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Cuarta Semana de Cuaresma

Cuarta semana de Cuaresma

Domingo ciclo A

Domingo ciclo C

Lunes 

Martes

Miércoles

Jueves

Viernes

Sábado

 

Domingo IV de Cuaresma. Ciclo A

1 Sam 16,1b.5b-7.10-13a / Sal 22 / Ef 5,8-14 / Jn 9,1-41

De una homilía del 29 de marzo de 1981

Yo soy la luz del mundo, dice el Señor, el que me sigue tendrá la luz de la vida. Hoy aparece la imagen de Jesús luz. Devuelve la vista al ciego, lo hace ver, lo hace caminar en la luz, le descubre que él es el Salvador, el Hijo de Dios, el Hijo del hombre, lo hace ir a la fe: Yo creo Señor. Es el día en que nosotros también recordamos que hemos nacido en Jesús, luz del mundo, y que somos por consiguiente hijos de la luz. Pablo nos dice en la segunda lectura porque en otro tiempo erais tinieblas pero ahora sois luz en el Señor, entonces nos exige que caminemos como hijos de la luz, comportaos por eso como los hijos de la luz. El fruto de la luz consiste en caminar en la bondad, la justicia y en la caridad. Todo eso nos hace pensar que tenemos que revivir en este cuarto domingo de cuaresma, cuando la pascua ya está muy cerca, tenemos que revivir nuestra fe en Cristo luz del mundo y dejar que Cristo nos penetre totalmente, nos descubra lo que somos y al mismo tiempo se nos descubra él mismo para abrazarnos más fuertemente al Señor, en definitiva Cristo será nuestro camino, nuestra vida, nuestra Verdad. Cristo es nuestro Pastor, nada nos puede faltar.
Para poder llegar así a la Pascua con una fe renovada. O sea el día de Pascua será para nosotros un día verdaderamente grande por que Cristo, el Hombre Nuevo, la luz del mundo, se nos manifestará en toda su riqueza y penetrará totalmente todo nuestro ser. Pero en este camino que vamos haciendo, penitencial, de conversión, de cambio en la cuaresma tiene que renovarse en nosotros la fe. Hoy tiene que renovarse la fe. Nosotros también tenemos que caer de rodillas delante de Jesús y decirle: “Yo creo Señor” y se postró delante de él. Tenemos que renovar también aquella fe que nos ha sido dada el día del bautismo, cuando empezamos a ser en Cristo verdadera luz.
Pero ¿qué significa renovar nuestra fe en Cristo luz del mundo? Son estas tres cosas que Pablo nos marca: caminar en la bondad, en la justicia y en la verdad. Caminar en la bondad: es decir en la rectitud de la fidelidad, ser fieles a lo que el Señor nos está pidiendo. Amar al Señor con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y al prójimo como a nosotros mismos. Caminar en la bondad significa ser buenos. ¿Qué entendemos nosotros por bueno? Una persona es buena cuando es totalmente buena. O sea cuando todo en ella inspira, revela, manifiesta una gran rectitud con Dios y con los hombres. Caminar en la justicia ¿qué significa? Es más o menos lo mismo. Caminar en la santidad, ser justo con Dios es realizar su voluntad, hacer lo que él nos pide, amarlo y ser justos con nuestros hermanos también. Tratarlos como se merecen, como hijos de Dios, hermanos en un mismo Cristo e hijos de un mismo Padre. Caminar en toda verdad: ser leales, ser auténticos, realizar nuestra vocación sacerdotal, religiosa o de laicos. Pero realizarla con caridad, con seriedad, con fidelidad al Señor. Todo esto significa ser hijos de la luz. Todo esto significa renovar nuestra fe.
Hay algo más todavía. El Señor nos pide que seamos muy pobres, muy pequeños. Si queremos descubrir a Jesús que seamos verdaderamente pobres, pequeños. Los fariseos, lo hemos escuchado en el evangelio de hoy, no llegan a descubrir quién es Jesús. Se resisten a la luz. Precisamente porque les falta pobreza y pobreza es lo mismo que humildad, sencillez, pequeñez.
La primera lectura nos habla de lo pequeño hecho grande por el Señor. Es la historia hermosísima de la unción como rey de David. El Señor manda a Samuel que vaya a la casa del papá, es decir a la casa de Jesé y que le va mostrar quien es el rey, entonces empiezan a desfilar todos los hijos de Jesé. Son siete. Empiezan a desfilar todos empezando por el más grande, el más robusto. Piensa que es él el que el Señor eligió como rey. No ninguno de estos. Hasta que al final le dice: bueno y no queda nadie más. Sí, el muchacho que está cuidando el rebaño en el campo pero es pequeñito. Bueno que venga él porque es él el elegido. El Señor le dice levántate y úngelo, es él. El Señor elige lo más pequeño, lo más sencillo, lo más pobre. Es el camino si queremos entrar en el Señor y ser verdaderamente felices. El camino de la pequeñez, de la pobreza.
Que Jesús, luz del mundo ilumine y centre este cuarto domingo de cuaresma: Yo soy la luz del mundo el que me sigue tendrá la luz de la vida. Que revivamos la alegría de nuestro bautismo que antiguamente se llamaba iluminación, es decir el día de la luz y todavía recordamos que cuando se bautiza un chico se le entrega la luz al bautizado. El padrino toma la luz, la vela, como un símbolo de que su vida ha sido iluminada en Cristo. Yo digo que este domingo, Cristo, la luz, ilumine nuestro camino, centre nuestro camino y que impulse nuestra fe para descubrir cada vez más al Señor. Que nos haga dar frutos de luz en la bondad, en la justicia, en la verdad. Que nos haga fuertemente pobres, radicalmente pobres. En la oración le pedíamos así al Señor: que nos haga apresurarnos con fe sincera, con fe renovada y con empeño cada vez mayor, que nos haga apresurarnos hacia la Pascua ya muy cercana. Que sea un día muy grande de luz, se lo pedimos al Señor por medio de María nuestra Madre la que nos dio por primera vez la Luz, al darnos a Jesús.

Domingo IV de Cuaresma. Ciclo C

Jos 4,19; 5,10-12 / Sal 33 / 2 Co 5,17-21 / Lc 15,1-3.11-32

De una homilía en el CELAM del 21 de marzo de 1971

Estamos entrando en los últimos días de preparación a la Pascua. El tema que domina este cuarto domingo de Cuaresma es la alegría de la proximidad de la Pascua. La primera lectura nos habla de la Pascua, de la alegría de la Pascua que nos llega; la segunda lectura nos habla de lo nuevo que ocurre en Pascua: el que es de Cristo es una criatura nueva, lo antiguo ya pasó; la alegría de la novedad, la alegría de lo nuevo que tendremos en la noche de la Vigilia Pascual. La tercera lectura nos habla de la alegría de la reconciliación, de la alegría de la nueva vida, de la alegría del encuentro con el Padre.

Tenemos que hacer muy honda, muy nuestra, muy imperdible esta alegría de la cuaresma, vivirla y trasmitirla, el mejor regalo que podemos hacer a nuestros hermanos, contagiarla cotidianamente a los que conviven con nosotros.

