23º domingo del tiempo ordinario, ciclo A

 

Donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre

Yo estoy presente en medio de ellos.

La oración personal es ciertamente importante, es más, indispensable, pero el Señor asegura su presencia a la comunidad que —incluso siendo muy pequeña— es unida y unánime, porque ella refleja la realidad misma de Dios uno y trino, perfecta comunión de amor.

Dice Orígenes que “debemos ejercitarnos en esta sinfonía”,

es decir en esta concordia dentro de la comunidad cristiana.

 

Oración Colecta: Señor Dios, que nos has redimido para hacernos hijos tuyos, míranos siempre con amor de Padre, para que cuantos hemos creído en Cristo alcancemos la verdadera libertad y la herencia eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

 

De la profecía de Ezequiel 33,7-9

Así habla el Señor: hijo de hombre, yo te he puesto como centinela de la casa de Israel: cuando oigas una palabra de mi boca, tú les advertirás de mi parte. Cuando yo diga al malvado: “Vas a morir”, si tú no hablas para advertir al malvado que abandone su mala conducta, el malvado morirá por su culpa, pero a ti te pediré cuenta de su sangre. Si tú, en cambio, adviertes al malvado para que se convierta de su mala conducta, y él no se convierte, él morirá por su culpa, pero tú habrás salvado tu vida.

 

Salmo responsorial: Sal 94,1-2.6-9

R/ Ojalá escuchéis hoy su voz: no endurezcáis vuestro corazón.

 

Venid, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva; entremos a su presencia dándole gracias, vitoreándolo al son de instrumentos. R/

Entrad, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, creador nuestro. Porque él es nuestro Dios y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía. R/

Ojalá escuchéis hoy su voz, no endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto: cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras. R/

 

De la carta a los Romanos 13, 8-10

Hermanos: Que la única deuda con los demás sea la del amor mutuo: el que ama al prójimo ya cumplió toda la Ley. Porque los mandamientos: “No cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no codiciarás”, y cualquier otro, se resumen en éste: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. El amor no hace mal al prójimo. Por lo tanto, el amor es la plenitud de la Ley.

 

Evangelio según san Mateo 18, 15-20

Jesús dijo a sus discípulos: Si tu hermano peca contra ti, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, busca una o dos personas más, para que el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos. Si se niega a hacerles caso, dilo a la comunidad. Y si tampoco quiere escuchar a la comunidad, considéralo como pagano o publicano. Les aseguro que todo lo que ustedes aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo. También les aseguro que si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá. Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos.

 

Las lecturas bíblicas de la Misa de este domingo coinciden en el tema de la caridad fraterna en la comunidad de los creyentes, que tiene su fuente en la comunión de la Trinidad. El apóstol san Pablo afirma que toda la Ley de Dios encuentra su plenitud en el amor… El Evangelio… nos dice que el amor fraterno comporta también un sentido de responsabilidad recíproca, por lo cual, si mi hermano comete una falta contra mí, yo debo actuar con caridad hacia él y, ante todo, hablar con él personalmente, haciéndole presente que aquello que ha dicho o hecho no está bien. Esta forma de actuar se llama corrección fraterna: no es una reacción a una ofensa recibida, sino que está animada por el amor al hermano. Comenta san Agustín: “Quien te ha ofendido, ofendiéndote, ha inferido a sí mismo una grave herida, ¿y tú no te preocupas de la herida de tu hermano? … Tú debes olvidar la ofensa recibida, no la herida de tu hermano…” Todo esto indica que existe una corresponsabilidad en el camino de la vida cristiana: cada uno, consciente de sus propios límites y defectos, está llamado a acoger la corrección fraterna y ayudar a los demás con este servicio particular. Otro fruto de la caridad en la comunidad es la oración en común. Dice Jesús: “Si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en el cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. La oración personal es ciertamente importante, es más, indispensable, pero el Señor asegura su presencia a la comunidad que —incluso siendo muy pequeña— es unida y unánime, porque ella refleja la realidad misma de Dios uno y trino, perfecta comunión de amor. Dice Orígenes que “debemos ejercitarnos en esta sinfonía”, es decir en esta concordia dentro de la comunidad cristiana. Debemos ejercitarnos tanto en la corrección fraterna, que requiere mucha humildad y sencillez de corazón, como en la oración, para que suba a Dios desde una comunidad verdaderamente unida en Cristo.

 

BENEDICTO XVI

 

 

 

«Porque donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, yo estoy presente en medio de ellos» (Mt 18,20). Al mismo tiempo, como una manifestación de nuestra reconciliación más viva y honda con el Padre.

Estamos totalmente ciertos de esta particular presencia del Señor en medio de nosotros: como el Buen Pastor, como el Enviado del Padre, como el Servidor de Yahveh, como el único y eterno Sacerdote. Él está en medio de nosotros para hablarnos: hagamos silencio y recibamos su palabra; está en medio de nosotros para comunicarnos su Espíritu: dejémonos llenar de su luz, de su coraje, de su amor; está en medio de nosotros para hacernos Iglesia: sintamos el gusto de vivir en esta hora y experimentemos el gozo y la fecundidad de ser Iglesia en comunión y en esperanza.

El Padre nos mira con amor de predilección; pero la predilección en Dios es siempre una gracia y una exigencia. El Espíritu desciende sobre nosotros —como descendió sobre María (Lc 1,35), sobre Cristo (Lc 3,22), sobre los apóstoles (Act 2,8)— y abre nuestros corazones a la Palabra. Es Cristo mismo el que nos habla. ¡Cómo quisiera yo, queridísimos hermanos, que ustedes recibieran mi palabra «no como palabra humana, sino como lo que es realmente: como la Palabra de Dios, que actúa en ustedes, los que creen»! (1 Tes 2,13).

«Os aseguro también que, si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre, que está en los cielos. Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,19–20). Es interesante observar que lo que sigue hasta el final del capítulo 18 se refiere a la comprensión del hermano y al perdón de las ofensas. Lo cual nos lleva a pensar en la caridad como fruto o término de nuestra oración: un corazón pacificado por la oración, iluminado por la Palabra escuchada, fortalecido por el Espíritu Santo comunicado, necesariamente hace felices a los otros. No sólo comprende a los demás, los acepta como son y los perdona, sino que les comunica el fruto de su contemplación: el gozo y la paz del Cristo recibido: «Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos» (1 Jn 1,3).

CARDENAL PIRONIO

 

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