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¡Padre Nuestro! La audacia de llamarlo «Padre»

 

EL PADRE NUESTRO DE CADA DÍA

Textos comentados en la Primera Charla:

¡PADRE NUESTRO!

LA AUDACIA DE LLAMARLO PADRE

 

“De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se levantó, salió y fue a un lugar solitario y allí se puso a hacer oración” (Mc 1,35).

 

“Jesús es el centro de todo, lo rodean multitudes, pero él se separa, toma distancia, no termina siendo rehén de las expectativa de quienes lo han elegido como líder. Hay un peligro para los líderes: apegarse demasiado a la gente, no mantener las distancias. Jesús se da cuenta y no termina siendo rehén de la gente” (Papa Francisco)

 

“Jesús buscaba lugares apartados, separados del torbellino del mundo, lugares que permitieran descender al secreto de su alma; el Papa decía: “Jesús es el profeta que conoce las piedras del desierto y sube a lo alto de los montes”. (Papa Francisco)

 

“El leproso se puso a pregronar con entusiasmo la noticia, de modo que ya no podía Jesús presentarse en público en ninguna ciudad, sino que se quedaba a las afueras, en lugares solitarios. Y acudían a él de todas partes” (Mc 1,45).

“Ocho días después, Jesús tomó consigo a Pedro, Juan y Santiago y subió al monte a orar. Y sucedió que, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, y sus vestidos se volvieron blancos como la nieve” (Lc 9).

 

“Moisés estuvo en la montaña con Dios cuarenta días y cuarenta noches; cuando bajó de la montaña no sabía que la piel de su rostro se había vuelto radiante por haber hablado con Dios. Aarón y todos los israelitas miraron a Moisés, y al ver que la piel de su rostro irradiaba, temían acercarse a él” (Ex 34,28-30).

 

“Señor, Dios de Abrahán, de Isaac y de Israel, que se reconozca hoy que tú eres Dios en Israel, que yo soy tu servidor y que por orden tuya he obrado todas estas cosas. Respóndeme, Señor, respóndeme, para que este pueblo sepa que tú, Señor, eres Dios, y que has convertido sus corazones” (1 Re 18,20 ss).

“Este texto nos muestra que el objetivo primero de toda oracion es la conversión. El fuego de Dios que transforma nuestro corazón y nos hace capaces de ver a Dios y así de vivir según Dios y de vivir para el otro” (Benedicto XVI).

 

“Cuando la oración se alimenta de la Palabra de Dios, podemos ver la realidad con nuevos ojos, con los ojos de la fe, y el Señor, que habla a la mente y al corazón, da nueva luz al camino en todo momento y en toda situación. Nosotros creemos en la fuerza de la palabra de Dios y de la oración. Sin la oración diaria vivida con fidelidad, nuestra actividad se vacía, pierde el alma profunda, se reduce a un simple activismo que, al final, deja insatifechos. Si los pulmones de la oración y de la Palabra de Dios no alimentan la respiración de nuestra vida espiritual, corremos el peligro de asfixiarnos en medio de los mil afanes de cada día: la oración es la respiración del alma y de la vida” (Benedicto XVI)

 

“En la oración el corazón cambia, la mirada interior se vuelve pura” (Juan Pablo II).

 

“El hombre sólo se puede comprender a sí mismo a partir de Dios, y sólo viviendo en relación con Dios su vida será verdadera. Por eso ser hombre incluye hablar con Dios y escucharlo. El sermón de la montaña nos enseña cómo ser hombre y cómo hablar con Dios” (Benedicto XVI)

 

La oración no debe ser una exhibición ante los hombrfes; requiere esa discreción que es esencial en una relación de amor. El Apocalipsis nos dice que Dios se dirige a cada uno llamándolo por su nombre, un nombre que nadie conoce: Ap 2,17: “Al vencedor le daré tabmién una piedrecita blanca, y, grabado en la piedrecita, un nombre nuevo que nadie conoce, sino el que lo recibe”. El amor de Dios por cada uno de nosotros es totoalmente personal y lleva en sí ese misterio de lo que es único y no se puede divulgar. (Benedicto XVI)

 

“Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que gustan de orar en las sinagogas y en las esquinas de las plazas bien plantados para ser vistos de los hombres; en verdad os digo que ya reciben su recompensa. Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu habitación y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Y, al orar, no habléis mucho, como los paganos, que se imaginan que por su palabrería van a ser escuchados. No seáis como ellos, porque vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes de pedírselo” (Mt 6,5-8).