Primero la alegría de la Pascua. Brevísimamente estas dos ideas primeras para detenernos más en la consideración del Evangelio que tiene que provocar en nosotros un cambio, una conversión, un caminar otra vez al Padre.

La primera idea, decía, es la alegría de la Pascua. Es la alegría de la pascua de los israelitas en la tierra nueva, cuando comen el fruto de la tierra: panes ácimos y espigas, cuando comen de la cosecha de la tierra de Canaán, los israelitas celebran la Pascua.

Para nosotros Pascua siempre tiene esa plenitud de gozo, vamos caminando desde el adviento al nacimiento de Jesús pasando por la manifestación del Señor en la Epifanía, vamos caminando a través de la preparación de la cuaresma a la culminación del gozo en la noche de la Vigilia Pascual. Esta noche será verdaderamente feliz para nosotros en la medida en que la realicemos después cotidianamente, es decir en que cada día sea pascua, en que cada día vivamos el misterio de una muerte y de resurrección de Jesús en nosotros; en la medida en que la gracia bautismal que reviviremos en la gran noche de la Vigilia vaya creciendo, ahondándose, configurándonos cada vez más con Cristo muerto y resucitado. ¡Qué bueno es vivir la felicidad de la Pascua!

La felicidad de la Pascua o la alegría de la primera Pascua, de la Pascua histórica, es decir, de la Pascua de Jesús, Cristo que pasa del tiempo a la eternidad, Cristo que pasa de la muerte al Padre, Cristo que nos hace pasar a nosotros de la servidumbre a la libertad, Cristo que nos hace pasar de las tinieblas a la luz, Cristo que nos hace pasar del pecado a la gracia, Cristo que nos hace pasar de la muerte a la vida. La alegría de la primera Pascua de Jesús.

La alegría de nuestra pascua, de aquella pascua que ha quedado un poco como perdida en los comienzos de nuestra vida: la pascua de nuestro bautismo, allí cuando empezamos a sentir que bullía en nosotros un agua viva que gritaba “ven al Padre”. La alegría de sentirnos hijos, la alegría de que haya entrado en nosotros el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, la alegría de empezar una vida nueva.

La noche de la Vigilia Pascual reviviremos la alegría de nuestro bautismo, juntamente con el compromiso de nuestro bautismo.

Y será la alegría también de la Pascua que esperamos, es el tercer sentido de Pascua: Pascua de Jesús, pascua de nuestro bautismo y pascua de nuestra muerte. La alegría de pasar del tiempo a la eternidad, cuando pasemos de este mundo al Padre. A veces lo decimos así un poco superficialmente sin darle hondura, lo decimos jugando, lo que fuera, pero ciertamente el día más grande, más feliz de nuestra vida después del día de nuestro bautismo, es el día de nuestra muerte. Es decir, el día en que la gracia bautismal llega a su plenitud, cuando empezamos a ver al Señor cara a cara.

¡Cómo suspiramos nosotros! Como el ciervo desea las aguas, así mi alma suspira por Ti, oh Dios mío. Más que lo que aguarda el centinela a la aurora, mi alma aguarda al Señor. Esperamos al Señor que viene. Todos los días al terminar la consagración repetimos esta expresión: anunciamos tu muerte Señor, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús! Hoy lo vamos a decir con más ansia que nunca; la alegría de la Pascua anticipada.

Entonces este es un primer motivo para estar alegres en esta cuaresma, vamos caminando hacia la alegría pascua, pero la alegría pascual plena, la alegría de la Pascua de Jesús, alegría de nuestra pascua bautismal, alegría de la pascua que esperamos a través de nuestra muerte.

La segunda idea es la alegría de lo nuevo. San Pablo nos dice: el que es de Cristo es una criatura nueva, lo antiguo pasó, lo nuevo ha comenzado. Es una idea que hemos repetido mucho: Pascua es el tiempo de lo nuevo: la luz nueva, el agua nueva y el pan nuevo; todo en nosotros es nuevo, es el Cristo que resurge nuevo en el sepulcro, el nuevo Adán por el espíritu vivificante; somos nosotros nuevos porque empezamos a ser hijos del Padre, empieza en nosotros la creación nueva, somos hechura de Cristo. San Pablo dirá en la carta a los Efesios: somos hechura de Él, creados en Cristo Jesús. Como San Pablo habla constantemente del hombre nuevo. ¿Por qué se habla tanto de este hombre nuevo, de la alegría de lo nuevo? No sólo es un recuerdo para nosotros o una esperanza. Un recuerdo en el sentido en que recordamos que un día fuimos hechos nuevos en el bautismo, o una esperanza, estamos aguardando el momento en que Cristo vuelva y seremos definitivamente nuevos cuando seamos conformes al Cristo glorioso.

No sólo entonces, ahora en esta noche pascual de 1971 esta Pascua nuestra de este año en nosotros tiene que hacerse algo nuevo, algo definitivamente nuevo, algo totalmente nuevo. En nosotros resplandecerá de una manera nueva Cristo. Pero esto lo tenemos que preparar, eso no se va a improvisar esa noche. No es la emoción de la luz, del agua y del pan, la emoción del abrazo de la paz pascual lo que a nosotros nos va a hacer nuevos. Lo que nos va a hacer nuevos es el peregrinar ahora en la oración, en la penitencia y en la caridad durante este tiempo que nos falta todavía de preparación a la Pascua.

Sobre todo tenemos que caminar hacia el Padre, es la tercera idea. Caminar hacia el Padre en una auténtica penitencia.

¡Qué hermoso es el Evangelio de hoy! Qué hermoso por la invitación a la reconciliación, que invita a ella y la implica. Fíjense cómo terminaba la segunda lectura: en nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios. San Pablo nos pide que nos reconciliemos, o sea que volvamos al Padre. Y Cristo nos muestra cómo es que tenemos que volver al Padre.

Es hermosísimo este Evangelio -digo- por dos lados: por el lado de la vuelta al Padre en cuanto supone de una consideración, de una reflexión sobre el estado en que estamos, en un caminar hacia el Padre y de un empezar a vivir de nuevo en el abrazo del Padre. Y es bueno también por el otro lado, por el lado del Padre que espera, que camina, que se adelanta, que abraza, que no viste de nuevo, que nos hace una fiesta. Aquí tenemos que quedarnos. Aquí tenemos que andar ahora, esto lo tenemos que pensar muy hondamente en nosotros. Hoy, en esta tarde, en este pensar un poco a fondo nuestra situación como hijos del Padre, aunque un poco lejos de Él, tiene que provocarse también en nosotros un deseo muy grande de levantarnos y volver al Padre, la seguridad del encuentro gozoso con el Padre. Y empezar una vida nueva.

¿Qué es para este hijo que se ha alejado, para este hijo pródigo, qué es el pecado?

El pecado es una lejanía. No sentir ya el calor, la intimidad del Padre. Se marchó lejos, emigró a un país lejano.

¿Qué es el pecado en segundo lugar? Es una desnudez, se quedó sin nada, derrochó su fortuna, empezó a pasar hambre, no tenía nada; mientras los cerdos tenían por lo menos las bellotas, las algarrobas, él no tenía absolutamente nada: es la desnudez del pecado, uno se siente vacío.

