La Anunciación






ANUNCIACIÓN DEL SEÑOR

Se celebra el 25 de marzo

 

Si hay una fecha verdaderamente grande

para decirle a Dios “sí”,

es ésta que estamos celebrando y gozando,

la del “sí” de nuestra Señora.

Homilía con ocasión de una  profesión, 25 de marzo de 1968

Is 7,10-14; 8,10 / Sal 39 / Heb 10, 4-10 / Lc 1,26-38

Este episodio evangélico que acabamos de escuchar, ahora se repite. Y sucedió una vez hace muchos años en una virgen muy sencilla, muy joven, a quien Dios amaba mucho. Y el Padre le entregó a su Hijo, para que ella lo entregara al mundo.

Ocurrió una vez hace mucho tiempo, pero este episodio se repite, y pienso que esta tarde de una manera nueva, de una manera muy profunda y muy real. También el Ángel de la Anunciación se vuelve hacia nuevas vírgenes y les vuelve a decir las mismas palabras “Alégrate! El Señor está contigo. No temas”.

“Para Dios nada hay imposible”. ¡Qué bueno es Dios! ¡Qué extraordinariamente bueno es Dios! Cualquier fecha es buena para decir esto a Dios pero es cierto que si hay una fecha verdaderamente grande para decirle a Dios “SI”, es ésta en que precisamente estamos viviendo, celebrando y gozando, el “sí” de Nuestra Señora.

Los nombres cambian, los lugares y los tiempos cambian, pero es el mismo Ángel de la Anunciación que dice, cambiando el nombre: “Alégrate!, llena de gracia. No temas, porque has encontrado gracia delante de Dios”.

“Para Dios nada hay imposible”. ¿Qué es lo que ha ocurrido en Nuestra Señora en el momento de la Anunciación y que ahora se repite en estas dos jóvenes? Es lo que ocurrió -y es lo que ocurre ahora- en la Virgen silenciosa, pobre y sencilla de Nazaret.

Se ha dado una gran capacidad de recepción del Espíritu que transforma. Ha habido en Nuestra Señora una gran receptividad de la luz, del fuego, de la potencia del Espíritu que ilumina, que cambia -el Espíritu de Dios que es fuego. Una gran capacidad para recibir al Espíritu Creador. Y entonces Dios ha bajado a la historia a través de este silencio, de esta pobreza, de esta sencillez de Nuestra Señora.

Cuando un alma se entrega a Dios en una profesión, ocurre algo parecido. Porque Dios la ama, resuenan las palabras del Ángel; por eso el Espíritu desciende, se ensancha el corazón, se produce una gran capacidad de recepción de la luz, del fuego, y de la potencia del Espíritu.

Aún cuando no lo palpemos externamente, ciertamente después de esta ceremonia habrá una invasión de luz, de fuego nuevo, de fuerza nueva. Ellas lo sentirán, y nosotros también de rebote tenemos que sentirlo, y el mundo también. Capacidad de recepción del Espíritu que transforma, que hace nuevas todas las cosas, y crea. Capacidad de recepción del Espíritu Santo que vuelve a engendrar de un modo nuevo, misterioso y real a Cristo que es paz, que es luz, que es el Salvador.

¿Qué ocurre, además, en Nuestra Señora en el momento de la Anunciación y en el momento en que dice: “Yo soy la esclava del Señor”? Se crea una gran capacidad de maternidad. Entonces es cuando su virginidad llega a la plenitud por la acción fecundante del Espíritu. Plenitud de la virginidad consagrada en el amor, plenitud de maternidad.

Esto es lo que ocurre con estas dos jóvenes en el momento de la profesión. Por la invasión del Espíritu se crea en su corazón una gran capacidad de maternidad espiritual en el seno de la Iglesia. Su virginidad llega a una cierta plenitud y esa virginidad se convierte en una maternidad espiritual formidable dentro de la Iglesia.

María, Nuestra Señora, es Virgen y es Madre, símbolo de la Iglesia. Cada virgen prolonga a María como signo de la Iglesia. Pero hay que tener un gran corazón de Iglesia, en el que golpee todo el clamor de los sacerdotes, de los obispos, del Santo Padre, de la Iglesia que peregrina en el tiempo hacia el Padre. Tener un gran corazón de Iglesia. En la medida en que alguien se aísla y se recoge en la soledad, en el silencio, se hunde en el corazón de la Iglesia y vibra con todo el misterio de la Iglesia en su misión de prolongar la Cruz del Señor y de anunciar la gloria del Señor en la historia.

¿Qué ocurre en Nuestra Señora en el momento de la Anunciación? Se crea en Ella una gran capacidad de donación al Padre, de aceptar su palabra y hacerla suya, de entregarse al Padre diciéndole “Sí” pero, además, de donación al mundo. Nunca Nuestra Señora estuvo más en el corazón del mundo como cuando el Don del Padre bajó a Ella, muy sencilla y pobremente, para que los hombres puedan ser salvados.

¿Qué es lo que ocurre en un alma aparentemente alejada del mundo? Se crea en su interior una gran capacidad de donación, cerrando los ojos y largándose a la aventura de Dios -que es formidable- haciendo suyos todos los dolores y alegrías, todas las angustias y esperanzas de los hombres.

Si hay un corazón donde tienen que encontrar resonancia todas las lágrimas, las alegrías y las sonrisas de los hombres, todos los esfuerzos y todas las vivencias de los hombres, es en el corazón de una monja contemplativa. Nadie tiene más derecho y obligación que ella de estar bien plantada en el corazón de los hombres. Esta alegría de su donación se realiza bien en lo interior y también visiblemente.

En esta celebración de Nuestra Señora y de estas jóvenes se ve bien profunda y realmente lo que se produjo en Nuestra Señora el día de la Anunciación. En el corazón de estas dos jóvenes se da una capacidad de receptividad al Espíritu: luz, potencia y fuego. Que nosotros nos sintamos contagiados de esa luz, de esa potencia y de ese fuego. También, una gran capacidad de maternidad espiritual en la Iglesia -que toda la Iglesia se sienta como expresada a través de estas dos jóvenes; que se produzca en su interior una gran capacidad de donación, que el mundo sienta ya que la salvación ha llegado. Que los hombres se sientan un poco más aliviados, más fuertes.

Que la Virgen fiel, pobre, que le ha dicho a Dios “SI”, asuma en su mismo silencio el alma de todos y que juntamente con ellas nosotros podamos presentarle nuestra donación. En el silencio y en la pobreza digamos a Dios siempre: Sí.

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