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Jueves después de ceniza

Dt 30,15-20 / Sal 1 / Lc 9,22-25

De una homilía pronunciada un Martes antes de comenzar la Cuaresma. CELAM

 

Terminamos la primera parte del año que ha comenzado con la espera del Señor en el Adviento y hemos comenzado la segunda que es la preparación al misterio de la Pascua, para vivir fundamentalmente la Pascua. En el centro de toda la vida litúrgica como en el centro de la vida de Cristo y en el centro de nuestra vida está el misterio de la muerte y resurrección de Jesús y precisamente hoy el Evangelio nos habla de esta Pascua de Jesús, es decir, de su cruz, de su muerte, de su resurrección.

Este Misterio Pascual de Jesús nos trae a nosotros tres temas de los cuales hemos hablado tantas veces y en los cuales hemos comprometido también nuestra vida. Es el tema del sufrimiento. Es el tema de la confianza. Es el tema de la pequeñez y del servicio.

Primero, el tema del sufrimiento. […] Leíamos “el que quiera venir en pos de mí que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga”. Hoy Jesús vuelve a hablar en el Evangelio del misterio de su muerte, es el […] anuncio de su pasión: el Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres y le matarán; y a los tres días de haber muerto resucitará.

¿Y cuál es la postura de los apóstoles frente al misterio? […]

Frente a los tres anuncios de la Pasión de Jesús, hay como tres posturas de los discípulos. La primera postura es la de Pedro: “no, Señor, esto no te va a pasar a ti”. Es el escándalo ante la cruz, no entienden el misterio. Entonces Jesús le tendrá que decir: “apártate de mí, Satanás. Porque tú no tienes los pensamientos de Dios, sino los de los hombres”. Tienes una mentalidad demasiado humana, no entiendes la profundidad de la cruz.

En el segundo anuncio hay un no entender. San Lucas dirá que están los ojos como cerrados y no pueden entender. Al tercer anuncio se llenan de tristeza, pero nunca llegan a penetrar la profundidad y el gozo de la cruz. Nosotros tal vez tampoco hemos penetrado el misterio de la cruz. El misterio de Jesús en la cruz, el misterio de la cruz en nuestra vida. […]

Nosotros creemos que por haber decidido de una vez para siempre entregarnos al Señor, que las cosas iban a ser formidablemente lindas, buenas para nosotros. Si nos hemos decidido de veras a servir al Señor tenemos que abrazar la cruz, no hay otro camino: “el que quiera venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga”. No hay otro camino. Si te decides a servir al Señor prepara tu alma para la prueba.

Todo lo que te sobrevenga acéptalo y en los reveses de tu humillación sé paciente, porque en el fuego se purifica el oro; los adeptos de Dios se purifican en el horno de la humillación. Qué necesidad tenemos de que sea, vuelvo a repetir, la seguridad de que en la medida que queremos entregarnos progresiva y cotidianamente al Señor, en esa misma medida el Señor nos irá purificando por la cruz, pero es lindo. El sufrimiento nos purifica: los adeptos de Dios se purificarán así como el oro en el fuego, se purificarán en la humillación.

Ustedes recordaban el otro día el texto aquel de San Juan, las palabras de Jesús en la Última Cena, en la última noche: “Si alguien da fruto, mi Padre lo corta para que dé más fruto todavía”. El sufrimiento purifica, el sufrimiento hace fecundo. Si el grano de trigo que cae en tierra no muere queda solo, pero si muere produce fruto.

El sufrimiento nos configura plenamente a Cristo, -configurados a su muerte, dirá Pablo-. A fin de cuentas ¿el crecimiento en la gracia de adopción, no es un crecimiento en la línea del sufrimiento? ¿Qué es el bautismo? ¿No es una incorporación a Cristo muerto y resucitado? Entonces a medida que crece la gracia bautismal en nosotros -y cada día tiene que ir creciendo-, tendrá que ir creciendo nuestra configuración a Cristo muerto y resucitado. Entonces no nos asustemos, no nos escandalicemos ante la cruz, pero no basta esto. Tenemos que experimentar el gozo de la cruz; para mí no hay alegría más grande que la cruz de Nuestro Señor Jesucristo -gritará Pablo-, el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo.

¡Qué bueno cantar así la gloria de la cruz! San Pablo dirá también en la carta a los Filipenses: a ustedes se les ha concedido el privilegio no sólo de creer en Jesús sino también el de sufrir por Él.

Bueno… el tema de la cruz, pero de la cruz silenciosamente saboreada, gustada, la cruz fecunda. Realmente no puede haber vida cristiana y mucho menos puede haber vida consagrada sino por la cruz. Entonces, hijo si te llegas a servir al Señor -y ustedes han elegido este camino del servicio- prepara tu alma para la prueba. Es decir, camina hacia la cruz, no creas que las cosas te van a ser fáciles y sencillas.

Segundo: el tema de la confianza. Está recorriendo los textos de hoy, pero está sobre todo en el salmo responsorial. Entonces no hay que tener miedo.

Entonces la cruz pero después la serenidad y la firmeza que tiene por la confianza: “Encomienda tu camino al Señor, Él obrará, confía en el Señor”.

Y la tercera idea: la del servicio y de la pequeñez. Cuando Jesús les habló a los discípulos, ellos se ponen a discutir quién va a ser el mayor. No han entendido nada; no han entendido el misterio de la cruz, no han entendido a Cristo, no han entendido qué es ser cristiano. El verdadero cristiano es el niño y hay que tener su pequeñez, su inocencia. […]

Qué bueno es vivir en actitud de anonadamiento, de muerte, de donación, de servicio. Si alguien quiere ser el primero tiene que ser el último de todos y el servidor de todos. ¿Hemos entendido  esto cuando nosotros queremos ser el centro y que todos los demás giren alrededor nuestro y que nos miren? Qué bueno es vivir en actitud de servicio y ser como un niño, porque el que reciba a un niño como este en mi nombre me recibe a Mí y el que me recibe a Mí recibe al Padre que me ha enviado. Ser cristiano es vivir en actitud de servicio, actitud de pequeñez, de infancia espiritual.

Para nosotros, almas consagradas, para ustedes y para mí, la lección de hoy es muy fuerte, muy honda y nos tiene que comprometer de veras y yo quisiera que diéramos el salto en Dios al terminar esta parte del año y comenzar la segunda, centrados en el misterio de la muerte y de la resurrección de Jesús, centrados en el misterio de un anonadamiento y una exaltación, de un ocultamiento y de una glorificación, con toda la esperanza de la pascua que ya se asoma y se avecina. Pero que pegáramos el salto hacia la cruz para saborearla en silencio, para sentirnos bien serenos, bien firmes, bien seguros. O sea el Señor nos pide que seamos frente a nuestros hermanos, que seamos servidores, bien pequeños. Que el Señor nos lo conceda hoy.

 

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