En tercer lugar, ¿qué es el pecado? Es la soledad, se encuentra totalmente solo, nadie le daba de comer.

Eso es el pecado también para nosotros. Es una lejanía, sobre todo no experimentamos el calor, la intimidad, la luz, el gozo del Padre. Por lo mismo nos sentimos muy desnudos como Adán en el paraíso, Adán y Eva después del pecado; y nos sentimos muy solos.

Entonces viene el segundo momento del hijo pródigo: recapacitando entonces se dijo: cuántos jornaleros en la casa de mi padre La lejanía, la desnudez, la soledad a uno lo hacen reflexionar. No puede ser que yo viva así, tantas almas que el Señor son tan inmensamente felices. Tantas almas que porque se han entregado totalmente al Padre experimentan en su sencillez cotidiana una felicidad que contagia. ¿Por qué fulano…? ¿Por qué tales personas que nosotros conocemos que tienen menos, tal vez menos posibilidades, tal vez externamente menos comprensión por parte de los demás, por qué son tan felices? Tal vez porque nos falta un poquitito más de entrega en la vuelta al Padre.

Entonces recapacitamos, ¿qué es lo que se dijo? Me pondré en camino a donde está mi padre y le diré: padre, he pecado contra el cielo y contra ti. O sea la reflexión no es una simple reflexión que a nosotros nos deje en el descubrimiento de lo que somos. No… Termina en propósito: me voy a poner en camino a donde está mi padre y le voy a decir esto. Es el propósito y… se puso en camino. No sólo ha hecho el propósito sino que lo realiza, se puso en camino a donde estaba su padre.

¿Y cómo termina todo esto? En el reencuentro. Es el tercer momento. El primer momento es el de la desnudez del pecado; el segundo momento es el de la reflexión con el propósito y con la realización de ese propósito; el tercer momento es el encuentro. El encuentro con el Padre. El Padre lo vio y se conmovió cuando todavía estaba lejos y echando a correr el Padre se le echó la cuello y se puso a besarlo.

Esta parábola no fue inventada porque sí, la parábola no la inventó Jesús por instinto político. Esta parábola Cristo la hizo por mí, por cada uno de nosotros; Cristo la hizo hasta el final de los tiempos y porque quería revelar la intimidad del corazón del Padre, lo que es Dios para nosotros.

Estando todavía lejos el Padre lo vio y se conmovió y echando a correr el Padre se le echó la cuello y se puso a besarlo. Y bueno, no deja que el hijo hable. Cuando empieza el hijo –padre, he pecado contra el cielo y contra ti, ya no merezco…- el padre manda a sus criados que lo revistan de nuevo. Y así termina el cuadro con lo nuevo: con un vestido nuevo, con sandalias nuevas, con anillo nuevo, con un gran banquete, fiesta, alegría, porque lo que estaba muerto revivió, lo que estaba perdido fue hallado. Así termina.

Esto se da también en nosotros. El cuadro que nos pinta Jesús -que es tan hermoso, tan fantástico, tan extraordinariamente rico y tan revelador de la misericordia del Padre- queda ensombrecido un poquitito por la actitud egoísta del hermano que vuelve del campo y que se lamenta porque el padre fue tan bueno con el que se había perdido. Esta sombra no tiene que caber en nosotros frente a la bondad del Padre, frente a la vuelta de nuestros hermanos no puede quedar un poquitito de envidia. Todo este cuadro queda como un poquitito como oscurecido por la imagen del hermano egoísta. La vuelta, la reconciliación, la alegría de volver. Deberías alegrarte -le dijo- porque este hermano tuyo estaba muerto y ha resucitado, estaba perdido y lo hemos encontrado.

Entonces que vivamos hoy la alegría anticipada de la Pascua.

 

Lunes IV de Cuaresma

Is 65,17-21 / Sal 29 / Jn 4,43-54

De una homilía del 22 de marzo de 1971. CELAM

Vuelve otra vez el tema de lo nuevo en la primera lectura de hoy. Es a través del profeta Isaías que nos pinta que Dios va a crear un cielo nuevo y una tierra nueva, es la misma expresión que vamos a encontrar en San Pedro. En la primera carta San Pedro dice que Dios creará al final un cielo nuevo y una tierra nueva en donde habitará la justicia. Tal es lo característico de esto nuevo que ya no habrá más llanto, ni gemidos sino que habrá bendición, felicidad, gozo.

¡Cómo llama la atención en esta primera lectura la insistencia en la palabra gozo, alegría! En poco menos de tres o cuatro versículos se repite seis veces: habrá gozo y alegría perpetua; voy a transformar a Jerusalén en alegría, su pueblo en gozo, me alegraré de Jerusalén, me gozaré en mi pueblo.

Otra vez el tema de ayer, de la alegría por lo nuevo, la alegría por lo definitivamente nuevo que esperamos, la alegría por lo nuevo que nos trajo Cristo, la alegría por lo nuevo que se hizo en nosotros el día del bautismo; pero la alegría inmediata ahora por lo nuevo que se realizará en la Pascua próxima y que decíamos ayer tenemos que prepararlo durante la cuaresma en los pocos días que nos separan de la noche, de la gran noche de la Vigilia Pascual.

Yo quisiera insistir un poco más en este corazón nuevo. Este corazón nuevo tiene que estar hecho de una conciencia muy honda, muy clara, muy gozosa al mismo tiempo, de nuestra pobreza. Es decir, que experimentemos la necesidad de una conversión, de una invasión fuerte del Espíritu que nos cambia; que nos demos cuenta de que somos pobres, miserables. Lo nuevo en nosotros se hará con la conciencia de que hay algo viejo que tiene que morir. Es todo aquello del Apóstol San Pablo: del hombre viejo que tiene que renovarse, recrearse en Cristo Jesús. El hombre nuevo tendrá que hacerse en nosotros, creado en justicia y en santidad verdadera; el hombre nuevo que tendrá que hacer el Espíritu de acuerdo a la imagen de Cristo Resucitado.

El hombre nuevo –decía– supone en primer lugar la conciencia muy serena, muy honda, muy clara, de nuestra falta, de nuestra miseria, de nuestro pecado. Es decir, en definitiva que seamos pobres y que la pobreza nos lleve a descubrir la necesidad de un cambio en nosotros.

En segundo lugar, este hombre nuevo estará hecho por una irrupción, por una invasión fuerte del Espíritu Santo en nosotros. Es el Espíritu el que recrea a Cristo en la Resurrección; es el Espíritu el que vuelve a nosotros y nos hace nuevos. Hemos sido bautizados en el agua y en el Espíritu. Es el Espíritu de la adopción; es el Espíritu que vendrá otra vez para purificarnos con su fuego; es el Espíritu que creará en nosotros un corazón nuevo.

¿Cómo se caracterizará el hombre nuevo? Será fundamentalmente el hombre de la luz; será el hombre de la alegría; será el hombre del amor. Hemos sido hechos hombres nuevos en el Espíritu. Lo característico del hombre nuevo es que sabe amar bien a los demás; sabe entregarse cotidianamente a sus hermanos. Es el hombre que no tiene puntas que hieren sino que busca una armonía cada vez más profunda en el mismo espíritu de la comunión.