 

“Está bien que cierres la puerta de tu cuarto, pero otra cosa quiere Dios antes de eso: que cierres también las puertas de tu alma. Siempre es bueno que estemos libres de vana gloria, pero más que nunca en la oración. Dice el salmo: ‘Desde lo hondo a ti grito, Señor’. Saca de allá abajo, de tu corazón, tu voz, y haz un secreto de tu oración. ¿No ves cómo en los palacios reales se evita todo alboroto y reina por todas partes un profundo silencio? Tú, pues, entras en un palacio, no de la tierra, sino del cielo, que debe inspirarte mayor reverencia. Pues, entras en el coro de los ángeles, eres compañero de los arcángeles y cantas juntamente con los serafines. Mézclate, pues, con ellos en tu oración. No haces tu oración a los hombres sino a Dios, a Dios que está presente en todas partes, que te oye antes de que abras tu boca, que conoce todos los secretos de tu corazón. Si oras así recibirás una gran recompensa: a Dios mismo.” (San Juan Crisóstomo)

 

“La mayoría de las personas, en su vida cotidiana, descuidan y omiten la tarea de la oración, tarea tan sagrada y tan divina. Debemos ser asiduos en la oración. Recurriré al ejemplo del comerciante y del cliente que madrugan para ser los primeros, uno para vender, el otro para comprar. Lo mismo podemos decir del artesano, del hombre de letras, etc. Todos se consagran a sus tareas con todas sus energias y piensan que es una pérdida consagrarle tiempo a Dios. el artista no reza, confía sólo en sus propias manos y se olvida de Aquel que se las dio; lo mismo el hombre de letras, se preocupa por preparar su discurso, olvidándose de quien le ha dado la palabra. Todos los trabajos absorben el espíritu en las cosas terrenas y cotidianas. Y entonces, el pecado se infiltra en cada una de nuestras actividades. Eso sucede porque los hombres no llaman a Dios a luchar de su lado, cuando se dedican a los asuntos cotidianos. Cuando la oración precede al trabajo, el pecado no encuentra cómo entrar en el alma. Cuando el recuerdo de Dios está profundamente enraizado en el corazón, los deseos que intenta urdir el Adversario son ineficaces. La oración nos hace vivir con Dios, y quien vive con Dios le vuelve la espalda al Enemigo.” (San Gregorio de Nisa)

 

“La oración es guardiana de la temperancia, educadora del alma, impide la vanidad, reprime el rencor, destruye la maldad, aleja la injusticia, endereza la impiedad.

La oración es fortaleza del cuerpo, prosperidad de la casa, orden en la ciudad, trofeo en tiempo de guerra, estabilidad en tiempo de paz, unión de los que están divididos, el lazo de los que están unidos.

La oración es el sello de la virginidad, la fidelidad de los esposos, la protección de los viajeros, la guradiran de los que duermen, la seguridad de los que velan.

La oración es el defensor de los acusados, la libertad de los prisioneros, el reposo de los agobiados, el sostén de los que sufren, el gozo de los que exultan, el consuelo de los que están de duelo.

La oración es coloquio con Dios, contemplación del Invisible, cumplimiento de los deseos, semejanza con los ángeles, progreso en el bien, destrucción del mal, enderezamiento de los pecadores, gozo de los bines presentes y esperanza de los prometidos.

