JMJ-88






La alegría de la fe

Del O.R. del 15 de enero de 1993/ n. 1255/ p.10

 

La alegría de la fe

Discurso de inauguración del cardenal Pironio

“Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor”

(Lc 1,45)

 

Con estas palabras que Isabel le dijo a María en el Misterio de la Visitación –y con las cuales el Santo Padre concluía su discurso inaugural de la IV Conferencia general del Episcopado latinoamericano en Santo Domingo– quiero yo también saludarles a ustedes al comenzar este V Congreso nacional mariano del Ecuador, en el cual queremos celebrar “la fe de María y la nueva evangelización”. “Feliz de ti, María, porque has creído”. “Feliz porque has dicho que sí al Señor y tu sí ha cambiado la historia de los hombres”. “Feliz de ti, Ecuador, porque has sabido acoger en tu pobreza la fe que hace 500 años trajeron los primeros misioneros y ahora quieres profundizarla, madurarla y anunciarla, a la luz de María, la pobre y contemplativa, la Virgen del camino y la esperanza, de la misión y del servicio, de la Palabra de Dios acogida y comunicada, la Virgen de la fe y de la nueva evangelización”.

Yo quisiera presentarles, en estas breves palabras inaugurales, algunas sencillas reflexiones sobre “la bienaventuranza de la fe en María”, es decir, sobre la alegría de María en su fe acogida, comunicada y practicada.

La alegría de la fe acogida

Cuando el ángel de la Anunciación se acerca a María la saluda así: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc 1,28). María debió sentir hondamente esta invitación a la alegría de la salvación. En su corazón contemplativo y lleno de fe resonarían las palabras del profeta Sofonías: “¡Lanza gritos de gozo, hija de Sión, lanza clamores, Israel, alégrate y exulta de todo corazón, hija de Jerusalén… Yahveh, tu Dios, está en medio de ti, un poderoso salvador!” (So 3,14-17). Es la alegría de María la elegida, la predestinada, la llena de gracia. María experimenta el amor privilegiado del Padre que se inclina sobre su pobreza y la invita a ser Madre del Salvador. Por eso la invitación a la alegría se completa con una invitación a la serenidad: “No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios: vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús” (Lc 1,30-31). Y la invitación a la serenidad se completa con una invitación a la confianza: “porque ninguna cosa es imposible para Dios” (Lc 1,37).

María acoge en la fe la palabra de Dios: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). El relato de la Anunciación termina así en san Lucas: “Y el ángel, dejándola se fue”. Pero san Juan nos completa el misterio: “Y la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros” (Jn 1,14). María es feliz porque Dios la ama, le revela su plan de salvación y ella se entrega por amor a un Dios para quien nada es imposible (cf. Lc 1,37). María es feliz porque ha acogido en su corazón lleno de fe la palabra de Dios y la ha engendrado en su carne virginal para la salvación del mundo. La alegría de María es doble: ser discípula del Señor y ser madre del Redentor. Pero es más feliz María por ser discípula del Señor que por ser madre. Lo dice el gran san Agustín; pero, sobre todo, lo dice el mismo Jesús cuando responde a una sencilla mujer del pueblo: “‘Feliz el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron’. Pero él dijo: ‘felices más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan’” (Lc 11,27-28).

Yo quisiera subrayar tres actitudes de María en esta “alegría de la fe acogida”:

su pobreza, su pequeñez, su humildad. Lo reconocerá ella misma en el Magnificat: “mi espíritu se alegra en Dios mi salvador porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada” (Lc 1,47-48). Sólo los pobres son capaces de creer de veras, de confiar filialmente en el amor del Padre y de entregarse en el gozo de la fidelidad a un Dios que llama. “Feliz, María, porque has dicho que sí”;

