XXVII Domingo del Tiempo durante el Año – Ciclo C

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Digamos al Señor Jesús: “AUMÉNTANOS LA FE”.

Sí, Señor, nuestra fe es pequeña,
nuestra fe es débil, frágil,
pero te la ofrecemos así como es,
para que Tú la hagas crecer.
¿Cómo conseguimos esta fuerza?
La tomamos de Dios en la oración.
La oración es el respiro de la fe:
en una relación de confianza,
en una relación de amor, no puede faltar el diálogo,
y la oración es el diálogo del alma con Dios.

FRANCISCO

 

 

Oración Colecta: Dios todopoderoso y eterno, que con amor generoso sobrepasas los méritos y los deseos de los que te suplican, derrama sobre nosotros tu misericordia perdonando lo que inquieta nuestra conciencia y concediéndonos aun aquello que no nos atrevemos a pedir. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

 

Del profeta Habacuc 1,2-3;2,2-4

Hasta cuándo, Señor, pediré auxilio sin que Tú escuches, clamaré hacia ti: “¡Violencia”, sin que Tú salves? ¿Por qué me haces ver la iniquidad y te quedas mirando la opresión? No veo más que saqueo y violencia, hay contiendas y aumenta la discordia. El Señor me respondió y dijo: Escribe la visión, grábala sobre unas tablas para que se la pueda leer de corrido. Porque la visión aguarda el momento fijado, ansía llegar a término y no fallará; si parece que se demora, espérala, porque vendrá seguramente, y no tardará. El que no tiene el alma recta, sucumbirá, pero el justo vivirá por su fidelidad.

 

Salmo responsorial: Sal 94,1-2.6-9

R/ Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor.

 

Venid, aclamemos al Señor, demos vítores a la roca que nos salva; entremos a su presencia dándole gracias, vitoreándolo al son de instrumentos. R/

Entrad, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, creador nuestro. Porque él es nuestro Dios y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía. R/

Ojalá escuchéis hoy su voz: «no endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto: cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras». R/

 

De la 2ª carta a Timoteo 1, 6-8. 13-14

Querido hijo: Te recomiendo que reavives el don de Dios que has recibido por la imposición de mis manos. Porque el Espíritu que Dios nos ha dado no es un espíritu de temor, sino de fortaleza,apocalipsis9 de amor y de sobriedad. No te avergüences del testimonio de nuestro Señor, ni tampoco de mí, que soy su prisionero. Al contrario, comparte conmigo los sufrimientos que es necesario padecer por el Evangelio, animado con la fortaleza de Dios. Toma como norma las saludables lecciones de fe y de amor a Cristo Jesús que has escuchado de mí. Conserva lo que se te ha confiado, con la ayuda del Espíritu Santo que habita en nosotros.

 

Evangelio según san Lucas 17, 3b-10

Dijo el Señor a sus discípulos: “Si tu hermano peca, repréndelo, y si se arrepiente, perdónalo. Y si peca siete veces al día contra ti, y otras tantas vuelve a ti, diciendo: ‘Me arrepiento’, perdónalo”. Los Apóstoles dijeron al Señor: “Auméntanos la fe”. Él respondió: “Si ustedes tuvieran fe del tamaño de un grano de mostaza, y dijeran a esa morera que está ahí: ‘Arráncate de raíz y plántate en el mar’, ella les obedecería. Supongamos que uno de ustedes tiene un servidor para arar o cuidar el ganado. Cuando éste regresa del campo, ¿acaso le dirá: ‘Ven pronto y siéntate a la mesa’? ¿No le dirá más bien: ‘Prepárame la cena y recógete la túnica para servirme hasta que yo haya comido y bebido, y tú comerás y beberás después’? ¿Deberá mostrarse agradecido con el servidor porque hizo lo que se le mandó? Así también ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les mande, digan: ‘Somos simples servidores, no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber’”.

 

El cristiano es alguien llamado a “seguir” a Jesucristo, “Luz verdadera”. Hay un llamamiento especial, a los sacerdotes y religiosos, a toda alma consagrada, para seguir a Cristo de un modo más radical. Se exige a ellos un modo especial de “ser luz en el Señor” y, por consiguiente, de “caminar en la luz”.

