Tercer domingo de adviento, ciclo B

LA ALEGRÍA SE VIVE

EN MEDIO DE LAS PEQUEÑAS COSAS

DE LA VIDA COTIDIANA.  

FRANCISCO

 

Oración Colecta: Dios y Padre nuestro, que acompañas bondadosamente a tu pueblo en la fiel espera del nacimiento de tu Hijo, concédenos festejar con alegría su venida y alcanzar el gozo que nos da su salvación. Por el mismo nuestro Señor Jesucristo tu Hijo que vive y reina contigo, en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

 

Hechos para la alegría:

Meditación del Cardenal Pironio

El hombre ha sido hecho para la alegría, no para la tristeza; para la vida, no para la muerte; para la esperanza y posesión, no para el pesimismo y la desesperanza; la vocación suprema del hombre es la felicidad perfecta en la plena comunión con Dios. Ahora bien, ¿qué es la alegría?

Santo Tomás define así la alegría como acto interno de la caridad: el más perfecto reposo del alma en la posesión del bien más perfecto (perfecta quies in optimo) (S.Th. II.II q. 28).

La alegría supone, de algún modo, la presencia del bien amado. Así salta de alegría San Juan en el seno de su madre Isabel cuando la visita María (Lc 1, 45).

Así se llenan de alegría en el cenáculo los discípulos cuando se les hace presente el Cristo resucitado (Jn 20, 20). Para las mujeres que van al sepulcro de madrugada la manifestación de Jesús es una extraña mezcla de alegría y temor (Mt 28, 8). Cuando Jesús se va al Padre los discípulos se entristecen; pero el Señor les advierte: si me amaran de veras, se alegrarían: porque me voy al Padre (Jn 14, 18). Volver al Padre, para Cristo, no es separarse de los suyos y dejarlos huérfanos: Me voy y volveré a ustedes (Jn 14, 28). Es la misteriosa presencia de Jesús glorificado, por el Espíritu que habita en nosotros (Rom 8, 11). Por eso la tristeza se convertirá en gozo (Jn 16, 20).

Los hombres gustamos así -saboreamos en lo hondo- la presencia de Dios en el alma: vendremos a él y habitaremos dentro de él (Jn 15, 23).

¡Descansar en Dios! Esto supone descubrirlo muy cerca y muy adentro por la fe, gustarlo por la caridad. Somos felices en la medida de nuestra comunión con Él. En la medida, también, en que lo intuimos y saboreamos su presencia en la belleza de las cosas o en la sinceridad de los amigos. Allí también se nos revela Dios y se nos comunica.

Pero hace falta, mientras peregrinamos en el Señor (2 Cor 5, 6) intensificar la fe, la esperanza, la caridad. Un alma de fe -que todo lo descubre en la luminosidad de un Dios que es Padre y confía plenamente en Él- es inmensamente feliz. No importa el sufrimiento. Al contrario: la cruz se convierte, aun entre lágrimas, en fuente de felicidad (¿no es acaso esa la felicidad de las Bienaventuranzas Evangélicas?) El sufrimiento se da en el tiempo porque sólo presentimos a Dios; no lo vemos. Cuando lo veamos tal como Él es (1 Jn 3, 2) seremos semejantes a Él: también en la plenitud de la felicidad. En la medida de nuestra capacidad finita seremos consumadamente felices. Nuestra alegría será superplena, tan grande que no entrará en nosotros. Seremos nosotros los que, conducidos por el Espíritu, entraremos en la alegría del Señor (Mt 25, 23).

 

Del libro de Isaías 61,1-2a.10-11

El espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Él me envió a llevar la buena noticia a los pobres, a vendar los corazones heridos, a proclamar la liberación a los cautivos y la libertad a los prisioneros, a proclamar un año de gracia del Señor. Yo desbordo de alegría en el Señor, mi alma se regocija en mi Dios. Porque Él me vistió con las vestiduras de la salvación y me envolvió con el manto de la justicia, como un esposo que se ajusta la diadema y como una esposa que se adorna con sus joyas. Porque así como la tierra da sus brotes y un jardín hace germinar lo sembrado, así el Señor hará germinar la justicia y la alabanza ante todas las naciones.

 

Salmo responsorial: Lucas 1,46-50.53-54

R/ Mi espíritu se alegra en Dios, mi Salvador.

Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava. R/

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí; su nombre es santo. Y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. R/

A los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos, auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia. R/

 

De la 1a carta a los Tesalonicenses 5,16-24

Hermanos: Estén siempre alegres. Oren sin cesar. Den gracias a Dios en toda ocasión: esto es lo que Dios quiere de todos ustedes, en Cristo Jesús. No extingan la acción del Espíritu; no desprecien las profecías; examínenlo todo y quédense con lo bueno. Cuídense del mal en todas sus formas. Que el Dios de la paz los santifique plenamente, para que ustedes se conserven irreprochables en todo su ser -espíritu, alma y cuerpo- hasta la Venida de nuestro Señor Jesucristo. El que los llama es fiel, y así lo hará.

 

Evangelio según san Juan 1,6-8.19-28

Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. Él no era la luz, sino el testigo de la luz. Éste es el testimonio que dio Juan, cuando los judíos enviaron sacerdotes y levitas desde Jerusalén, para preguntarle: “¿Quién eres tú?” Él confesó y no lo ocultó, sino que dijo claramente: “Yo no soy el Mesías”. “¿Quién eres, entonces?”, le preguntaron: “¿Eres Elías?” Juan dijo: “No”. “¿Eres el Profeta?” “Tampoco”, respondió. Ellos insistieron: “¿Quién eres, para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?” Y él les dijo: “Yo soy una voz que grita en el desierto: Allanen el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías”. Algunos de los enviados eran fariseos, y volvieron a preguntarle: “¿Por qué bautizas, entonces, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?” Juan respondió: “Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay alguien al que ustedes no conocen: Él viene después de mí, y yo no soy digno de desatar la correa de su sandalia”. Todo esto sucedió en Betania, al otro lado del Jordán, donde Juan bautizaba.

 

¿ES POSIBLE LA ALEGRÍA?

¿Es que es posible, en medio de frecuentes contradicciones y dificultades, de la experiencia de finitud y de muerte, de miseria y de fracaso, de desilusión y de sufrimiento, hablar de alegría, esperar la alegría, cantar la alegría? Es precisamente en medio de las dificultades cuando nuestros contemporáneos tienen necesidad de conocer la alegría, de escuchar su canto.

Es ahora cuando más necesidad tenemos de experimentar que Dios es amor, que su esencia es la fidelidad a la Promesa y que la infalible certeza de su presencia transforma nuestra oscuridad en luz, nuestra debilidad en fortaleza, nuestra tentación de desaliento y de tristeza en seguridad de gozo y de esperanza.

Si los cristianos tienen hoy una responsabilidad -los que de veras, por seguir a Jesús, han renunciado a sí mismos y han asumido con generosidad su cruz cotidiana- es la de ser mensajeros de alegría y de esperanza, la de ser, por fidelidad al Evangelio, los auténticos artífices de la paz. Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios (Mt 5, 9).

Un canto verdadero a la alegría hoy supone realismo evangélico: comprender que el misterio de iniquidad está obrando (2 Tes 2, 7) en el mundo y que ésta es también la hora del poder de las tinieblas (Lc 22, 53). Supone, por lo mismo, experimentar el dolor de los hombres, la angustia de los pueblos y la soledad de las almas. Pero también supone descubrir que Cristo está presente y que el Padre obra por la actividad incesantemente transformadora de su Espíritu.

La posibilidad de la alegría supone una visión cristiana del dolor y una aceptación positiva de la fecundidad de la cruz. No es simplemente la resignación pasiva ante el sufrimiento. Es la seguridad divina de que nuestra tristeza se convertirá en alegría (Jn 16, 20).

¿Por qué es posible la alegría? Porque es posible el amor. Los cristianos no podemos renunciar nunca a una experiencia y a un compromiso: la experiencia de que Dios es Padre y nos ama (Dios es amor 1 Jn 4, 8) y el compromiso de que debemos amarnos como Él nos amó (Jn 13, 34). ¿Es posible la alegría?, es responder, desde la historia de la salvación, a lo siguiente:

-¿es posible, todavía, el amor?

-¿es posible la fecundidad de la cruz?

-¿es posible que la salvación -fuente de alegría para todo el mundo- nazca precisamente de la cruz como fruto inmediato del amor?

Allí está la experiencia de la alegría honda, intraducible y transformadora, que necesitan hoy los hombres: la alegría verdadera es fruto del amor, se engendra en la cruz y se expresa en serenidad, gozo y esperanza.

Más que nunca es necesario hoy gritar a los hombres la Buena Nueva de la salvación: Les anuncio una gran alegría para ustedes y para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor (Lc 2, 10-11).

CARDENAL E. FRANCISCO PIRONIO

 

 

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