su silencio contemplativo: María es la mujer de lo simple, de lo cotidiano, de la oración humilde y contemplativa: “María por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón” (Lc 2,19). Sólo los contemplativos son capaces de acoger en su profundidad la fe y comunicarla con transparencia y eficacia. La nueva evangelización exige hombres y mujeres contemplativos. “El futuro de la misión depende en gran parte de la contemplación. El misionero, si no es contemplativo, no puede anunciar a Cristo de modo creíble” (Redemptoris missio, 91);

su disponibilidad total y gozosa: “Yo soy la servidora del Señor”. El misterio de María comienza así: en una entrega radical y generosa al plan de Dios (en la encarnación del Hijo de Dios, en el misterio de su cruz pascual, en la fidelidad al Espíritu de Pentecostés). “María fue avanzando en la peregrinación de la fe” (LG, 58).

La alegría de la fe comunicada

El don de la fe es para ser compartido y comunicado. “En aquellos días se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa…” (Lc 1,39). María comparte con Isabel la alegría de la salvación: “En cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo” (Lc 1,41). El misterio de la Visitación completa la Anunciación y hace presente la alegría de la fe acogida en la pobreza y comunicada en el silencio. Comienza así, desde el silencio contemplativo de María, la primera evangelización, el primer anuncio de la buena noticia de Jesús. María, la feliz portadora de Dios, que gusta en su corazón la alegría de haber dicho que sí y las maravillas que el Poderoso ha hecho en su pequeñez de esclava: ¡Magnificat! Los países de América Latina están viviendo este año la alegría de una nueva y providencial visitación de Nuestra Señora; y la estamos viviendo, en modo privilegiado en estos días, en el querido pueblo ecuatoriano. María visita de nuevo este país que ha nacido a la fe desde su protección maternal. Es el momento de experimentar el gozo de su visita y de acoger con alegría el fruto bendito de su vientre: Jesús, nuestro Señor y Salvador, nuestra vida y nuestra feliz esperanza.

Hay dos momentos todavía, además de la Visitación, en que María nos enseña la alegría de una fe comunicada: el Nacimiento de Jesús y las bodas de Caná.

El Nacimiento: la fe de María se convierte en don. María del don y de la donación. Experimentan la alegría del don, primero los pastores y luego los magos. Ambos acontecimientos están profundamente marcados por la alegría. El ángel del Nacimiento anuncia a los pastores: “No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es el Cristo Señor” (Lc 2,10-11). Y ellos “fueron a toda prisa, y encontraron a María y a José, y al Niño acostado en un pesebre” (Lc 2,16). “María, por su parte, guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón” (Lc 2,19). La fe de María desemboca en el don: es la alegría del don comunicado en el silencio de la medianoche en los campos de Belén. Pero esta alegría se abre luego a los magos venidos del Oriente. Esta vez es san Mateo quien nos lo cuenta: los magos después de escuchar al rey Herodes, “se pusieron en camino, y he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa; vieron al niño con María su Madre y, postrándose, le adoraron” (Mt 2,9-11). Otra vez es la alegría del encuentro; y el encuentro se hace siempre “por María”; es la alegría del don ofrecido y entregado; la alegría del don acogido y contemplado.

En las Bodas de Caná la fe confiada de María ahonda la alegría de la fiesta, donde está Jesús con sus discípulos, y disipa la preocupación de los jóvenes esposos. La fe de María se convierte en intercesión confiada: “le dice a Jesús su madre: ‘No tienen vino…’” Se convierte, también, en indicación de un camino, en una fe compartida y comunicada: “Haced lo que él os diga” (Jn 2,1-11). “La hora de Jesús” se manifiesta por medio de María. “Feliz de ti, porque has creído”.

La alegría de la fe comprometida y practicada

María es proclamada feliz no sólo porque “cree”, sino porque su fe se realiza, se transparenta y compromete, en lo cotidiano de su vida. Es decir, porque su vida es siempre un sí a la voluntad del Padre: en la sencillez de lo cotidiano, en la serena fortaleza de la cruz (ya profetizada en la alegre ofrenda del Templo) y en la gozosa fidelidad al Espíritu de Pentecostés. María pertenece así a la verdadera familia de Jesús: “Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la palabra de Dios y la cumplen” (Lc 8,21). Precisamente por eso es proclamada feliz, bienaventurada, por su propio Hijo: “Felices más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan” (Lc 11,28). Feliz María porque fue madre; pero más feliz porque fue discípula.