Este hombre nuevo es el hombre de la luz, su sola presencia es como una transparencia de Cristo que es la luz. Hemos sido trasladados de las tinieblas al reino de la luz admirable. Eso ha sido para nosotros el bautismo –erais en un tiempo tinieblas, pero sois luz en el Señor–. Por eso en la noche de lo nuevo, en la noche de la Vigilia Pascual, lo primero que aparece en la liturgia es la luz, porque será el hombre nuevo que es la luz para los demás, luz en el sentido de una transparencia visible de Jesús en nosotros. Es el hombre de la alegría.

¡Cuántas veces hemos repetido este tema! Hoy mismo en la liturgia, el Señor nos vuelve a hablar del gozo, de la alegría! Es el hombre cuya sola presencia transmite serenidad, paz, alegría y esperanza a sus hermanos. Si Cristo, el hombre nuevo vive en nosotros, necesariamente tendremos que ser luz, contagiadores del gozo a nuestros hermanos.

Tenemos que gritar mucho al Espíritu que cree en nosotros un corazón nuevo. Tenemos que trabajar durante esta cuaresma, preparar la noche de lo nuevo, cielo nuevo y tierra nueva, pero sobre todo un hombre nuevo. Y ese hombre nuevo tendrán que ser ustedes y tendré que ser yo; ese hombre nuevo tendrá que darse definitivamente en la noche de la Vigilia Pascual.

¡Qué triste si cuando se apaguen las luces de la Vigilia Pascual, se apaga también la luz que en nosotros tendría que haber nacido! O sea, si todo lo que hemos preparado y ansiado, todo lo que hemos pensado, deseado tan ardientemente, la pascua definitiva de algo nuevo y definitivo en nosotros, si todo eso muere con la Vigilia Pascual. De lo pasado no habrá recuerdo, ni habrá pensamiento… yo voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva. Es Dios quien volviéndose a nosotros mismos nos dice: voy a crear también un hombre nuevo.

Ese hombre nuevo es el hombre que cree, es el hombre que es definitivamente curado en base a una fe en Jesús.

El Evangelio de hoy nos pinta esta fe y nos pinta también una purificación, una salvación, un hacer un hombre nuevo. El funcionario real tiene un hijo enfermo, un hijo que se está muriendo, Cristo lo cura; en cierto sentido lo hace de nuevo y lo hace de nuevo sacándolo de su enfermedad, de su muerte; lo hace de nuevo. Un poco como puede pasar con nosotros sacándonos de nuestra enfermedad y de nuestra muerte. Pero para ello ¿qué hace falta? Que uno tenga fe, fe en Jesús, esa fe que se le pide a este funcionario real de Cafarnaún. Jesús le dice: como no veis signos no creéis; Jesús insiste en la necesidad de la fe.

Encontramos como tres momentos en la fe de este hombre que se acerca a Jesús. Una fe inicial, fuerte, pero todavía no del todo definitiva y clara, cuando se acerca a Jesús para pedirle diciéndole que su hijo está muriéndose. Le dice que baje a ayudar a su hijo; quiere decir que la fe no es tan fuerte, tan clara.

Muy distinto de aquel otro episodio también del funcionario. Pero dice… no Señor no bajes, no es necesario que vengas porque yo que soy un hombre y le digo a un criado ven y viene, Tú también puedes desde lejos mandar, yo no soy digno de que entres en mi casa.

Es una fe, cree que Jesús puede curar, pero cree que necesita bajar; una fe inicial.

Un segundo momento Jesús le dice: “anda tu hijo está curado”. El hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino. Si se puso en camino era porque creía en la palabra del Señor. Tampoco sería una fe muy clara, muy definitiva. Habría alguna duda dentro: ¿se habrá curado, no se habrá curado? ¿cómo habrá sucedido? Pero mientras va en camino vienen a anunciarle que su hijo ya está curado y él les pregunta a qué hora fue, le dicen a la una y entonces se da cuenta que es el mismo momento en que Jesús le dijo: baja que tu hijo está curado.

Entonces viene el tercer momento de la fe: creyó él y toda su familia. Ahora sí, ante el signo hecho por Jesús cree.

El Evangelio de San Juan es el evangelio de la fe, el evangelio de la manifestación o revelación de Jesús que provoca la fe. El evangelio de San Juan terminará diciendo: todas estas cosas han sido escritas para que creáis

El primero de los signos de Jesús en Caná de Galilea cuando convierte el agua en vino para provocar la fe… creyeron en él sus discípulos, manifestó allí su gloria. El segundo signo lo hace también en Caná de Galilea, es el de hoy, creyó este funcionario real con toda su familia.

Entonces volviendo otra vez al tema central, si queremos de veras que Cristo haga en nosotros un corazón nuevo, si queremos, porque lo necesitamos con toda el alma, que se realice en nosotros el hombre nuevo en la pascua, volvamos con sencillez y fe al Señor porque estamos enfermos y muertos y pidámosle con toda el alma que Él también nos cure. Tengamos fe y Cristo enviará el Espíritu que nos hace nuevos.

 

Martes IV de Cuaresma

Ez 40,1-3; 47,1-9.12 / Sal 45 / Jn 5,1-3a.5-18

De una homilía del 31 de marzo de 1981

El tema de la liturgia de hoy es el agua, así como la del domingo era la luz. Cristo es la luz que nos hace nacer a la luz. Dar frutos de bondad, justicia y de verdad. Erais en un tiempo tinieblas pero ahora sois luz en el Señor. Y ahora Cristo que nos hace renacer por el agua: el que no renaciere por el agua y por el Espíritu Santo. No hay que olvidar que en este tiempo de cuaresma los catecúmenos se preparaban para el bautismo. Con las catequesis que el obispo hacía en la catedral, en la Vigilia pascual. Hoy la primera lectura habla de esa visión del agua, del agua que hay que atravesar, que brota de la puerta del templo y va hacia el oriente. Es un agua que baja del lado derecho del templo de la parte meridional del altar y que va creciendo hasta que se convierte en un río. Es al agua en la cual tenemos que sumergirnos para nacer de nuevo. Sumergirnos en el agua es sumergirnos en Jesucristo: hemos sido sepultados en Jesucristo. Antiguamente, el bautismo se hacía por inmersión y uno se sumergía totalmente como hemos visto en la piscina que hay en San Juan de Letrán. Uno se sumergía totalmente y del otro lado lo esperaba el padrino o la madrina para secarlo. El evangelio habla también del agua, del agua de esta piscina, cuya agua se movía de tanto en tanto. Misteriosamente el primero que entraba quedaba sano. Entonces, el misterio del paralítico, que es misteriosamente curado por el Señor sin necesidad de entrar en el agua. Porque el Señor puede curar y dar la vida aún fuera del agua, pero con ocasión del agua, porque el enfermito estaba esperando. Nosotros pensamos en dos o tres cosas. Pensamos en primer lugar en la vida nueva que se nos ha dado en el bautismo. Agradecemos a Dios haber sido hechas criaturas nuevas. Nos prepararnos a renovar con toda sinceridad en la noche pascual los compromisos bautismales, a sentirnos verdaderamente hijos, templos de Dios y a vivir nuestra condición de hijos de Dios, nuestra oración de hijos, en la voluntad del Padre como hijos. Llegar a ser realmente hijos.