Ante todo, por la fe: “Los que fueron una vez iluminados” (Heb 6,4) por el bautismo y recibieron el don de la fe. Caminar en la luz significa mirar el mundo y la historia a la luz de la fe, interpretar desde allí los acontecimientos y leer en profundidad los signos de los tiempos. Interiorizar, sobre todo, a la luz de la fe la Palabra de Dios y el Misterio de Cristo. Saber comprender desde allí el plan salvífico de Dios sobre nosotros y aceptarlo con gozosa docilidad. Por la fe entramos más profundamente en Cristo, que es la Luz, y aprendemos a saborear la alegría de la cruz. Para caminar en la luz debemos repetir constantemente con los apóstoles: “SEÑOR, AUMÉNTANOS LA FE” (Lc 17,5).

Luego, por la oración: cuando se ora bien, se entra en contacto directo con la Luz, que es Cristo; nos ilumina y nos pacifica. Vemos mucho mejor y más lejos después de haber orado con serenidad. La Palabra de Dios nos penetra y ayuda a simplificar nuestros problemas y a pacificar nuestras angustias. Es en lo íntimo de la oración cuando el Señor nos repite esta exhortación consoladora: “¿Por qué estáis con tanto miedo? ¿Cómo no tenéis fe?” (Mt 4,40). La oración nos hace particularmente transparentes a Dios. Un alma que sube a Dios por la oración, baja luego del monte, como Moisés, con “la piel de su rostro radiante por haber hablado con él” (Ex 34,29). “El alma elevada a Dios es iluminada con su luz inefable”, dice San Juan Crisóstomo. Puede comunicar así el fruto de su contemplación: “entregar a los demás lo contemplado” (Santo Tomás). Quien ora bien dice siempre palabras simples y claras, como participando de la transparencia de Dios.

Finalmente, por la caridad: “ci caminamos en la Luz, como él mismo está en la luz, estamos en comunión unos con otros” (1 Jn 1,7). Vivir en caridad es caminar en la luz. “Dios es luz”, “Dios es amor”, dice San Juan. Cuando la caridad es sincera y única —amor a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a nosotros mismos—, todo se hace claridad en la vida. “Quien dice que está en la luz y aborrece a su hermano, está aún en las tinieblas. Quien ama a su hermano permanece en la luz y no tropieza” (1 Jn 2,9–10).

Todo se ilumina en nuestra vida —aunque permanezcan todavía las sombras del misterio propias de los que peregrinan— cuando se tiene una fuerte experiencia de un Dios amor que nos invade, nos penetra y nos invita a vivir en la alegría serena y honda del amor.

Si seguimos verdaderamente a Cristo, “Luz verdadera” —por la fe, la oración, la caridad—, caminaremos en la luz, seremos luz para los hombres que buscan y nos miran. Tienen derecho a exigir de nosotros los signos y los frutos de la luz.

CARDENAL EDUARDO PIRONIO

 

Todos los textos de la liturgia de este domingo nos hablan de la fe, que es el fundamento de toda la vida cristiana. Jesús educó a sus discípulos a crecer en la fe, a creer y a confiar cada vez más en él, para construir su propia vida sobre roca. Por esto le piden: «Auméntanos la fe» (Lc 17, 6). Es una bella petición que dirigen al Señor, es la petición fundamental: los discípulos no piden bienes materiales, no piden privilegios; piden la gracia de la fe, que oriente e ilumine toda la vida; piden la gracia de reconocer a Dios y poder estar en relación íntima con él, recibiendo de él todos sus dones, incluso los de la valentía, el amor y la esperanza.

