II Domingo del Tiempo durante el Año, ciclo A

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Comienza el Tiempo “Per annum”, es decir, el “Tiempo ordinario” o “durante el año”. Se utiliza ornamento verde. Fuera de los tiempos litúrgicos que tienen un color especial y suelen llamarse «tiempos fuertes», restan 33 o 34 semanas durante las cuales no se celebra un aspecto determinado o concreto del misterio de Cristo, sino que se trata de celebrar todo el misterio íntegramente, reuniéndose la Iglesia, “el Día del Señor” o Domingo, para participar de la Eucaristía, recordar y hacer presente el misterio de la Pasión, muerte y resurrección del Señor hasta que vuelva, y dándole gracias porque nos hizo renacer a la viva esperanza por la resurrección de Jesucristo (1 Pe 1,3; cf SC 106).

El segundo domingo que sigue al tiempo de navidad se refiere todavía a las manifestaciones del Señor y contiene la presentación que hace del Bautismo del Señor el evangelista san Juan. Desde el tercer domingo se comienza a leer cada uno de los tres Evangelios sinópticos en lectura semicontinua: Ciclo A: Mateo, Ciclo B Marcos, Ciclo C Lucas.

 

Oración Colecta: Dios todopoderoso y eterno, que gobiernas el cielo y la tierra, escucha las súplicas de tu pueblo y concede tu paz a nuestro tiempo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

 

Del profeta Isaías 49, 3-6

El Señor me dijo: “Tú eres mi Servidor, Israel, por ti Yo me glorificaré”. Pero yo dije: “En vano me fatigué, para nada, inútilmente, he gastado mi fuerza”. Sin embargo, mi derecho está junto al Señor y mi retribución, junto a mi Dios. Y ahora, habla el Señor, el que me formó desde el vientre materno para que Yo sea su Servidor, para hacer que Jacob vuelva a Él y se le reúna Israel. Yo soy valioso a los ojos del Señor y mi Dios ha sido mi fortaleza. Él dice: “Es demasiado poco que seas mi Servidor para restaurar a las tribus de Jacob y hacer volver a los sobrevivientes de Israel; Yo te destino a ser la luz de las naciones, para que llegue mi salvación hasta los confines de la tierra”.

 

Salmo responsorial: Sal 39,2.4ab.7-10

R/ Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

 

Yo esperaba con ansia al Señor: él se inclinó y escuchó mi grito; me puso en la boca un cántico nuevo, un himno a nuestro Dios. R/

Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, y en cambio me abriste el oído; no pides sacrificio expiatorio, entonces yo digo: «Aquí estoy». R/

Como está escrito en mi libro: «para hacer tu voluntad». Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas. R/

He proclamado tu salvación ante la gran asamblea; no he cerrado los labios: Señor, tú lo sabes. R/

 

De la primera carta a los Corintios 1, 1-3

Pablo, llamado a ser Apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, y el hermano Sóstenes, saludan a la Iglesia de Dios que reside en Corinto, a los que han sido santificados en Cristo Jesús y llamados a ser santos, junto con todos aquéllos que en cualquier parte invocan el nombre de Jesucristo, nuestro Señor, Señor de ellos y nuestro. Llegue a ustedes la gracia y la paz que proceden de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo.

 

 

Evangelio según san Juan 1, 29-34

Juan Bautista vio acercarse a Jesús y dijo: “Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. A él me refería, cuando dije: Después de mí viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo. Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua para que Él fuera manifestado a Israel”. Y Juan dio este testimonio: “He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre Él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: ‘Aquél sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre Él, ése es el que bautiza en el Espíritu Santo’. Yo lo he visto y doy testimonio de que Él es el Hijo de Dios”.

 

Exclusivamente desde la raíz de la contemplación, en experiencia constante de la Palabra de Dios que viene a nosotros como bajó a María, únicamente desde ahí podemos decir a los demás una palabra de salvación, una palabra que lleve la alegría, la paz. Únicamente desde una profundidad contemplativa, se puede pensar en la evangelización, en la profecía, en el servicio.

La contemplación es el único modo de entrar en la verdad completa: Cristo. Descubriendo su presencia, su presencia en la historia, desde esa perspectiva de contemplación uno entra en la verdad completa que es Cristo y descubre su paso en nuestra vida. Y como uno apostólicamente lo que tiene que hacer es ir diciéndole a la gente: “HE AQUÍ EL CORDERO DE DIOS, QUE QUITA EL PECADO DEL MUNDO”… tiene que anunciarles al Jesús que vino, al Jesús que resucitó, al Jesús que camina en el camino de los demás, tiene que estar constantemente en actitud contemplativa. Por eso, al hablar de contemplación, hablo de una actitud permanentemente contemplativa, de estar las veinticuatro horas del día de cara a cara frente al Señor, como Moisés, platicando con el Señor como su amigo. Descubrirlo por consiguiente en la sencillez de la palabra, en el rostro de todo hombre, sobre todo del que sufre; descubrirlo en los acontecimientos más difíciles y a veces absurdos de la historia; descubrirlo en su presencia en la Eucaristía, y decirles a los demás: “HE AQUÍ EL CORDERO DE DIOS”. “El Maestro está aquí y te llama”.