Al mismo tiempo que pensamos en el bautismo pensamos en Cristo que viene a salvarnos y que nos cura. Cristo es el que cura. El domingo veíamos al ciego de nacimiento. Jesús lo cura. Pero no lo cura simplemente materialmente sino que lo lleva también a la fe. Le hace descubrir que él es el Hijo de Dios. Lo ilumina por dentro. Aquí ocurre lo mismo. Jesús que cura: Toma tu camilla y camina. Y empieza a caminar. Pero el enfermo todavía no sabe quién es. Jesús se esconde entre la muchedumbre, no sabe quién es. Pero después Jesús lo encuentra en el templo y le dice: He aquí que has sido curado. No peques más y que no te vuelva a suceder otra cosa. Cristo le perdona los pecados, no solo lo cura en el cuerpo sino que le da paz y tranquilidad al alma. Todo esto es lo que va acarreando el furor de los fariseos contra Jesús. Lo andan buscando con el pretexto de que quiebra el sábado. Lo quieren matar a Jesús. Aparece cada vez más marcada la figura de Cristo que va a la pasión, que va a la cruz.

Mientras por una parte, en este tiempo de cuaresma, meditamos en la pasión, en la muerte, en la cruz del Señor y por consiguiente en su resurrección, por otra parte nos sentimos salvados. Jesús que nos salva. Necesitamos ser salvados totalmente, Jesús lo puede hacer. Puede curarnos, puede darnos totalmente la salud. Puede darnos, sobre todo, la vida del alma, no quiero la muerte del pecador sino que se convierta y viva. Sentimos a Jesús como Salvador y sentimos la alegría de que en él volvemos otra vez a sentir la nueva vida, la vida del bautismo, por el agua y por el espíritu.

Miércoles IV de Cuaresma

Is 49,8-15 / Sal 144 / Jn 5,17-30

De una homilía del 23 de marzo de 1971. CELAM

El tema fundamental de todas las lecturas de hoy es que Dios es nuestro Padre, el Señor es clemente y misericordioso. La idea fundamental que hemos de tomar hoy es la bondad, la fidelidad permanente de Dios que le define a Él con su amor y su bondad de Padre y eso nos hace mucho bien y esto nos prepara para la conversión definitiva de la Pascua.

Hemos empezado esta celebración de la eucaristía recordando una frase hermosísima de Ezequiel: cuando muestre mi santidad sobre vosotros os recogeré de entre las naciones, derramaré sobre vosotros un agua pura que os purificará de todas vuestras inmundicias y os infundiré un Espíritu nuevo. Eso es Pascua.

La primera lectura del profeta Isaías nos está refiriendo a los desterrados que vuelven a la patria. El Señor en el tiempo de la gracia se ha acercado a su pueblo, en el tiempo de la salvación lo ha socorrido, les ha dicho a los cautivos “salid”, a los que estaban en tinieblas “venid a la luz” y los ha traído otra vez a la patria.

Pascua es volver otra vez del destierro a la patria, al que estaba lejos a la casa del Padre, al que estaba solo a la unidad del único pueblo. Pascua es también una vida nueva, una purificación total por el agua: derramaré sobre vosotros un agua pura. En la gran noche de la Vigilia Pascual sentiremos cómo vuelve el Señor otra vez a derramar sobre nosotros el agua pura que nos purifica de todas nuestras inmundicias, de todos nuestros pecados. Volveremos a sentir el gozo de una nueva creación. Pascua será para nosotros el cambio definitivo, nos infundirá un espíritu nuevo.

Pascua dice relación especial con el Espíritu con mayúscula. La plenitud de Pascua es Pentecostés. Cristo nos envía el Espíritu que nos hace nuevos y que grita en nosotros Abbá, es decir Padre, y nos conduce como a hijos.

En esta línea de una creación nueva en el agua, esta línea de volver otra vez al único pueblo de Dios volviendo del destierro de la soledad, en esta línea de tener un Espíritu nuevo comprenderemos mejor el Espíritu de la Pascua y su alegría.

En la oración le hemos pedido al Señor de esta manera: “Dios Todopoderoso, concédenos encontrar la alegría santa”, la alegría pascual y esa alegría la obtendremos en la práctica voluntaria de la penitencia, es decir, en el cotidiano esfuerzo, del cambio, de la conversión total. ¿Para qué? Para que en nosotros, desprendidos de todas las cosas de la tierra podamos saborear las del cielo, entonces sí seremos inmensamente felices. Desligados de los afectos terrenos comprendamos mejor las cosas del cielo, dice la oración. ¡Qué necesidad tenemos de sentir esta alegría santa, que proviene de un corazón desprendido y pobre, que proviene de un corazón bien penetrado de los secretos del Padre y ha saboreado las cosas de arriba!

Es lo que nos recordará en Pascua el Apóstol Pablo escribiendo a los Colosenses: “…vosotros estáis muertos y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios, si habéis resucitado con Cristo buscad las cosas de arriba, no las cosas de la tierra, saboread lo del cielo donde Cristo está sentado a la derecha del Padre”.

Pero volvamos otra vez a los textos. Los textos que nos pintan de una manera muy clara cómo el Señor es clemente y misericordioso. Hay toda una acción de Dios que se nos manifiesta en la primera lectura, a través del profeta Isaías. Es la acción de Dios que interviene bien misericordioso y bien fielmente para repatriar otra vez al pueblo que estaba cautivo. El pueblo que estaba oprimido en Babilonia vuelve a la patria, vuelve al templo, vuelve a su casa. El Señor mismo toma la iniciativa: en el tiempo de la gracia te respondí, en el día de la salvación te auxilié. El Señor me grita: salid, a mí que estoy cautivo; el Señor me grita: ven a la luz, a mí que me siento enfermo en tinieblas. Bueno… el Señor me va acompañando después en el camino de regreso. ¡Cuántas cosas que el Señor hace con una delicadeza bien paternal! Aun peregrinando, caminando encontrarán en los caminos pastos suficientes, tendrán praderas aún en todos los montes, en todas las tunas del desierto; no pasarán hambre ni sed. ¡Qué bondad la de Dios! No les hará daño el bochorno, ni el sol, no les quemará el sol en el camino, porque los conduce el Compasivo.

¡Qué bueno es sentirnos así nosotros que estamos en las tinieblas, que estamos en la opresión, que estamos en la lejanía; nosotros que estamos en definitiva en el pecado. ¡Qué bueno es sentirnos que nos conduce el Compasivo y que no nos pasará nada! Hay una invitación muy grande a la alegría: exulta cielo, alégrate tierra, romped a cantar montañas porque el Señor consuela a su pueblo, se compadece del desamparado. Ese pueblo somos nosotros.

