XXX Domingo del Tiempo durante el Año Ciclo B

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egbert-ciegoJESÚS LE PREGUNTÓ:

“¿QUÉ QUIERES QUE HAGA POR TI?”

ÉL LE RESPONDIÓ:

“MAESTRO, QUE YO PUEDA VER”. Mc 10,51

 

ABRAMOS LOS OJOS A LA LUZ DIVINA, Y OIGAMOS CON OÍDO ATENTO LO QUE DIARIAMENTE NOS DICE LA VOZ DE DIOS.

San Benito

 

 

Oración Colecta: Dios todopoderoso y eterno, aumenta nuestra fe, esperanza y caridad, y para conseguir lo que nos prometes, ayúdanos a amar lo que nos mandas. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

 Del libro de Jeremías 31,7-9

Así habla el Señor: ¡Griten jubilosos por Jacob, aclamen a la primera de las naciones! Háganse oír, alaben y digan: “¡El Señor ha salvado a su pueblo, al resto de Israel!” Yo los hago venir del país del Norte y los reúno desde los extremos de la tierra; hay entre ellos ciegos y lisiados, mujeres embarazadas y parturientas: ¡es una gran asamblea la que vuelve aquí! Habían partido llorando, pero Yo los traigo llenos de consuelo; los conduciré a los torrentes de agua por un camino llano, donde ellos no tropezarán. Porque Yo soy un padre para Israel y Efraím es mi primogénito.

Salmo responsorial: Sal 125,1-6

R/ El Señor ha estado grande con nosotros.

Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía soñar: la boca se nos llenaba de risas, la lengua de cantares. R/

Hasta los gentiles decían: «El Señor ha estado grande con ellos». El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres. R/

Que el Señor cambie nuestra suerte, como los torrentes del Negueb. Los que sembraban con lágrimas, cosechan entre cantares. R/

Al ir, iba llorando, llevando la semilla; al volver, vuelve cantando, trayendo sus gavillas. R/

De la carta a los Hebreos 5, 1-6

Hermanos: Todo Sumo Sacerdote del culto antiguo es tomado de entre los hombres y puesto para intervenir en favor de los hombres en todo aquello que se refiere al servicio de Dios, a fin de ofrecer dones y sacrificios por los pecados. Él puede mostrarse indulgente con los que pecan por ignorancia y con los descarriados, porque él mismo está sujeto a la debilidad humana. Por eso debe ofrecer sacrificios, no solamente por los pecados del pueblo, sino también por sus propios pecados. Y nadie se arroga esta dignidad, si no es llamado por Dios como lo fue Aarón. Por eso, Cristo no se atribuyó a sí mismo la gloria de ser Sumo Sacerdote, sino que la recibió de Aquél que le dijo: “Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy”. Como también dice en otro lugar: “Tú eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec”.

 

XXX1A la luz de Cristo, el Buen Pastor, debemos mirar con ojos de fe a los pastores que el Señor ha puesto a nuestro servicio: los sacerdotes. Se trata de mirar desde la fe al sacerdote con sus límites y con el poder que le viene del Señor. Ese poder que hace temblar al sacerdote mismo cuando levanta su mano y dice: “Yo te perdono” o cuando frente al pan y al vino dice: “Éste es mi cuerpo y ésta es mi sangre”. Mirar con ojos de fe a ese sacerdote a quien el Señor ha ungido con su propio Espíritu para que ore y profetice, para que sufra y sirva, para que construya la comunidad del pueblo sacerdotal. Sentirlo muy cercano a nosotros, sentirlo igual que nosotros, incluso en el pecado ya que también él necesita acercarse a otro sacerdote para decirle: “Padre, perdóneme. Deme la absolución”. Pero mirarlo con ojos de fe porque lleva en sus manos de barro, un tesoro escondido: el poder de dar la vida. Ese sacerdote da la vida por nosotros, va gastando su existencia y la va dando cuando reza, cuando predica y cuando sufre; y la va dando cuando sirve, cuando celebra, cuando está enfermo y cuando muere. Entonces es el momento de su máxima profecía porque la profecía no está sólo en la palabra. Sino también en el silencio, en el sufrimiento y en la muerte. La más grande profecía de Jesús fue esta: «Padre, en tus manos pongo mi espíritu» y, dicho esto, expiró (Lc 23,46).