Sin responder directamente a su petición, Jesús recurre a una imagen paradójica para expresar la increíble vitalidad de la fe. Como una palanca mueve mucho más que su propio peso, así la fe, incluso una pizca de fe, es capaz de realizar cosas impensables, extraordinarias, como arrancar de raíz un árbol grande y transplantarlo en el mar (ib.). La fe —fiarse de Cristo, acogerlo, dejar que nos transforme, seguirlo sin reservas— hace posibles las cosas humanamente imposibles, en cualquier realidad. Nos da testimonio de esto el profeta Habacuc en la primera lectura. Implora al Señor a partir de una situación tremenda de violencia, de iniquidad y de opresión; y precisamente en esta situación difícil y de inseguridad, el profeta introduce una visión que ofrece una parte del proyecto que Dios está trazando y realizando en la historia: «El injusto tiene el alma hinchada, pero el justo vivirá por su fe» (Ha 2, 4). El impío, el que no actúa según la voluntad de Dios, confía en su propio poder, pero se apoya en una realidad frágil e inconsistente; por ello se doblará, está destinado a caer; el justo, en cambio, confía en una realidad oculta pero sólida; confía en Dios y por ello tendrá la vida.

La segunda parte del Evangelio de hoy presenta otra enseñanza, una enseñanza de humildad, pero que está estrechamente ligada a la fe. Jesús nos invita a ser humildes y pone el ejemplo de un siervo que ha trabajado en el campo. Cuando regresa a casa, el patrón le pide que trabaje más. Según la mentalidad del tiempo de Jesús, el patrón tenía pleno derecho a hacerlo. El siervo debía al patrón una disponibilidad completa, y el patrón no se sentía obligado hacia él por haber cumplido las órdenes recibidas. Jesús nos hace tomar conciencia de que, frente a Dios, nos encontramos en una situación semejante: somos siervos de Dios; no somos acreedores frente a él, sino que somos siempre deudores, porque a él le debemos todo, porque todo es un don suyo. Aceptar y hacer su voluntad es la actitud que debemos tener cada día, en cada momento de nuestra vida. Ante Dios no debemos presentarnos nunca como quien cree haber prestado un servicio y por ello merece una gran recompensa. Esta es una falsa concepción que puede nacer en todos, incluso en las personas que trabajan mucho al servicio del Señor, en la Iglesia. En cambio, debemos ser conscientes de que, en realidad, no hacemos nunca bastante por Dios. Debemos decir, como nos sugiere Jesús: «Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer» (Lc 17, 10). Esta es una actitud de humildad que nos pone verdaderamente en nuestro sitio y permite al Señor ser muy generoso con nosotros. En efecto, en otra parte del Evangelio nos promete que «se ceñirá, nos pondrá a su mesa y nos servirá» (cf. Lc 12, 37). Queridos amigos, si hacemos cada día la voluntad de Dios, con humildad, sin pretender nada de él, será Jesús mismo quien nos sirva, quien nos ayude, quien nos anime, quien nos dé fuerza y serenidad.

También el apóstol san Pablo, en la segunda lectura de hoy, habla de la fe. Invita a Timoteo a tener fe y, por medio de ella, a practicar la caridad. Exhorta al discípulo a reavivar en la fe el don de Dios que está en él por la imposición de las manos de Pablo, es decir, el don de la ordenación, recibido para desempeñar el ministerio apostólico como colaborador de Pablo (cf. 2 Tm 1, 6). No debe dejar apagar este don; debe hacerlo cada vez más vivo por medio de la fe. Y el Apóstol añade: «Dios no nos ha dado un espíritu de timidez, sino de fortaleza, de amor y de templanza» (v. 7).

Cuando encontréis la oposición del mundo, escuchad las palabras del Apóstol: «No tengas miedo de dar la cara por nuestro Señor» (v. 8). Hay que avergonzarse del mal, de lo que ofende a Dios, de lo que ofende al hombre; hay que avergonzarse del mal que se produce a la comunidad civil y religiosa con acciones que se pretende que queden ocultas. La tentación del desánimo, de la resignación, afecta a quien es débil en la fe, a quien confunde el mal con el bien, a quien piensa que ante el mal, con frecuencia profundo, no hay nada que hacer. En cambio, quien está sólidamente fundado en la fe, quien tiene plena confianza en Dios y vive en la Iglesia, es capaz de llevar la fuerza extraordinaria del Evangelio.

Haz emerger en toda su luz el bien que quieres, que buscas y que tienes. Vive con valentía los valores del Evangelio para hacer que resplandezca la luz del bien. Con la fuerza de Dios todo es posible.

Benedicto XVI

 

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