La oración vale más que todo lo que tiene precio en esta vida.” (San Gregorio de Nisa)

 

“Sólo obtendremos lo que deseamos si sabemos presentar nuestra súplica. No debemos charlar mucho, divagar, decir tonterías como los paganos. Debemos poner freno a las divagaciones de la imaginación. No debemos rezar contra el enemigo, sino contra el mal que desvía la voluntad del hombre. Porque ningún hombre es enemigo del hombre. Cuando el salmista reza: ‘que los pecadores desaparezcan de la tierra, que los malvados no existan más’, está pidiendo que desaparezca el mal, el pecado. El hombre no es el mal. ¿Cómo podríamos llamar mal a la imagen del Bien?

Muchas veces Dios escucha la oración que le hacemos por los bienes materiales para afianzar nuestra confianza en él y para llevarnos a través de ellos a desear un día las gracias superiores dignas de Dios. Dios nos enseña por todos los medios a volvernos hacia él. Por eso escucha cuando le pedimos cosas inferiores; al darnos beneficios tan pecqueños quiere disponernos a buscar bienes más elevados.” (San Gregorio de Nisa)

 

Dios nos pone en guardia de la palabrería. Pues lo más importante es la relación con Dios. Para que esta relación permanezca en el fondo de nuestro corazón tenemos que referir continuamente a Dios todos los asuntos de la vida cotidiana. Si nuestra alma está siempre orientada a Dios, rezaremos mejor. Si Dios está permanentemente en el fondo de nuestra alma, seremos más capaces de soportar el dolor, de comprender a los demás y de abrirnos a ellos. La oración contínua es precisamente esto: orientar nuestros pensamientos y nuestra vida a la presencia de Dios; estar interiormente con Dios. Pero esta presencia silenciosa de Dios necesita a la vez un sustento, algo que nos ayude a vivir en la presencia de Dios, a mantener esa presencia a lo largo del día. Y para eso sirve la oración. La oración hace crecer el deseo de estar siempre con Dios. (Benedicto XVI)

 

“El que nos dio la vida, nos enseñó también a rezar” (San Cipriano).

 

Las palabras del Padrenuestro nos indican el camino hacia la oración interior, son orientaciones fundamentales para nuestra existencia. Va más allá de las comunicación de palabras para rezar. Quiere formar nuestro ser, quiere ejercitarnos en los mismos sentimientos de Jesús (Flp 2,5). El Padrenuestro procede de la oración personal de Jesús, del diálogo que tenía con su Padre. Tiene una profundidad que va mucho más allá de las palabras. (Benedicto XVI)

 

PADRE. Esta palabra contiene toda la historia de la redención. Todo el amor de Dios se encuentra en esta palabra. Pero el hombre de hoy no percibe facilmente el gran consuelo de la palabra Padre, porque muchas veces la experiencia del padre o no se tiene, o se ve oscurecida por la deficencias de los padres.

Por eso lo primero que tenemos que hacer es ver qué dice Jesús del Padre. En su predicación, el Padre aparece como fuente de todo bien, como la medida del hombre perfecto: “Pero yo os digo: amad a vuestos enemigos, haced el bien a los que os aborrecen. Así seréis hijos del Padre que está en el cielo, que hace salir el sol sobre buenos y malos (Mt 5,44 ss). (Benedicto XVI)

 

«Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá. ¿Quién de ustedes, cuando su hijo le pide pan, le da una piedra? ¿O si le pide un pez, le da una serpiente? Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre de ustedes que está en el cielo dará cosas buenas a aquellos que se las pidan!» (Mt 7, 7-11).

 

“El Espíritu Santo es Dios. esto quiere decir que el don de Dios es Dios mismo. La cosa buena que nos da es Él mismo. Lo verdaderamente importante en la oración no es esto o aquello, sino que Dios se nos quiere dar. Este es el don de todos los dones, lo único necesario. La oración es un camino para purificar poco a poco nuestros deseos, corregirlos y darnos cuenta que lo que más necesitamos es a Dios mismo, al Padre”.