Otra razón por la cual, sobre todo en la vida apostólica, insisto en la contemplación es por la necesidad del equilibrio. Cuando tengan demasiados problemas, preocupaciones, tensiones, que no sepan por dónde comenzar, dejen todas las cosas, hagan un rato bastante largo de oración. Van a ver cómo después los problemas se solucionan y si no se solucionan, estarán ustedes, por lo menos, solucionados.

Es impresionante el valor de serenidad que deja la contemplación, pero es la fuerza desde esta serenidad profética que da después a la presencia del religioso o de la religiosa. Una persona que se ha equilibrado en el Señor por la contemplación, sale después, y su simple presencia transmite paz, alegría, esperanza. Una persona que hace el bien, es verdaderamente un profeta, cuyo paso va pregonando que el Señor ha estado con él; porque el Señor está con él, se ha transformado de tal manera en Él, que puede decir: “Yo soy Él. Yo soy en Cristo pobre y débil; pero Cristo es mi riqueza, mi fuerza y mi luz”.

CARDENAL EDUARDO F. PIRONIO

 

Es hermoso este pasaje del Evangelio. Juan que bautizaba; y Jesús, que había sido bautizado antes —algunos días antes—, se acercaba, y pasó delante de Juan. Y Juan sintió dentro de sí la fuerza del Espíritu Santo para dar testimonio de Jesús. Mirándole, y mirando a la gente que estaba a su alrededor, dijo: «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo». Y da testimonio de Jesús: éste es Jesús, éste es Aquél que viene a salvarnos; éste es Aquél que nos dará la fuerza de la esperanza.

Jesús es llamado el Cordero: es el Cordero que quita el pecado del mundo. Uno puede pensar: ¿pero cómo, un cordero, tan débil, un corderito débil, cómo puede quitar tantos pecados, tantas maldades? Con el Amor, con su mansedumbre. Jesús no dejó nunca de ser cordero: manso, bueno, lleno de amor, cercano a los pequeños, cercano a los pobres. Estaba allí, entre la gente, curaba a todos, enseñaba, oraba. Tan débil Jesús, como un cordero. Pero tuvo la fuerza de cargar sobre sí todos nuestros pecados, todos. «Pero, padre, usted no conoce mi vida: yo tengo un pecado que…, no puedo cargarlo ni siquiera con un camión…». Muchas veces, cuando miramos nuestra conciencia, encontramos en ella algunos que son grandes. Pero Él los carga. Él vino para esto: para perdonar, para traer la paz al mundo, pero antes al corazón. Tal vez cada uno de nosotros tiene un tormento en el corazón, tal vez tiene oscuridad en el corazón, tal vez se siente un poco triste por una culpa… Él vino a quitar todo esto, Él nos da la paz, Él perdona todo. «Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado»: quita el pecado con la raíz y todo. Ésta es la salvación de Jesús, con su amor y con su mansedumbre. Y escuchando lo que dice Juan Bautista, quien da testimonio de Jesús como Salvador, debemos crecer en la confianza en Jesús.

Muchas veces tenemos confianza en un médico: está bien, porque el médico está para curarnos; tenemos confianza en una persona: los hermanos, las hermanas, nos pueden ayudar. Está bien tener esta confianza humana, entre nosotros. Pero olvidamos la confianza en el Señor: ésta es la clave del éxito en la vida. La confianza en el Señor, confiémonos al Señor. «Señor, mira mi vida: estoy en la oscuridad, tengo esta dificultad, tengo este pecado…»; todo lo que tenemos: «Mira esto: yo me confío a ti». Y ésta es una apuesta que debemos hacer: confiarnos a Él, y nunca decepciona. ¡Nunca, nunca! Oíd bien vosotros muchachos y muchachas que comenzáis ahora la vida: Jesús no decepciona nunca. Jamás. Éste es el testimonio de Juan: Jesús, el bueno, el manso, que terminará como un cordero, muerto. Sin gritar. Él vino para salvarnos, para quitar el pecado. El mío, el tuyo y el del mundo: todo, todo.

Y ahora os invito a hacer una cosa: cerremos los ojos, imaginemos esa escena, a la orilla del río, Juan mientras bautiza y Jesús que pasa. Y escuchemos la voz de Juan: «Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». Miremos a Jesús en silencio, que cada uno de nosotros le diga algo a Jesús desde su corazón.

Papa Francisco

 

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