Aquí viene lo central, lo que resume todo este pasaje de Isaías. Cuántas veces nosotros nos sentimos tan oprimidos y angustiados por nuestra miseria que nos ponemos a pensar: “No, el Señor me ha repatriado muchas veces pero esta vez ya no, yo me siento demasiado lejos, demasiado en soledad, el Señor no puede pensar en esto. Hay otras almas buenas en las cuales el Señor se vuelca, pero en mí, en mi pobreza.” Entonces nos viene la tentación de decir como Sión, es decir como el pueblo: me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado. Entonces la respuesta formidable, clarísima, consoladora: ¿es que puede una madre olvidarse de sus hijos? ¿Puede una madre no conmoverse por el hijo de sus entrañas? No puede ser. A pesar de que ella se olvide yo no te olvidaré, dice el Señor todopoderoso. ¡Qué bien que nos hace esta expresión! En ella dejamos nuestra inquietud, nuestra angustia o nuestra tentación o riesgo de angustia, nos quedamos envueltos en esta luz. ¿Puede una madre olvidarse de su criatura? Bueno, aún cuando ella se olvidare, yo no me puedo olvidar de ti, dice el Señor.

En el Evangelio aparece toda la profunda intimidad de Cristo con su Padre, cómo nos habla del Padre y cómo se nos revela este Señor clemente y misericordioso del Salmo responsorial; este Señor que es lento a la cólera y rico en piedad, este Señor que es bueno con todos, cariñoso con todas sus criaturas, fiel a todas sus palabras, bondadoso en todas sus acciones; este Señor que sostiene a los que van a caer, que endereza a los que ya se doblan; este Señor que está muy cerca de los que le invocan de verdad, de los que lo invocan con sinceridad, cómo se nos revela este Señor como Padre, Jesús nos lo muestra como Padre.

A través de la relación tan íntima y personal y profunda que existe entre Él y el Padre, cuántas veces en el evangelio de hoy nos habla Jesús del Padre.

Hay dos ideas que están como en las dos puntas de esta intimidad del Padre. La primera es que el Hijo se siente amado por el Padre, la segunda idea es que por amor el Hijo ha aceptado la voluntad del Padre.

La primera idea está expresada en esta frase de Jesús: el Padre ama al Hijo. Como tenía experiencia, conciencia clara de que el Padre lo amaba, por eso puede hacer constante y cotidianamente su voluntad, por eso puede marchar con serenidad a la cruz.

La segunda idea está al final: no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió. Esto nos hace pensar en aquella otra expresión de Jesús cuando marcha a la pasión: “para que sepa el mundo que yo amo al Padre y conforme al mandato que me dio mi Padre así obro”.

¿No les parece que estos dos principios, estas dos puntas, tienen también que iluminar nuestra relación con el Padre, con ese Señor que es clemente y misericordioso, con ese Señor que tiene entrañas de madre y que no puede olvidarnos? El Padre ama al Hijo. Sentirnos profunda, íntima, constantemente amados por el Padre. No importa nuestro pecado, nuestra miseria, nuestra lejanía. Que no nos envuelva la tentación de la tristeza: me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado. Y la otra punta, que sintamos en lo cotidiano, en lo sencillo, que nosotros tenemos que buscar la voluntad del Padre: no busco mi voluntad sino la voluntad de Aquel que me ha enviado.

¡Qué lindo es decidirnos de verás! Sentir hoy una alegría muy honda, una alegría que se desborde y se contagie, una alegría tan grande que den ganas de contarla a los demás. La alegría de sentirnos amados por el Padre; ese Padre que nos va a buscar en la opresión y nos dice: salid; ese Padre que nos va a buscar a las tinieblas y nos dice: tened luz; ese Padre que nos va acompañando en el camino; ese Padre que está cerca porque lo invocamos con sinceridad; ese Padre que es bueno con todos, cariñoso con todas sus criaturas; ese Padre que sostiene a los que se van a caer, a mí que soy débil, endereza a los que ya se han doblado. ¡Qué bueno es sentirnos amados por el Padre y contagiar esta alegría a los otros! Y qué bueno sentir también la alegría de decir: no busco mi voluntad, sino la voluntad de Aquel que me ha elegido, la voluntad de Aquel que me ha enviado.

Con estos dos principios: con el amor del Padre y con la respuesta sencilla de nuestro amor filial proseguimos la celebración de la Eucaristía con la seguridad de que el Señor hoy obrará en nosotros. Esta seguridad de que nos conduce el Compasivo y la responsabilidad de que tenemos que amar otra vez al Padre.

Jueves IV de Cuaresma

Ex 32,7-14 / Sal 105 / Jn 5,31-47

De una homilía del 21 de marzo de 1985

La idea central que ilumina nuestro camino penitencial hacia la Pascua y que nos prepara para la gran fiesta de la Vigilia Pascual, es la idea del amor del Padre que tanto ha amado al mundo que le dio a su Hijo no para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve. Entraremos en la contemplación del misterio de la Redención de Jesús que voluntariamente se entrega a la muerte y que pasa por la cruz a la gloria, pero desde la perspectiva del Padre, no desde una visión angustiosa que parte de nuestros pecados. Nuestros pecados serán también redimidos por la sangre de Jesús.

Por eso en la conciencia serena que tenemos de nuestra culpa, de nuestro pecado, nosotros repetimos con sencillez, con confianza: perdona, Señor, las culpas de tu pueblo, como lo decíamos en el Salmo Responsorial. Esas culpas que las tuvo el pueblo de Israel cuando iba caminando por el desierto, tantas, tantas, pero la principal de ella cuando quisieron sustituir el Dios verdadero con un dios fabricado por sus propias manos, aquel ternerito de oro, hecho por ellos, por los pendientes de sus mujeres, y ese era el dios que ellos adoraban, el dios que los había sacado de Egipto. ¡Cuántas cosas hechas por nosotros las convertimos en seguida en un ídolo que nos encadena, que no nos permite caminar hacia el Dios vivo de Abraham, de Isaac y de Jacob; hacia el Cristo de la Cruz y de la Pascua!

Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo. El motor principal que nos animará para seguir caminando hacia la Pascua que se acerca es el amor del Padre. Yo creo que a partir de ahora tenemos que insistir mucho en un Padre que nos perdona. Es el mismo Padre perdonador que aparece en la primera lectura. Es hermosísimo el diálogo entre el Señor y Moisés, y hasta es risueño y humorístico porque parecen como echarse la culpa el uno al otro. El Señor le dice a Moisés: “ve, desciende del monte, porque TU pueblo, el que TÚ hiciste salir del país de Egipto, se ha pervertido”. Y entonces Moisés reacciona enseguida y le dice: “¿por qué Señor tu ira se va a descargar contra TU pueblo, el que TÚ hiciste salir de Egipto con gran fuerza y con mano potente? El pueblo no es mío, el pueblo es tuyo. El pueblo no lo hice salir yo de Egipto, lo hiciste salir tú; yo fui un instrumento”. Pero en definitiva, termina toda la lectura: el Señor abandonó el propósito de dañar a su pueblo, como diciendo que al Señor le duele la infidelidad de su pueblo, pero sigue siendo eternamente fiel, no puede negarse a sí mismo. Por eso seguirá perdonando, por eso con confianza decimos: perdona, Señor, las culpas de tu pueblo.

