas son como luz» Sal 138, 8.12. 

El Sábado Santo es la «tierra de nadie» entre la muerte y la resurrección, pero en esta «tierra de nadie» ha entrado Uno, el Único que la ha recorrido con los signos de su Pasión por el hombre: «Passio Christi. Passio hominis». Y la Sábana Santa nos habla exactamente de ese momento, es testigo precisamente de ese intervalo único e irrepetible en la historia de la humanidad y del universo, en el que Dios, en Jesucristo, compartió no sólo nuestro morir, sino también nuestra permanencia en la muerte. La solidaridad más radical.

Quiere decir que Dios, hecho hombre, llegó hasta el punto de entrar en la soledad máxima y absoluta del hombre, a donde no llega ningún rayo de amor, donde reina el abandono total sin ninguna palabra de consuelo: «los infiernos». Jesucristo, permaneciendo en la muerte, cruzó la puerta de esta soledad última para guiarnos también a nosotros a atravesarla con él. Todos hemos experimentado alguna vez una sensación espantosa de abandono, y lo que más miedo nos da de la muerte es precisamente esto, como de niños tenemos miedo a estar solos en la oscuridad y sólo la presencia de una persona que nos ama nos puede tranquilizar. Esto es precisamente lo que sucedió en el Sábado Santo: en el reino de la muerte resonó la voz de Dios. Sucedió lo impensable: es decir, el Amor penetró «en los infiernos»; incluso en la oscuridad máxima de la soledad humana más absoluta podemos escuchar una voz que nos llama y encontrar una mano que nos toma y nos saca afuera. El ser humano vive por el hecho de que es amado y puede amar; y si el amor ha penetrado incluso en el espacio de la muerte, entonces hasta allí ha llegado la vida. En la hora de la máxima soledad nunca estaremos solos: «Passio Christi. Passio hominis». Benedicto XVI

«He resucitado y estoy aún y siempre contigo». Estas palabras nos invitan a contemplar a Cristo resucitado, haciendo resonar su voz en nuestro corazón. Por medio de su sacrificio redentor Jesús de Nazaret nos da la posibilidad de  insertarnos también nosotros en el diálogo misterioso entre él y el Padre, en esta oración pascual. Esta la afirmación dirigida hoy por Jesús resucitado al Padre, —«Estoy aún y siempre contigo»— nos concierne también a nosotros, que somos «hijos de Dios y coherederos de Cristo, si realmente participamos en sus sufrimientos para participar en su gloria». Gracias a la muerte y resurrección el Señor nos dice también a nosotros: he resucitado y estoy siempre contigo.  

Así entramos en la profundidad del misterio pascual. El acontecimiento sorprendente de la resurrección de Jesús es esencialmente un acontecimiento de amor: amor del Padre que entrega al Hijo para la salvación del mundo; amor del Hijo que se abandona en la voluntad del Padre por todos nosotros; amor del Espíritu que resucita a Jesús de entre los muertos con su cuerpo transfigurado. Y todavía más: amor del Padre que «vuelve a abrazar» al Hijo envolviéndolo en su gloria; amor del Hijo que con la fuerza del Espíritu vuelve al Padre revestido de nuestra humanidad transfigurada. Benedicto XVI

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