Jesús se inspiró en María –creación nueva, obra privilegiada del Espíritu Santo– para señalarnos el camino de las bienaventuranzas, el estilo nuevo de los verdaderos discípulos del Señor, el modo de ser felices. Todo tiene su origen en la primera y más sublime de las bienaventuranzas: la bienaventuranza de la fe. “Feliz de ti por haber creído”, le dice Isabel a María (Lc 1,45). Y Jesús a Pedro, después de su profesión de fe: “Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos” (Mt 16,17). Y luego de su resurrección, Jesús advierte a Tomás: “Porque me has visto, has creído. Felices los que no han visto y han creído” (Jn 20,28).

La fe se convierte así en principio y fuente de las bienaventuranzas. La fe de María –acogida y profesada en la Anunciación, compartida y comunicada en la Visitación y en el Nacimiento– se convierte en modelo y transparencia de la vida nueva de los discípulos de Jesús. Por eso Jesús piensa en María cuando inicia su discurso evangélico del Monte: “Felices los pobres… los mansos… los que lloran… los que tienen hambre y sed de justicia… los misericordiosos… los limpios de corazón… los que trabajan por la paz… los perseguidos por causa de la justicia…” (Mt 5,3-10) eso es María la creyente, la que dijo al Señor que sí, la Madre de Jesús y madre nuestra (cf. Jn 19,25-27). Por eso fue proclamada feliz y ella misma profetizó diciendo: “me llamarán feliz todas las generaciones” (Lc 1,48).

María la pobre nos enseña el camino de la pequeñez, de la humildad de la pobreza: es el camino de los hombres grandes a quienes Dios se comunica por la fe y los convierte en auténticos evangelizadores: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños” (Lc 10,21).

María la fuerte, la que llevó clavada en su corazón la espada anunciada por el anciano profeta del templo y se mantuvo serena al pie de la cruz, nos enseña a asumir con amor el dolor de los que sufren y a acoger con serenidad, fortaleza y alegría la propia cruz pascual, signo de los verdaderos seguidores de Jesús.

María la llena de gracia, la privilegiadamente amada por el Señor, la mujer nueva, inmaculada y santa, la madre del Justo y Príncipe de la paz, nos enseña a tener hambre y sed de Dios, a ser justos y a trabajar por la justicia entre los hombres, a gustar la paz interior y a ser verdaderos instrumentos de paz entre los pueblos.

“¡Feliz por haber creído!”. Quiero terminar estas sencillas palabras de inauguración del V Congreso nacional mariano del Ecuador con una fuerte invitación a la alegría de la fe desde el corazón creyente de María: fe acogida y profesada, fe compartida y comunicada, fe celebrada, madurada y comprometida; fe en Cristo, nuestro Señor y Salvador; fe en Cristo “Maestro de la verdad y Pan de vida”. “Las palabras de María en Caná, ‘Haced lo que él os diga’ (Jn 2,5) constituyen también hoy el núcleo de la nueva evangelización” (Mensaje del Santo Padre, n. 3).

“La fe de María y la nueva evangelización”. Es el tema que nos ha congregado como Iglesia en comunión. Que estos días de gracia sean vividos en la alegría de la comunión fraterna, de la oración constante y contemplativa, de la reflexión serena y honda “con María la Madre de Jesús” (Hech 1,14). Yo les transmito el cariño, el saludo y la bendición del Santo Padre y quisiera ser entre vosotros estos días como “la sombra de Pedro”, su presencia espiritual en la oración, en la palabra y en el servicio. María la creyente y la contemplativa, la Estrella de la evangelización, nos ilumine y haga nuevos.

 

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