El Evangelio nos presenta a Jesús que va caminando hacia la Pasión. Los judíos no aceptan todavía su palabra. Quieren ver hechos pero tampoco interpretan bien los hechos. Jesús entonces presenta testimonios: Yo no puedo dar testimonio de mí mismo, no lo aceptaríais. Pero sí hay quienes dan testimonio de mí. El primero es Juan, el Bautista, el Precursor: este es el Cordero de Dios, este es el que quita el pecado del mundo. Ese da testimonio. O cuando le mandan a Jesús cuando vienen mensajeros de Juan a preguntar si tú eres el Mesías o debemos esperar a otro, Jesús les dice: cuéntenle simplemente esto, que los ciegos ven, que los cojos caminan, que los muertos resucitan: es señal de que ha llegado el Mesías, el enviado, el Hijo de Dios. Juan dará testimonio.

Y este Juan es llamado por Jesús con una expresión hermosísima: él era una lámpara que ardía e iluminaba, brillaba. Lámpara que ardía y que brillaba. Varias veces hemos comentado esta expresión con palabras de San Bernardo. Una lámpara perfecta porque si una lámpara simplemente arde, se quema, no ilumina. Tiene que quemarse primero. Arder sin iluminar es poco pero querer iluminar sin arder, sin quemarse, es vano, no se puede. Entonces las dos cosas: arder e iluminar. Un buen testigo es un hombre que se deja quemar pero para que la luz alumbre a los demás. Juan da testimonio de Cristo, y nada.

Mas las obras de Cristo dan testimonio de Él. Es decir sus milagros sorprenden pero nada: lo hace en nombre de Belzebúl, en nombre del demonio. Tampoco lo aceptan.

El Padre da testimonio de Jesús: Este es mi Hijo, escuchadle. No escuchan la voz del Padre.

“Ah, nosotros tenemos a Moisés”. “Muy bien, Moisés escribió de mí, pero tampoco lo escucharon a Moisés”. Es un rechazo de Jesús, a través de los profetas, a través de sus obras, a través del Padre, a través de Moisés.

El Señor quiere que aceptemos plenamente su palabra, y su palabra nos va a hablar del amor del Padre. Si queremos tener la vida tenemos que creer en el Hijo. Creer en el Hijo es creer lo que Él nos ha dicho: que el Padre nos ama. Toda la revelación de Jesús está allí: El Padre mismo os ama. Toda la revelación de Jesús se concreta para nosotros cuando nos dice: “vosotros no sois más siervos, sois amigos porque yo os he contado los secretos del Padre”. Toda la revelación en cuanto a vida nuestra, se resume en esto: ámense los unos a los otros como Yo os he amado.

Que el Señor nos haga crecer cada día mientras vamos a la Pascua en la experiencia del amor del Padre y que abra nuestro corazón para recibir las palabras del Hijo: Tú eres el único que tiene palabras de vida eterna. Un corazón silencioso para acoger la Palabra, meditar, rezar. Y un corazón generoso, servicial para amar bien a nuestros hermanos. Un corazón dispuesto a querer y a convertirse.

Viernes IV de Cuaresma

Sab 2,1a.12-22 / Sal 33 / Jn 7,1-2.10.14.25-30

De una homilía del 18 de marzo de 1983

Volvemos a contemplar en este viernes al justo perseguido, al justo crucificado. Es decir, volvemos a contemplar a Cristo en la cruz pascual que nos dará la vida, la resurrección; una cruz que es la primera parte del misterio de la Pascua. Dentro de dos viernes será viernes santo. La oración de hoy es muy hermosa dice: Señor haz que recojamos con alegría los frutos de la redención y que los manifestemos en la renovación de nuestra vida. Acoger con alegría los frutos de la redención y manifestarlos después en la renovación de nuestra vida.

Pero esos frutos de la redención vendrán de dos cosas: de una contemplación muy serena y muy central en el Cristo muerto y resucitado. La gran sabiduría que proclamaba San Pablo: para mí no hay otra sabiduría, no predico otra cosa más que Cristo y Cristo crucificado. A partir de hoy sobretodo dirijamos nuestra contemplación al Cristo. Tratemos de hacer el camino de la cruz con él, en la muerte con él para participar en los frutos de su glorificación.

El evangelio nos muestra que quieren poner las manos sobre Cristo, pero dice que todavía no ha llegado su hora. También cuando el jueves santo veamos a Jesús en el relato del lavatorio de los pies. Juan dirá sabiendo Jesús que había llegado la hora. Aquí todavía no había llegado la hora ¿Cuál es la hora de Jesús? Es la hora misteriosa anunciada en Caná –mujer no ha llegado mi hora es la hora de la pasión, de la muerte y de la resurrección de Jesús; es la hora de su misterio pascual. Por eso su oración sacerdotal cuando Jesús está por ir a la cruz empieza así Padre ha llegado la hora, glorifica a tu hijo para que tu hijo te glorifique a ti. Contemplación de la cruz pero una contemplación serena y con deseos de que los frutos de la redención pasen a nuestra alma, sean recibidos con alegría y los manifestemos después en nuestra vida.

 

De una homilía del 23 de marzo de 1985

Dos ideas muy simples al finalizar esta cuarta semana de Cuaresma. La primera es la de una confianza extraordinaria en Dios que es amor. Toda esta semana ha estado marcada por la palabra de Jesús en el Evangelio de San Juan: Dios ha amado tanto al mundo que le dio a su Hijo Unigénito, el que cree en Él tiene la vida.

Vamos a entrar dentro de muy pocos días en la celebración del Misterio Pascual. Lo estamos ya celebrando. No podemos comprender el Misterio Pascual sino es desde el amor del Padre manifestado en Cristo Jesús Nuestro Señor. Ese Misterio Pascual se hace nuestro. Entramos en ese Misterio Pascual sacramentalmente por el Bautismo. Lo volvemos a profesar el día de nuestra consagración sacerdotal o religiosa. Pero ese Misterio Pascual tiene que hacerse real, muy real, muy fuerte en algunos momentos de nuestra vida en que el Señor adorablemente nos crucifica, pero nos crucifica por amor. Al mismo tiempo, nos da una gran paz interior y nos abre a la gloria de la resurrección: ¿no era necesario que el Cristo pasara todas estas cosas para poder entrar en la gloria? Entonces lo que ilumina todo este Misterio Pascual es el amor del Padre, manifestado en Cristo Jesús Nuestro Señor.

La experiencia que tiene Jesús aparece en el Evangelio de hoy. Una experiencia de rechazo, de dolor, de cruz. Todo a la luz del amor de Dios: Dios ha amado tanto al mundo. La primera idea es esta: nada pasa en la vida que Dios no lo dispone por amor.

El Misterio Pascual de Jesús se nos presenta en esa dimensión de amor del Padre. Tal vez convendría releer hoy, durante la jornada o mañana, el texto tan bonito de la carta a los Romanos, capítulo 8, versículo 31 en adelante, en que San Pablo canta al amor de Dios y termina diciendo: ¿quién me podrá arrancar del amor de Dios? Nada ni nadie, ninguna criatura podrá arrancarme del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Nuestro Señor. La primera idea es esta.

La segunda idea es la misma imagen de Jesús, Siervo sufriente, a quien los judíos rechazan pero en el plan del Padre está que tiene que ser así, para la redención de todos. El Evangelio de hoy nos presenta ya muy claras todas las intrigas de los principales. Algunos de entre el pueblo, los más simples, los más sencillos, aceptan a Jesús, por lo menos se ponen el problema: este es verdaderamente el profeta. Otros dicen: este es el Cristo. Pero nadie se atreve a poner las manos en Él. O sea, hay un rechazo total de Jesús. La gente sencilla, la gente más humilde del pueblo es la que acepta a Jesús.