“Dios es nuestro Padre porque es nuestro Creador. Le pertenecemos. El salmo 32, 15 dice: “Él modeló cada corazón y comprende todas sus acciones”. La paternidad de Dios es más real que la paternidad humana, porque en última instancia nuestro ser viene de Él, porque Él os ha pensado y querido desde toda la eternidad” (Benedicto XVI).

Padre nuestro:El hombre sensato no podría usar el nombre de Padre si no reconociera una semejanza con él. El que es por naturaleza bueno no puede engendrar el mal; el santo, lo impuro; el Inmutable, la precariedad; el padre de la vida, la muerte; el magnánimo, bienhechor, a los avaros. El perfecto no puede ser padre de los que están sometidos al pecado. El nombre de Padre indica una relación de filiación. Si siendo impuros y pecadores llamamos a Dios Padre, le atribuimos la responsabilidad de nuestra maldad. Si el Señor nos enseña a llamar a Dios en la oración: Padre, parecería que quiere inculcarnos que debemos llevar una vida digna y perfecta. La verdad no puede enseñar la mentira haciéndonos pasar por lo que no somos, dándonos un nombre que no corresponde a nuestra naturaleza; pero, nosotros debemos, al nombrar Padre a aquel que es la santidad, la justicia y la bondad, probar con nuestra vida nuestro parentesco con Él. ¿Te das cuenta qué esfuerzo, qué vida exige esto?  ¿Qué celo debemos desplegar para elevar nuestra alma a tal intimidad, que nos autorice decirle a Dios: Padre? Si tu te apegas al dinero, si te dejas atraer por la seducción del mundo, si buscas la estima de los hombres, si sigues los deseos de la carne, y enseguida dices esta oración,  ¿qué pensará Aquel que escruta tu corazón, escuchando tus palabras? Me imagino a Dios respondiéndote en estos términos: ¿tu vida está manchada y tú llamas Padre a Aquel que es el Padre incorruptible y santo? ¿Por qué profanas con tu lengua manchada mi nombre inmaculado?  ¿Por qué te usurpas ese título? ¿Por qué insultas la santidad divina? Si fueras mi hijo, deberías manifestar mis cualidades divinas en tu vida. Yo no encuentro en ti la imagen de mi naturaleza; te encuentras entre los contrarios; ¿qué unión puede existir entre la luz y las tinieblas; qué parentesco entre la vida y la muerte; qué ligazón entre lo puro y lo impuro? Grande es la distancia que separa al magnánimo del avaro. Otro es el padre de tus vicios. Mis hijos poseen las perfecciones de su Padre; el hijo del misericordioso es misericordioso; el hijo del Puro es puro; en una palabra, el Bueno engendra lo que es bueno, el Justo, lo que es justo. Es peligroso, antes de emendar la vida, hacer esta oración y llamar a Dios: Padre” (San Gregorio de Nisa).

“Padre nuestro que estás en los cielos. El hombre nuevo, renacido y devuelto a su Dios por la gracia de Él, ante todo dice Padre porque ya comenzó a ser hijo. Cuán grande es la bondad del Señor, cómo nos rodea con la abundancia de su favor e indulgencia, que quiso que al elevar la oración ante la presencia de Dios, llamáramos Padre al Señor, y así como Cristo es Hijo de Dios, tabién nosotros fuésemos nombrados hijos de Dios, cuyo nombre ninguno de nosotros se atrevería a pronunciar en la oración, si Él mismo no nos hubiese permitido orar de esa manera. Por tanto, hermanos carísimos, hemos de saber y recordar que, cuando llamamos Padres a Dios hemos de obrar como hijos de Dios para que del mismo modo que nosotros nos complacemos en Dios Padre, así se complazca Él también en nosotros. Vivamos como templos de Dios para que se vea que Dios habita en nosotros. Y no se aparten nuestos actos del Espíritu, a fin de que, quienes empezamos a ser espirituales y celestiales, no pensemos ni obremos cosas epirituales y celestiales” (San Cipriano).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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