Mirar con ojos de fe la fragilidad de este hombre, en el que a veces no descubrimos más que pecado porque está tomado de entre los hombres. El sacerdote ha sido tomado de entre los hombres, por eso no exijamos que sea un “superhombre”. No exijamos que no necesite ofrecer sacrificios por sus propios pecados. No exijamos que esté lleno de ciencia y de talentos. Basta que sepa orar, que sepa sufrir, que sepa servir y que esté en disponibilidad para todo. Y si ni esto sabe, recemos mucho para que Dios gane su corazón. ¡Cuánta necesidad tenemos de orar por la santidad de los sacerdotes! Y ¡cuánto debemos ayudarlos en su ministerio con nuestra propia actividad, con nuestra propia cercanía, con nuestro propio cariño! El sacerdote necesita experimentar la amistad de Jesús, y el cariño de su comunidad. Miremos al sacerdote con ojos de fe y querámoslo así, como es.

Cardenal Eduardo F. Pironio

Somos buenos sacerdotes si vamos a Jesucristo, si buscamos al Señor en la oración: la oración de intercesión, la oración de adoración.

FRANCISCO – 11 de enero de 2014

 

Evangelio según san Marcos 10,46-52

Cuando Jesús salía de Jericó, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud, el hijo de Timeo –Bartimeo, un mendigo ciego– estaba sentado junto al camino. Al enterarse de que pasaba Jesús, el Nazareno, se puso a gritar: “¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!” Muchos lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más fuerte: “¡Hijo de David, ten piedad de mí!” Jesús se detuvo y dijo: “Llámenlo”. Entonces llamaron al ciego y le dijeron: “¡Ánimo, levántate! Él te llama”. Y el ciego, arrojando su manto, se puso de pie de un salto y fue hacia Él. Jesús le preguntó: “¿Qué quieres que haga por ti?” Él le respondió: “Maestro, que yo pueda ver”. Jesús le dijo: “Vete, tu fe te ha salvado”. En seguida comenzó a ver y lo siguió por el camino.

 

El milagro de la curación del ciego Bartimeo ocupa un lugar relevante en la estructura del Evangelio de Marcos. En efecto, está colocado al final de la sección llamada «viaje a Jerusalén», es decir, la última peregrinación de Jesús a la Ciudad Santa para la Pascua, en donde él sabe que lo espera la pasión, la muerte y la resurrección. Para subir a Jerusalén, desde el valle del Jordán, Jesús pasó por Jericó, y el encuentro con Bartimeo tuvo lugar a las afueras de la ciudad, mientras Jesús, como anota el evangelista, salía “de Jericó con sus discípulos y bastante gente” (10,46); gente que, poco después, aclamará a Jesús como Mesías en su entrada a Jerusalén. Bartimeo, cuyo nombre, como dice el mismo evangelista, significa “hijo de Timeo”, estaba precisamente sentado al borde del camino pidiendo limosna. Todo el Evangelio de Marcos es un itinerario de fe, que se desarrolla gradualmente en el seguimiento de Jesús. Los discípulos son los primeros protagonistas de este paulatino descubrimiento, pero hay también otros personajes que desempeñan un papel importante, y Bartimeo es uno de éstos. La suya es la última curación prodigiosa que Jesús realiza antes de su pasión, y no es casual que sea la de un ciego, es decir una persona que ha perdido la luz de sus ojos. Sabemos también por otros textos que en los evangelios la ceguera tiene un importante significado. Representa al hombre que tiene necesidad de la luz de Dios, la luz de la fe, para conocer verdaderamente la realidad y recorrer el camino de la vida. Es esencial reconocerse ciegos, necesitados de esta luz, de lo contrario se es ciego para siempre (cf. Jn 9,39-41). Bartimeo, pues, en este punto estratégico del relato de Marcos, está puesto como modelo. Él no es ciego de nacimiento, sino que ha perdido la vista: es el hombre que ha perdido la luz y es consciente de ello, pero no ha perdido la esperanza, sabe percibir la posibilidad de un encuentro con Jesús y confía en él para ser curado. En efecto, cuando siente que el Maestro pasa por el camino, grita: “Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí” (Mc 10,47), y lo repite con fuerza (v. 48). Y cuando Jesús lo llama y le pregunta qué quiere de él, responde: “Maestro, que pueda ver”. Bartimeo representa al hombre que reconoce el propio mal y grita al Señor, con la confianza de ser curado. Su invocación, simple y sincera, es ejemplar, y de hecho –al igual que la del publicano en el templo: “Oh Dios, ten compasión de este pecador” (Lc 18,13)– ha entrado en la tradición de la oración cristiana. En el encuentro con Cristo, realizado con fe, Bartimeo recupera la luz que había perdido, y con ella la plenitud de la propia dignidad: se pone de pie y retoma el camino, que desde aquel momento tiene un guía, Jesús, y una ruta, la misma que Jesús recorre. El evangelista no nos dice nada más de Bartimeo, pero en él nos muestra quién es el discípulo: aquel que, con la luz de la fe, sigue a Jesús “por el camino” (v. 52)

Benedicto XVI – 28 de octubre de 2012.

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