Es el rechazo de Jesús. Aparece ya la imagen de Jesús rechazado por los principales de su pueblo. Es la historia del Señor que se prolonga constantemente en la Iglesia. Nosotros vemos al Cristo sufriente y esto nos llama a una contemplación serena, silenciosa, a aceptar plenamente a Jesús, a creer en Él porque el que cree en Jesús tiene la vida.

¿Lo aceptamos así a Jesús? ¿Aceptamos al Jesús que adora al Padre? ¿Aceptamos a Jesús que nos exige la cruz? ¿Aceptamos a Jesús que da la vida por nosotros?

Creemos en Él porque creemos en el amor del Padre, porque Dios amó tanto al mundo que le dio a su Hijo. Y al creer en Jesús tendremos la vida eterna.

Le pedimos a la Virgen, nuestra Madre, que nos haga creer cada vez más en este Jesús que va a la Pasión, a la cruz, a la muerte por nosotros, y que creyendo podamos tener nosotros la vida eterna.

 

Sábado IV de Cuaresma

Jer 11,18-20 / Sal 7 / Jn 7,40-53

De una homilía en la Abadía de Santa Escolástica, del 4 de abril de 1987

A medida que se van acercando los días santos vamos contemplando a Jesús que no es comprendido. Jesús vino para traernos la salvación, pero las tinieblas quisieron apagar la Luz. Nadie se atreve, sin embargo, a poner las manos sobre Él porque todavía no ha llegado su hora. Esa hora de Jesús que será la hora del Misterio Pascual aparece ya misteriosamente insinuada en las Bodas de Caná cuando dice a María: “todavía no ha llegado mi hora”. Y Jesús mismo la proclamará cuando llegue el momento del Misterio Pascual: Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre. Si el grano de trigo no cae en tierra y muere queda sólo, pero si muere produce mucho fruto. Sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre…. Está llegando la hora, pero todavía no es. Entretanto Jesús vive intensamente esta hora concreta que prepara el momento en que será entregado, muerto y en que resucitará al tercer día; Jesús vivirá así la Pascua, fuente de nuestra nueva vida; la vida bautismal que en nosotros circula como la vida del Resucitado.

A propósito de esta contemplación del Justo que es perseguido y condenado, del Justo que vive su hora, quisiera volver sobre tres cosas que ustedes conocen muy bien y que ya he meditado con ustedes. En primer lugar, la importancia de vivir intensa, serena, gozosa y disponiblemente nuestra hora. Esta hora providencial que el Señor nos ha concedido; esta hora de la Iglesia, a veces sufrida, pero siempre esposa inmaculada del Señor; esta hora del país, difícil, pero también llena de esperanza; esta hora del mundo; esta hora nuestra, tal vez de pecado personal, con luces y sombras, con sufrimientos y grandes esperanzas; con momentos de intenso dolor y de alegría desbordante. Qué importante es vivir esta hora como la vivió Jesús, como la vivió María, con una entera disponibilidad, y comprenderla en toda su riqueza.

Pienso que esta hora nuestra, en estos días, está marcada por una gracia especialísima del Señor que es la visita del Santo Padre a nuestra tierra, a nuestro país, a nuestro continente. Lo que está pasando en Chile, lo que pasó en Uruguay es también gracia para nosotros. Y lo que va a pasar a partir del lunes por la tarde será también gracia de Dios, y es nuestra hora. Qué importante es vivir esta hora de gracia con una actitud de agradecimiento y de disponibilidad. Gracias, Señor, porque me haces vivir esta hora desde mi ocultamiento, desde mi silencio, desde la no noticia o no información; gracias, porque me haces vivir tan honda e intensamente esta hora.

La segunda reflexión –que hemos hecho muchas veces juntos– es que esta hora es ciertamente la hora del Misterio Pascual de Jesús –muerte y resurrección– y es importante no sólo descubrir la cruz del Señor y contemplarla, sino adorarla, cantar a esta cruz como la única esperanza: “Salve oh cruz, nuestra única esperanza”. Qué importante es vivirla con serenidad adentro porque a nosotros –dice San Pablo a los Filipenses– no sólo se nos ha concedido creer sino también sufrir con Él, padecer con Él. Asumir la cruz del Señor, el gran don del Padre. Vivir con mucha serenidad, con mucha alegría la fecundidad de la cruz; participación de la verdadera cruz del Señor.

Pero esta cruz debe irradiar necesariamente alegría, esperanza, resurrección y vida. Por eso el tiempo de Cuaresma es esencialmente un tiempo de alegría sosegada, serena y honda; anticipación de la alegría explosiva, de la alegría pascual. Es al mismo tiempo, tiempo de la caridad y el fruto de la caridad es alegría; es tiempo de mayor profundidad en la oración y la oración engendra alegría –la alegría del Espíritu–; es tiempo de conversión, de penitencia, de la alegría de la salvación. La cruz nos lleva a vivir la fecundidad de la oración.

Y luego está la cruz de los hombres que sufren. Nos enteramos un poco de lo que pasa en nuestro país, en países hermanos –lo hemos vivido especialmente estos días en las dificultades del viaje papal a Santiago de Chile– y sentimos el sufrimiento; el sufrimiento de tanta gente pobre, sola, marginada; de tanta gente que vive en soledad; los ancianos, enfermos. Qué bueno es entonces tener el coraje de asumir toda cruz; yo diría casi de adorarla, como a la verdadera cruz del Señor.

Y finalmente la última reflexión sería esta: “sin ti no te podemos agradar”. Lo hemos leído en la oración inicial. Es la seguridad de que Dios ha comenzado en nosotros el camino de santidad y es Él quien va a llevar a la plenitud este camino. Se trata de creer en el amor que Dios nos tiene. Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él. Es el lema que estos días los jóvenes gritarán desde Buenos Aires a todo el mundo. Que nosotros hoy lo gritemos desde el silencio de nuestro corazón: “creemos, Señor, que tú nos has revelado al Padre”. Con toda claridad os hablaré acerca del Padre. El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. Nadie va al Padre sino por mí. El Padre obra y yo también estoy obrando constantemente. El Padre ama al Hijo. El mismo Padre os ama. Todo esto vivimos estos días como un camino hacia la gran fiesta de la Pascua, anticipada para nosotros por esta presencia familiar de la visita a nuestra tierra de Juan Pablo II.

Vamos entonces a rezar por todo ello. He venido a rezar aquí en esta casa de oración, a rezar, y a dejar que nos inunde el silencio, que nos inunde la serenidad y la fortaleza; a rezar por el viaje del Papa, por el fruto espiritual de todos, particularmente de las contemplativas que surgirán –que aumentarán en sus vocaciones– y crecerán en su madurez de silencio y de alegría en la vida monástica. He venido a rezar por todo. Recemos esta Misa por estas intenciones.

María, Nuestra Señora del camino cuaresmal, María la que nos lleva hacia la Pascua, nos dé gustar juntos, desde el silencio, la cruz, la alegría anticipada de la Resurrección.

 

 

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